Seguramente muy pocos científicos han oído hablar de los huesos de hierro del dios Seth, encontrados en Qau el-Kebir. Los antiguos egipcios recolectaron durante mucho tiempo, fósiles de hipopótamos gigantes, cocodrilos, jabalíes, caballos, y búfalos que habían encontrado en algún lugar del desierto. Los fósiles estaban ennegrecidos, probablemente permineralizados por fosfatos, sulfuros ú óxidos de hierro, y fueron trasladados hace un poco menos de 4000 años a Qau el-Kebir (Figura 1), en la orilla oriental del Nilo, donde fueron reverenciados como elementos sagrados, envueltos en finas telas de lino y enterrados. Qau el-Kebir era en la época el centro de un culto dedicado al dios Seth, y la mayoría de los fósiles colectados eran huesos de hipopótamos prehistóricos, animal a menudo asociado con la figura del dios. Los huesos fosilizados, increíblemente duros, habrían coincidido con su creencia de que este dios tenía huesos hechos de hierro. Se cree que atribuyeron a los restos un significado religioso definitivamente asociado a Seth, debido al trabajo y el cuidado necesarios para transportarlos y enterrarlos en tumbas dentro de la necrópolis de Qua el-Kebir.
Hace 4000 años
Desde tiempos inmemoriales, los antiguos egipcios consideraban sagrados a algunos animales, como símbolos y expresión de divinidad. Hace cerca de 4000 años, probablemente algún sacerdote egipcio caminaba cerca de la orilla del Nilo, o por el desierto cercano, cuando un cambio del curso del río, o una tormenta, desplazaron las arenas del desierto, exponiendo y dejando a la vista un gran secreto oculto, una revelación asombrosa: huesos duros y negros como la brea de lo que parecía un monstruo gigantesco. Asomando, brillaban huesos oscuros como la noche y pesados como el hierro. En su mente, el sacerdote creyó haber encontrado el cadáver del dios Seth.
Para entender este concepto, hay que recurrir a la anatomía divina. La tradición religiosa egipcia sostenía que sus dioses eran seres de esplendor y perfección, caracterizados por tener piel de oro y huesos de plata. Esta imagen de seres luminosos contrastaba drásticamente con Seth, el señor de la oscuridad y el desorden. Este dios rechazado y tumultuoso, regente del desierto y las tormentas, se diferenciaba del resto del panteón de dioses egipcios, en que su estructura ósea, en lugar de ser de metal noble, se describía en los relatos ancestrales como de hierro negro. Los fósiles hallados no eran huesos normales, ya que pesaban como rocas y eran de un color negro azabache brillante. Para los antiguos sacerdotes, el hallazgo de estos huesos era la prueba irrefutable de que los mitos eran reales. Los denominados «huesos de hierro» pertenecientes a Seth, estaban en sus manos.
La índole destructiva del dios Seth, el verdugo de Osiris, exigía un material óseo a su altura. Sus huesos estaban hechos de un compuesto que los egipcios denominaron bi-n-pt («metal del cielo»), un término que sabemos hoy día, hace referencia al hierro de origen meteorítico. Por esta razón, al descubrir osamentas de gran tamaño y coloración negra en las regiones desérticas, los egipcios asumieron que se trataba de los vestigios corporales de Seth (Oliver 2020).
Se estima que durante la dinastía XII, aproximadamente entre el 1990 y el 1786 a. C., un total de aproximadamente dos o tres toneladas de pesados fósiles de color oscuro, casi negro, fueron trasladados a un santuario (Mayor 2000). Desde su desconocido lugar de origen, estos fósiles fueron transportados a través de kilómetros de terreno áspero, solo para volver a ser enterrados. Debió de sentirse como un acto sagrado, ya que requirió un esfuerzo increíble mover todos esos huesos, así como todo un equipo de personas, que debió de estar involucrado en el proceso de organización y traslado (Mayor 2000).
Figura 1. Mapa de ubicación de Qau el-Kebir, así como otros puntos de interés a lo largo del río Nilo. Fuente: Modificado de Google Earth.
Su destino, una necrópolis excavada en la roca cerca de Qau el-Kebir (Figura 1). Este no era un lugar cualquiera, era el epicentro del culto a ese dios, ubicado a la sazón en Qau el-Kebir (Anteaópolis en la época grecorromana), una ciudad dedicada completamente a Seth (Oliver 2020), dios de la oscuridad, las tormentas y la confusión. Era el señor de la tierra negra; una fuerza descomunal y maligna que a menudo se dibujaba con la apariencia de un monstruo, a veces con el cuerpo de un hipopótamo, a veces con la cabeza de un animal mítico desconocido, con hocico largo, curvo, orejas largas y delgadas (Rhys 2023).
Sin duda, los huesos fueron llevados allí a propósito. Fuera lo que fuera, lo que los egipcios creían haber encontrado, estaban seguros de que pertenecía al dios del caos y estaban dispuestos a hacer cualquier cosa para llevárselos, ya que los restos eran dignos de todo su respeto y adoración. Quizás, los antiguos egipcios pensaron que, al reconocer restos fosilizados humanos, combinados junto a los de hipopótamos gigantes, era muy lógico asumir en su concepto, que todos provenían del mismo ente: los restos de Seth, el dios mitad humano, mitad animal.
