Abu Simbel
Por Susana Alegre García
27 mayo, 2018
Vista de la fachada del Gran Templo de Abu Simbel. Foto: Susana Alegre García
Modificación: 11 noviembre, 2018
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Adentrándose en el territorio nubio, a unos 250 Km. al sur de Asuán, no muy lejos de la Segunda Catarata del Nilo, se encuentra Abu Simbel. Se trata de un lugar remoto y árido, a pesar de la proximidad de las aguas embalsadas de la Presa de Asuán, en el que destacan dos elevaciones rocosas que desde tiempos muy antiguos fueron consideradas sagradas. Fue aquí, en medio un sorprendente paisaje, donde durante el reinado del faraón Ramsés II se realizaron los más singulares templos del antiguo Egipto.

El descubrimiento

La expedición científica francesa que exploró Egipto durante la campaña militar de Napoleón, entre 1798-1801, no remontó el Nilo más allá de la isla de Philae. Sin embargo, estos sabios, a los que tanto debe la egiptología, supieron ya de la existencia de emplazamientos en el territorio nubio como Kertassi, Debod, Taffa, Kalabsha, Derr y también Abu Simbel, que solo identificaron como una aldea.  

Las primeras noticias de la existencia de monumentos faraónicos en Abu Simbel llegaron a occidente de la mano de Johannes Ludwig Burckhardt. Este intrépido suizo, que se convirtió al Islam con el nombre Ibrahim ibn Abdallah, fue uno de los primeros europeos en visitar La Meca y Medina, y sus viajes por todo el Próximo Oriente le llevaron a descubrir Petra en 1812. Pero su curiosidad insaciable no quedó colmada y tras recorrer Egipto se propuso remontar el Nilo hasta la región sudanesa de Dóngola. Fue precisamente volviendo de Sudán y habiéndose quedado a 160 km. de su objetivo, cuando con 29 años, y acompañado de un guía llamado Mohamed Abu Saad (nacido en la aldea de Derr), Burckhardt descubría en la orilla occidental un monumento excepcional, Abu Simbel, en la radiante mañana del 22 de marzo de 1813.

Según explica Burckhardt en su obra Travels in Nubia1, se acercó a lo que él llama Ebsambal precisamente por haber oído muchas magníficas descripciones de lugareños y beduinos. Al llegar lo primero que despertó su atención, tras subir una loma a camello, fueron los seis colosos excavados en la roca y representados de pie. Burckhardt bajó un terraplén para aproximarse y observó que aquella era únicamente la fachada de una construcción que se adentraba en la montaña. Incapaz de resistirse a semejante maravilla, el viajero recorrió fascinado el que ahora conocemos como Pequeño Templo de Abu Simbel, y durante su visita realizó anotaciones y dibujó un sencillo croquis de la planta del edificio. Es la primera documentación en lo que iba a ser la extensa bibliografía de estas construcciones.

Cuando Burckhardt concluía su visita, listo ya para marcharse, casualmente echó la vista hacia el sur donde topó con un visión increíble: “mis ojos me llevaron sobre lo que es aún visible de cuatro inmensas estatuas colosales”… “están cubiertas prácticamente por la arena”… “es difícil afirmar si los colosos están de pie o sentados”… Burckhardt era el primer occidental que pudo observar las grandiosas representaciones de Ramsés II en la fachada del Gran Templo de Abu Simbel, el primero en maravillarse ante sus dimensiones, el primero en describir la forma de los relieves y jeroglíficos visibles, el primero también en admirar su belleza.

La noticia de la existencia de los magníficos monumentos de Abu Simbel corrió como la pólvora y pronto avivó la imaginación de viajeros y curiosos. Así, el 20 octubre de 1815, una pequeña expedición dirigida por William-John Bankes, que pretendía llegar hasta la Segunda Catarata del Nilo, se detuvo en este sorprendente lugar. También ellos accedieron al Pequeño Templo, pero una gran duna seguía haciendo imposible entrar en el Gran Templo y lo cubría casi por completo.

