El Éxodo: aproximación interdisciplinar
Por Carlos Blanco
26 febrero, 2005
Modificación: 6 noviembre, 2016
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Las principales escenas descritas en el Libro del Éxodo forman ya parte de la conciencia occidental. Relatos como el de las plagas, el paso del Mar Rojo, la andadura errante por el desierto y la Alianza en el Monte Sinaí constituyen algunos de los momentos más llamativos y sin duda intensos del Antiguo Testamento.

Si bien la interpretación alegórica de muchos pasajes de la Escritura era ya conocida por los antiguos hebreos, y practicada con fluidez por los Padres de la Iglesia y por los exegetas medievales, no fue hasta el siglo XVII, principalmente gracias a la obra del Padre Richard Simon (1638-1712), que se inició un estudio crítico de la Biblia. Hoy en día, herederos de esta admirable tradición erudita que han cultivado tantos expertos (fundamentalmente en Alemania, Inglaterra y Francia), gozamos de una mayor fuente de datos y de perspectivas posibles para emitir un juicio sobre la historicidad de lo narrado en el Libro del Éxodo, y en cualquier caso para determinar la posible fecha de composición de la obra y su relación con la literatura del Oriente Antiguo. Esta capacidad de relacionar los contenidos de la Escritura con el contexto socio-histórico en que se desarrolló es ciertamente uno de los logros más importantes de toda la investigación científica y crítica de la Biblia, y nos ha permitido penetrar con mayor profundidad en el mensaje nuclear de la Escritura y en esa historia de búsqueda y de salvación que nos transmite. Discernir entre lo esencial y lo accesorio en la Revelación no es tarea fácil, pero los estudios bíblicos nos ayudan, al menos, a apreciar el marco en que se fraguó y a poner de relieve toda la riqueza de los textos. Admiración causa aún la actualidad y vigencia del mensaje salvífico de la Escritura, en cuyas dimensiones la Ciencia no hace sino ahondar, ofreciendo al teólogo y al estudioso de las religiones nuevos y valiosos horizontes. En efecto, “el estudio de la Biblia es, de algún modo, el alma de la Teología”[1].

La controversia sobre la composición del Pentateuco

Richard Simon, en su obra Histoire critique du Vieux Testament (1678)[2] advirtió la existencia de duplicados, cambios estilísticos y divergencias en el contenido del Antiguo Testamento; criterios que le servirán de base para establecer su crítica literaria del texto. Ya en la época ilustrada, autores como Witter y Astruc esbozaron lo que vendría a llamarse “hipótesis documentaria antigua”, identificando dos documentos, uno elohista y otro yahvista, en virtud de la convivencia de ambas denominaciones de la Divinidad en los pasajes del Pentateuco[3]. La crítica posterior se vería obligada a rechazar la atribución de la autoría del Pentateuco a Moisés. La dificultad de encontrar fuentes continuas fuera del Libro del Génesis propició el surgimiento a finales del siglo XVIII de la hipótesis de los fragmentos, debida especialmente a Geddes y a Vater. Geddes no encontraba continuidad alguna entre los distintos fragmentos del Pentateuco, y afirmaba que dos grupos independientes de recopiladores, el elohista y el yahvista, eran los artífices de su disposición actual[4]. Vater concentró sus esfuerzos en el estudio de la Ley y de los pasajes legislativos del Pentateuco, donde era prácticamente imposible encontrar fuentes continuas. Su núcleo se encontraría en el Deuteronomio, cuya composición situó en la época davídico-salomónica, aunque habría sido Josías su redescubridor y reeditor[5]. Los éxitos de la hipótesis fragmentaria son innegables en lo que se refiere a los textos legislativos, pero deja muchos puntos oscuros[6].

