Oops! It appears that you have disabled your Javascript. In order for you to see this page as it is meant to appear, we ask that you please re-enable your Javascript!
Los Mitos Solares
Por Rosa Mª Bustos Ramos
10 noviembre, 1998
El faraón realizando ofrendas. Templo de Abidos.
Modificación: 16 febrero, 2017
Visitas: 12.853

Todas las explicaciones del origen del universo han sufrido la influencia profunda de las doctrinas heliopolitanas. En las aguas del abismo primordial, o sobre la colina primigenia, se mueven confusamente el demiurgo y los “dioses anteriores”. La obra de la creación no está aún acabada, el mundo no tiene aún su forma definitiva, el cielo y la tierra han sido separados, y la tierra está sumida en la oscuridad. El proceso de la creación alcanza su etapa definitiva cuando el sol surge en el horizonte, brotando de una flor de loto o de las montañas de Oriente, y emprende su viaje en el firmamento iluminando un mundo que, en adelante, le pertenece.

Los egipcios han adorado durante milenios el astro solar, padre de los dioses y de los hombres. A continuación cito un texto de Esna que traduce la inquietud de los dioses primitivos frente al futuro de un mundo que acaba de ser creado y que permanece inorganizado:

Ellos dijeron a la Grande y Potente: “¡Oh, tú que nos has dado nacimiento! ¡Oh, tú de la que hemos salido! ¡Revélanos lo que aún no ha nacido!!”…. La vaca Ahet se puso a meditar acerca de lo que iba a suceder. Y dijo: “Un dios sacrosanto nacerá hoy. Cuando abra su ojo, será la luz; cuando lo cierre, serán las tinieblas. Los hombres nacerán de las lágrimas de su ojo, y los dioses de la saliva de sus labios. yo le fortaleceré con mi fuerza, yo le haré eficaz con mi eficacia, yo le haré vigoroso con mi vigor. Sus hijos se revelarán contra él, pero serán vencidos en su nombre, serán heridos en su nombre, porque él es mi hijo salido de mi carne, y él será rey de este país, eternamente. Yo le protegeré entre mis brazos y nadie podrá alcanzarle. Voy a deciros su nombre, que será Khepri pro la mañana, Atum al atardecer; y será dios resplandeciente, eternamente, con su nombre de Re, cada día”.

Neith manifestaba su temor ante los peligros que amenazaban al niño solar, como lo haría Isis por Horus el niño. Los redactores expresan la sensibilidad contemporánea pero se refieren a mitos que. eran ya populares en tiempos antiguos, cuando Re no era aún un gran dios nacional. Su ascensión política fue lenta y la leyenda se refiere en términos mitológicos a las luchas de sus partidarios contra los secuaces de otros dioses. El primero y el más temible de sus rivales fue Horus el Antiguo, el halcón soberano del Delta, protector de la dinastía de Hierakónpolis.

El protocolo de los reyes de Egipto se componía de cinco títulos seguidos de otros tantos nombres diferentes. El último de ellos era el nombre dinástico del soberano introducido por el título “hijo de Re”. pero el primer elemento del protocolo era precisamente el título de Horus, el primero que designó a los propietarios del poder real. El rey de la dinastía II Nebire, “Re es mi señor”, fue el primer monarca que declaró con su nombre ser partidario del dios solar de Heliópolis y la dinastía siguiente emprendió con Djeser la construcción de las pirámides, unos monumentos funerarios de carácter predominantemente solar.

Durante la dinastía IV Khefren recibió sepultura en una de las grandes pirámides de Gizah y fue el primer soberano que se proclamó en su protocolo “hijo de Re”, un título que legitimaba su poder. En un cuento escrito durante la dinastía XII, y quizás anterior, se relata como uno de los hermanos de Khefren, el príncipe Dedefhor, condujo a la corte de su padre, el rey Kheops, a un mago hábil en profecías. El mago anunció al rey que la mujer de un sacerdote de Re estaba embarazada de tres hijos del dios, y que éstos serían los tres primeros monarcas de una nueva dinastía (la dinastía V). Así recordaba la tradición el vasallaje de los soberanos del Imperio Antiguo al dios de Heliopólis, y lo explicaba estableciendo lazos carnales entre la divinidad y los reyes. Los faraones utilizaron siempre, incluso en época romana, el título de “hijo de Re”.