Además, las tumbas de Qau el-Kebir no eran solo el lugar de culto de Seth, ni simples tumbas improvisadas, construidas para la ocasión; pertenecían a un antiguo lugar de descanso de poderosos señores egipcios de esa región, construidos al menos desde la primera dinastía (Brunton 1927), aproximadamente en el período 3100-2890 a. C. Era un lugar de veneración para difuntos antiguos; un lugar digno para el descanso eterno de los huesos de un dios o en realidad, el de unas criaturas que, hace miles de años, habían reinado sobre las tierras que se convertirían posteriormente en Egipto. Allí, les dieron a los huesos fosilizados un entierro digno de la realeza. Los envolvieron en finas telas de lino y los colocaron en tumbas, donde fueron finalmente enterrados junto a valiosos objetos de marfil reciente, así como restos modernos de hipopótamos (Brunton 1930).
¿Quién era Seth?
Seth, o Set (Sutekh), era una de las deidades más destacadas del panteón del Antiguo Egipto, asociado con la guerra, el caos, las tormentas, la violencia y los pueblos extranjeros. Era hijo de Geb (dios de la tierra) y Nut (diosa del cielo), y hermano de Osiris, Isis y Neftis, siendo esta última también su esposa. Aunque es conocido por su papel antagónico en mitos posteriores con Horus y su hermano Osiris (Gad 2021).
La representación física de Seth era única, ya que no se basaba en un animal real conocido. En su lugar, se le representaba con una criatura mítica conocida como «Seth el animal», que poseía un cuerpo similar al de un cánido, orejas largas y una cola bifurcada (Figura 2). Se ha sugerido que esta figura podría haber sido una combinación simbólica de características de varios animales, como hipopótamo, asno, galgo, zorro o cerdo hormiguero. Este distintivo animal simbolizaba la naturaleza inusual y a veces caótica del dios. En muchos relieves, papiros e inscripciones, Seth también aparece representado como un hipopótamo (Rhys 2023).
Seth fue venerado desde la época predinástica y el Período Arcaico (3150-2686 a. C.), donde inicialmente se le consideraba un dios benévolo, cuyas asociaciones con la violencia y el desorden eran vistas como fuerzas necesarias para mantener el equilibrio en el mundo y el orden cósmico (Gad 2021). Su papel como dios-héroe se destacó en su labor de proteger la barca solar de Ra durante su peligroso viaje nocturno por el Inframundo. Allí, Seth luchaba contra Apofis, la serpiente del caos, garantizando el renacimiento diario del Sol. Sin embargo, con la llegada del Imperio Nuevo, el enfoque del mito de Seth se desplazó, y sus atributos caóticos y destructivos pasaron a ser los más enfatizados (Rhys 2023).
Durante el Imperio Nuevo, la relación de Seth con su hermano Osiris se convirtió en una de profunda rivalidad y celos. Seth envidiaba el éxito y la adoración a Osiris, y deseaba su trono. Sus celos se intensificaron cuando su propia esposa, Neftis, se disfrazó de Isis para seducir a Osiris, dando como resultado el nacimiento del dios Anubis (Rhys 2023). Buscando venganza, Seth planeó un engaño. Mandó construir un cofre de madera bellamente adornado que encajaba perfectamente con las medidas de Osiris. Durante una fiesta, Seth invitó a sus comensales a un concurso, desafiándolos a ver quién cabía en el cofre. Osiris lo intentó y encajó a la perfección, Seth y sus cómplices cerraron rápidamente la tapa, arrojando el cofre sellado al río Nilo, y usurpando el trono de su hermano (Rhys 2023).
Tras el asesinato de Osiris por Seth, su esposa Isis lo buscó incansablemente hasta encontrar el cofre en Biblos y traerlo de vuelta a Egipto. Sin embargo, Seth descubrió el regreso de su hermano y, en un acto de ira, desmembró el cuerpo de Osiris, esparciendo los pedazos por todo Egipto (Rhys 2023). Isis logró recuperar la mayoría de las partes y usó su magia para devolver la vida a Osiris. Aunque incompleto e incapaz de gobernar el mundo de los vivos, Osiris fecundó mágicamente a Isis con su hijo, Horus, antes de partir para convertirse en el gobernante del Inframundo. Horus crecería para desafiar a Seth y reclamar el trono de Egipto (Rhys 2023).
Siendo venerado en gran parte de Egipto, su culto alcanzó un punto culminante durante el Imperio Nuevo (1550-1070 a. C.), especialmente con faraones poderosos como Seti I, quien tomó su nombre y Ramsés II (Figura 2), que lo elevaron como una deidad central, construyendo templos en su honor, debido a que la familia Ramesida era originaria de un centro de culto a Seth (Abdelhafez 2024). A pesar de esto, con el tiempo, el concepto de la realeza se asoció más estrechamente con el dios Horus (Figura 2), por lo que los faraones posteriores se identificaron como descendientes y protegidos de Horus, desplazando la influencia original de Seth como dios-héroe. A pesar de estos cambios, Seth siguió siendo un dios multifacético y duradero que influyó significativamente en la cultura y la cosmovisión egipcia desde sus inicios (Rhys 2023).
Figura 2. Estatua en granito rojo representando al faraón Ramsés II, ubicado entre los dioses Seth (derecha) y Horus (izquierda). Imperio Nuevo. Tamaño: 1,69 metros de altura. Fuente: Museo Egipcio de El Cairo.