El Éxodo: aproximación interdisciplinar

El fracaso de las tesis fragmentarias de explicar la unidad temática y narrativa que se percibe en muchos pasajes del Pentateuco impulsó a Kelle y a Ewald a formular, en el primer tercio del siglo XIX, la hipótesis de los complementos. Admitiendo las indudables divergencias de los textos, pero manteniendo el principio fundamental de la unidad de la trama narrativa del Pentateuco, aceptó la existencia de una fuente principal (elohista o sacerdotal), completada por la adición sucesiva de otros textos[7]. Los estudios de Wette (1780-1849) aportaron nuevas luces sobre el problema de la datación de los documentos[8].

La nueva hipótesis documentaria, que todavía hoy suscita polémica, tiene su origen en los trabajos de Hupfeld, Graf y Wellhausen. En su libro Die Quellen der Genesis und die Art ihrer Zusammensetzung, publicado en Berlín en 1853, H. Hupfeld propuso a la comunidad científica una nueva versión de la hipótesis documentaria antigua atribuida a Witter y Astruc. Su contribución más relevante a los estudios bíblicos es la de percatarse del carácter heterogéneo de la fuente elohista y desdoblarla, convencido tras pormenorizados estudios de que la utilización del nombre Elohim no era criterio suficiente para atribuir su redacción a un mismo autor o documento. Distingue así tres fuentes en el Génesis: E1, E2 y J[9]. Los trabajos de Graf siguen la misma línea que Hupfeld, aunque modifica el orden y la datación de las fuentes, fechando muchos pasajes en época exílica o postexílica[10].

El autor más influyente de la nueva hipótesis documentaria (también llamada “hipótesis documentaria clásica”) es J. Wellhausen[11]. Sus principales obras son Die Composition des Hexateuchs und der historischen Bücher des Alten Testaments (Berlín, 1876-1877) y Prolegomena zur Geschichte Israels (Berlín, 1878). Wellhausen determinó los modos de concebir la evolución histórica de la religión de Israel sentando las bases para una comprensión del trasfondo histórico de los textos del Hexateuco y del estudio del desarrollo diacrónico de las instituciones culturales de Israel[12]. Wellhausen afirma que el Pentateuco adquirió su forma presente en una serie de etapas, de varios siglos, en las que se “ensamblaron” cuatro documentos distintos. El desarrollo esquemático de los mismos hasta confluir en una única obra habría sido el siguiente: la fuente más antigua, la yahvista (J), se combinó con la elohista (E), para formar la fuente JE. Un tercer documento, el Deuteronomio (D), fue colocado como apéndice a JE por un segundo redactor, y, finalmente, el documento más tardío (P, sacerdotal) fue combinado con JED por un tercer redactor, formando el Pentateuco actual[13]. La hipótesis documentaria clásica es capaz de justificar razonadamente la falta de cohesión interna del Pentateuco de forma positiva, atribuyéndola no a una acumulación casual y fortuita de textos, sino a una serie de documentos previos originalmente independientes[14]. El material existente para fundamentar la hipótesis es amplio y variado, y las principales características tenidas en cuenta por Wellhausen son las diferencias en terminología y en estilo, las repeticiones, las interpolaciones (por ejemplo, Gn 38), las contradicciones intrínsecas al texto (por ejemplo, la prohibición de Dt 12, 13-14 de ofrecer los sacrificios en distintos lugares, que contrasta con Ex 20,24), etc.[15] Wellhausen fue capaz de mostrar un vínculo firme entre la historia de la composición del Pentateuco y la historia de la religión de Israel, que es sin duda uno de los principales objetivos de los estudios bíblicos[16].

No son pocas las preguntas sin respuesta que lega Wellhausen. En particular, la rígida estructura documentaria deja poco espacio para fragmentos e interpolaciones no pertenecientes a ninguna de las cuatro fuentes principales, y es difícil distinguir el documento E del J en muchos pasajes. Por otra parte, persiste la cuestión de si fueron individuos (como pensaba el mismo Wellhausen) o escuelas de narradores (Budde, Gunkel) quienes lo escribieron. La hipótesis documentaria ha sufrido ulteriores desarrollos, pero es necesario reconocer el mérito de Wellhausen al haber construido un cuerpo sólido de materiales y de conexiones mutuas entre los documentos que, en lugar de interpretar la descohesión interna del Pentateuco de modo negativo, lo hace de modo positivo, perspectiva que nosotros consideramos más interesante, al permitir vislumbrar una determinada intencionalidad en la redacción de los distintos pasajes, en lugar de atribuirlo todo a la simple acumulación de fragmentos.

