La Gran Pirámide de Guiza. Tal vez se hizo así
Por Enrique Santos Buendía
26 junio, 2021
Modificación: 5 julio, 2021
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Índice

1 . Preludio

2. Teorías

3. Egipto

4. Antecedentes

5. ¿Cómo hacerla?

6. ¡Manos a la obra!

7. Una ocurrencia

8. Se acabó

 

Preludio

Me llamo Pedro Enrique Santos Buendía, soy arquitecto desde 1978; nací en Ronda, mi pueblo, mi residencia y mi primer afán desde que empecé a trabajar. He dedicado buena parte de mi trabajo a luchar por mi pueblo y su Patrimonio. Ya lo he dejado. Cuando empecé a trabajar se ponía en marcha la Constitución que nos traía la Democracia, desgraciadamente se convirtió en una partitocracia donde solo prosperan los políticos profesionales, esos que usan el cargo para su propia gloria y provecho. Ronda no se quedó atrás y cada concejo municipal ha mejorado al precedente, pero en negativo, los sucesivos alcaldes siguen mermando en calidad de forma creciente y brutal. No admiten que alguien pueda defender sus ideas y a su pueblo sin interés crematístico (y actúan en consecuencia). Rechazan tus ideas, por buenas que sean, si se puede descubrir que no fueron ellos sus creadores y  las demás se las apropian e incluso las publican o desarrollan mediante adictos y sumisos, sin mentar al autor real, bloqueando tus proyectos y actividad si no permaneces callado y acrítico.

He llegado al agotamiento y arrojo la toalla,  mi pueblo ha  pasado al cajón del olvido, renuncio a su paternidad y me declaro exrondeño, en el fondo apátrida. He perdido mi Patria, pero mantengo mi Libertad.

Este último año, de encierros y soledad obligados, me ha dejado mucho tiempo libre que, unido al que ha liberado mi autoexpatriación, me ha permitido profundizar en asuntos que siempre me habían atraído, pero a los que no podía apenas dedicarme. Siempre me encantaron la historia, la arqueología y la recuperación edilicia, tanto de construcciones monumentales como de las más sencillas viviendas. La rehabilitación ha sido mi dedicación principal y mi disfrute. La he disfrutado y no lo he hecho demasiado mal (perdón).

Uno de esos temas, que me apasiona desde que estuve por primera vez al pie de tamañas construcciones, ha sido la pirámide: las pirámides egipcias. En especial la de Keops, Jufu o Khufu, donde los constructores egipcios alcanzaron la perfección. Desde aquí felicito a su arquitecto, Hemiunu, por haber levantado la única de las siete maravillas del mundo antiguo que permanece todavía en pie y casi completa tras su construcción hace más de cuarenta y cinco siglos.

Ha sido estudiada, excavada, medida y espulgada por muchos y grandes arqueólogos, arquitectos, ingenieros y apasionados. Aún guarda secretos y las teorías sobre su construcción siguen proliferando, con interpretaciones bastante fantásticas en general.

Como arquitecto practico una ciencia que tiene un gran componente artístico. Los arquitectos nos movemos mucho por intuiciones y esto es algo que a los arqueólogos les rechina. Ellos, como santo Tomás, necesitan meter el dedo en la llaga para alcanzar el convencimiento. Una vez, reunido con algunos ante las ruinas de un baño público, vi un pequeño resalte en una pared y, tras hacerme un esquema de la instalación, aventuré que allí estaba la puerta de acceso. Les pareció una aberración porque se encontraba en lo que fue un lienzo de la muralla de la ciudad. Ellos necesitaban ver los quicios, quicialeras, umbral y dintel o arco para empezar a pensar que podría encontrarse allí. Años después, tras varias campañas de excavación y recuperación quedó demostrado que era la puerta al recinto. Las intuiciones, apoyadas en la experiencia constructiva, ayudan mucho en temas como el de la forma de levantar una pirámide.

Imagen 1: Sección esquemática de la pirámide y sus interioridades

 

Teorías

(Y disparates). Son infinitas (e infinitos) y, en ocasiones, de lo más dislocadas. Por lo general, se desarrollan a posteriori y con esto no quiero decir que se hayan elaborado muchísimo tiempo después de su construcción, lo que resulta lógico, sino que parten del edificio terminado. Es algo parecido a la expresión «empezar la casa por el tejado».

Las más locas son las que dan los méritos de su construcción a unos seres estelares que, por lo aducido, se pegaban un viajazo de años luz desde sus adelantadísimos hogares para venir a la Tierra a echar una mano cada vez que a nuestros ancestros de la edad de piedra o posteriores, con afición a los megalitos, se les ocurría poner de pie una piedra enorme o tallar bloques gigantescos para elevarlos a alturas escandalosas. Debían contar con algún transmisor muy especial para recibir los avisos y presentarse en el lugar apropiado resolviendo el asunto a tiempo. Realmente original y sensato que unas civilizaciones ultradesarrolladas se dedicaran a dar forma a enormes piedras o a moverlas, en lugar de, ya que disfrutaban ayudando, traer curas para las epidemias o procurar alimentos en las grandes hambrunas. Una actuación digna de sociedades muy evolucionadas.

