Entrevista al egiptólogo Sayed Salama
Por Nieves García Centeno
6 diciembre, 2021
Sayed Salama en el templo de Luxor. Foto del Archivo documental AE
Modificación: 19 diciembre, 2021
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 2 de diciembre 2021.- Algunos tenemos la suerte de tenerlo como guía entre los muchos tours que se organizan para visitar lo mejor del antiguo Egipto. Terenci Moix estaría de acuerdo en ello, pues fue su guía en los primeros viajes que hizo a la tierra de los faraones. Se llama Sayed Salama y es uno de los egiptólogos más prestigiosos del país. Aunque disfruta de una jubilación merecida, no puede estar mucho tiempo alejado de los monumentos, algunos tan significativos en su trayectoria profesional como los de Filae, Edfu, Luxor o la pirámide escalonada de Saqqara. Cairota de nacimiento, fue profesor universitario, director de investigaciones del Museo del Cairo, inspector de antigüedades, además de periodista, escritor y escultor. Si les digo que los colosos de Ramsés II de Menfis fueron descubiertos por él, o que participó en el traslado del templo de Filae a la actual isla, o que París se tuvo que conformar con seguir teniendo un obelisco gracias a su defensa en la UNESCO para que Francia no pudiera reclamar el segundo del templo de Luxor, o que se dejó de visitar la tumba sur de Djoser en Saqqara porque los turistas dañaban la pared esmaltada del azulejo verde esmeralda única, o del hallazgo de decenas de estatuas del Reino Nuevo que se pueden visitar en la planta baja del Museo de Luxor, que estaban enterradas en la sala peristilada donde el pasado 25 de noviembre las autoridades asistían sentadas al espectáculo de inauguración de la avenida de esfinges de carneros.

Sayed Salama en la explanada de Giza y junto a la pirámide de Khufu o Keops, noviembre 2021. Fotos: Nieves García Centeno 

Sayed Salama sigue considerando la Egiptología como un hobby y, aunque le ha regalado a lo largo de su vida muchas satisfacciones, “también me ha hecho caer a los infiernos”, afirma solemne, quizás recordando algunas situaciones incómodas vividas con las autoridades por su forma de cuidar y entender el patrimonio milenario de su país. Se considera, pues, un arqueólogo rebelde, dando gracias a que la paciencia sea su mejor virtud, la cual despliega en la actualidad generosamente, entre cigarrillo y cigarrillo, con su frase favorita “llevo esperando cuarenta siglos”, mientras aguarda por el grupo para dar sus explicaciones, orgulloso de ver como los turistas se quedan embobados mientras fotografían las maravillas de sus ancestros. Y siempre, entre visita y visita, el cariño y respeto de los gafires, de los vigilantes y del resto de guías locales, que se paran a saludarle de manera casi reverencial.

Sayed Salama calla más que cuenta. Es una caja de sorpresas y de experiencias vitales fascinantes que no se pueden abarcar en una entrevista y, seguramente, si habláramos otro día con él, saldrían cosas nuevas y diferentes. En un perfecto español, que aprendió de unos mexicanos en Estados Unidos cuando estudiaba en la Universidad de Boston, intentamos hacer un recorrido por algunos de los momentos más emocionantes e importantes de su vida.

Su verdadera pasión desde niño fue la escultura en piedra, el arte que realmente le acercó a los relieves y jeroglíficos milenarios que decoran las paredes de los templos y tumbas de los antiguos egipcios. Nació en El Cairo, aunque siempre que puede presume de sus raíces sureñas. Fue su abuelo el que, intentando buscar un futuro mejor para su familia, emigró desde Asiut, en el medio Egipto, al Delta. De niño empezó jugando con la arcilla, primero figuras pequeñas y luego más grandes, haciendo el propio molde en su casa, bajo las atentas miradas de sus padres, aunque no siempre contando con su aprobación, sobre todo del progenitor, profesor de Física, que no veía con buenos ojos que su hijo mostrara predilección por esa actividad artística.

Mi padre estuvo enfadado conmigo diez años por este motivo, porque quería que hiciera como mis otros hermanos, que iban para médico o ingeniero. Bueno, lo veo normal y lógico, porque el mundo es muy materialista, hay que pensar muy bien a qué profesión dedicarse. Pero a mí me gustaba el arte de la escultura, quería hacer como hace el maestro y seguir profundizando en ello.