Diferentes mitos y leyendas

Políticamente no hubo ni vencedor ni vencido en el tema del antagonismo de las dos doctrinas, Horus y Re, pero desde el punto de vista religioso Re parece haber obtenido muchas ventajas en el conflicto. Eso parece indicar la leyenda del ojo de Horus, que recoge tradiciones muy remotas, aunque se haya transmitido en versiones escritas del Imperio Nuevo, o de época más reciente. La doctrina más antigua afirmaba que Horus, el halcón celeste, tenía por ojos al sol y a la luna, mientras que los sacerdotes de Heliópolis sostenían que el sol era la forma visible de Re.

Estas dos creencias eran contradictorias y se necesitaba llegar a un compromiso; los textos religiosos acabaron consagrando la propiedad de Re sobre el astro solar y el ojo de Horus designó en adelante a la luna, un astro al que se atribuyen propiedades maléficas, porque cambia de forma y tamaño, y desaparece en el cielo siguiendo su ciclo. La leyenda apoyó positivamente la doctrina heliopolitana y se dejó contaminar con temas que provenían de la leyenda de Osiris, que se hacía cada vez más popular. Horus el antiguo, el dios celeste, se convirtió en Horus el Niño (Harpócrates), el hijo de Osiris y de Isis, y en el pretendiente al trono de Egipto como heredero legítimo de Osiris, no por méritos propios. Después de haber luchado durante mucho tiempo con su hermano Seth, Horus consiguió recuperar el ojo que había perdido, lo purificó para reparar los daños que había sufrido, y lo colocó de nuevo en su sitio. Los egipcios llamaban a este ojo “el sano” (Udjat) y lo consideraban como un poderoso amuleto.

El ojo de Re podía alejarse y tener pensamientos y pasiones independientes. En la cosmogonía heliopolitana el ojo de Re se alejó del rostro del dios llorando lágrimas de las que nacieron los hombres, y cómo Shu y Tefnut partieron en su busca para devolverlo a su señor, quien lo colocó de nuevo en su frente después de haberle dado el aspecto de una serpiente, el uraeus que sirve de tocado a los reyes de Egipto. Este relato formaba parte de un ciclo de leyendas que fueron populares en época greco-romana pero que ya existían en el Imperio Nuevo. Otra leyenda decía que el ojo del sol era su propia hija, Hathor, la cual, antes de morir, rogó a su padre que le permitiera contemplar al menos una vez al año la luz del sol.

Otra leyenda muy popular, muestra de ello es que está grabada en diversos muros de templos ptolemaicos, es la siguiente: Tefnut vivía en el desierto de Nubia con el aspecto de una leona aterradora. Su padre Re deseaba tenerla a su lado para que le protegiera de sus adversarios que le buscaban amenazadoramente. Entonces envío a buscarla a Shu, otro león monstruoso hermano de Tefnut, y a Thot, su escriba de confianza que era el dios de la sabiduría y de la magia. Los dos mensajeros se transformaron en monos, y al encontrarla Thot le dirigió la palabra con mucho respeto y le dijo que vivir en Egipto era más agradable y que allí le ofrecerían cada día caza abundante y vino. Tefnut se dejó convencer y volvió a Egipto con los dos mensajeros. Cuando llegaron a Filé la leona aplacó su ardor al bañarse en las aguas sagradas de la catarata y se transformó en una joven muy hermosa, Hathor la hija predilecta de Re, que se convierte, según su humor, en la cruel leona Sekhmet o en la dulce gata Bastet.

El mito que narra la rebelión de los hombres contra Re fue registrado en las paredes de cinco tumbas reales del Imperio Nuevo (Tutankhamón, Sethi I, Ramsés II, Ramsés III y Ramsés VI). Junto al texto los escribas copiaron una serie de fórmulas mágicas destinadas a proteger el cuerpo del rey difunto de cualquier peligro, de modo que la leyenda parece relatar el perdón de la humanidad amenazada de destrucción a causa de su desobediencia, y no la destrucción de la humanidad, como se ha dicho siempre.