El descubrimiento
Durante la campaña arqueológica 1922-1923 (diciembre-abril), el egiptólogo y arqueólogo inglés Guy Brunton (1878-1948), patrocinado por el British School of Archeology in Egypt, reportó lo que él denominó inicialmente huesos mineralizados (Brunton 1927), amontonados en un antiguo pozo funerario ubicado en Qau el-Kebir, relacionándolo con la existencia de santuarios del dios Seth tanto en Qau, como en Matmar, ubicados en el centro de Egipto. Esto sugería para Brunton que estos grandes huesos fósiles pudieran haber sido venerados como reliquias sagradas y por ende enterrados ceremonialmente.
Motivado por este hallazgo inexplicable en tumbas del Antiguo Imperio, el eminente egiptólogo Sir William Flinders Petrie (1853-1942), colega y jefe de la expedición de Brunton, y al mismo tiempo director del British School of Archeology in Egypt, decidió viajar a Egipto y personalmente dirigir la campaña del año siguiente (Petrie 1932), la cual ocurrió entre diciembre 1923 y abril 1924. Petrie hizo otro hallazgo que lo dejó perplejo, descubriendo un segundo grupo de fósiles amontonados en otras tumbas también en Qau el-Kebir (Figuras 3 y 4). Le impresionó especialmente que muchos de los huesos fosilizados fueron cuidadosamente envueltos en lino y colocados dentro de las tumbas excavadas en la roca.
El 4 de julio de 1924, Flinders Petrie (Figura 5) inicia una exhibición de antigüedades egipcias en el University College de Londres, para mostrar los hallazgos de Brunton en 1923. En el catálogo de la exhibición, Petrie describe que una gran cantidad de huesos petrificados fue hallada por su excavación en la necrópolis de Qau el-Kebir siendo al parecer en su mayoría pertenecientes a hipopótamos, aunque menciona también rinocerontes y un extinto cocodrilo de nariz larga. Petrie escribe: «They placed a quantity of the bones in each of the rock tombs, and in some cases small packets of the bones tied up in cloth, are found in tombs ... Beside hippopotamus there is the rhinoceros, the extinct long-nosed crocodile and other animals». Luego clasifica los huesos según su aspecto y trata de relacionarlos con la sedimentología de los estratos que posiblemente los contenían. En el primer grupo, los describe como los más antiguos, completamente petrificados, de color negro y pulidos, asumiendo que esto se debe a haber sido transportados largas distancias en capas torrenciales, seguramente desde las montañas graníticas orientales («These bones are of four periods; the oldest are completely petrified, black, polished by rolling long distances in torrent beds, doubtless from the castern mountains»). Luego describe un segundo grupo de huesos que «aparentan no estar tan petrificados», igualmente de color negro, con hierro, y sin mostrar signos de transporte. Interpreta que este segundo grupo de huesos también es antiguo, y probablemente provino del estrato donde fueron originalmente sedimentados. Luego describe un tercer y cuarto grupo, constituidos por huesos mucho más modernos, manchados por óxidos de hierro, así como huesos de animales muy recientes. Por último, Petrie hace una observación muy perspicaz, describiendo guijarros de feldespato y cuarzo que observó atrapados entre los huesos transportados y pulidos del primer grupo, especulando que podrían provenir de capas de grava y conglomerados fosilíferos. El arqueólogo finalmente relaciona estos guijarros y conglomerados con un estrato de cerca de 24 metros de espesor, algunas de cuyos remanentes en dicha época, todavía podían ser encontrados en las llanuras de Qau el-Kebir, infrayacente a capas de lodo del Nilo (Petrie 1924).
Figura 3. Vista de algunas tumbas cavadas en las rocas de la necrópolis de Qau el-Kebir (1905). Fuente: Archivo fotográfico del Museo Egipcio de Turín.
Figura 4. Vista de la montaña donde se encuentra excavado el complejo funerario de Qau el-Kebir. Fuente: Expedición Qaw el-Kebir de la Universidad de Alcalá (España)
En su libro acerca de las tumbas de Qau, Petrie (1930) describe que la interrogante de los hallazgos previos de huesos mineralizados de animales, hechos por Brunton en 1922, se aclararon al encontrar nuevos depósitos, también de grandes huesos oscuros, principalmente de hipopótamo, envueltos en lino, pero colocados en otras tumbas, lo que lo convertía en un fenómeno generalizado. Mencionó que los huesos fueron examinados en enero de 1923, por Douglas E. Derry (1874-1961), un profesor de anatomía y arqueólogo, que trabajaba en el Cairo Medical School, y que sería conocido por ser el primero en analizar la momia de Tutankamón (1926). Derry se encontraba de visita en Qau el-Kebir, pero no hay registros o detalles de su análisis. Luego los fósiles encontrados por Petrie, fueron cuidadosamente seleccionados y empacados por él mismo, con ayuda de la geóloga y arqueóloga inglesa Gertrude Caton-Thompson (1888-1985), dejando atrás todos aquellos ejemplares de inferior calidad o preservación.