El doctor Salama estaba totalmente convencido de su pasión, pero no como un bohemio, sino con la intención de formarse de verdad. Así fue como, con 15 años, para conocer mejor de cerca el oficio, se introdujo en el Wekalet El-Guri, un antiguo caravasar del siglo XVI situado en la zona de Khan el-Khalili, el gran zoco de El Cairo, que actualmente funciona como teatro para actuaciones musicales y de danza típicas.

Era un centro cultural donde cada artista tenía su taller. Los escultores hacían allí sus obras para presentarse a exposiciones y concursos. Era un chaval, pero me gustaba. Me metí en su mundo. Y como siempre fui muy competitivo, quería ser el mejor. Le enseñé a uno de ellos una figura mía y me dijo que tenía un don. Eso quedó en mí, y empecé a mejorar, mezclando materiales, haciendo unas formas determinadas.

Sin embargo, las inquietudes de Sayed Salama iban más allá de las artísticas, teniendo de nuevo como telón de fondo a sus padres.

-En la escuela preparatoria fui de los primeros, por lo que mi madre quiso regalarme algo por ello. A mí hacía tiempo que me atraía una enciclopedia sobre la civilización del hombre. Ella pensó que estaba loco, ¿no prefieres una bicicleta, una moto, un reloj? No, le dije. Pero, como quería cumplir conmigo, me prometió que algún día me la traería, porque no era fácil de conseguir. Eran muchos tomos. Una tarde en vacaciones, en verano, regresando a la casa de mi familia en el campo, al este del Delta, con la puesta de sol, estaba mi padre sentado fuera con mis tíos y mis primos, y me di cuenta de que todo el mundo me miraba con expectación. Entonces vi que había una camioneta parada. Salama, ahora ya tienes tu regalo, me dijo mi madre. Allí estaba la enciclopedia y me alegré mucho. Tuvieron que arreglarme como una especie de biblioteca y, cuando iba al colegio, me llevaba siempre un tomo conmigo, que leía en el autobús al ir y venir de clase, hasta que los acabé. Y esa información se me quedó en la cabeza. Descubrí que tenía muy buena memoria, y por eso mi facilidad con los idiomas y, más tarde, para aprender los jeroglíficos.

Esa enciclopedia es la obra de C.K. Ogden sobre la Historia de la Civilización, 50 tomos, publicados entre 1924-38, un hito a principios del siglo XX. “Ella cumplió”, dice el doctor Salama con un gesto reverente de afirmación con la cabeza y recordando ese momento de su infancia.

Pero el arte no se había ido de su cabeza, para desgracia de su padre: Estudié Bellas Artes en Cairo y después me fui a Boston a hacer un Master. Mi proyecto final fue sobre el arte del relieve en la escritura egipcia. Como tuve que comprar muchos libros para instruirme, así empezó mi interés por la Egiptología. Analizar los relieves de los pájaros del Reino Medio, por ejemplo, era una maravilla. Y a base de leer los textos, con los diccionarios y las gramáticas, aprendí el egipcio antiguo, lo que me valió para después, cuando me formé en Egiptología. Creo que empecé por la puerta grande, con el idioma. Por eso, la manera de leer los jeroglíficos de Sayed Salama es única: Primero lo hago de manera artística, y luego, digo lo que significa.

En Boston, además de aprender español con unos mexicanos, también estudió Periodismo. Y fue una manera de empezar a ganarse la vida:

-No quería que mi padre me enviara siempre dinero. Fui a una editorial que publicaba una revista llamada Papeles Históricos. Aunque no tenía cita con el jefe, conseguí que me atendiera y le dije que quería trabajar, que podía escribir sobre lo que él quisiera, por ejemplo, sobre las mujeres en China en el siglo XV. Me dio papel y empecé a redactar, en inglés, que dominaba perfectamente, y, al cabo de un rato, vino, leyó mis hojas y vi que estaba impresionado. Y así empecé. Tenía 23 años. Estuve en Boston hasta 1967, cinco años. Pero tuve que volver a Egipto para el servicio militar, dejando la nacionalidad americana, que había conseguido. Era la guerra de Vietnam y me obsesionaba y aterrorizaba pensar cómo iba a morir y dónde me enterrarían. Por ello decidí venir a Egipto, para morir en mi casa. En Egipto tuvo lugar en esas fechas un importante conflicto bélico, la Guerra de los Seis Días, etapa en la que el entonces joven estudiante y periodista desarrolló también una breve carrera militar.

Boston fue inspirador para Sayed Salama, pues, además de venirse con el Master en Bellas Artes y el diploma en Periodismo, se trajo también un Máster de Egiptología, y, ya en Egipto, empezó su tesis doctoral en la Universidad del Cairo sobre el Viaje o los Valles del Amduat, el mundo del Más Allá.