Re era ya viejo, y los hombres osaron conspirar contra el dios anciano. Cuando Re se enteró de la conspiración hizo llamar a su ojo (Hathor), a Shu, a Tefnut, a Geb y a Nut, y también a los padres y a las madres que estuvieron con él en el Abismo primordial, e incluso al Abismo. Así mandó a Hathor para que los destruyese. Cuando volvió después de hacer una matanza Re la felicitó y volvió a mandarla a destruirlos. Re en el último momento se arrepintió y mandó regar los campos con un líquido rojo para que pareciese sangre, cuando Hathor vió los campos regados de sangre, bebió de ella y se sació. Así Re salvó a la humanidad y venció la rebelión, pero la ingratitud de los hombres le decidió a apartarse de ellos. Nun hizo venir a su hija, la vaca Nut, y Re se colocó sobre su lomo. La diosa se elevó hasta el cielo y formó a partir de ese momento la bóveda celeste. Pero cuando bajó los ojos y vió la tierra desde tan alto, se aterrorizó, y Re ordenó a Shu, el dios del aire, que la sostuviera con sus brazos. Así fueron separados el cielo y la tierra, los dioses y los hombres, y el mundo adoptó su organización definitiva. Re atravesaba el cielo navegando en su barca y los otros dioses estaban suspendidos bajo el vientre de la vaca celeste, convertidos en estrellas.

Otro cuento mitológico narra como Isis se ingenió para conocer el verdadero nombre del anciano padre de los dioses, Re. Los egipcios pensaban que los nombres eran la esencia misma de las cosas a las que designaban. La soberanía y el futuro de Re dependían de su nombre oculto e Isis se propuso conocerlo para adquirir su poder. Así Isis hizo una serpiente con la saliva de Re y el barro, para que le picara. Cuando estaba muy enfermo a causa de la picadura, la mandó llamar para que le curara, entonces Isis le preguntó cúal era su nombre para así poder salvarle. Re sabía que la pregunta de Isis era justificada. El nombre de una persona era para un egipcio una parte esencial de su ser. Bastaba conocerlo para poder ejercer una influencia benéfica o maléfica sobre su propietario. La vida y la muerte dependían del nombre, como enseñan las inscripciones funerarias que repiten numerosas veces el nombre del difunto para que su espíritu pueda sobrevivir a la destrucción del cadáver o a la de las imágenes que le representan.

Para comunicar a la maga su nombre verdadero equivalía a sucumbir a su poder, porque Isis podría en adelante someterle a sus hechizos e incluso aniquilarle. Al final Re le da su nombre oculto, entonces Isis le curó, y a partir de ese momento Isis ya poseía la autoridad de Re, y el final de la historia da a entender oscuramente que la diosa comunicó a su hijo Horus los poderes muy grandes que había adquirido.

El relato de la rebelión de Seth contra Re decora una de las paredes del Templo de Edfú. El texto es conocido bajo el título de Mito de Horus, fue grabado en la pared durante el reinado efímero de Cesarión, el hijo de Julio César y de Cleopatra. Aunque se piensa que la elaboración del mito se remonta a tiempos muy anteriores, incluso a la protohistoria, ya que representaría el recuerdo legendario de las luchas que condujeron al dominio del reino del Norte sobre el reino del Sur de Egipto. Otra teoría pretende explicarlo como una evocación del triunfo pasajero de los adoradores de Seth durante el reinado de Peribsen (a fines de la dinastía II). También se ha dicho, que ciertos elementos del mito son característicos de la época ramésida y que pudieran incluso recordar la dominación de Egipto por los persas.

El defensor de Re es esta vez Horus el Antiguo (Haroeris), el dios celeste adorado en Edfú, que recibe a veces la ayuda de Horus el Niño (Harpócrates), el hijo de Osiris y de Isis. La presencia de Harpócrates induce a pensar que la redacción del mito la hicieron escribas del Imperio Nuevo, o a los de una época posterior. El relato es muy pintoresco. Seth y sus partidarios se metamorfosean continuamente en cocodrilos o en hipopótamos, mientras que Horus y sus compañeros, los “arponeros”, los combaten y vencen en numerosas batallas atravesándolos con sus lanzas, en Egipto y en Nubia. Horus se transforma durante los combates en el disco alado que decora las puertas de su templo en Edfú, en un hombre con cabeza de halcón o en una esfinge.

Cuando el anciano Re decidió alejarse definitivamente de la tierra, se instaló en el cielo y empezó a recorrerlo cada día en su barca. Su reinado terrestre había concluido, pero decían los egipcios que su poder no había sufrido ninguna mengua y siguieron considerándole como al padre de los dioses. Los Textos de las Pirámides dicen que Re transmitió su herencia a Geb, el dios de la tierra, mientras que él seguía administrado la justicia en el cielo como presidente de la Enéada divina. Sin embargo, el texto grabado en una naos erigida en Saft el-Henna, en la extremidad oriental del Delta, da una versión diferente de la genealogía de los reyes divinos. Se lee en esta naos que a Re le sucedió su hijo Shu, el dios del aire, y a Shu su hijo Geb, el dios de la tierra. Este orden de sucesión parece haber sido generalmente aceptado en época tardía.

