Isis en Roma
Por Joanna Bañados
13 abril, 2020
Terracotas romanas que muestran a Isis. Museo de Montserrat. Foto: Susana Alegre
Modificación: 30 abril, 2020
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La diosa egipcia Isis fue ampliamente venerada en Roma a partir del siglo I a.C. Fue acogida mayormente por el pueblo raso y las mujeres pero ¿cómo se instala su culto en la península itálica?  Para responder esta pregunta y por qué se transforma en una deidad del imperio, revisaremos, someramente, la religión romana, la llegada de Isis a Roma y las características de la diosa en territorio latino. La idea es conocer los motivos del imperio para aceptarla dentro de su panteón y la fórmula que utilizó para tales fines. Porque, a fin de cuentas, la integración de este culto extranjero en Roma correspondió a una acción pragmática guiada y avalada por las clases dirigentes, como una forma de mantener la cohesión social y el orden dentro del imperio, frente a necesidades concretas de sus habitantes.

La religión romana

Los orígenes de la religión de Roma están en los antiguos habitantes del norte y centro de la península itálica, los etruscos. Sus dioses, fuertemente influenciados por las creencias de las colonias griegas en el sur de Italia, tendieron a tomar varias de sus características. Cuando los romanos derrotaron a los etruscos y los anexaron como parte de su incipiente imperio, asimilaron sus cultos creando divinidades derivadas de sus antecesores: Tinia/Zeus/Júpiter, Uni/Hera/Juno, Mnerva/Minerva (1). Los vínculos también son notorios en casos como los de, por ejemplo, Apulu/Apolo, Artume/Artemis, Hercle/Hércules o Maris/Marte (2).

Esta etapa de la religión romana correspondería a un período llamado “itálico” en el que predominan las divinidades autóctonas (3). Tras el contacto con el mundo helenístico se dio paso a una religiosidad más filosófica y formal, donde los dioses se ordenan en un panteón “con una nómina de dioses que tenían una historia en común y se relacionaban entre si”. Los romanos “tradujeron” sus propios dioses y los incorporaron al esquema mitológico griego. (4)

Esta acción de adaptar sus creencias a aquellas fórmulas que les fueran útiles y funcionales al sistema, se repite en muchos ámbitos de la vida de Roma. Y es que, por sobre todo, “los romanos juzgaban las teorías y las instituciones según su resultado práctico” (5). Un pragmatismo que les permitió sobrellevar con éxito los destinos de un imperio que, hasta entonces, no había tenido igual en la historia del mundo.

Terracotas de Isis Adrodita. Siglos I-II. Museo Egipcio de Turín. Foto: Susana Alegre García 

En la medida que el imperio romano se expandía a través de conquistas militares, su cultura se vio enfrentada a un sinnúmero de sociedades que, especialmente en el norte de África y la cercana Asia, tenían una existencia y organización centenaria. Se trataba de naciones con férreas y complejas creencias religiosas, muchas de ellas ligadas  íntimamente a  un sistema de gobierno monárquico (6).

Lejos de censurarlos, Roma respetó las creencias religiosas locales e incluso, en algunos casos, las incorporó como propias. Un ejemplo de ello fue el culto a la diosa egipcia Isis. Entronizado oficialmente por Calígula en el año 38, le construyó un templo fuera del pomoerium, en el Campo de Marte (7). Más tarde, Domiciano hizo de este templo “uno de los monumentos más espléndidos de Roma. Desde entonces Isis y Serapis disfrutaron del favor de todos los dinastas imperiales, de los Flavios, de los Antoninos y de los Severos” (8).  Hacia el año 215, Caracalla construyó un templo isíaco en el Quirinal, dentro del recinto sagrado de Roma (9).  Tanta fue su fama que su culto se habría expandido por el imperio desde Hispania (10) hasta las riberas del Danubio (11).