Ya como doctor, su carrera como egiptólogo siguió su curso. Primero al frente del departamento de investigaciones en el Museo Egipcio del Cairo, al que define como el gran almacén, para seguir trabajando como arqueólogo en Saqqara y Giza durante cuatro años y otros seis más en Asuán, ya como inspector de antigüedades. Era inevitable preguntarle sobre su primer descubrimiento y lo que sintió.

-Al principio todos queremos descubrir cosas, pero la idea no es descubrir algo nuevo, sino profundizar en lo que se descubre, investigar y trabajar sobre ello. El primer descubrimiento es como que has encontrado el mayor tesoro del mundo, tiene mucho valor para uno y, si no lo tuviera, se hace -añade, acompañándolo de su característica carcajada. –Cuando uno estudia una época, piensa que es la mejor de todas, es el ego. Mi primer gran hallazgo fue en Saqqara, la tumba de Seb-shet, un sumo sacerdote del rey Teti, de la dinastía VI; estaba hecha de adobe, estucada, con pintura, y en la que aún se conservaban las frutas de las ofrendas, como granadas o pasas (en la actualidad no se puede visitar).

En la entrada de la tumba de Mereruka, alto cargo del rey Teti, Dinastía VI (2300 aC), en Saqqara. Foto: Nieves García Centeno 

En Saqqara también estuvo trabajando en la pirámide escalonada del rey Djoser, de la Dinastía III. Bajo su orden, durante varios años no se pudo visitar la tumba sur de este monarca: los azulejos de las paredes se caían a cada visita, con los turistas rozando con sus mochilas las paredes, no se respetaba el sitio. Desde el pasado mes de septiembre ya se puede volver a visitar, aunque con permiso especial, tras finalizarse unos trabajos de restauración que comenzaron en 2006 e incluyeron el refuerzo de los pasillos subterráneos, la renovación de las paredes de azulejos y la instalación de iluminación.

Detalle de los azulejos azules y de los pasillos de la tumba sur de Djoser (Foto: Wikimedia Commons)

Otro ejemplo de su celoso cuidado del patrimonio de su país fue poner un cristal protector en la famosa Estela de Israel o de la Victoria, que se puede visitar en el Museo Egipcio, que recoge las campañas militares de Merneptah, hijo de Ramsés II, y en la que aparece por primera vez el nombre de Israel.

Ante la Estela de Israel, en el Museo Egipcio del Cairo. Foto: Nieves García Centeno.

Aquél sería su primer hallazgo, pero no fue el de los más importantes. En 1979 descubrió en la antigua Menfis las estatuas de los colosos de Ramsés II, de la Dinastía XIX (1200 aC) y gracias a ello también decidió empezar su etapa de escritor.

Todo el mundo me pregunta por qué empecé a escribir sobre la época cristiana y la huida de la Sagrada Familia. Estaba entonces estudiando el Libro de Isaías, del Antiguo Testamento. Y me pasó algo interesante. Cuando iba al puerto de Menfis a trabajar, había dos palmeras pequeñas con las que siempre me enganchaba a su paso y llegaba a hacerme heridas en el cuerpo. Y pensé, esto es una señal, seguro que hay algo aquí. Un día, estando en Saqqara con los obreros, era jueves y tenían que cobrar, porque el viernes es festivo, y entonces, estaban animados, y por ello, lo aproveché. Les mandé venir, que arrancaran esas dos palmeras y que después cobrarían. Y así fue. Encontramos una estatua de Ramsés II, de 13 m de largo, boca abajo, y a su derecha había otra, que es la que está en el museo de Menfis. La primera, nos cuenta, fue llevada al Grand Egyptian Museum (GEM), todavía sin fecha oficial de inauguración.

El hallazgo fue sorprendente, pero Sayed Salama tiene su explicación personal: -Isaías decía que cuando apareciera el Mesías en Egipto, los ídolos caerían de frente. Los coptos hacen la ruta de la Sagrada Familia en su huida a Egipto. Y la Iglesia copta menciona esos sitios de paso, pero los que no se han podido determinar, yo los he podido añadir, como Menfis. Nos lo indican estas estatuas boca abajo. Son colosos de una pieza y es difícil que hayan caído de frente, ¿cómo cayeron? Y hay más casos de otras figuras en Menfis que también estaban boca abajo. Por ello, la Sagrada Familia pasó por este lugar también, y el Mesías. Creo que en este descubrimiento me ayudó algo divino.