Autores como Procksch y Smend han tratado de demostrar que los cuatro documentos originarios de Wellhausen no son los más antiguos, sino que pueden identificarse fuentes anteriores[17]. Martín Noth, en cambio, aun aceptando la hipótesis wellhauseniana de los cuatro documentos, se separó de éste en lo concerniente a las relaciones mutuas entre las fuentes, y presupuso que tras el gran bloque de narraciones del Pentateuco podía descubrirse una tradición oral. El Padre R. De Vaux también defendió la hipótesis documentaria en su forma modificada, aceptando el método de combinar fuentes como un lugar común en el mundo antiguo. De este modo, se sustituye el concepto de “documento”, más rígido y estructural, por el de “tradiciones paralelas”[18]. El problema, que también se hallará presente en hipótesis más recientes, es el de determinar el modo en que las tradiciones orales vivas, que teóricamente se siguen desarrollando paralelamente a la redacción de los documentos, influyen en éstos, y cómo se puede mantener (como hace de Vaux para el documento J) la existencia de un único autor cuando las tradiciones orales no son susceptibles de esta atribución. El término “documento”, clave en Wellhausen, presenta el problema de ser excesivamente rígido para el aparente dinamismo de las tradiciones religiosas y políticas de Israel. A pesar de dar solución a numerosas cuestiones, principalmente en el ámbito estilístico y filológico, es difícil mantener la idea de documentos únicos y fijos , tanto que estudiosos como Fohrer prefieren hablar de “estratos de fuentes”[19]. Sin embargo, esta modificación de la hipótesis clásica no está exenta de problemas, porque aun así sigue percibiéndose una notable unidad temática y redaccional en los pasajes que Wellhausen clasificó como pertenecientes a un mismo documento, tal que autores como Van Seters prefieren volver a Wellhausen[20]. Críticos de la hipótesis documentaria han hablado de la falta de necesidad de distinguir entre J y E, dadas las evidentes similitudes que poseen[21]. Por otra parte, la creciente “subdivisión” de los cuatro documentos originales de Wellhausen contribuye también a poner en tela de juicio los presupuestos básicos de la hipótesis documentaria, acercando las líneas metodológicas a la tesis de los fragmentos, dificultando la datación de los documentos en relación con la historia de Israel. La consideración de la elaboración gradual de los documentos no está, pues, exenta de una problemática fundamental que radica en la consecuente imposibilidad de discernir una unidad temática y narrativa en los diferentes pasajes, además de la vaguedad de expresiones como “grados” o “estratos”[22].

La hipótesis de Wellhausen concedía poca importancia a la tradición oral. Los expertos Nielsen, Carlson y Engnell[23], estudiosos de las sagas escandinavas, pensaron que el uso de la escritura era un fenómeno cultural relativamente tardío, y que por tanto era necesario postular la preeminencia de las tradiciones orales, confiriendo a la investigación bíblica una mayor flexibilidad que los rígidos cánones de la hipótesis documentaria, que a su juicio difícilmente podrían comprenderse desde la mentalidad de los antiguos. Sin embargo, esta aproximación hace plantearnos si es legítimo aplicar los criterios que rigen las sagas escandinavas (por ejemplo, las leyes épicas de Olrik sobre las características estructurales generales de las sagas, que presuponen la existencia de una mentalidad común en el hombre primitivo y que, en cualquier caso, han sido deducidas a partir del estudio de las tradiciones escandinavas, distintas y lejanas a las tradiciones semíticas[24]). Consideraciones similares podrían realizarse sobre la teoría de Jolles de las formas simples (formas breves del lenguaje que surgen con naturalidad y de modo anónimo en las sociedades primitivas), que él ha puesto en relación con las sagas de Islandia[25], y en general sobre todo intento de abordar la composición del Pentateuco desde la perspectiva de la literatura oral[26]. Autores como M. Noth, que aceptaron la tesis de la tradición oral, tuvieron dificultades en justificar presupuestos suyos como el de las características comunes de las tradiciones orales de pueblos tan distintos como el escandinavo o el semita, o que las tradiciones narrativas más antiguas son breves y concisas[27]. I. Engnell, autor muy próximo a Noth en lo que se refiere a la aceptación de las tradiciones orales, criticó sin embargo los intentos de elaborar una historia de las tradiciones del Pentateuco[28].

