Sobek, el dios cocodrilo: aproximación desde una perspectiva invidente
Por Manuel Sanjuán Núñez y Susana Alegre García
1 junio, 2008
Modificación: 9 diciembre, 2016
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Época: Reino Nuevo, 1570-1070 a. C.
Dimensiones: Altura máxima: 21’7 cm.
Materiales: Granito gris
Lugar de conservación: Museo del Luxor
Lugar de procedencia: Dahamcha, Templo de Sobek; localizada durante los trabajos de sondeo del canal Saouahal de Armant[1]

Foto 1. Perfil de la escultura de Sobek. Foto en A. EL-SHAHAWY, Luxor Museum, The Glory of Ancient Thebes, 2005, p-71

Foto 1. Perfil de la escultura de Sobek. Foto en A. EL-SHAHAWY, Luxor Museum, The Glory of Ancient Thebes, 2005, p-71

A Sobek, el benéfico dios cocodrilo, se le creía una divinidad emergida de las aguas del Nilo; las cuales, a su vez, se creía habrían surgido por su sudor. Sobek era por tanto el Señor de las Aguas, un dios de la vegetación, de la fertilidad, de la vida… Pero también en su carácter había un aspecto maligno y podía ser representado como un demonio del más allá. Incluso en alguna versión del mito de Osiris se dice que Set se escondió en un cocodrilo para escapar sin castigo de su fraticida crimen.

Aunque la iconografía de Sobek puede ser variada, lo más habitual es que se le represente como un cocodrilo, o bien, como un hombre con la cabeza de este reptil. Es la primera versión, la que lo muestra íntegramente como cocodrilo, la que nos interesa tener en cuenta ante la magnífica estatua conservada en el Museo de Luxor y que es objeto inspirador de este escrito.

Para una persona ciega es un auténtico privilegio el poder haber conseguido un permiso para poder tocar todo lo que hay en el museo, pero, desde siempre, incluso cuando podía ver, esta estatua me ha llamado la atención. A lo largo de una fabulosa mañana he podido tocar una serie de piezas realmente magníficas y ante las cuales resulta imposible quedarse indiferente. Cómo no emocionarse cuando las manos tocan la figura de Amenhotep III representado en un trineo; los pliegues de su faldellín parece que se van a mover de un momento a otro por el efecto del viento; el cinturón adornado por cuatro cobras que protegen el cartucho es sencillamente espectacular, y… qué decir de la estatua de Horemheb delante de Amón, ¡da la sensación de que sus brazos van a abrazar al dios en cualquier momento! Pienso que la estatua del dios cobra Amón-Kamutef no desentonaría en cualquier colección de escultura moderna hoy en día, al menos esa es la sensación que me transmiten mis manos… Y qué decir de la estatua de Tutankhamón representado como Amón, tocando su cara nos damos cuenta de algo a lo que ya por sabido no le damos importancia: ¡pobre!, solo era un niño vencido por las circunstancias…

Sin duda podría seguir contando mi experiencia estatua por estatua, pero ya he dicho que esta estatua de Sobek me llama mucho la atención y no voy a dejar pasar la oportunidad de explorarla con mis manos, que ahora son mis ojos.

La estatua que pertenece al Reino Nuevo es de granito y se descubrió en Dahsmasa en mil novecientos sesenta y siete. Mide más o menos un metro de largo y tiene unos veinte centímetros de alto.
Sin más pido que me coloquen las manos y empiezo.

En una primera impresión, y para poder hacerme una idea general, exploro la escultura con rapidez. Lo primero que noto es que está hecha de una sola pieza, esto es, el dios cocodrilo está unido a la base que lo sujeta. Dicha base, de volumen importante, tiene un saliente a lo largo de toda la pieza[2].

A continuación sigo por el morro y me sorprende la sensación de estar tocando algo que parece que fue esculpido ayer; sin embargo, han pasado miles de años. Así descubro que quien creó la escultura colocó una especie de soporte en la parte inferior del morro, quedando la cabeza unida a la base en un solo bloque y cobrando solidez[3]. Ahí sí se nota el paso del tiempo, apenas en el comienzo de la parte de debajo de la cabeza en confluencia con el comienzo de la base que la sujeta; pero sólo ahí, por lo demás, la estatua es perfecta.

De la mandíbula cerrada parece que de un momento a otro van a salir los terribles dientes; incluso creo que se nota alguno, pero no estoy seguro. Los ojos saltones del dios cocodrilo se distinguen perfectamente.