Shu gobernaba y Egipto se beneficiaba grandemente de su administración, pero los hijos de Apopis atacaron la frontera oriental y pusieron en peligro los nomos del Delta. Esta leyenda alude a las invasiones muy reales de las tribus nómadas del desierto arábigo y de Palestina que periódicamente atravesaban la frontera y penetraban en el Delta tomando la vía del Uadi Tumilat. Shu rechazó a los invasores en una batalla victoriosa, pero cayó enfermo y una revolución le obligó a transmitir el poder a su hijo Geb. Shu subió al cielo y se reunió con su padre Re mientras que Geb se enfrentaba de nuevo con sus enemigos. El peligro era tan grande que imaginó, para vencerlo, apoderarse y servirse del uraeus que Re llevaba enroscado en su frente para que le protegiera de sus adversarios. Pero el uraeus se enfureció, atacó a los partidarios de geb y le mordió a él mismo. Geb fue curado milagrosamente, Re-Horakthi vino en su ayuda y sus victorias le restablecieron en el trono, de modo que pudo pacíficamente dedicarse a su obra de buen gobierno. Concluido su reinado, sus descendientes lograron establecerse sólidamente en el poder.

Los egipcios creían que Re, después de haber transmitido su función de monarca terrestre, seguía siendo el soberano del reino de los muertos. Semejante doctrina entraba en conflicto con el osirianismo cuyos partidarios veían en Osiris al posesor de la misma función. Muy pronto se alcanzó un compromiso: durante mucho tiempo se reservó la religión funeraria solar a los reyes y a los miembros de sus familias, mientras que el osirianismo se propagó entre los campesinos y las gentes modestas hasta el día en que obtuvo la adhesión fervorosa de toda la población.

La explicación de la existencia de la religión funeraria solar es evidente. Todos podían ver cada día desaparecer el sol en el horizonte occidental, y al día siguiente lo veían surgir en el Oriente. Creían que el sol recorría en su viaje nocturno un mundo subterráneo cubierto por un cielo inferior que el astro surcaba en su barca, como lo hacía cuando navegaba a través del cielo terrestre. Esta doctrina solar predominó durante todo el Imperio Antiguo e inspiró profundamente los Textos de las Pirámides. Más tarde dió lugar a una literatura especializada cuyo ejemplo más explícito fue, durante el Imperio Medio, una serie de fórmulas contenidas en los Textos de los Sarcófagos y llamadas el Libro de los Dos Caminos.

Se trata de comentarios que acompañan a un mapa del otro mundo, la región subterránea que atraviesan un camino terrestre y un camino acuático. Provisto de este guía, el difunto podía emprender tranquilo su largo viaje hacia el paraíso. Este tipo de literatura alcanzó un desarrollo muy considerable durante el Imperio Nuevo, como por ejemplo El Libro del Amduat, que es una descripción de las regiones subterráneas donde habitan los muertos, con tendencias osirianas, pero el papel más importante lo desempeña Re. El sol recorre en su barca el mundo inferior durante las doce horas de la noche. Este mundo está dividido en doce regiones, tantas como horas tiene la noche, y un río lo atraviesa por el que navega la barca de Re. La diosa que representa a cada una de las horas y las divinidades de cada región le sirven de cortejo, pero a pesar de tanta gloria, Re es un cadáver con cuerpo humano y cabeza de morueco.

La barca va recorriendo sucesivamente todas las cavernas o regiones; los muertos le aclaman desde ambas riberas y le ayudan si la corriente no es suficiente o hay bancos de arena. Si esta ayuda no basta, Re se convierte en serpiente después de recitar las fórmulas mágicas de Isis. Enemigos intentan cerrarle el paso, como la serpiente Apopis que habita la séptima caverna. En la duodécima caverna, Re se transforma en Khepri, el escarabajo, el sol de la mañana, y abandona el mundo de las tinieblas y surge del oriente para iluminar el mundo de los vivos. Su antiguo cuerpo permanece en el mundo inferior, mientras que Khepri sube en su “barca de la mañana” y emprende la travesía del cielo diurno, bajo el vientre de Nut, la vaca celeste.

Whatsapp
Telegram