El desierto oriental egipcio
Por José Antonio Alonso Sancho
1 agosto, 2005
Vista del desierto egipcio. Foto: Archivo documental AE
Modificación: 18 febrero, 2017
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Egipto es un don del Nilo” es una célebre frase del historiador griego Herodoto (s. V a.C.) que aún hoy en día es repetida en todo manual de historia que pretenda mostrar de una manera gráfica la realidad de un país, que aún estando en una zona desértica, el hecho de que fuera atravesado por un gran río hizo que se convirtiera en uno de los espacios geográficos más fértiles del mundo, y que por tal circunstancia fuera el lugar en el que acabarían asentándose una de las primeras colonias urbanas de la antigüedad, origen de la llamada civilización egipcia.

Desde aquél primer humano que descubrió en sus riberas un espacio en el que hallar con más facilidad la alimentación necesaria con la que sustentarse tras el desastre climático que produjo la desecación de las tierras del norte africano hace 7000 años, muchas generaciones de hombres y mujeres dejaron su huella en las inmediaciones de un río que hoy, historiadores, arqueólogos e investigadores de todo tipo se afanan en descubrir.

Los apenas 1200 km de longitud, por unos pocos de anchura constituyen el espacio físico del Valle del Nilo en Egipto en dónde se centran la mayor parte de sus investigaciones. Pero si bien esta circunstancia determina muy claramente la que ha de ser su área de actuación, no es menos cierto que existen otras alejadas de ese curso que quizás aún hoy en día sigan esperando la especial atención que merecen. Me refiero a extensas zonas del Delta del Nilo y Península del Sinaí, así como al Desierto Líbico, del Oeste ú Occidental egipcio y en especial sus oasis de Bahariya, Siwa, Farafra, Dajla, Jarga, Gara, Bahrein, Nuwamisa, el-Areg, el-Barnudji, y el Wadi Natrum y del Este, Desierto Oriental o Arábigo, en los imperceptibles “wadis” que hay entre la región tebana y el Mar Rojo en donde esos asentamientos humanos también se produjeron.

Recientemente cayó en mis manos el libro “El Origen de los Faraones” (Ediciones Destino. Barcelona. 2004), traducido del “Génesis of the Pharaohs” del profesor británico Toby Wilkinson, y si bien como ya apunta su contraportada es un libro que se halla “entre la investigación egiptológica, la crónica aventurera y el libro de viajes”, en lo que necesariamente ha de ser una inquietante y complicada conjugación, he de decir que su amable lectura y el interés que siempre provocaron en mí los horizontes menos conocidos, me advirtieron, si quiera muy fugazmente, de la realidad de un Desierto Oriental incomprensiblemente poco mencionado en los tratados de historia pero que guarda importantes inscripciones rupestres sin las cuales resultaría difícil comprender el pasado prehistórico que precedió a aquellas primeras dinastías históricas egipcias.

Desde que el egiptólogo ruso Wladimir Golenischev se mostrara interesado por esa olvidada región a finales del x. XIX, muchos investigadores europeos y americanos se han internado en ese Desierto Oriental con el propósito de reconocer el mayor número posible de petroglifos para luego mostrarlos en sus trabajos a la comunidad científica. Pero si bien es indudable que ha sido mucho el trabajo realizado, y diversas las obras que los han recogido, hasta el momento no se ha conseguido que esa información trascendiera lo necesario y que aún hoy en día sean escasas las referencias que citan a esos grabados que han sido producto de épocas que se corresponderían con los importantes periodos fundacionales conocidos como Badariense y Nagada I, II y III del Valle del Nilo, lo cual no deja de ser paradójico ya que quizás en ellos se halle una de las pocas evidencias de tan poca conocida sociedad, complementaria de la importante localizada recientemente de Playa Nabta en el Desierto Occidental.

Esos petroglifos que fueron grabados en las rocas de numerosos wadis que comunican el área tebana con el Mar Rojo como Hammamat, el-Atwani, Wasil, Abbad, Miya, Umm Salam, Barramiya, etc., nos muestran multitud de representaciones humanas, bien en grupo, bien a nivel individual, que nos acercan a sus quehaceres cotidianos. Allí aparecen escenas de un pasado lejano, pero claramente próximas en el tiempo a otras del valle como a las muy conocidas de la tumba 100 de Hieracómpolis, ú otras de Gebelein por ejemplo.

Escenas de hombres en labores de pastoreo y caza fueron grabadas en las rocas por aquéllos incipientes artistas. Imágenes fruto de la observación de la naturaleza que les rodeaba en la que aparecen bueyes, íbices, gacelas, ovejas, avestruces, jirafas, elefantes, hienas, etc. nos hablan de un tiempo en los que esa región, hoy estéril, debió ser otra fértil en dónde la actividad humana se desarrolló seguramente a la sombra de la otra del Valle.

La visualización de tales escenas nos acerca a los albores de una civilización faraónica como inconfundiblemente queda latente en la gran cantidad de símbolos comunes a los que a posteriori adoptó su cultura. Hombres con “coronas rojas”, plumas, cuernos, cayados, mazas, arcos y flechas, tan comunes en sus paletas cosméticas y otros útiles predinásticos. Pero si hubiéramos de señalar de entre ellas alguna característica, aunque seguramente menos conocida, quizás debiéramos apuntar a las que nos muestran determinadas embarcaciones de la prehistoria.

Las imágenes de barcos son muy comunes en el área. Barcos de quilla cuadrada con el fondo plano, o en forma de hoz gobernados por uno o varios hombres, muchas veces con tocados en su cabeza; barcos con cabina o no; barcos con uno o varios o remos; barcos con timón o no. En definitiva, barcos en un largo etcétera. ¿ Pero por qué esas imágenes en un marco geográfico tan alejado de toda posibilidad de navegación ?. No se sabe a ciencia cierta, pero desde luego no habría que ver en ello el fundamento en el que muchos autores basaron la teoría de la invasión mesopotámica como fundamento de la desarrollada civilización faraónica, pues las más antiguas representaciones navales en el área asiática han sido datadas en fechas posteriores de unos 1000 años, sino que la similitud en sus perfiles con otros de Nagada I localizadas en el Valle, así como las similares composiciones artísticas de su conjunto nos permiten afirmar que unos y otros pertenecieron a una misma sociedad, y que por lo tanto, quizás éstas no refieran sino el recuerdo de unos autores de procedencia ribereña que por las circunstancias propias de una sociedad principalmente dedicada a la caza y pastoreo que les obligaba a alejarse durante largas temporadas de su familia y vivienda, consideraron necesario plasmar el entorno del cuál provenían.

Esa prácticamente inexistente investigación arqueológica ha impedido localizar los asentamientos poblacionales que sin duda existieron en la región, lo cual resulta especialmente grave dado que su examen contribuiría a paliar las carencias que tenemos de aquélla sociedad predinástica, génesis de la civilización egipcia.

Es decir, la importancia de un material como el existente en el Desierto Oriental, sin duda, a la espera de una profunda investigación, y sobre todo, la necesidad de preservarlos del expolio al que probablemente se verán sometidos en un futuro que comienza hoy por la accesibilidad y medios con los que se cuenta en nuestra sociedad, muy alejada de la de hace pocos años en los que la dificultad por internarse en la zona los alejó de su expolio, así como el interés creciente que muestran determinadas compañías mineras por la zona, y aún las extracciones indiscriminadas que hoy realizan, que sin duda han acabado con muchos de sus restos, sería necesario urgir al gobierno egipcio a que los proteja, máxime hallándose en tan grandes espacios abiertos dónde preservarlos puede fácilmente escapar a su control.

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