El creciente interés en Europa por los monumentos egipcios y por coleccionar antigüedades faraónicas, generó una auténtica pugna por conseguirlas. Ello iba a marcar el rumbo de los primeros balbuceos de la egiptología, lo que también afectó a las incursiones hasta Abu Simbel. Los mayores protagonistas de estos enfrentamientos fueron Bernardino Drovetti, cónsul general de Francia, y Henry Salt, su homólogo británico. Ambos llegaron a atesorar miles y miles de antigüedades, que fueron vendidas en Europa y que constituyen la base de las grandes colecciones egiptológicas del Museo Británico, del Louvre, del Museo egipcio de Turín… En 1815 la llamada Guerra de los Cónsules estaba en apogeo y se hizo patente cuando Bankes regresó de su viaje y narró lo visto en nubia. La rivalidad y el ansia por intentar descubrir posibles tesoros impulsó a Drovetti, que no podía tolerar que un inglés le aventajara. De modo que acompañado por el geólogo y dibujante Frédéric Cailliaud remontó el Nilo y llegó hasta Abu Simbel en marzo de 1816. El objetivo de Drovetti era intentar despejar la arena ante los gigantescos colosos y buscar un posible acceso a un espacio interior. Sin embargo, esta empresa no llegó a buen puerto, pues Drovetti no consiguió la colaboración de las poblaciones locales, ganándose su antipatía y recelo.

Así se abría la oportunidad para el italiano Giovanni Battista Belzoni, un hombre nacido en Padua y de biografía singular, que había trabajado como forzudo de ferias itinerantes y hasta hecho sus pinitos en ingeniería hidráulica. Su destino, sin embargo, iba a quedar ligado al de los orígenes de la egiptología al convertirse en el más eficaz agente de Salt en la búsqueda y traslado de antigüedades. De modo que Belzoni, tras el fracaso de Drovetti, puso rumbo a Abu Simbel. Allí intentó contactar con las poblaciones cercanas, pues la mano de obra de la zona era imprescindible para eliminar la enorme masa de arena. Su capacidad diplomática resultó útil con las autoridades locales y le permitieron iniciar los trabajos. No obstante se produjeron muchos problemas y no fueron de ayuda las supersticiones de los lugareños, que vaticinaban todo tipo de desgracias si se molestaba a los colosos. Algunos de los incidentes llegaron a ser bastante violentos, como el intento de robo en la embarcación con la que Belzoni se había desplazado hasta allí y donde en aquel momento se encontraba su esposa, mujer aventurera e intrépida que se vio obligada a defenderse a golpe de pistola. Además, Belzoni tenía aún pendiente en Tebas el traslado de la parte superior de un gran coloso para el Museo Británico. En medio de estas tensiones, y ante la creciente situación de bloqueo en los trabajos para eliminar la duna, el italiano decidió marcharse.

Pero tan solo pocos meses después de su primer intento, e incapaz de aceptar un fracaso, Belzoni volvía a la carga y se embarcaba nuevamente rumbo a Abu Simbel bajo los auspicios del Henry Salt en verano de 1817. A pesar de las desavenencias con las autoridades locales y de las rivalidades entre esas autoridades (los cachafes), Belzoni consiguió contratar a un centenar de lugareños. Pero las deserciones se hicieron notables debido a la dureza del trabajo bajo el sol abrasador del verano nubio y, además, Belzoni les había dicho que el trabajo se extendería durante 3 días que, en la práctica, se hicieron del todo insuficientes. Tampoco faltaron disputas con el capitán y la tripulación del barco que los alojaba, ni ataques violentos ideados para apoderarse de algún supuesto tesoro. El inicio del Ramadán vino a dificultar aún más el desarrollo de los trabajos.

A pesar de todas las adversidades y gracias al impulso de su fuerte obstinación, Belzoni consiguió que fuera rebajada parte de la inmensa duna, retirando al menos 15 metros de espesor. Cuando finalmente apareció el pequeño resquicio que permitía el acceso al interior del edificio, Belzoni temía que la duna los pudiera sepultar o atrapar dentro, así que ideó una empalizada de troncos de palmera y estacas, y humedeció la arena para darle mayor estabilidad. Tras jornadas de durísimo trabajo y a pesar de los continuos inconvenientes, finalmente, el 1 de agosto de 1817 accedía al interior del Gran Templo de Abu Simbel.