Por otro lado, cual disparate de megalítico tamaño, aparece la teoría de la licuefacción de los sillares. En una época donde las herramientas y máquinas empleadas eran simplísimas y exigían denodados esfuerzos para realizar la hazaña, unos «sabios» habían desarrollado un procedimiento (perdido desde entonces) mediante el que un sillar se licuaba, se llevaba al lugar que debía ocupar de forma más cómoda y volvía a solidificarse en su sitio. Si realmente hubo alguien capaz de desarrollar este procedimiento, mejor debió dedicarse a solidificar todos los sillares licuados en una única y enorme masa con la forma de la pirámide, algo parecido a la impresión 3D que ahora se populariza. Eso sí habría sido de impresión.

Muchas de las teorías se inclinan —ya que hablamos de pirámides— por que los sillares (normales, grandes o gigantes) se subían a su posición definitiva por las propias caras ya terminadas en su parte inferior mediante el uso de larguísimas cuerdas que pasaban por complejos engranajes. Ello, a pesar de que en ese tiempo, según se cuenta, no se usaban poleas y del terrible rozamiento, que habría destrozado las cuerdas sin conmiseración. En algunos casos se usaban contrapesos, gigantescos también, que bajaban por el lado opuesto o por conductos internos por los que corrían desbocados sobre complejísimos ingenios de madera y en otros se obligaba a numerosísimos trabajadores a tirar de las cuerdas mientras escalaban pendientes de más del 100 % de inclinación. Las cuerdas de que disponían eran de fibras vegetales y trenzadas a mano, por lo que conseguir que, en las longitudes tan extensas que habrían necesitado, mantuvieran una resistencia uniforme es impensable y los accidentes habrían sido continuos y catastróficos, tanto que nadie habría vuelto a subir por muchos latigazos que le dieran. Además, la superficie perfectamente pulida y brillante de los sillares de blanca caliza habría quedado totalmente destrozada tras el paso de tamañas moles, por más que se emplearan rodillos y engrases suavizantes. Por otro lado, los operarios se habrían visto obligados a subir por escalinatas con peldaños de madera simplemente tumbadas sobre la pared acabada, sin clavos o sujeciones para no dañarla. Esta inestabilidad habría conllevado también que los descensos involuntarios y vertiginosos estuvieran a la orden del día, con consecuencias fácilmente imaginables.

Otras recurren a los andamiajes de madera. Sin embargo, parece que la madera utilizable para estos menesteres, a excepción de la de palmera, era bastante escasa y debía importarse de lejanos territorios, con lo que resultaría carísima y, en consecuencia, no dilapidable en unos simples armazones. Además, esos andamios debían arrancar a nivel del suelo y alcanzar casi el centenar y medio de metros, apoyados en la pared terminada e impoluta, sin estropearla. Simplemente inalcanzable.

Las más optan por el empleo de rampas exteriores, en general de arena acumulada, que crecían conforme lo hacía la construcción. La cantidad de arena necesaria para ello empequeñecería al número de sillares y la pirámide quedaría casi enterrada, en especial si se trataba de rampas rectilíneas y enfrentadas a una de las paredes. Además, al finalizar las obras, esa increíble cantidad de arena debía ser retirada y extendida por los alrededores con un trabajo desmesurado. El único ejemplo conocido de una rampa asemejable fue la que hicieron los romanos en su ataque a la fortaleza de Masada (a unos cien metros de altura), que todavía permanece en gran parte (quién se iba a entretener en quitar ese descomunal montón).

En caso de apostar por una rampa exterior perimetral, algo más sensato, esta debía de haberse construido con sillares para que fuese factible y mantuviese el recorrido sin desmoronarse. Esta construcción, de gran volumen también, bloquearía las vistas de los perfiles de la obra y no habría forma de mantener las alineaciones, el único método del que disponían para que las caras se acercaran mínimamente a un único vértice superior, cuya ubicación permanecía en lo desconocido y no se podría materializar hasta que el núcleo no alcanzaba casi su altura total. Además, las rampas continuas, por muy suaves que fuesen, obligarían a mantener todo el tiempo la tensión de las sujeciones y el trabajo se volvería insufrible.

También están las teorías que llenan las caras, o secretos pasadizos, con cientos de máquinas elevadoras e ingenios del TBO que, en la mayoría de los casos, o no habrían funcionado como se les supone o no existían en la época de su construcción.

En mi opinión hay una superabundancia de fantasía y escasa cordura (a pesar del empleo de tantísimas cuerdas), con abandono del sentido común y de los más elementales principios de cómo se debe y puede hacer una obra. En gran parte son teorías buenistas, a la moda imperante en la sociedad actual.