Isis-Fortuna. Siglo II. Museo Arqueológico de Lyon. Foto: Susana Alegre García

La llegada de Isis a Roma

La incorporación del culto de Isis al imperio romano fue lenta y tuvo su oportunidad gracias a la “helenización” que los griegos habían realizado del mismo. Este proceso habría comenzado en el gobierno de los Ptolomeos quienes, buscando un culto que pudiese ser aceptado tanto por egipcios como por griegos, encomendaron a los sacerdotes la formulación de una deidad accesible a los habitantes de Alejandría, pero también factible de ser reconocida en una polis griega (12).  Para ello escogieron un culto que no adorara a las plantas y los animales (los griegos odiaban el carácter fetiche y supersticioso de muchas de las creencias egipcias) (13), y rescataron sólo aquellas cosas que pudieran atraer y conmover a los suyos (14). De todos los dioses egipcios, fue sólo la tríada Isis-Osiris-Horus la que traspasó las fronteras de la tierra de los faraones. La historia de la reina-esposa (Isis) que sufre por su rey-esposo muerto (Osiris, transformado en Serapis en la versión tolemaica), asesinado y destrozado por la envidia de su hermano Seth, busca y reúne sus trozos generando la primera momia y logra concebir a su hijo póstumo Horus (identificado como Harpócrates en la cultura greco – latina),  lo amamanta y cría  en soledad para que, una vez adulto, vengue la muerte de su padre y reconquiste el trono usurpado por su tío Seth, corona que le correspondía por derecho propio (15); es un relato que llena de emoción a los griegos. Además, incluye el poderoso ingrediente de la vida en el más allá, una vida inmortal: una vez que Isis recupera el cuerpo de su esposo muerto y lo faja en una momia, Osiris resucita pero en el más allá, donde reina por los siglos de los siglos. La fórmula funciona. No hay adoración a animales ni a plantas. Se trata de una historia de infortunios pero con justicia final. De una madre abnegada que lucha por si hijo lactante y es capaz de dar a su difunto esposo una nueva vida. Una narración que no está exenta de misterios y fórmulas mágicas, revestida de toda la magnificencia de la cultura egipcia, tan atractiva y seductora para los griegos (16). Así, ya en el siglo V a.C. Heródoto identificó a Isis con Deméter, diosa de la agricultura y el matrimonio, y a finales del siglo IV a.C. era adorada en Pireo, Grecia (17). “Fue adoptada en todos aquellos lugares en los que se hizo sentir la autoridad y el prestigio de los Lágidas, y en todos los que mantuvieron relaciones con la gran metrópoli comercial de Alejandría” (18). El rey Nicocreonte la introdujo en Chipre, Agatocles lo hizo en Sicilia, Seleuco Calinico construyó un santuario en Antioquía y Tolomeo Soter la introdujo en Atenas, llegando a tener un templo a los pies de la Acrópolis (19)

Difícilmente un culto “helenizado” no pasaría a Roma. La extensa actividad comercial que el imperio tenía con oriente, la hacía un hervidero de gentes que iban y venían. De Egipto no sólo importaba su trigo, también mano de obra y doncellas alejandrinas que bien pudieron llevar el culto de Isis al corazón mismo del imperio (20). De este modo, Isis llegó a Italia en el siglo II a.C, y fue introducida en Roma  en tiempos de Sila alrededor del año 81 a.C. (21) siendo acogido mayormente por el pueblo raso y las mujeres.

La Isis romana

Aunque Osiris-Serapis y Harpócrates no están ausentes del culto, se limitan a aparecer en Roma “como auxiliares de Isis quien, por el contrario, se muestra como una diosa universal. (…) Sus atribuciones son tan amplias, tan diversas, que se le llama de buen grado la diosa de los mil nombres. Pero ella es en primer lugar la esposa modelo y la madre ideal” (25). Este aspecto de Isis explica su éxito entre las mujeres, aunque también fue venerada por los hombres, en tanto resucitadora de su marido, vinculada con la inmortalidad y con la salvación (26). Quizás si fue esta característica la que hizo tan popular a Isis en Roma. La vieja religión romana “imponía a los hombres la práctica de virtudes nacionales, es decir, de aquellas útiles a la sociedad como la temperancia, el valor, la castidad, la obediencia  a los padres y los magistrados, el respeto por el juramento y las leyes, y todas las formas de patriotismo” (27). Las crecientes necesidades de la población se centraban en la importancia de la vida interior, de la persona, de su sufrimiento y de su redención. Los sacerdotes que llegaron con los cultos orientales traían dos cosas nuevas para Roma: “los misteriosos medios de purificación por los cuales pretendían borrar las manchas del alma y la garantía de una bienaventurada inmortalidad que sería la recompensa de la piedad” (28).

Detalle de la llamada Tabla Isíaca. Museo Egipcio de Turín. Foto: Susana Alegre García 

Dejando de lado el culto cotidiano a cargo de los sacerdotes de los santuarios, las fiestas dedicadas a la diosa representan, además, un elemento de participación popular. Todos formaban parte de ellas, estuviesen o no iniciados en sus misterios. “Se celebraba a Isis todos los meses, el noveno o décimo día” pero la fiesta de la “Navegación de Isis” el 5 de marzo, era la más popular (29). Se trataba de una celebración relacionada con el ciclo agrario, que consistía en lanzar al mar, o a un río, un barco consagrado a la diosa como ofrenda primicia. Así, se declaraba oficialmente abierto el período de navegación por el Mediterráneo, en una ceremonia que también festejaba la renovación de la vida y de la naturaleza (30). La importancia de esta fiesta subraya “el papel de la diosa como protectora de marinos y viajeros” (31). Este fue un rol que nunca tuvo en Egipto y que se debe “sin duda a una dimensión que se desarrolla tardíamente” en el mundo grecorromano (32). Y es que la deidad romana difiere de su homóloga egipcia original especialmente en el tema de la garantía de inmortalidad.  Si bien muchos de los rasgos de la Isis egipcia están en la romana, la versión latina prácticamente desconoce varios de sus atributos “orientales”, acentuando otros que, en su culto originario, pertenecen a Osiris y Horus: la vida eterna y la redención (33).