<<El primer día de agosto, por la mañana temprano, fuimos al templo con mucho ánimo ante la idea de entrar en un lugar recién descubierto. Nos esforzamos tanto como pudimos en ensanchar la entrada, pero esta vez nuestra tripulación no nos acompañó como otras veces. Por el contrario, parecía que intentaban entorpecernos tanto como fuera posible, pues cuando vieron que habíamos hallado la puerta y estábamos preparados para entrar, quisieron impedir que nos aprovecháramos de ello, pero fracasaron>>

<<Hicimos pronto la abertura más ancha y entramos en la más hermosa y grande de las excavaciones de Nubia2, algo que no tiene comparación con ninguna otra en Egipto, excepto la tumba recientemente descubierta en el Valle de los Reyes >>.3

<<Pudimos percibir en una primera ojeada, que era evidentemente un lugar amplio, pero nuestro entusiasmo aumentó cuando vimos que era uno de los templos más maravillosos, embellecidos con extraordinarias tallas, pinturas, estatuas colosales, etc.>>.4

Entre 1818 y 1819, con la financiación de Herny Salt, prosiguieron los trabajos para despejar la fachada. Fue entonces cuando se pudo apreciar de forma completa las dimensiones del Gran Templo y cuando se supo con seguridad que los colosos se presentan entronizados, no de pie. Sin embargo, al poco tiempo la gran duna volvió y cubrió nuevamente buena parte del edificio, y lo cierto es que continuó resultando problemática una y otra vez.

Tras los primeros hallazgos y continuando con el trabajo de estas primeras expediciones, Abu Simbel se convirtió de inmediato en un destino ineludible tanto para científicos y como para viajeros. A todos ellos los templos de Abu Simbel les resultaron sobrecogedores y su solemne grandeza causa aún verdadera admiración. El mismísimo Jean François Champollion, descifrador de los jeroglíficos y padre de la egiptología, afirmó que al ver los templos se quedó sin respiración. Y al marcharse no pudo evitar que le invadiera una gran tristeza:

<<Cuando llegué a la mitad del río, examiné por última vez el templo de Hathor, cuyo conjunto gana infinitamente al verse con distancia, porque es entonces cunado pude apreciar la masa entera de los seis colosos, de un trabajo verdaderamente remarcable. Me despedí también entonces de las estatuas de la fachada del gran templo, cuya masa gigantesca parece crecer a medida que uno se aleja. No he podido vencer un profundo sentimiento de tristeza al dejar este hermoso monumento, el primer templo del que me alejo para no volver a verlo>>5.

La templos

No se sabe con seguridad el motivo por el que las dos colinas situadas en Abu Simbel, llamadas Meha y Abshek, fueron elegidas en tiempos faraónicos como emplazamientos apropiados para adorar a lo divino. Puede que ello viniera inspirado por la forma de estas montañas, que se imponen en el paisaje que las rodea; tal vez fuera determinante su  cercanía al Nilo o quizá existía alguna oquedad o cueva capaz de proporcionar abrigo natural del intenso sol, dando cobijo a quienes se pudieran aproximar; o hasta puede que fuera un lugar especialmente señalado debido a alguna protuberancia natural en sus peñas y cuya forma recordara la imagen de algún dios, animal sagrado o símbolo… Sea como sea, ya antes que Ramsés II naciera, muchas gentes y hasta reyes se sintieron atraídos por este lugar y algunos hasta dejaron inscripciones 6. Sin embargo fue Ramsés II quien hizo aquí un espacio espectacular y único, y quien iba a convertirlo en uno de los monumentos más asombrosos y célebres del mundo.

Abu Simbel, con sus colosos gigantes tallados en la roca, es un verdadero paradigma de la estética faraónica. Pero también, curiosamente, Abu Simbel es una rareza entre las obras que nos ha legado el antiguo Egipto, al tratarse de dos santuarios que fueron excavados en las entrañas de la montaña en su totalidad (tipo speos), a excepción del muro circundante realizado en adobe, preservado muy parcialmente y en el que se abría una portada realizada con sillares de piedra.

Otros templos egipcios, al menos en parte, se adentraron en la roca. Buen ejemplo de ello puede ser el levantado en tiempos de Hatshepsut en Deir el-Bahari, que además de las hermosas construcciones aterrazadas, dispone de santuarios vaciados en la montaña. Sin embargo, ya sea parcialmente excavado en la roca o en su totalidad, ninguna construcción egipcia de este tipo puede compararse a las dimensiones que pueden observarse en Abu Simbel

El llamado Pequeño Templo se adentra las entrañas de caliza del promontorio Ibchek, en la zona sur de Abu Simbel. En realidad no es un edificio en absoluto pequeño: su fachada mide 28 metros de largo y alcanza los 12 metros de altura, destacando además seis grandes colosos de unos 10 metros, que parecen dar la bienvenida a quien se aproxima. En estas representaciones se muestra cuatro veces a Ramsés II, pero dos de estas imágenes, a igual tamaño que su esposo, muestran a Nefertari, la Gran Esposa Real. Además, a menor escala, también fueron plasmados aquí los hijos y las hijas que la reina trajo al mundo.