La descripción narrada por Petrie (Figura 5), en su publicación para la zona Wahka B, tumba No. 18 (Figura 6), fue la siguiente: «There were also found, scattered in the tombs, various bones of hippopotamus, mineralized, like those in the two large deposits which we discovered. Some of these bones were still wrapped in cloth, showing the attention which had been paid to them. They were, no doubt, looked on as relics of the animal there sacred to Set» (capítulo IV, p. 10-11). Petrie (1930), también hace mención que la tumba No. 18, antes de su propia campaña de excavación y limpieza de 1923-1924, había sido revisada parcialmente por una expedición anterior italiana. Muy probablemente se trate de la excavación hecha por el arqueólogo italiano Ernesto Schiaparelli (1856-1928), durante la campaña 1905-1906 en el área de Hammamiya y Qau el-Kebir (Figura 3). En efecto, Welvaert (2002), menciona que originalmente los grandes huesos fósiles de hipopótamos localizados en las tumbas cercanas a Qau el-Kebir, ya habían sido descubiertos por Schiaparelli, aunque desafortunadamente nunca fueron publicados los resultados de esa expedición. En su publicación de 1932, Petrie hace un análisis exhaustivo de las tumbas por él excavadas y menciona que las que contenían los huesos fosilizados de hipopótamos, correspondían a la XII dinastía del Imperio Medio, la cual hoy día se considera dentro del periodo 1990-1786 a. C.
Figura 5. Fotografía de Sir William Matthew Flinders Petrie (1921). Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Flinders_Petrie#/media/File:Flinders_Petrie.jpg
Figura 6. Vista de la montaña en la zona Wahka B, y la entrada a la tumba No. 18, donde Flinders Petrie encontró gran cantidad de huesos fósiles de hipopótamo, Qau el-Kebir. Fuente: Petrie (1930).
Posteriormente, en una segunda publicación de Brunton (1930), específicamente en el capitulo X, nos describe el depósito de huesos por él hallado en la primera expedición, su contenido, y algunas otras estimaciones, con el siguiente texto: «In Cemetery 400 at Qau was a stairway tomb of the Second Dynasty … The chief interest of the discovery lay in the great mass of animal, and even human bones, mostly heavily mineralised, which had been thrown pell mell into the mouth of the tomb … The bone deposit lay at a depth of over four feet from the surface. It is difficult to estimate the amount of this, but there were probably as much as two or three tons of bones. These were mainly of hippopotami, and often large and heavy» (capítulo X, p. 18). La mayoría de los fósiles eran grandes huesos de hipopótamo, pero también se encontraron restos de cocodrilos, jabalíes, caballos y búfalos gigantes extintos (Mayor 2000), que habían vivido en el valle del Nilo, pocos miles de años antes. Junto a esos restos, también hallaron algunos cráneos y extremidades fosilizadas de seres humanos. La mayoría de los fósiles se caracterizaban por ser extremadamente densos y pesados, de coloración oscura y presentar una superficie muy pulida. La expedición de Brunton, con la ayuda de su esposa Winifred, y del también arqueólogo James Leslie Starkey (1895-1938), dedicó seis semanas a la organización de la gran cantidad de restos fósiles encontrados en Qau (Brunton 1930).
Durante la descripción del grupo de tumbas en Qau el-Kebir, Brunton (1930) menciona un fragmento de una estela de calcita de la tumba 400 (Figura 7) entre los objetos sueltos, que relaciona la presencia de los huesos fosilizados de hipopótamos, con el culto a Seth: «The five columns of inscription are unhappily almost illegible. The name of Set is mentioned; and this evidence that the hippopotamus was revered in the locality is of especial interest as it throws light on the reason for the extraordinary collections of hippopotamus bones». Tanto Brunton como Petrie conjeturaron que los egipcios posiblemente rendían culto a estos huesos negros, creyendo que eran los despojos mortales de Seth, la deidad de la oscuridad.
Más adelante en el texto, Brunton (1930) continúa describiendo: «Why these mineralised bones and these ivories were dumped in this way can be guessed. The vast majority of the bones are of hippopotami; the ivory is, for the most part, hippopotamus ivory. We know that this animal was an object of adoration here in the XIXth dynasty». Luego continúa su disertación acerca del origen sagrado de estos cuantiosos depósitos y de como probablemente se relacionaban con el dios Seth, escribiendo: «We may then imagine that the Egyptians thought it reverent to inter any of the sacred bones which might happen to be found, and allotted two pits at least for their reception … No distinction was drawn between those of the hippopotamus and those of other animals; all these heavy black bones were considered to be those of Set. Fresh bones were also placed here; the skull of a hippopotamus, complete with lower jaw in articulation, is evidence of this … thrown into special pit provided for the holy remains» (capítulo X, p. 20).
Figura 7. Fragmento de una estela mostrando al alcalde de Qau el-Kebir, adorando al dios hipopótamo Seth. Fuente: Modificado de Brunton (1930).
Interesante mencionar las memorias de Gertrude Caton-Thompson (Figura 8), quien se unió a la excavación de Petrie en enero de 1924 en Qau el-Kebir. Gertrude ocupó como alojamiento temporal en el campamento base, una de las tumbas abiertas de la IX dinastía, la cual según nos narra compartió con una familia de cobras a las cuales no molestó, ni la molestaron. Al arribo de la arqueóloga, una gran cantidad de muy pesados huesos mineralizados, se encontraban apilados en una terraza externa en espera de etiquetado y empacado, tarea que rápidamente emprendió (Cate-Thompson 1983). A medida que avanzaba la clasificación, comenzaron a encontrase más fragmentos de huesos humanos, de especial interés para el antes mencionado arqueólogo D. Derry, a quien Gertrude apoda en sus memorias el «Profesor». Derry estaba convencido de que los huesos fósiles habían sido arrastrados en tiempos Cuaternarios desde el Desierto Este a través de un wadi (valle de un río normalmente seco, excepto en la estación lluviosa) cercano al campamento. Petrie accedió al requerimiento de Caton-Thompson de explorar aguas arriba el wadi, hasta llegar a su fuente, a unos 29 kilómetros de distancia. La arqueóloga fue provista de un guía local y tres camellos para emprender esta expedición de tres días. A medida que subían, el wadi se estrechaba y aparecían terrazas de grava en sus flancos, hasta llegar a su cabecera con una profunda y estrecha garganta. Ya para ese punto, Gertrude menciona en su diario que estaba convencida de que los fósiles no provenían de esa región (Cate-Thompson 1983).
