Un gato acuchillando a una serpiente
Por Susana Alegre García
1 enero, 2010
Gato acuchillando a una serpiente. Tumba de Inerkhau (TT359). Dinastía XX
Modificación: 9 diciembre, 2016
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Época: Dinastía XX, entre el reinado de Ramsés III (1182-1151 aC) y Ramsés IV (1151-1145 a C)
Material: Pintura sobre estuco
Lugar de conservación: in situ
Localización: Tumba de Inerkhau (TT 359). Necrópolis de Deir el-Medina (Luxor occidental).

Inerkhau fue capataz en la aldea de Deir el-Medina, posición suficientemente privilegiada como para permitirle disfrutar de un enterramiento sofisticado y que llama la atención, especialmente, por las elaboradas pinturas que recubren el interior de sus cámaras. Las pinturas, realizadas sobre un característico fondo de color amarillo, recrean diversos temas alusivos a la vida cotidiana de este capataz de artesanos, representado con sus mejores galas en compañía de su esposa o junto a sus hijos.

Pero también esta llamativa iconografía recoge muchos contenidos de carácter sublime, narrando episodios rituales e imágenes que ilustran capítulos del Libro de los Muertos y Libro de las Puertas. Debido a su calidad y a su belleza, a pesar de su desigual estado de conservación, estas creaciones pictóricas son uno de los más reconocidos conjuntos plásticos legados por el arte egipcio y uno de los más magníficos ejemplos del arte desarrollado en Egipto durante la Dinastía XX.

A quienes tienen el privilegio de visitar esta tumba, entre las muchas escenas representadas sobre sus muros, suele llamar mucho la atención una imagen que muestra a un gato acuchillando a una serpiente. Dicha representación se localiza en la pared oeste de la cámara funeraria, justo al lado de una escena de adoración a Horus y sobre una imagen que muestra a Inerkhau y a su esposa disfrutando con la música que toca un arpista ciego. La imagen del gato es realmente singular en muchos aspectos, además de contener complejas implicaciones simbólicas y de exhibir una estética bastante peculiar (Fig. 1).

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Fig. 1. Gato acuchillando a una serpiente. Tumba de Inerkhau (TT359). Dinastía XX.

Es bien sabido que los gatos ya compartían sus vidas con los antiguos egipcios, que parece sintieron por este animal una especial predilección. En las representaciones artísticas estos felinos aparecen junto a sus dueños, ya sea acomodados bajo sus sillas durante un banquete o acompañándolos en una incursión de caza entre bancales de papiros (Fig. 2). Los egipcios incluso se preocuparon por el descanso eterno de sus queridas mascotas, a las que llegaron a momificar y enterar en sarcófagos (Fig. 3). Ante tanta fascinación no sorprende que desde tiempos muy remotos en Egipto se adorara a estos animales; aunque fue a partir de Baja Época cuando su culto se intensificó, popularizándose sus centros de adoración y engrandeciéndose sobremanera las necrópolis destinadas a acoger momias votivas de estos animales.

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Fig. 2. Gato atrapando pájaros. Detalle de un fragmento mural de la tumba de Nebamón. British Museum, Londres. Foto: Susana Alegre García.

Dada su condición de mascota no es de extrañar que el gato fuera divinizado como protector de los hogares y de la vida familiar. Posiblemente ello se vincula con el hecho de que estos felinos, aún siendo domésticos, son capaces de conservar un poderoso instinto cazador que mantiene a raya a ratones o serpientes. Así que, efectivamente, el gato puede ser considerado protector de los hogares, alejando de ellos a alimañas dañinas. Pero también en Egipto los gatos se vincularon con la sensualidad y la maternidad, lo que puede derivar de sus repetidos períodos de celo y del hecho de ser muy prolíficos, capaces de parir varias camadas al año. De ahí que una de las más poderosos diosas de la fertilidad y de la seducción, Hathor, pudiera mostrarse bajo el aspecto de gato; aunque la más célebre entre las deidades gatunas es Bastet, que entre sus muchas advocaciones era protectora de las mujeres embarazadas y símbolo del regocijo de la vida, pero en ocasiones podía resultar tan agresiva como para enfrentarse triunfalmente a las energías más oscuras. De hecho, la fuerza del pequeño felino llegó a considerarse tan intensa que uno de los más eficaces defensores del sol, que le ayuda a abrirse paso entre los horrores de la noche, era precisamente un gato. Se trata del Gran Gato de Heliópolis, consagrado al astro solar y adorado como manifestación de su inmenso poder. La vinculación del gato como expresión del astro solar se evidencia, por ejemplo, en el Capítulo 17 del Libro de los Muertos: «Este gato es el niño Ra en persona; se le llamó “gato” cuando Sia dijo a propósito de él: “¡Hay alguien parecido (a él) en lo que ha hecho?”; así fue creado su nombre de “gato”»[1].