En 1980 Sayed Salama trabajó con la UNESCO en el traslado del templo de Isis desde la isla de Filae a la cercana de Agilika, en Asuán, en peligro por las subidas del nivel de agua tras la construcción de la presa.

-Los trabajos del traslado empezaron en 1967. Fueron trece años, no fue sencillo, porque son doce templos. La principal duda era cómo colocar las piedras de los techos. Los responsables necesitaban un arqueólogo y fue cuando me llamaron. Les dije que había que colocar los bloques del eje hacia afuera, y así se hizo. Finalmente, la inauguración fue en abril de 1980. Es uno de mis templos preferidos.

En el templo de Isis de Filae (aunque la isla en donde se sitúa en la actualidad se llama Agilkia). Foto: Nieves García Centeno

Como el de Abu Simbel, que también tuvo que ser trasladado de sitio por la subida de las aguas en el lago Nasser. Pero antes de eso, cuando el Nilo crecía de manera natural, Sayed Salama recuerda haber vivido allí con su padre una de las experiencias más maravillosas de su vida.

-En ese entonces yo era aún un niño. Mi padre me llevó a un viaje, primero en tren, hasta Asuán, y luego en barca, en una dahabiya, hasta Abu Simbel. Esa experiencia fue para mí el colmo, no podía imaginar ver eso en mi vida, la entrada del sol en el templo, dos veces, una con 13 años, el 21 de febrero, y más tarde, con 15 años, el mismo día de octubre. Ver cómo se ilumina, fue inolvidable. Menos mal que al cambiar el templo, lo consiguieron casi igual. Sayed Salama fue un privilegiado, porque en la actualidad dicha alineación solar, del astro rey entrando hasta el sancta sanctorum donde esta Ramsés II sentado con tres dioses se produce un día después, el 22 de febrero y octubre. Eran, tal vez, las fechas de los aniversarios de la coronación y el nacimiento del faraón, respectivamente.

Sayed Salama en Abu Simbel, realizando sus explicaciones mientras dibuja esquema en la arena. Fotos: Nieves García Centeno

En el templo de Edfu estuvo dos años excavando y traduciendo los textos de las cámaras y de las capillas secundarias que están alrededor del santuario: Era mi especialidad, allí donde estén los textos más difíciles, los mágicos, comenta en un susurro de voz, como si así evitara que se despertaran o volvieran a la vida por decirlo en alto.

Más descubrimientos, esta vez a finales de los años 80 en el templo de Luxor. Fue requerido por sus colegas para ver qué se podía hacer para evitar que las columnas de la sala hipóstila en la zona levantada por Amenhotep III, afectadas por unas filtraciones de agua, se cayeran. Algo estaba causando esa inestabilidad.

-Se colocaron unos soportes de madera, unos andamios, para sujetar esas columnas. Entonces, yo sabía, por documentación que conocía del Museo del Cairo, leyendo los ostraca, que en esa zona había varias estatuas enterradas. Los textos lo cuentan, hay que saber leerlos e interpretarlos, dice misteriosamente.

Así fue que en 1989 se encontraron cuarenta estatuas de reyes del Reino. La mayor parte se pueden visitar en la planta baja del Museo de Luxor. En 1995 se terminaron los arreglos de las columnas afectadas.

 

Estatuas en la planta baja del Museo de Luxor. A la izquierda, Amenhotep III en trineo, y a la derecha, los dioses Mut y Amon. Abajo el faraón Horemheb ante el dios Atum. Fueron halladas en 1989, enterradas en el templo de Luxor (Fotos: Nieves García Centeno).

 

A pesar de ser durante casi cuatro años profesor de Arte en la Universidad del Cairo, según confiesa, no es lo que más le guste.

-No me ayuda, porque quiero que quien estudie, piense. Además, quedan muchas cosas por descubrir y faltan por analizar los temas que tenemos ya, porque hay ciclos que no están claros. Hay que seguir investigando y trabajando.

Sayed Salama inició entonces un periplo por distintas universidades y centros de investigación en Europa, donde profundizó en lo que es una de sus especialidades, Egipto y la Biblia, a la vez que desarrollaba su faceta de escritor en tres libros, ya agotados, en español, publicados por Grafite (Baracaldo, Vizcaya): Moisés y el éxodo a la luz de las fuentes sagradas y de la egiptología, 1998; El patriarca José y la cultura egipcia, 1999, y La huida de la Sagrada Familia, 2001.