Figura 8. Caton-Thompson en un Ford-T en el campamento de Qasr el-Sagha Fuente: Wendrich (2007)
De regreso en el campamento, Petrie estuvo contento con el esfuerzo de la arqueóloga, pero no quedo convencido del resultado, manifestando su deseo de que en la siguiente temporada de excavaciones (1925), algún geólogo lograra encontrar los yacimientos paleontológicos originales de donde provenían estos fósiles. Petrie hizo arreglos para que durante el invierno del período 1925-1926, el geólogo y antropólogo inglés Kenneth S. Sandford (1899-1971), emprendiera una extensa misión de exploración geológica de las terrazas del Valle del Nilo (Petrie 1930), cubriendo un área de aproximadamente ochocientos kilómetros alrededor de Qau (Mayor 2000).
Kenneth Sandford inició su misión de exploración geológica por invitación del British School of Archaeology in Egypt, a través de la figura de Petrie, y durante ese tiempo hizo trabajo de campo tanto geológico como paleontológico, desde la región de Luxor hasta más al norte de Qau el-Kebir, usando como transporte: camellos, un Ford Modelo-T (Figura 9), y en la parte fluvial una embarcación típica local denominada faluca (Sandford 1934). A pesar de este gran esfuerzo, no pudo determinar el punto de origen exacto del yacimiento paleontológico de donde se extrajo esta particular colección de fósiles, que según él mismo, muy probablemente databan del Pleistoceno (Sandford 1934).
Brunton también planeó escribir un libro sobre el descubrimiento, pero nunca lo hizo, o por lo menos no se conoce. Durante casi 75 años, este hallazgo simplemente permaneció almacenado en cajas. Los excavadores originales mencionaron varias veces a lo largo de los siguientes años, la importancia de estos hallazgos fósiles, pero nunca publicaron un informe completo sobre su interpretación, ni la documentación de las especies presentes (Oliver 2020). Con el tiempo, los registros de su ubicación se extraviaron y no se hicieron más investigaciones con el material original.
Figura 9. Miembros de la expedición dirigida por el Dr. Kenneth S. Sandford, geólogo que exploró cerca de mil seiscientos kilómetros a lo largo del Nilo, buscando evidencias de los antiguos habitantes de Egipto. Se observa el famoso Ford Modelo-T que utilizaba para algunos de sus recorridos. Fuente: University of Chicago Photographic Archive, digital item number apf3-01586 Hanna Holborn Gray Special Collections Research Center, University of Chicago Library.
¿De donde provienen los fósiles?
Para resolver esta supuesta incógnita, debemos acudir a los estudios publicados en 1934, acerca del hombre Paleolítico, en la región del alto y medio Egipto, llevados a cabo por Kenneth Sandford. En dicho libro, Sandford (1934) menciona depósitos de gravas, probablemente los mismos estratos referidos por Petrie (1924), y de edad Sebiliense, que se encontraban por debajo de los sedimentos aluviales del Nilo, en la zona de Qau el-Kebir, Cuando Sandford se refiere en su libro a una edad Sebiliense, nos habla de un termino con largo tiempo en desuso, que relacionaba niveles estratigráficos conteniendo instrumentos de uso cultural humano específicos tales como como hachas de piedra, que exhibían técnicas distintivas de elaboración, siendo equivalente al Paleolítico Superior. Según Churcher (1972), el Sebiliense en Egipto, comprende el período entre 15000-10000 a. C.
Sandford, describe haber estudiado arenas y gravas similares, en excavaciones de la zona de Abydos (Figura 1), a unos 120 kilómetros de distancia, que se extendían también por debajo del aluvión del Nilo. En ambos casos no pudo observar la base de dicha sucesión sedimentaria. Sandford (1934), recalca además la importancia de los descubrimientos de Brunton y Petrie, ya que junto a los restos fósiles de diferentes especies de mamíferos extintos, encontraron restos humanos fosilizados dentro del conjunto total de huesos de las tumbas de Qau el-Kebir, erróneamente asignadas por Sandford a la XIX dinastía; ya que Petrie (1932), había concluido acertadamente que las tumbas donde se hallaron los huesos pertenecían a la XII dinastía del Imperio Medio. En este punto, Sandford asoma un dato muy interesante que no aparece referenciado en las publicaciones originales acerca de los descubrimientos de 1922-1924, y es que cerca del 90% de los huesos encontrados correspondían a hipopótamos, ya sea fosilizados o recientes. En el análisis del conjunto paleofaunal, una observación que coincide con la ya expuesta por Brunton (1930) y Petrie (1930), es que una gran parte de los huesos han sido erosionados y desgastados por transporte y señala, al igual que lo hizo Petrie (1924), que los guijarros encajados en los huesos fósiles, mostraban un tamaño tipo grava que no se encuentra en el aluvión actual del Nilo. Aquí Sandford (1934), afirma con seguridad que no existen depósitos fosilíferos en gravas, aflorando sobre la superficie de los desiertos adyacentes a Qau el-Kebir.