R. Rendtorff, cuyas ideas son próximas a las de Gunkel, Von Rad y Noth, se sitúa también en la hipótesis de las sagas, aunque su uso de los métodos de crítica literaria recuerda más a Wellhausen que a Noth[29]. E. Blum rechaza los métodos histórico-tradicionales de Gunkel para explicar la composición del Pentateuco, aunque también se aleja de las tesis de Noth sobre el modo en que tales tradiciones llegaron a combinarse entre sí. Para Blum, nada sabemos de las tradiciones anteriores a la existencia de Israel como estado, y no hay razones para suponer que existió un largo período de transmisión oral previo a la formación de dichas tradiciones[30]. Autores como R. Albertz han manifestado su inclinación hacia un enfoque, en la línea de Wellhausen, que permita integrar la visión histórico-religiosa de Israel con un enfoque teológico[31].

Es difícil establecer conclusiones sobre la composición del Pentateuco, dada la numerosa bibliografía existente y las diversas hipótesis, tendencias y líneas de investigación sugeridas en los últimos años. La hipótesis documentaria, por la influencia que ha ejercido en la investigación veterotestamentaria durante más de un siglo, presenta fundamentos que, a nuestro juicio, pueden ser aceptados en términos generales, principalmente en lo que respecta a la importancia atribuida al vínculo entre la historia religiosa de Israel y la historia política, además de su convicción de que el texto presenta una unidad temática a pesar de la falta de cohesión interna de los diversos pasajes. No se puede desestimar ciertamente la importancia de la tradición oral, aunque las propuestas originales, especialmente las que aluden a la aplicación de los criterios metodológicos y estilísticos que han orientado a los eruditos en el estudio de las sagas escandinavas, nos parecen inapropiadas para el contexto socio-cultural del pueblo hebreo. Se requiere una mayor profundización en las tradiciones orales y escritas de los pueblos semitas en general, en particular de la cultura cananea, y una mayor atención a las fuentes literarias extra-bíblicas propias de este contexto. En cuanto al Éxodo, es necesario ahondar en las evidencias históricas que poseemos, no sin olvidar las bases y los principios fundamentales aportados por las investigaciones crítico-literarias del texto en cuestión, que ofrecen interesantes luces y horizontes sobre las motivaciones del autor o de los diversos autores de las distintas fuentes documentarias, que si duda pueden iluminar a la investigación histórica, como veremos más adelante. Por otra parte, no podemos olvidar el carácter eminentemente teológico del Libro del Éxodo y del Pentateuco en general, por lo que también será necesario examinar la relación Teología/Historia, máxime a la luz de las nuevas hipótesis sobre la historicidad de este libro de la Escritura[32]. Tampoco es conveniente desterrar la crítica retórica y artística de la Biblia[33]. Hay un acuerdo sucinto entre los críticos de que el Pentateuco, como tal, no pudo haberse completado en su forma final con anterioridad al siglo VI a.C., lo que implicaría que muchos de los relatos supuestamente históricos son versiones tomadas a posteriori y, muy probablemente, con una clara intencionalidad política, de auto-legitimación frente a las demás comunidades presentes en la zona [34].