La vía romana de la integración

Roma incorporó dentro de sus múltiples deidades un culto proveniente de Egipto. Si bien este hecho se vio favorecido por la “helenización” que la cultura griega había hecho de la diosa, su aceptación dentro del imperio correspondió a motivos prácticos más que espirituales.

Los dioses de los pueblos conquistados que fueron aceptados en Roma, ingresaron al imperio porque, de alguna manera, habían terminado asociándose a una divinidad del panteón romano. Dada la fuerza de estos dioses, las divinidades locales terminaron desapareciendo, desestabilizando la estructura religiosa de los vencidos y dejándolos un tanto “abandonados” en la participación de la tradicional religión cívica  de los romanos. “Resultaba, pues, indispensable para las autoridades imperiales crear un marco de referencia válido para todos los habitantes del imperio. La cohesión social deseable para los gobernantes requería la oferta de expresiones de religiosidad coincidentes con las aspiraciones de participación de los habitantes del Imperio” (34).

Templo romano de Isis en Cartagena. Siglo I. 

Los intelectuales como Plutarco habrían colaborado en la elaboración de una nueva “superestructura ideológica” en la medida que proporcionaron cierta coherencia a los cultos extranjeros, destacando aquellos atributos funcionales al imperio. Así, en el caso de Isis, Plutarco hace una lectura positiva del culto en la medida que “selecciona el material que le parece útil para defender el carácter más conservador, es decir, adecuado para los valores defendidos por la ideología altoimperial” (35). Esta acción favorece una nueva lectura  del isismo, dejando atrás la fuerte crítica que, hasta Tiberio, tuvo el culto de la diosa egipcia entre la “intelectualidad tardorrepuplicana”. “Ahora Isis pasa al servicio del orden establecido y el isismo deja de ser un culto egipcio para convertirse en un patrimonio romano destinado a la integración de los provinciales en la romanidad” (36).

De este modo, es aceptable afirmar que ninguna de las aportaciones religiosas “orientales” puede ser considerada como una auténtica religión en Roma. Por el contrario, se comportan como parte integrada de un sistema imperante y se desenvuelven gracias a su progresiva integración a la superestructura ideológica grecorromana. No actúan en solitario, ni tienen como objetivo hacerlo. “Funcionalmente, son entidades importadas a un sistema que se readapta para darles cabida, al tiempo que se transforman para convertirse en productos consumibles en su nuevo escenario cultural” (37).

Conclusión

El culto a Isis representó para Roma un mecanismo de cohesión social en tanto satisfizo una serie de necesidades de la población a comienzos de la era imperial.

Por un lado, permitió que los recién llegados tuviesen una vía de participación y manifestación religiosa en la ciudad, independiente de su lugar de origen. Sus fiestas estaban abiertas a todos, sus templos estaban ubicados en áreas sagradas privilegiadas, su idioma ritual era común. Es decir, generó un sentimiento de pertenencia. Por otro, entregó los elementos de estabilidad espiritual que la población necesitaba en una sociedad de contrastes y de divinidades fuertemente cívicas relacionadas a un sistema republicano. Roma estaba consciente de estas falencias y, sin dejar de lado su esencia, comprendió que, para tener éxito en su nueva etapa histórica, debía estructurar un nuevo soporte religioso a su política imperial. Gracias a un acción emanada de las cúpulas directivas e intelectuales, fue capaz de conciliar “los intereses de los habitantes del imperio que se sentían relegados en una forma de marginalidad en el orden religioso tradicional de la ciudad y los intereses de quienes gozaban del poder político que requerían nuevos instrumentos para mantener un eficaz control de la población”. (38)

Isis. Escultura de mármol. Siglo II. Museo Ostense. Foto cedida a Amigos de la Egiptología por la gestión de la exposición Cleopatra y la fascinación de Egipto

Notas:

(1)          Nieto, José. Historia de Roma, Editorial Libsa, Madrid 2008, p. 300
(2)          Idem
(3)          Guillén, José : Vida y costumbres de los romanos, vol. III. Salamanca 1985
(4)          Nieto, José, ibidem, 304 – 305
(5)          Cumont, Franz. Religiones orientales y el paganismo romano, Ediciones Akal, Madrid 1987, p. 41
(6)          Para más detalles de este tema en el Antiguo Egipto y Mesopotamia: Frankfort, Henri. Reyes y Dioses, Alianza Editorial, Madrid 1988.
(7)          Petit, Paul. La paz romana, Editorial Labor, Barcelona 1976, p. 105
(8)          Cumont, Franz. Ibidem. p.77
(9)          Petit, Paul, idem
(10)        Castel, Elisa, Diccionario de mitología egipcia, Alderabán ediciones, Madrid 1995.p.161
(11)        Baring, Anne y Cashford, Jules. El mito de la diosa: evolución de una imagen, Ediciones Siruela, Madrid 1991. p.265
(12)        Alvar, Jaime. Los misterios: religiones “orientales” en el imperio romano. Editorial Crítica, Barcelona 2001. pp. 61-63
(13)        Cumont, Franz, Ibidem. p. 72
(14)        Ibidem p.73
(15)        El mito está repartido en varias inscripciones pero una parte importante se encuentra en los llamados “Textos de las pirámides”. Más tarde, Plutarco recoge esta leyenda, la redacta y la explica en su tratado “Sobre Isis y Osiris”. Si bien es la única narración coherente del mito, es una recopilación muy tardía y está empapada de ideas “no egipcias”. Müller, Max: Mitología egipcia. Edicomunicación SA, Barcelona 1996. p. 95
Para más detalles sobre el mito de Osiris y la monarquía egipcia ver: Frankfort, Henri. Reyes y Dioses, Alianza editorial, Madrid 1988;
(16)        Cumont, Franz. Ibidem. pp. 38 y 88
(17)        Rubia, Francisco. Conexión divina, Editoria Crítica, Barcelona 2009  p. 63
(18)        Cumont, Franz. Ibidem p. 73
(19)        Idem
(20)        Ibidem, p.33
(21)        Grimal, Pierre. La civilización romana, Editorial Juventud, Barcelona 1965, p.97
(22)        Cumont, Franz, Ibidem, p.44
(23)        Rubia, Francisco, Ibidem, p. 64 y 65
(24)        Aunque, como indicamos en la nota nº 15,  llena de ideas “no egipcias”
(25)        Sartre, Maurice, El oriente Romano, Ediciones Akal, Madrid 1994, p. 513
(26)        Cumont, Franz, Ibidem, p.88 y 89.
(27)        ibidem, p. 41
(28)        Ibidem, p. 44
(29)        Sartre, Maurice, ibidem, p. 515
(30)        Idem
(31)        Idem
(32)        Ibidem p. 516
(33)        Ibidem p. 517
(34)        Alvar, Jaime. Los misterios en la construcción de un marco ideológico para el Imperio en: Marco Simón; Remensal Rodríguez; Pina Polo. Religión y propaganda en el mundo romano. Universidad de Barcelona. Barcelona 2002. p. 75
(35)        Ibidem, p.76
(36)        Ibidem, p.81
(37)        Alvar, Jaime. Los misterios: religiones “orientales” en el imperio romano. Editorial Crítica, Barcelona 2001. p. 23
(38)        Alvar, Jaime. Los misterios en la construcción de un marco ideológico para el Imperio en: Marco Simón; Remensal Rodríguez; Pina Polo. Religión y propaganda en el mundo romano. Universidad de Barcelona. Barcelona 2002. p. 82.

 

Bibliografía:

– Alvar, Jaime. Los misterios en la construcción de un marco ideológico para el Imperio en: Marco Simón; Remensal Rodríguez; Pina Polo. Religión y propaganda en el mundo romano. Universidad de Barcelona. Barcelona 2002.

– Alvar, Jaime. Los misterios: religiones “orientales” en el imperio romano. Editorial Crítica, Barcelona 2001.

– Cumont, Franz. Religiones orientales y el paganismo romano, Ediciones Akal, Madrid 1987.

– Grimal, Pierre. La civilización romana, Editorial Juventud, Barcelona 1965.

– Lucio Apuleyo, La metamorfosis o El asno de oro: novela. Traducción atribuida a Diego López de Cortegana (1500); revisada y corregida por C. http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/01593307657815996322257/index.htm

– Nieto, José. Historia de Roma, Editorial Libsa, Madrid 2008.

– Petit, Paul, La paz romana, Editorial Labor, Barcelona 1976.

–  Plutarco, Isis y Osiris. Ediciones Obelisco, Barcelona 2006.

– Rubia, Francisco. Conexión divina, Editoria Crítica, Barcelona 2009.

– Sartre, Maurice, El oriente Romano, Ediciones Akal, Madrid 1994.

 

Autora del texto: Joanna Bañados 

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