Un aspecto ciertamente llamativo de este templo es la deferencia de Ramsés II al otorgar a su esposa una obra tan espectacular y, además, representar a esta mujer de un modo tan ensalzado. Es realmente un hecho excepcional y se interpreta como la expresión de un verdadero acto de amor. De hecho, en la propia fachada del Pequeño Templo un célebre texto indica que el amor es, efectivamente, el impulsor de esta obra:

<<Templo, monumento grandioso a la Gran Esposa del Rey, “Nefertari, amada de Mout”, por amor. Para quien el sol se eleva, dotada de vida, amada>>7.

El interior del templo no es menos espectacular que la fachada, resultando además especialmente elegante y acogedor. Llaman la atención los seis pilares con ornamentación hathórica en uno de sus lados, en los que se plasma a Hathor con su característico rostro frontal. De hecho, en este templo se rendía culto a la fusión de Nefertari con la diosa Hathor, una identificación de la consorte del faraón que era una tradición milenaria en la civilización egipcia. De este modo, el rey y la reina de Egipto emulaban a la pareja mitológica formada por Horus y Hathor.

Las paredes internas del Pequeño Templo se encuentran cubiertas por relieves, la mayoría en bastante buen estado de conservación e incluso se preserva policromía. En el rico repertorio iconográfico no faltan imágenes de distintas divinidades y escenas que glorifican a Ramsés II, imponiéndose victorioso sobre los enemigos o siendo coronado por Set y Horus de Meha (una forma local del dios halcón). Pero también hay múltiples representaciones que muestran a Nefertari frente a frente con las divinidades, entregando ofrendas y agitando el sistro, un instrumento relevante en la liturgia egipcia y propio de las sacerdotisas. También diversas escenas muestran a la reina en proximidad con su esposo, acompañándole en sus gestas. Especialmente cálido resulta el relieve en el que Nefertari extiende cariñosamente hacia Ramsés un collar menat, elemento de gran simbolismo y relacionado con Hathor. Los jeroglíficos que acompañan la escena dicen: “Yo te doy toda vida, todo poder y toda salud”.

Adentrándose más en el templo se accede a un espacio más reducido o vestíbulo, rematado en los extremos con dos capillas. En este ámbito destaca la escena que muestra a Hathor, Señora de Ibchek, y a Isis, Madre del Dios, coronando a Nefertari. Es esta una escena sin precedentes en la iconografía egipcia y que plasma la intensa notoriedad que alcanzó la reina. Su naturaleza excepcional, además, se realza al mostrar a Nefertari sosteniendo el ankh, emblema identificador de la divinidad. Nefertari es transformada, mediante esta divina coronación, en “Hathor, dama de Ibchek, Señora del Cielo, Soberana de todos los Dioses”.

Ya en lo más profundo del santuario, en el lugar más recóndito y sagrado del templo, se encuentra, como surgiendo de la roca de la montaña, un altorrelieve en el que se muestra a Hathor con aspecto de vaca. La diosa, que no olvidemos en este templo se funde y confunde con la propia Nefertari, aparece aquí protegiendo a Ramsés II, representado a menor escala. Aunque el relieve está muy dañado, la figura del faraón aún puede adivinarse bajo el morro del animal. Y junto a las orejas de la divina vaca se repite esta inscripción: “Señor de las Dos Tierras, el amado de Hathor, Señora de Ibchek”.

El Gran Templo de Abu Simbel se encuentra a unos 150 metros del Pequeño Templo, en la colina de Meha. Su fachada se orienta hacia el este, pero ligeramente ladeado como si Ramsés II mirara con sutileza hacia el monumento dedicado a su amada esposa Nefertari.

Este edificio tiene un dimensiones que resultan asombrosas. Solo la hilera de babuinos que rematan el límite superior de la fachada, representados con las manos en gesto de adoración, miden más de dos metros altura. Las figuras colosales del faraón, que se imponen con una fuerza formidable, alcanzan los 20 metros. Aquí el adjetivo “faraónico” parece lograr su más auténtica significación. Sí, Abu Simbel es ciertamente “faraónico”.