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Fig. 3. Sarcófago del gato que fue mascota del príncipe Tutmosis, hijo del faraón Amenhotep III. Dinastía XVIII. Museo de El Cairo. Foto en A. Eggebrecht, El antiguo Egipto. 3000 años de historia y cultura del imperio faraónico, Barcelona, 1990.

Precisamente es el Gran Gato de Heliópolis el que fue representado en la escena de la tumba de Inerkhau. Un gato de piel dorada, alusiva a lo solar, que muestra unas largas orejas dirigidas hacia atrás, lo que es una expresión que los gatos adoptan tanto al asustarse como al atacar. Además, el felino muestra su boca abierta, haciendo visibles sus amenazantes dientes, lo que le confiere un aspecto temible. Incluso la lengua, que emerge entre las fauces, ayuda a destacar su terribilidad y enfado; más aún, en la grupa del animal puede observarse el característico pelo erizado que estos felinos exhiben al irritarse. La confirmación de su agresivo estado de humor se produce al observar que el gato se encuentra empuñando un cuchillo con una de sus patas y, sorprendentemente, cortando con este arma el cuerpo de una gran serpiente. Este reptil encarna aquí a Apofis, una entidad divina que alude a las energías negativas de la oscuridad y, por tanto, a las fuerzas cósmicas en eterna pugna con el astro solar[2]. Pero en la escena la serpiente se presenta con el cuerpo seseante y herido, derramando su sangre y retorciéndose por el dolor. Hasta la expresión de su rostro, con la lengua fuera y la mirada desorbitada, ayuda a expresar el terror y patetismo del momento. Ciertamente se trata de una imagen cruenta y de violencia muy explícita, lo que no es un tipo de iconografía nada común en la plástica del antiguo Egipto.

Según la mitología faraónico, Apofis estaba en eterna pugna con el astro solar. Se trata de un enemigo al que debe enfrentarse en las horas de oscuridad, al realizar la navegación por los espacios nocturnos y llenos de peligros. La reiterada victoria de la luz sobre las tinieblas de la noche, es decir, la victoria diaria sobre Apofis, marca el devenir de la existencia. Pero Apofis es un enemigo formidable que, aunque podía ser derrotado, no podía eliminarse por completo. En la cosmovisión egipcia era imprescindible la existencia del contrario como elemento de reafirmación, ya que se consideraba que nada existe realmente sin tener opuesto. Así que para el correcto funcionamiento de la dinámica cósmica las tinieblas debían regenerarse para ser derrotadas cíclicamente, siendo cada amanecer la confirmación de su fracaso. De hecho, algunas versiones de la tradición mitológica explicaban que el arrebol del cielo del alba, que tiñe el cielo de rojo, no era otra cosa que la sangre derramada por Apofis en su derrota.

De modo que en el gato y la serpiente de la tumba de Inerkhau se reproduce un tema tópico: el enfrentamiento de la luz y las tinieblas, del bien y el mal; en definitiva, del orden y el caos. El gato aparece como la encarnación de la energía benéfica que es capaz de imponerse y garantizar la consecución de la vida; Apofis es la expresión de todo lo que a ello se opone. Pero aún siendo un tema recurrente y de amplia imaginería en la creatividad faraónica, lo cierto es que resulta muy interesante la manera en que fue plasmado precisamente aquí. Ello es lo que convierte a esta escena de la tumba de Inerkhau en una iconografía tan interesante como enigmática.