 

Egipto

País muy extenso, cálido, seco y bastante llano. El territorio se conforma en grandes terrazas que se van elevando hacia el sur. En su centro discurre un río: el Río. Es el Nilo, con un recorrido sur-norte que impresiona. Este río es la razón de ser del país, que solo era habitable en la parte de sus orillas que quedaba inundada anualmente con las grandes crecidas que sufría. Aparte, solo hay algún que otro oasis o restos aún húmedos de antiguos cauces de ese gran río. En su desembocadura al Mediterráneo forma un grandísimo delta donde se encuentran las mayores poblaciones. Las grandes inundaciones anuales marcaron su forma de vida, su desarrollo y la buena formación de sus agrimensores, que resultaban imprescindibles para deslindar las tierras de cultivo cuando se retiraban las aguas. Con la crecida en curso, el trabajo agrícola quedaba suspendido durante varios meses y había una gran masa de mano de obra disponible para las grandes construcciones públicas. Los faraones discurrían formas de mantener ocupada y saciada a tanta gente durante esos períodos, con lo que evitaban rebeliones, pues la ociosidad y las cavilaciones son siempre muy peligrosas para un gobierno estable, y conseguían, a la vez, obras muy vistosas.

La tierra inundable se volvía muy productiva gracias a los arrastres que llegaban del sur y la abonaban, lo que proveía de riquezas al faraón, el inundador oficial, que cobraba por ello. Esas riquezas le permitían contar con un buen ejército y mantener un comercio muy próspero que le daba acceso a provisiones y materiales casi inexistentes en su territorio.

El transporte se hacía fundamentalmente por el río, aprovechando el viento del norte para remontarlo y su corriente para el descenso, y proliferaban las embarcaciones y con ellas la buena práctica y el progreso de la carpintería. Los terrenos arenosos hacían incómodo y difícil el transporte de mercancías por tierra por lo que la rueda tuvo un tardío desarrollo. Para las grandes cargas se usaban trineos, que se deslizaban muy bien por la arena y por los suelos agrícolas. Cuando yo era pequeño, antes de la industrialización del campo, los grandes carros con patines en lugar de ruedas eran muy comunes, sobre todo en época de recogida de cosechas, y resultaban realmente prácticos y eficaces.

La arquitectura era muy simple. Las casas tenían anchos muros de adobe, estupendo aislamiento térmico, algo inclinados para reducir el azote de los vientos cargados de arenas abrasivas y techos planos a base de troncos de palmera y cobertura de palma que se protegían con una capa de arcilla. Sus formas eran paralelepipédicas y cerradas, con pequeñas aberturas en los altos de las paredes o el techo.

Con una existencia como nación muy longeva, conformó una religión que marcaba la vida cotidiana y la de después de la muerte. El Nilo seccionaba el paso de la vida a la muerte que el Sol recorría a diario. La planitud del terreno llevó a los antiguos egipcios a levantar edificios oficiales, normalmente religiosos (el faraón era otro dios más del numeroso grupo de su olimpo), en forma de cajas cada vez más altas y donde la piedra, tan abundante, fue sustituyendo al barro. Los grandes edificios tenían espacios internos muy estrechos ya que la cubierta plana, a base de grandes losas de piedra, no les permitía liberalidades. Los muros interiores dieron paso a las grandes columnas y el esquema distributivo interior se convirtió en una conjunción reticular de innumerables pasillos. En los recintos públicos se sucedían edificios casi cerrados con patios entre ellos, que se completaban con avenidas para procesiones, bordeadas de hitos de piedra y con pilonos de entrada, grandes muros ligeramente inclinados también.

La religión se volcaba en la vida después de la muerte y los ritos funerarios adquirieron gran importancia. La terrible sequedad del clima y las sales del desierto permitieron desarrollar con cierta facilidad las técnicas de momificación y esta se convirtió en un rito ineludible. Así pues, se hizo necesario un edificio especial para albergar las momias que, en caso del faraón y grandes dignatarios, cobraban un gran relieve. Siguiendo con el esquema de la casa tradicional se empezaron a hacer mastabas, bancos o cajones macizos cada vez más grandes, que cubrían o albergaban el lugar de enterramiento. El siguiente paso para hacer más vistoso el edificio y que resaltara en el paisaje fue la colocación de cajones superpuestos, más pequeños conforme ocupaban una posición más alta. Además, las paredes laterales presentaban la ligera inclinación habitual.

El paso a la pirámide estaba a punto. Para llegar a ella solo había que disminuir la altura de cada mastaba, aumentar su número y menguar el retranqueo entre las consecutivas, forzando la inclinación de los laterales. Tras varios intentos más o menos fallidos se encontró la forma ideal y en un plazo cortísimo (menos de cien años) desde que se levantó la primera se alcanzó la perfección con la Gran Pirámide de Guiza.

Imagen 2: Todavía es una ilusión pero se adivina imponente. Se ha allanado el terreno y el replanteo impone

 

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