El conjunto de la fachada, prodigiosamente labrada en la montaña, tiene forma trapezoidal, emulando los más tradicionales templos egipcios y, a la vez, esta forma es un recurso efectista que ayuda a generar aún más la sensación de altura. Pero son las cuatro representaciones gigantescas de Ramsés II las que se imponen sobremanera, con la firmeza de una mole pétrea que roza la desmesurada y que parece hipnotizar a quien se aproxima. El faraón entronizado, portando las coronas reales y luciendo el torso, mira hacia el este, solemne e impertérrito, como perdiendo la vista en el horizonte lejano por el que cada mañana emerge el sol. Y a sus pies, acompañándole en esta apoteosis, aparecen representados diversos miembros de su extensa familia: varios príncipes y princesas, su madre y su esposa Nefertari.

Además de los colosos y de las imágenes de la familia real, en el centro de la fachada del Gran Templo de Abu Simbel, sobre el vano de la puerta, destaca la imagen de un dios con cabeza del halcón, coronado con el disco solar decorado con una cobra . Se trata del dios Ra y, junto a sus piernas, llegándole apenas a la altura las rodillas, puede observarse un cetro con cabeza de cánido, se trata del signo jeroglífico user. Al otro lado, peor conservada, se encuentra la imagen de una deidad con una pluma de avestruz en la cabeza , se trata de la diosa Maat. De modo que el conjunto esculpido en la hornacina es una criptografía que puede leerse: User-Maat-Ra, conformado de forma abreviada del Nombre de Trono de Ramsés II:  Usermaatra Setepenra (Poderosa Maat de Ra, Elegido de Ra). A esta iconografía en altorrelieve hay que sumar la representación a cada lado de la hornacina de unos bajorrelieves donde nuevamente aparece repetido el faraón, esta vez portando una ofrenda. Pero lo que el rey sostiene como dádiva vuelve a ser una expresión criptográfica de su propio nombre, y es factible nuevamente la lectura User-Maat-Ra. En esta ocasión, sobre la mano del rey, es la diosa Maat la que porta una corona con su habitual pluma de avestruz enmarcada con el disco solar; y, sobre las rodillas, aparece el bastón user. De modo que ante la fachada de Abu Simbel nos encontramos con cuatro colosos grandiosos que muestran a Ramsés II, el nombre de Ramsés II aparece en forma de impactante altorrelieve en el centro de la fachada y, además, el propio Ramsés II entrega su nombre a él mismo… ¿Hay alguna duda de a quién está dedicado el edificio?

El interior del templo, en su conjunto, es también una loa y glorificación del faraón. Ello se evidencia nada más acceder a la primera sala, que resulta sobrecogedora, con sus 17’50 metros de largo, 15’80 metros de ancho y más de 10 metros de altura. Aquí el faraón, nuevamente de dimensiones grandiosas, aparece repetido ocho veces en los pilares que sostienen el edificio. Y en las paredes, en unos relieves especialmente vivaces, se captan las proezas del soberano y la fortaleza del monarca al imponerse sobre los enemigos de Egipto. Destacan aquí las escenas que narran episodios de la Batalla de Kadesh, pero hay que tener en cuenta que es una iconográfica cuya prioridad radica en lo publicitario y autoexaltatorio, no ajustándose necesariamente al rigor histórico. En cualquier caso, se trata de imágenes magníficas que muestran a las tropas egipcias sorprendidas en su campamento, donde según se narraba, Ramsés actuó heroicamente y en solitario, aterrorizando a los soldados enemigos. También se muestra la fortaleza de Kadesh, los espías atrapados por los soldados egipcios, la llegada de refuerzos, la lucha violenta, el combate heroico del rey lanzando certeras flechas y los desfiles de prisioneros. Resulta especialmente deslumbrante la representación triunfal del monarca subido en su carro de guerra, tirado por dos caballos engalanados y acompañado en esta exhibición por su león mascota.

Desde esta primera sala del templo, la más grande del edificio, se puede acceder a cuatro capillas laterales, generalmente conocidas como Salas del Tesoro. Se trata de espacios de dimensiones y altura reducida, alargados y decorados más burdamente, y que se supone fueron utilizadas como almacenes para colocar los objetos utilizados en el culto y donde también posiblemente debían conservarse los textos para las liturgias.