[1] Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 2001,23.
[2] Se suele considerar un precursor notable de la moderna crítica bíblica a Alfonso de Madrigal (1410-1455), por sobrenombre El Tostado, así como a otros exegetas españoles posteriores: Gaspar de Grajal, Fray Luis de León, Benito Arias Montano… Cf. M. Andrés, “La Teología en el s. XVI”, en Historia de la teología española. I, 1983, 579-735; F. García López, El Pentateuco, 2002, 39-40.
[3] J. Astruc, Conjectures sur les mémoires originaux dont il paraît que Moyse s’est servir pour composer le récit de la Genése, Bruselas, 1753.
[4] Cf. R.C. Fuller, Alexander Geddes, 1737-1802. Pioneer of Biblical Exegesis,Sheffield, 1984.
[5] Recientes estudios, como los de Silberman y Finkelstein que analizaremos más adelante, ponen en tela de juicio la existencia misma de una etapa davídico-salomónica.
[6] Cf. F. García López, El Pentateuco, 2002, 41-42.
[7] Cf. H. Ewald, Die Composition der Genesis kritisch untersucht, Braunschweig, 1823.
[8] Cf. W.M.L. de Wette, Dissertatio critica qua Deuteronomium a prioribus Pentateuchi libris diversum alius cuiusdam recentioris auctoris opus esse monstratur, Halle, 1805.
[9] E1, más tarde identificada con P, Priesterkodex, contiene la esencia de la Ley, mientras que E2 es posterior. La fuente yahvista sería la más tardía de las tres.
[10] Cf. K.H. Graf, Die geschichtlichen Bücher des Alten Testaments. Zwei historisch-kritischen Untersuchungen, Leipzig, 1866. Basándose en los argumentos del silencio, esto es, en el desconocimiento de libros como el Deuteronomio o Josué-Reyes de las leyes sacerdotales del Pentateuco, concluyó que el documento J era el más antiguo de los tres.
[11] Cf. H.-J. Kraus, Geschichte der historisch-kritischen Erforuschung des Alten Testaments, Neukirchen-Vluyn 1982; E.W.Nicholson, The Pentateuch in the Twentieth Century: The Legacy of Julius Wellhausen, Oxford, 1998.
[12] F. García López es elocuente respecto a la importancia de Wellhausen: “Como si del flautista de Hamelin [ciudad natal del ilustre exegeta alemán] se tratase, este autor arrastró tras de sí una muchedumbre de exegetas”, El Pentateuco, 2002, 45.
[13] Pasajes de dudoso origen como Gn 14 no provienen de ninguno de los documentos originarios, siendo independientes.
[14] Mucho se ha hablado sobre la influencia del pensamiento de Hegel en la obra de Wellhausen, pero lo cierto es que su rechazo de las explicaciones casuales en la composición del Pentateuco puede también relacionarse con la consideración kantiana de la necesidad de aceptación de la ley de causa-efecto en toda ciencia. Como expondremos más tarde, a nuestro juicio no es posible atribuir la composición del Pentateuco a una mera acumulación de fragmentos previos sin una intencionalidad claramente socio-teológica.
[15] Cf. R.N. Whybray, El Pentateuco, 1995, 25-27.
[16] Para Wellhausen, y en consonancia con la concepción orgánica de la Historia propia de Herder, Humboldt y Ranke, la historia de la religión podía definirse como un continuo intercambio entre los sucesivos acontecimientos políticos y la diversidad de concepciones religiosas. Dicha diversidad quedaba plasmada en las diferencias entre los documentos, que no podían desmarcarse del contexto socio-histórico en que fueron compuestos. Cf. R. Albertz, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, 1999, tomo I, 28ss. Estudios contemporáneos, como el del propio Albertz, indican que, si bien el planteamiento inicial de Wellhausen de no separar la historia religiosa de la historia política de Israel es válido, es necesario también incluir en estas consideraciones la historia social, la historia de los portadores de las diversas tradiciones religiosas y de sus circunstancias socio-económicas, asumiendo también las grandes transformaciones que Israel ha sufrido a lo largo de su propia historia. Cf. H.-J. Kraus, Geschichte der historisch-kritischen Erforschung des Alten Testaments, Neukirchen, 1969.