Basado en todo lo anterior, las hipótesis más lógicas serían: el yacimiento de donde provinieron los fósiles de Qau el-Kebir fue evidentemente accesible a los egipcios de la XII dinastía, pero sencillamente fue luego destruido por completo, siendo la otra alternativa que simplemente dichas capas se encuentren cubiertas hoy en día. Considerando la enorme cantidad de huesos estimadas en Qau el-Kebir (dos o tres toneladas) y considerando la diseminación de los mismos dentro de los estratos de grava, se puede asumir con bastante certeza que el afloramiento debió tener una extensión considerable, por lo que es difícil imaginar que los egipcios acabaran destruyendo el afloramiento por completo. En este punto Sandford (1934) postula que la capa de grava fosilífera, en caso de seguir existiendo, debe estar oculta en un antiguo canal del Nilo, o cercana de una antigua orilla del mismo río; y que fue progresivamente cubierta por aluvión con el paso del tiempo. El autor, calcula una tasa de sedimentación del Nilo en tiempos históricos de 10 a 11,5 centímetros por siglo, lo que permitiría estimar que desde los tiempos de la XII dinastía, se han podido apilar entre cuatro y cinco metros de sedimentos. Sandford (1934) postula que el yacimiento paleontológico de gravas podría aún existir a cierta profundidad por debajo del aluvión actual del Nilo, si es que realmente la capa no fue destruida por los egipcios, o removida por erosión.
Sandford también menciona haber encontrado gravas que contienen guijarros de apariencia similar a los encajados en los huesos fósiles de Qau el-Kebir, pero esta vez a unos 24 kilómetros más al norte, entre Nakhailah y Abu Tig (Figura 1). En el lecho del río, frente a, e inmediatamente al sur de Nakhailah, bajo el aluvión del Nilo, observó un banco de arena de cuarzo que contenía además feldespatos, mezclados con grava. Los componentes, particularmente los guijarros de cuarzo, se encontraban intensamente pulidos, un rasgo distintivo de las gravas del Sebiliense (Sandford 1934). El autor añade haber encontrado también en dicha localidad, huesos negros de hipopótamos y cocodrilos, fuertemente mineralizados, algunos de ellos muy desgastados por transporte.
Un capítulo de extrema relevancia del libro de Sandford (1934, página 186) lo constituye una lista provisional de los fósiles identificados en Qau el-Kebir efectuada por David. M. Watson (1886-1973), profesor de zoología y anatomía comparada del University College de Londres. Su lista incluyó:
Hippopotamus amphibius (hipopótamo)
Equus sp. (caballo)
Sus sp. (cerdo)
Bos cf. laini (uro)
Bubalis sp. (búfalo de agua)
Gazella isabella (gacela)
Crocodilus niloticus (cocodrilo del Nilo)
Testudo sp. (tortuga mediterránea)
Siluroide (bagre)
Homo sp. (humano)
Sandford (1934) compara la fauna hallada en Qau el-Kebir con faunas fósiles identificadas en la región de Kom Ombo (Figura 1), a unos 400 kilómetros de distancia hacia el sur, sobre el mismo Nilo, y de confirmada edad Sebiliense, resaltando que varias especies resultan comunes entre ambas localidades. De los restos humanos asociados a los animales en las tumbas de Qau el-Kebir, ciertamente nos dice Sandford (1934), que son tan antiguos como cualquiera de los huesos fósiles, y que muestran un estado idéntico de conservación, calificándolos como los restos humanos más antiguos encontrados hasta esa fecha en Egipto, y que según la evidencia geológica y paleontológica, corresponderían al Paleolítico («Of the associated human remains, some of those from Kau are certainly as old as any of the fossil bones, and in identical state of preservation. They are, then, probably the oldest human remains yet found in Egypt and, on geological and paleontological evidence, of Paleolithic age»). Esta edad esta basada en los artefactos de uso humano encontrados junto a los restos fósiles de animales en la región de Kom Ombo.
En la primavera de 1931, nos describe Sandford (1934), la sequía del Nilo ocasionó un nivel de agua muy bajo, que dejó al descubierto una sección (Figura 10) cerca de Geziret Shaibah (Figura 1), entre los poblados de Mallawi y Abu Kurkas (Figura 1). Para la fecha en que Sandford visitó el lugar, el Nilo había abandonado el curso a lo largo del lado este de la isla, y el lecho estaba prácticamente seco durante un intervalo de aproximadamente 1,6 kilómetros. La característica que inmediatamente atrajo la atención de Sandford fue un amplio montículo de grava endurecida que ocupaba la parte más estrecha del canal. El Nilo, durante los cambios laterales de sus canales, había expuesto en el centro una masa rocosa de gravas muy resistente. En esta capa era común encontrar huesos negros fuertemente mineralizados, muchos de ellos desgastados por el agua. Se identificaron fósiles de hipopótamos, cocodrilos, uros y peces siluroides, que recordaban en cada detalle a los huesos de Qau el-Kabîr (Sandford 1934).
También en 1931, Sandford encontró estratos de gravas de apariencia similares a las anteriores, un poco más al norte, entre Samalut y Matai (Figura 1). Estaban expuestos en el canal de inundación del Nilo en la orilla este, observándose pequeños fragmentos pulidos de huesos fósiles dentro del estrato de grava con la misma textura observada en Geziret Shaibah. Mineralógicamente predominaban el cuarzo y el feldespato. La parte superior del afloramiento infrayacía bajo el aluvión del Nilo, a una profundidad de 3,3 metros.