Si nos adentramos más en el corazón del templo, avanzando hacia el santuario, se accede a una sala sostenida por cuatro pilares. Este espacio simbólicamente tiene la función de Sala Hipóstila, de ahí que los relieves se alejen de las gestas y de lo anecdótico, para tornarse más sublimes. En este contexto el faraón deja de ser un guerrero para transformarse en el gran ritualista que entrega dádivas a los dioses, sumergiéndose en sus quehaceres como interlocutor entre los hombres y los dioses. El rey Ramsés aparece aquí realizando múltiples ofrendas a distintos dioses y purifica a la barca procesional quemando incienso en compañía de su esposa Nefertari

Más allá se accede a un pequeño vestíbulo con dos capillas laterales. Las paredes de esta estancia también están cubiertas con bajorrelieves que muestran al rey presentando ofrendas a dioses como Min-Amón-Kamutef, Horus de Meha, Tot, Atum, Amón-Ra y Ptah. El faraón honra y satisface a las deidades más relevantes, especialmente a aquellas vinculadas con la monarquía y la mitología de creación.

Desde el vestíbulo se llega ya al espacio más sagrado del Gran Templo de Abu Simbel, su sancta sanctorum, donde fueron representadas cuatro deidades talladas en la roca. Surgen en altorrelieve de la masa pétrea, sentados uno al lado del otro: el dios Ptah, cuya cabeza se encuentra bastante deteriorada;  el dios Amón-Ra, luciendo las largas plumas como tocado; Ramsés II, con la  Corona Azul e identificado con sus dos cartuchos; y Ra-Haractes, una forma de fusión de Ra en su horizonte y Horus coronado con el disco solar. Se trata nuevamente de dioses  especialmente vinculados a la monarquía y que son los protagonistas de las más relevantes cosmogonías de Egipto. El faraón aparece sentado entre estos dioses, como uno más entre ellos, mostrado con la misma dimensión y dignidad. Pero además todos ellos están modelados en la misma roca, como formando parte de la misma materia, aunándose metafóricamente en una misma esencia. Ramsés es un dios entre dioses.

Una lectura simbólica

Durante el reinado de Ramsés II (1279-1212 a. C.) se emprendió en Egipto una intensísima política constructiva. Prácticamente no hay una sola localidad en todo el país en la que el faraón no ordenara erigir un templo, realizar una ampliación de algún santuario o erigir un coloso. Sin duda Abu Simbel fue uno de los proyectos más ambiciosos, aunque no son los únicos templos que el rey hizo construir en Nubia. De hecho, entre la Primera y la Segunda Catarata fueron levantados seis santuarios, aunque fue en las colina de Ibchek y Meha donde los esfuerzos fueron mayores.

La política constructiva de Ramsés II tenía un claro objetivo publicitario y se diseñó para enaltecer la figura del rey. Los templos en Nubia tenían igualmente estos fines, pero además se encontraban más allá de la Primera Catarata, en un territorio muchas veces hostil y que tradicionalmente había sido conquistado por Egipto, aunque sus poblaciones no siempre se doblegaron con facilidad. Nubia era, en realidad, un territorio fuente de recurrentes conflictos y donde los faraones una y otra vez emprendían campañas militares para sofocar sublevaciones y contener disturbios. Ramsés II no fue una excepción y también Nubia le ocasionó más de un quebradero de cabeza. De modo que las construcciones que el monarca hizo levantar en este territorio en parte deben entenderse como un elemento a sumar entre las estrategias de imposición, encarnando el control impuesto por Egipto sobre el territorio. Abu Simbel, con su colosalismo, fue un recurso ciertamente extraordinario para enaltecer al faraón de Egipto, a su reina y a los príncipes y princesas; amedrentando y quizá también fascinando con su poder grandioso, como si el faraón controlara todos los rincones de Nubia mirando a través de los ojos de sus colosos.

La divinización del faraón y de su esposa principal era una tradición muy arraigada en el antiguo Egipto. Y este es, en buena medida, el tema central narrado por los templos de Abu Simbel. El Gran Templo se decida a Ramsés, el Pequeño Templo a Nefertari. Sorprendentemente esta no es una idea novedosa en la temática de las construcciones reales en Nubia, pues al menos ya en tiempos del faraón Amenhotep III, aún más al sur, entre la Segunda y la Tercera Catarata del Nilo, se levantaron dos monumentos con las mismas connotaciones. Se trata del templo de Soleb, en el que se adoró al faraón Amenhotep III en fusión con Amón-Ra; y el templo en Sedeinga, dedicado a su esposa, Tiyi, como divina manifestación del Ojo de Ra.