[17] Cf. R.N. Whybray, El Pentateuco, 1995, 35.
[18] Cf. R. De Vaux, “Réflexions sur l’état actuel de la critique du Pentateuque. Á propos du second centenaire d’Astruc”, Congress Volume, Copenhague 1953, VTS 1, 182-198.
[19] Cf. G. Fohrer, Einleitung in das Alte Testament, Heidelberg, 1965. En palabras de este autor, “las Fuentes son más complejas, con frecuencia menos tangibles desde el punto de vista de la fraseología y, en razón del uso de material antiguo, menos atribuibles a un solo autor de lo que sugiere el término ‘documento’”.
[20] Cf. J. Van Seters, “The Place of Yahwist in the History of Passover and Massot”, Zeitschrift für die Alttestamentliche Wissenschaft, Berlín, 1983, 167-182.
[21] Cf. W. Rudolph, “Der Elohist von Exodus bis Josua”, Beihefte zur Zeitschrift für die Alttestamentliche Wissenschaft, 68, 1938.
[22] Cf. N. Whybray, El Pentateuco, 1995, 40-41.
[23] Cf. E. Nielsen, Oral Tradition. An Old Problem in Old Testament Introduction, Studies in Biblical Theology, Londres, 1954; R.A. Carlson, David the Chosen King. A Traditio-Historical Approach to the Second Book of Samuel, Estocolmo, 1964; I. Engnell, “Methodological Aspects of Old Testament Studies”, Congress Volume, Oxford, 1959, 13-30.
[24] Sin olvidar que no todos los especialistas en folklore escandinavo tienen por válidas las leyes de Olrik. Expertos como Gunkel, que en un principio se mostraron entusiastas respecto a los resultados que podría ofrecer este nuevo enfoque en la investigación del Pentateuco, se vieron obligados a reconocer que no todas las narraciones del Génesis se acomodan al carácter de la Sage tal y como es definida por Olrik. Cf. H. Gunkel, The Legends of Genesis. The Biblical Saga and History, Nueva York, 1964. Gunkel trató de liberar el método histórico-crítico de estudio de la Biblia de una perspectiva centrada exclusivamente en lo sincrónico y en la distinción y estratificación para distinguir las diferentes fuentes. Gunkel trató de hacer este método constructivo, que no perdiese en su horizonte de trabajo la unicidad de las Sagradas Escrituras con respecto a los textos fundamentales de las demás religiones del momento. Sin desechar el concepto de “compilación” y de ensamblaje documentario, prestó atención a la textura particular de cada unidad dentro de los grandes textos, intentando identificar su Sitz im Leben, su ambiente de origen. La exégesis de Gunkel está estrechamente relacionada con el estudio crítico de las formas, la Formgeschichte, que estudiosos como Dibelius o Bultmann aplicarían al Nuevo Testamento tomando como referencia la hermenéutica existencia de Heidegger. Cf. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 2001, 35.
[25] Cf. A. Jolles, Einfache Formen, Tubinga, 1930.
[26] Cf. N. Whybray, El Pentateuco, 1995, 171ss., sobre la problematicidad del carácter fijo o fluido de la tradición oral.
[27] Cf. M. Noth, Überlieferungsgeschichte des Pentateuch, Stuttgart, 1948.
[28] Cf. N. Whybray, El Pentateuco, 1995, 202.
[29] Cf. R. Rendtorff, Das Alte Testament. Eine Einführung, Neukirchen, 1983. Rendtorff no concibe la historia de las tradiciones del Pentateuco sólo en términos de tradición oral.
[30] Cf. E. Blum, Die Komposition der Vätergeschichte, Wissenschaftliche Monographien zum Alten und Neuen Testament, Neukirchen, 1984.
[31] Cf. R. Albertz, Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, 1999, 46-47.