Al observar la representación suele sorprender que el gato resulte tan rígido, hierático y sobrio. Nada tiene que ver, por ejemplo, con la actitud mostrada por el animal que devora un pez en la tumba de Nakht o con el que salta de la barca de Nebamón para atrapar ágilmente a diversos pájaros. Aunque el gato de la tumba de Inerkhau es igualmente un cazador, su aspecto es innatural y, en definitiva, bastante extraño. Un animal que, a pesar de la tensión, no parece perder la compostura y que hasta resulta pasivo. El hecho de que utilice un chuchillo como medio para atacar a la serpiente, además, implica una forma de antropomorfización que realza todavía más su extrañeza. Lo cierto es que el gato de Inerkhau llega a contrastar hasta al compararlo con otros gatos mostrados en escenas que narran el mismo episodio mitológico, una temática que aparece plasmado en diversas tumbas de la necrópolis de Deir el-Medina. Aunque existen muchos rasgos comunes con esas otras escenas, también es cierto que los otros animales resultan más gestuales y hasta puede apreciarse alguna concesión a lo anecdótico. Por ejemplo, el Gran Gato de Heliópolis de la tumba de Nakhtamón parece bufar y aunque ha clavado diversos cuchillos en el cuerpo de la serpiente, su rostro parece amable y casi se podría afirmar que sonriente (Fig. 5). Su aspecto, en definitiva, resulta más entrañable que el de Inerkhau, donde la sensación ceremoniosa se presenta de un modo más notorio.

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Fig. 5. Gato acuchillando a una serpiente. Tumba de Nakhtamón (TT335). Dinastía XIX.

Es evidente que el pintor de la tumba de Inerkhau se dejó guiar por unas motivaciones expresivas particulares, entre las que parece que se priorizaba la voluntad de hacer especial hincapié en la solemnidad y en clarificar que el gato representado es un ser mítico y, por tanto, extraordinario. Quizá esta intencionalidad se produjo ante la circunstancia de situar esta imagen muy próxima a temáticas tan distendidas como la escena en la que Inerkhau y su esposa se deleitan con la música tocada por un arpista. Puede que esta localización, de alguna manera, impulsara al artista a clarificar de un modo más evidente que lo narrado en esta otra escena es de naturaleza distinta y cargada de trascendente. Sea como sea, el pintor de la tumba de Inerkhau deseo subrayar que el pequeño felino plasmado es, sin lugar a dudas, una poderosa entidad divina, por ello eliminó cualquier expresividad que pudiera aludir a la amigabilidad o simpatía de una mascota más o menos apacible. El gato de Inerkhau tiene un aspecto severo, agresivo e inconmovible, lo que realza la expresión del enérgico poder que permite al sol vencer al enemigo de las tinieblas. Una derrota que se enfatiza aún más al mostrar al animal pisando con una de sus patas la cabeza de su eterno rival, en un gesto tópico de victoria e imposición.

Pero en la tumba de Inernkhau también aparece la figura de un árbol, de tonos azulados, cuya presencia es aquí mucho más que una anécdota paisajística. Se trata del mitológico ished, otro de los grandes símbolos de la ciudad de Heliópolis, que entre sus muchas connotaciones era símbolo de fortaleza y de la continuidad del orden de la creación, debido a su vinculación con el horizonte por el que el astro se eleva y renace cada mañana[3]. Metafóricamente, además, al árbol se le atribuía el poder de vincular el cielo y las estrellas con la fuerza germinante inherente a la tierra.

El árbol ished es mencionado en el Capítulo 17 del Libro de los Muertos, en esta ocasión como símbolo de la diosa cielo Nut. Un árbol-cielo que se abre para permitir la salida del so; por tanto, un árbol cuya presencia señala el lugar donde se produce el enfrentamiento entre el Gran Gato de Heliópolis y Apofis: «Soy el gato cerca del cual se partió el árbol ished en Heliópolis, la noche en que son aniquilados los enemigos del Señor del Universo». La terrible serpiente es, por tanto, una amenaza para el nacimiento del sol, para el equilibrio y orden encarnado por ished; de ahí que el árbol tenga que ser enérgicamente defendido y que a sus pies se libre tan duro enfrentamiento. La victoria del divino y pequeño felino, a los pies del simbólico árbol, expresa la capacidad de lo solar para conseguir mantener el orden de la creación, para lograr que los días se sucedan y se ramifiquen conformando la compleja y eterna trama de la vida.


Notas:
[1] Fragmento del Capítulo 17 del Libro de los Muertos. En P. Barguet, El Libro de los Muertos de los antiguos Egipcios, Bilbao, 2000, p. 61.
[2] La serpiente en Egipto tuvo una simbología tan rica como ambivalente, pudiendo resultar protectora y benéfica en algunos contextos, pero temible y peligrosa en muchos otros.
[3] No es una excepción que en este tipo de escenas se muestre el árbol ished. El árbol también aparece, por ejemplo, en la escena del gato enfrentándose a Apofis que fue representada en la tumba de Senedyem.