También en Abu Simbel, aunque de un modo mucho más eclipsado, tuvieron parte de protagonismo las princesas y los príncipes. Si el rey y la reina encarnan la potencia de un Estado dominante y poderoso, sus descendientes son igualmente expresión del triunfo y de la deseada continuidad de la dinastía.

Pero Abu Simbel no solo ensalza la figura del faraón, la reina y su familia, como emblemas del poder del Estado egipcio imponiéndose en Nubia, también en estos monumentos hay una evidente evocación de la autoridad que el faraón y la propia pareja real, divinizada, ejercen sobre la naturaleza y el devenir de cosmos. Son especialmente relevantes, por ejemplo, las alusiones al astro solar, especialmente en el conjunto del Gran Templo. Los colosos del soberano en la fachada miran hacia la salida del sol. Los babuinos del friso elevan las manos en adoración al astro. El propio dios Ra-Haractes, como parte de los jeroglíficos del nombre de Ramsés, se muestra con cabeza de halcón coronado por el disco del sol en la hornacina en el centro de la fachada. Justo en un extremo de la terrada exterior hay un altar solar, e incluso en la antigüedad se alzaba aquí un obelisco que actualmente se conserva en los jardines del Museo Nubio de Asuán. Sin embargo, la apoteosis de lo solar, y a la vez máxima expresión de la sublimación de la propia divinización del faraón, es el fenómeno que durante dos días al año tiene lugar en Abu Simbel y que ocurre indefectiblemente en el amanecer del el 21 de febrero y el 21 de octubre, es decir, 60 días antes y después del solsticio de invierno, coincidiendo con el ciclo en el que desaparece y reaparece la estrella sirio. Esta estrella, y especialmente su salida helíaca, era muy importante en la tradición egipcia al ser la señal celeste que anunciaba la llegada de la inundación y el Año Nuevo8. De modo que puede que en los templos de Abu Simbel se quisieran evocar acontecimientos cósmicos como los solsticios, momento en el que el cosmos entra en equilibrio al durar exactamente el mismo tiempo los días y las noches, pero que también se rindiera homenaje a la diosa Sotis, la estrella Sirio; o que simplemente esas fechas tuvieran una significación especial en la propia vida de Ramsés II, tal vez rememorando su nacimiento, el día en el que subió al trono… Sea como sea, dos días al año, el primer rayo de sol del amanecer se adentra en el Gran Templo, cruzando todo el edificio hasta llegar al sancta sanctorum. Allí, en el fondo del santuario, el primer destello ilumina levemente a Amón-Ra, luego el rayo se detiene y alza su brillo sobre la figura del faraón, para terminar iluminando brevemente a Ra-Haractes. Finalmente la luz se va retirando, pasando sobre el altar para acabar desvaneciéndose, habiendo dejando solamente en la penumbra a la representación de Ptah, lo que se ajusta a la naturaleza de este dios demiurgo asociado a las oscuras aguas primigenias de la creación e isla originaria aún en las sombras.

Este “milagro” de Abu Simbel, conseguido mediante ajustados cálculos por los arquitectos del rey, logra la fusión de la esencia divina del monarca con la fuerza del sol y su luz. Así, lo solar se funde y confunde con el rey, en una conjunción extraordinaria. Un rayo que llega hasta el monarca, que ilumina su figura destacándolo incluso de entre los demás dioses, como si el propio sol reverenciara con su luz al más poderoso de los faraones.

Pero no solo lo solar tiene especial relevancia en Abu Simbel, también en estos templos se evocan otras fuerzas de la naturaleza que fueron extraordinariamente relevantes para los antiguos egipcios. No en vano el templo de Nefertari-Hathor se orienta hacia el sur, como contemplando el lugar por el que llegan las aguas del Nilo. En realidad todo el conjunto monumental se sitúa muy cerca del agua y no muy lejos de la Segunda Catarata. Además en Abu Simbel debían detectarse muy pronto los primeros  efectos de la inundación que, cada Año Nuevo egipcio, sobre el 18 de julio, comenzaba a mostrar sus efectos. En esas fechas las aguas se irían aproximando aún más, como si ellas también rindieran reverencia a la pareja real divinizada y muy especialmente a Nefertari-Hathor.