[32] Coincidimos con Whybray en que la teoría de Sandmel de la composición haggádia y acumulativa del Pentateuco no ofrece explicaciones de la unidad del plan y del tema central, que pese a las inconsistencias prevalece en las consideraciones finales sobre el mismo. A nuestro juicio, un estudio literario e histórico del Éxodo y del Pentateuco en general no puede desligarse del presupuesto necesario de una intencionalidad teológico-salvífica del mensaje de estos textos de la Escritura, que puede probarse por las numerosas evidencias, tanto en el contenido como en la forma, que confieren al conjunto de los pasajes una relativa pero ante todo perceptible unidad. Baste tomar en conjunto la aparente linealidad histórica que se quiere transmitir entre los libros del Génesis y del Éxodo, que, aunque hoy en día sea insostenible a nivel histórico, no ha escapado a las líneas fundamentales de la investigación crítica del texto.Como dice Whybray, para Sandmel “nunca existió un acto deliberado mediante el cual un autor o editor general formulara y ejecutara un plan para componer un Pentateuco. Hay que pensar más bien que el Pentateuco fue creciendo, hasta la redacción de su última palabra, por la constante corrección de una masa literaria en continuo proceso de expansión”, El Pentateuco, 1995, 225-226. Los argumentos en contra de esta tesis son numerosos. Asimismo, es difícil suponer que se contase con una versión generalizada de las acumulaciones anteriores, a las que cada supuesto autor futuro pudiese añadir nuevos relatos o contenidos. Los datos parecen apuntar, mas bien, a una sistematización o redacción definitiva acaecida en una época determinada, lo que explicaría en gran parte el contexto histórico, social y político del Pentateuco. La hipótesis de Sandmel no parece sino una reedición de la tesis fragmentaria. Cf. S. Sandmel, “The Haggada within Scripture”, Journal of Biblical Literature, Filadelfia, 1961, 105-122. No se trata, por el contrario, de postular una “teología plenamente desarrollada”que constituiría el hilo unificador de todo el Pentateuco, como piensa H.H. Schmid-“Auf der Suche nach neuen Perspektiven für die Pentateuchforschung”, Congress Volume, Viena, 1980, 375-394-, sino de evitar perder la perspectiva teológica en pasajes fundamentales del Pentateuco. Una de las ventajas del método histórico-crítico es que, de por sí, no implica ningún a priori, pero también tiene límites, sobre todo en lo que concierne a su insistencia predominante en la forma, con menor atención a su contenido, que una semántica diferenciada puede corregir, y un enfoque que preserve la aproximación sincrónica sin desestimar las aportaciones positivas del estudio diacrónico. Cf. Pontificia Comisión Bíblica, La interpretación de la Biblia en la Iglesia, 2001, 38-39.
[33] Cf. L. Alonso Schökel, “Die stilistische Analyse bei den Propheten”, Congress Volume, Oxford, 1959, 154-164; J. Muilenburg, “From Criticism and beyond”, Journal of Biblical Literature, Filadelfia, 1969, 1-18; R. Alter, The Art of Biblical Narrative, Londres, 1981. Alter afirma que muchas de las contradicciones del Pentateuco que nosotros percibimos como tales probablemente no fuesen contradictorias en la mente del autor bíblico, lo que supondría otra alternativa a la hipótesis documentaria, cuyo fundamento principal es, sin duda, la existencia de inconsistencias en el texto. Si bien la hipótesis de Alter puede ser válida en lo que él llama “contradicciones superficiales”, no la consideramos apropiada para explicar otras contradicciones de mayor gravedad, y su atribución de este tipo de contradicciones a un acto deliberado del escritor hebreo nos parece poco verosímil, o por lo menos atípica dentro de una mentalidad –la semítica- que se caracteriza por una notable meticulosidad tanto en la redacción como en el cuidado en la transmisión de los textos. Por otra parte, atribuir hechos evidentes –en base a los cuales se formulan hipótesis, como es el caso de la documentaria- a supuestas intenciones del autor no conduce nada, porque todas las teorías en este sentido son igualmente aceptables, ya que nadie puede conocer la intención concreta del autor en un pasaje determinado (esto no anula la presunción de una intención general, para cuya inducción habría ya un material mucho más amplio que para la dilucidación de la intención particular del autor en un cierto pasaje).
[34] Cf. N. Whybray, El Pentateuco, 1995, 239; I. Finkelstein, N.A. Silberman, La Biblia desenterrada, 2003, 24-27.

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