Aunque sigue escribiendo e investigando, Sayed Salama conoce gracias a su actividad de guía cómo se desarrolla el turismo en su país y opina sobre la reciente apertura de museos en distintas ciudades de Egipto, destacando la capital: “Se deben seguir abriendo museos, o almacenes”, ironiza con su risa contagiosa, “aunque sean al aire libre, incluso en los jardines. Porque la idea es que la gente lo pueda ver y se cree entusiasmo por ello, por conocer la historia. Si yo tengo una colección privada, no voy a poder recibir en mi casa a mil personas, por eso es necesario hacer que esa pieza pueda ser vista por la gente en los museos”.

Conocida su trayectoria pasada, ¿qué hace el profesor y doctor Sayed Salama trabajando de guía, intentando hacerse oír entre multitudes de turistas y aguantando, quizás, preguntas entre inocentes o impertinentes?

-Cuando fui al Valle de los Reyes para estudiar los Viajes del Amduat, el tema de mi tesis doctoral, me di cuenta de que la vida de Luxor no me gustaba, me pareció que la gente era muy cerrada; no me querían alquilar un piso porque era del norte, soltero, un estudiante, peor que un extranjero. Al final alguien me ofreció una vivienda, pero con la condición de que no abriera las ventanas, ¡me trataban peor que a un extranjero! No lo podía aguantar. Entonces me fui a un hotel, más caro, pero no quería pedirle dinero a mi padre. Decidí cambiar la época de estudio de mi tesis, pasarme a la Tardía, no la Nueva; lo hablé con mi tutor, y así podría estudiar en Tanis, en las tumbas de las dinastías 21 y 22, que está cerca del Cairo. Cuando ya lo estaba arreglando, me llamó el dueño de una agencia de viajes de Luxor que hacía tours para otras del Cairo y que me necesitaba para acompañar a gente de habla española. Le dije que no era guía. Pero, hablas español, conoces los monumentos, ¿qué te falta?, me pregunta, pues que no tengo la esencia, le contesté. Me lo pensé, pero al final me presenté al día siguiente en el hotel, donde estaban los turistas, ¡95 personas!, y ya me dio el sueldo, que vi que no estaba mal. Y he seguido haciéndolo desde entonces cuando puedo, cinco o seis viajes al año.

Todos sufrimos la crisis sanitaria del Covid, que no tiene visos de solucionarse todavía. Para Sayed Salama fue una etapa complicada: Este año pasado fue la muerte para mí, lo pasé muy mal, no me podía mover de casa, me faltaba algo. Porque cuando estoy con los monumentos me siento vivo, soy feliz, y me gustan las preguntas de la gente, algunas tocan mi cerebro, y siempre descubro cosas nuevas. Jubilarme, para qué, mis hijos no quieren que haga de guía, pero no lo voy a dejar, estoy empapado de la Egiptología, es mi paraíso.

Ninguno de sus hijos o alguno de sus nietos se dedican a la Egiptología.

-Y la verdad es que yo no se lo he incentivado, porque no quiero que pasen por lo que yo he pasado. Ha habido momentos muy duros, de problemas, pero he sido paciente, lo he tomado todo con filosofía, y si me echaban de un sitio, me daban más sabiduría pues iba a otro lugar a seguir aprendiendo. ¿He sido un arqueólogo rebelde? Bueno, quiero que las cosas sean ideales, que se hagan bien, como tienen que ser. Yo no me cambio. He seguido el camino recto. El balance de todo ello ha sido la experiencia, que no se gana gratis, hay que pagarla, se obtiene de nuestros errores, y si se cometen, hay que saber corregirlos.

En la necrópolis de Hermópolis, en el medio Egipto, hacia la tumba de Petosiris. Foto: Nieves García Centeno 

Sayed Salama fue el guía local, junto con la egiptóloga Susana Alegre, durante un viaje celebrado el pasado mes de noviembre que se denominó Tras las huellas de Nefertiti y que llevó a una veintena de viajeros a recorrer sitios tan emblemáticos como Giza, Saqqara o los museos de El Cairo; cruzar el Medio Egipto para visitar Minia, Amarna, Beni Hassan; hacer parada en  Abidos y Dendera; llegar a Luxor, donde estaban con los preparativos para la inauguración de la Avenida de Esfinges, y recorrer los templos de Karnak y Luxor, y visitar varias tumbas del Valle de los Reyes, y navegar río arriba por el Nilo hasta Asuán para terminar en Abu Simbel.

 

 

Autora de la entrevista:  Nieves García Centeno 

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