Figura 10. Sección geológica esquemática oeste-este, a través de un ramal abandonado del Nilo, entre Mallawi y Abu Kurkas, exhibiendo la capa de gravas fosilíferas del Sebiliense. Modificado de Sandford (1934). Sin escala.
El siguiente afloramiento importante más al norte lo encontró en el-Hibah (Figura 1), frente a el-Fashn, donde el Nilo gira hacia el noroeste. Para el momento de la visita de Sandford, las aguas del Nilo tenían un nivel muy bajo, y el geólogo observó un montículo de grava dura que emergía prácticamente en medio del río. Describió el estrato de grava utilizando el término «apariencia Sebiliense», para establecer la correlación con otros afloramientos antes mencionados. En la capa observa huesos mineralizados negros y pesados, incrustados en la grava, tan firmemente cementados, que algunos no pudieron ser extraídos, incluso con el uso de un martillo. Similar a Qau el-Kebir, los guijarros de cuarzo pulidos estaban encajados en los intersticios de los fósiles más grandes. Se identificaron huesos y colmillos de hipopótamo, restos de cocodrilo y uros; es decir, la fauna habitual encontrada en todos los afloramientos de gravas previamente mencionados.
Basado en todo el trabajo de investigación de Kenneth Sandford, se puede concluir que realmente es muy probable que todavía en 1925-1926, en diversos lugares a lo largo del Nilo o de sus antiguos cauces, existieran expuestos pequeños afloramientos de estratos de gravas contentivos de fósiles mineralizados negros, similares a los encontrados en las tumbas de Qau el-Kebir. Según la hipótesis de Sandford (1934), los antiguos egipcios tuvieron acceso a una mayor exposición y continuidad de dichos estratos, los cuales fueron luego cubiertos. Probablemente las gravas fosilíferas de finales del Pleistoceno, aún deben existir varios metros bajo el aluvión actual del río Nilo.
75 años más tarde
Casi tres cuartos de siglo luego de las excavaciones de Brunton en 1922, fueron necesarios para descubrir información moderna sobre estos fósiles hallados en tumbas del antiguo Egipto. Cuando los primeros arqueólogos, Guy Brunton y Flinders Petrie, los hallaron, probablemente no comprendían a cabalidad todo el significado de lo que habían descubierto. Al principio, solo se trataba de paquetes envueltos en lino, sin tener ni idea de qué podría significar, más allá de un culto a los huesos, pero rápidamente conectaron con la posible relación con ritos de adoración al dios Seth.
Todavía los científicos y estudiosos del tema, no tienen ni idea de en que lugar los egipcios hallaron estos fósiles, ya que nadie ha podido determinar o aproximar la localidad o localidades con certeza. Únicamente las hipótesis de Sandford (1934), nos dan posibles explicaciones al respecto. Lo que sabemos con seguridad es que los fósiles fueron trasladados hasta Qua el-Kebir. En total, Brunton estimó que el conjunto hallado podía pesar unas dos o tres toneladas (Brunton 1930), las cuales fueron transportadas por los antiguos egipcios, quien sabe durante cuanto tiempo, durante cuantos viajes, y a través de cuantos kilómetros de terreno agreste, solo para ser enterrados de nuevo. Habría sido un esfuerzo notable y una logística increíbles mover tanto y tan pesado material desde su punto de origen, y debió de haber participado todo un contingente de personas.
Tras cerca de 4000 años enterrados en dichas tumbas, Guy Brunton y William Flinders Petrie extrajeron nuevamente una parte de los fósiles, solo para ser guardados en cajas. Enviaron su descubrimiento originalmente al Museo de Historia Natural de Londres, donde quedaron almacenados por décadas, en las referidas cajas selladas. Finalmente, en el año 2000, la famosa historiadora clásica norteamericana Adrianne Mayor, en su primer libro The First Fossil Hunters nos revela: «En 1998, contacté con Andrew Currant, conservador de mamíferos cuaternarios del Departamento de Paleontología del Museo de Historia Natural británico, para preguntar si existía algún registro de los fósiles de Qau recolectados por Brunton y Petrie. Para mi sorpresa, Currant localizó una colección sustancial, pero en gran parte indocumentada de fósiles de Qau, guardados en el almacén del museo en Wandsworth (Londres). El material enviado al Museo de Historia Natural, aún se conserva en las cajas originales que Brunton envió desde Egipto en la década de 1920».
Luego, la historia de los fósiles sagrados envueltos en lino, hallados por Brunton y Petrie, dio un giro inesperado. Según narra Mayor (2000), el paleontólogo estadounidense David Reese, actual investigador de la Universidad de Yale, rastreó el paradero de algunas muestras en enero de 1999, descubriendo una sucesión de hechos bastante peculiar.
Reese comunicó a Mayor que, décadas atrás, la cadena de eventos comenzaba en el Museo Petrie de Arqueología Egipcia de Londres, el cual había enviado un gran lote de tejidos egipcios antiguos al Museo Victoria y Alberto (Londres). También, este último museo (V&A) debido a su relación directa con Brunton y Petrie, había recibido en el período 1923-1925, lotes de tejidos provenientes de Qau el-Kebir. El excavador original del material recibido por el V&A fue Brunton, pero los artículos formaban parte de la colección de Petrie debido a su relación con la dirección de la excavación (Smalley 2014).