Foto 2. En esta imagen se puede apreciar la curvatura de la cola del cocodrilo. Foto en Guide du Musée d'Art Egyptien Ancien de Luxor, El Cairo, 1978, p. 7

Foto 2. En esta imagen se puede apreciar la curvatura de la cola del cocodrilo. Foto en Guide du Musée d’Art Egyptien Ancien de Luxor, El Cairo, 1978, p. 7

La piel del lomo es una demostración perfecta de la paciencia y la habilidad increíble del artesano que creó esta maravilla. Es fácil imaginárselo en su pequeño taller a orillas del río trabajando con sus rudimentarias herramientas en un bloque de granito, que gracias a su maestría se convertirá más tarde en el dios del Nilo, lentamente y con habilidad va tallando una por una las escamas del lomo del animal. Cuando mis manos las recorren me doy cuenta de la perfección de su trabajo. Han pasado miles de años y todavía se distinguen perfectamente, prácticamente las recorro todas, una a una, no hay dos iguales, eso se nota de inmediato.

A continuación exploro las patas: con mi mano izquierda las patas delanteras, con la derecha las traseras. Tocándolas me doy cuenta que sin duda el artista ha conseguido lo que pretendía, la sensación de fuerza y potencia de las mismas es sencillamente extraordinaria, parece que el cocodrilo va a ponerse a andar en cualquier momento, se notan perfectamente las escamas y hasta las uñas, aunque algo deterioradas, se distinguen muy bien. Las patas, sencillamente, son geniales.

Y entonces ocurre algo de lo que me doy cuenta enseguida pero desconozco el motivo. La cabeza, los ojos, el lomo, se hicieron con total perfección, pero la cola, toda la cola del cocodrilo, está esculpida de una manera tosca, casi como si el escultor tuviera prisa por acabar la obra o solo esbozar algunos detalles. Donde antes había escamas perfectamente talladas en forma y nivel, ahora hay solo trazos cuadrados tallados de forma irregular y sin lugar a dudas hechos a toda prisa y sin terminar el pulido, por lo que el granito resulta más rugoso. También en la cola la estatua tiene pequeños daños que se notan perfectamente al tacto. Pero sigo sin entender el motivo de este cambio de actitud en el desarrollo y ejecución de la figura: del detalle a lo sugerido. El cambio es brusco, sobre todo, nada más terminar las patas traseras; además me sucede una cosa curiosa: me doy cuenta de que cuando podía ver y observé la estatua, y fue en más de una ocasión, no me di cuenta de lo que ahora con mis manos percibo enseguida, esto es, el brusco cambio en la ejecución de la estatua.

Vuelvo a tocar la cabeza y el lomo del animal, y me vuelve a resultar admirable la precisión y la genialidad del autor que el paso de miles de años no ha conseguido eliminar, y sin embargo… ¿Qué pasó con la cola? ¿Por qué el cambio en el modelado?

Al poco de llegar de mi viaje a Egipto me pongo en contacto con Susana Alegre y le planteo los interrogantes que me suscitó la estatua del cocodrilo conservada en el Museo de Luxor. Explico, seguidamente, la posible interpretación que se le ocurrió a lo que yo había percibido.

El hecho de que la parte baja del animal quede como esbozada y la parte de arriba, por el contrario, se encuentre perfectamente detallada, podría tratarse de un recurso plástico; es decir, de algo hecho adrede tal vez para generar la sensación de que el cocodrilo está parcialmente sumergido: la cabeza, la grupa, parte de la cola y las patas sobresaliendo de la superficie del agua (posición que habitualmente adopta el reptil). Eso podría explicar que unas zonas se trabajaran con precisión, pero no otras. Las otras, esto es, la parte más baja del animal, quedaría como más desdibujada, como si las percibiéramos a través del agua. Por eso las formas se sugieren, no se cincelan al detalle[4]. De ser así, el escultor habría captado un momento en que el cocodrilo está bajo el agua, quizá acechante, con la cabeza un poco elevada sobre la superficie para otear el entorno con sus ojos; manteniendo la boca y los dientes listos para lo que pueda ocurrir, con las robustas patas y la cola listas para propulsarse. El cocodrilo sería aquí, efectivamente, el poderoso Señor de las Aguas.


Notas:
[1] Ver en BAKRY, MDAIK 27, 1971, p. 138, pl XXIXc. También en Guide du Musée d’Art Egyptien Ancien de Luxor, El Cairo, 1978, p. 7 y en A. EL-SHAHAWY, Luxor Museum, The Glory of Ancient Thebes, 2005, pp. 70-71.
[2] Recuerda enormemente la tradicional cornisa en forma de gola que caracteriza el remate de muchas arquitecturas egipcias.
[3] Una cabeza trabajada en volado habría sido enormemente frágil y parece que eso no encajaba en los planes de quien la esculpió. Sólo hay que aproximarse a la próxima escultura.
[4] Hasta sería tentador imaginar esta escultura colocada en algún lugar efectivamente inundable, lo que también explicaría la falta de detalles en la parte de la estatua que quedara realmente bajo el agua. Resulta fácil imaginarse algo así en el marco de un templo dedicado al cocodrilo Sobek.