Tras la destrucción de muchos ejemplares sin clara procedencia, algunos fueron transferidos a la Galería de Arte, Biblioteca y Museo de Bolton en Lancashire (Inglaterra). Fue en Bolton donde la conservadora principal, la historiadora Angela P. Thomas, se percató de la presencia de objetos de tamaño inusual, envueltos en lino (Figura 11) y mezclados con el resto de la adquisición. Lo más revelador fue la existencia de etiquetas con la caligrafía original de Petrie, en el reverso de los sobres (Figura 12), que confirmaba que estos paquetes textiles, contenían algunos de los huesos fósiles hallados en Qau el-Kebir durante las excavaciones de 1923-1924 (Mayor 2000).
Figura 11. Paquete envuelto en lino original, encontrado por Flinders Petrie (1923-1924), conteniendo fósiles provenientes de Qau el-Kebir. Colección del Museo Bolton. Fuente: https://www.facebook.com/photo?fbid=985484804802015&set=pcb.985484971468665
Figura 12. Paquete abierto de lino, proveniente de Qau el-Kebir, mostrando fragmentos oscuros de fósiles y la etiqueta original, muy posiblemente de puño y letra de Flinders Petrie. Colección del Museo Bolton. Fuente: https://mysteriousociety.com/black-bones-of-seth-ancient-egyptians-collected-and-worshiped-fossils-thousands-of-years-ago
No fue sino hasta 2007, cuando alguien finalmente logró observar y confirmar lo que había dentro de los textiles. Para ello se usó la tecnología más sencilla disponible, ya que nadie quería abrir un bulto de lino con cerca de 4000 años de antigüedad y arriesgarse a destruir algún contenido invaluable. El análisis con rayos X mostró lo que se escondía en su interior. Entonces el egiptólogo Tom Hardwick y el geólogo David Craven del Museo Bolton, iniciaron una investigación para determinar la identidad de los huesos. Según el informe de Mayor (2000), uno de los huesos estudiados corresponde al escafoides (Figura 13) de un antílope extinto o un ñu gigante.
Figura 13. Hueso fósil (escafoides) encontrado en un paquete textil datado del Imperio Nuevo junto con otros huesos fosilizados durante las excavaciones de Petrie y Brunton en Qau el-Kibir. El lienzo en el que se almacenó este hueso indicaba en una etiqueta: «Fardos, tal como se encontraron en el radim al este de la Terraza Superior Wahka II, que contienen huesos fosilizados», posiblemente escrita por Petrie. Colección del Museo Bolton. Fuente: Sketchfab
Posteriormente, en 2014, se revelaron más huesos fósiles usando tomografía computarizada de rayos X también en el Museo Bolton. Dentro de los bultos de lino había pequeños fragmentos de innumerables animales extintos como: ñus gigantes, cocodrilos, jabalíes, caballos, búfalos y restos humanos (Figura 12 y 13). Sin embargo, el mayor número de piezas reportadas in situ por Brunton y Petrie procedían de hipopótamos (90% según Sandford 1934), casualmente o no, el animal que representaba al dios Seth.
Nadie sabe con certeza qué creían haber encontrado los egipcios, pero es muy probable que hace cerca de 4000 años, quienes encontraron esos huesos creyeran realmente haber tropezado con los restos mortales del dios Seth.
Comentarios finales
Lo fascinante detrás del mito de los huesos negros de Seth, es su relación con la geología. La mineralización de los huesos fósiles ocurrió cuando aguas subterráneas ricas en minerales, se filtraron a través de los restos, reemplazando gradualmente la materia orgánica original por dichos minerales, los cuales otorgaron a los huesos ese color y esa densidad. Este proceso conocido como permineralización, transformó ante los ojos de esos antiguos egipcios, los grandes huesos fósiles de hipopótamo, haciéndolos ver duros y pesados como el metal.
La confusión era muy lógica, ya que con frecuencia los egipcios adoraban a Seth con forma de hipopótamo, y al encontrar fémures y otros huesos de ese mismo animal fosilizados, de color negro y de enorme tamaño, junto a otros diversos huesos, incluso humanos, la conexión de haber encontrado los restos de Seth, fue inmediata. Los egipcios luego organizaron expediciones para rescatar el cuerpo de su dios y recolectaron cuidadosamente los restos, para darles un entierro sagrado digno en una necrópolis asociada a su culto.
Hoy día sabemos que esos depósitos de fósiles en Qau el-Kebir se podrían considerar en realidad, el primer gran almacén paleontológico hecho por el ser humano, aunque se creara sin realmente saberlo.
Una nota paleontológica curiosa acerca de dios Seth, es que los historiadores griegos y romanos, afirmaban que los antiguos egipcios tenían la creencia de que la presencia de conchas fosilizadas de Nummulites eran indicios de que Seth había gobernado dicho territorio (Oliver 2020). Por otro lado, el templo de Edfu, ubicado en la ribera occidental del Nilo (Figura 1), es el segundo templo más grande de Egipto después de Karnak, y uno de los mejores conservados. Erigido durante el período ptolemaico, en sus paredes (Figura 14), pueden verse los más completos relieves e inscripciones que detallan el drama sagrado del antiquísimo conflicto entre los dioses Horus y Seth.
Figura 14. El autor en una de las paredes del templo de Edfu, donde se aprecian relieves e inscripciones referentes a la mitología egipcia.
Referencias
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