Mirando frontalmente la impresionante fachada del Gran Templo de Abu Simbel, a la izquierda, en el lado más al sur y más allá de la terraza ornamentada con imágenes osiríacas del faraón y del dios halcón Horus-Haractes, existe una capilla de dimensiones reducidas que generalmente está cerrada al público y que suele pasar desapercibida. Sin embargo, este pequeño santuario, también excavado en la roca y de apenas 7 metros de largo por 4 de ancho, tiene una relevancia extraordinaria, ya que está dedicado al dios Tot. Aunque este dios aparece en diversos contextos en los templos de Abu Simbel, gozando de cierto protagonismo, fue especialmente alagado con la deferencia de concederle un pequeño santuario independiente. Sin duda ello no debe ser algo exento de significación.

Tot era un dios muy complejo, considerado el patrón de los escribas, señor de la escritura, de los textos sagrados, de la sabiduría y de los calendarios. Tiene connotaciones lunares y en muchas ocasiones aparece como notario y mensajero de los dioses. También a veces las leyendas lo presentan como un mediador y consejero en situaciones tensas. Este es, precisamente, un aspecto relevante de Tot en el contexto de Abu Simbel y, en general, en el ámbito nubio. Ello se deriva de un relato, conocido como el Mito de La Lejana, en el que se narraba que la diosa Hathor, aunque habitualmente benéfica y pacífica, también podía encolerizarse y transformarse en un ser enormemente temible. Tanto es así que su personalidad llegaba a fundirse con la leona, tomando la forma de Sekhmet y, según narra la leyenda, esta leona, poseída por la ira, podía adentrarse en territorios nubios para regresar a Egipto con la fuerza de violenta inundación. Para evitar este regreso temible, preludio de catástrofe y destrucción, fue necesario apaciguar a la diosa con alegres músicas y danzas, resultando enormemente efectivos instrumentos como los sistros y el menat. El dios pacificador, capaz de conseguir calmar a esta Hathor-leona y convencerla de que regrese de tierras lejanas convertida en benéfica portadora de dones, bajo la forma de revitalizante y pacífica inundación, era precisamente el dios Tot. De modo que es Tot quien según este relato mitológico era responsable de sosegar las aguas de la inundación, apaciguando la cólera de Hathor.

Así que no es en absoluto casual que en Abu Simbel exista una capilla dedicada a Tot, pues también se trata  en un lugar de veneración a Hathor. Abu Simbel es además un lugar adentrado en Nubia, precisamente el territorio donde la diosa enfurecida teóricamente podía tomar fuerza. Un lugar cercano a la Segunda Catarata, donde el agua ruge embravecida y donde efectivamente se torna temible. Un lugar donde los primeros efectos de la inundación debían dejarse sentir, anunciando lo que más tarde llegaría al valle egipcio. Era aquí donde Hathor, en su  faceta de La Lejana, debía ser apaciguada y donde la fuerza benefactora de la inundación debía ser más proclamada. De modo que Abu Simbel es también un monumento que celebra la fuerza de la vida propiciada por el agua, en el que las festividades de Año Nuevo y las procesiones en barcas engalanadas conectando los templos del faraón en toda Nubia debían ser un espectáculo extraordinario.

Abu Simbel, en definitiva, es un extraordinario conjunto monumental dedicado al sol, a las estrellas, a lo masculino, a lo femenino, al Nilo, a la inundación, a los dioses, al amor y, por encima de todo, a la gloria de Ramsés.

El salvamento

La primera presa en Asuán, a la altura de la Primera Catarata, fue promovida por los británicos y los trabajos se concluyeron en 1902. Las aguas retenidas por este dique no afectaron a los templos de Abu Simbel, aunque sí a edificios como el templo de Isis en Philae. Sin embargo, las cosas iban a ser muy diferentes cuando en 1952 se ponía en marcha el proyecto de una segunda presa, la llamada Alta Presa de Asuán, cuya construcción iba a tener consecuencias letales en  una gran cantidad de zonas arqueológicas y monumentales, situadas en un área muy extensa que iban  a ser engullida por las aguas.

Ante estas circunstancias, afortunadamente, el mundo entero se movilizó bajo el impulso de la UNESCO y en 1960 se emprendió una campaña ingente de documentación y rescate. Muchos yacimientos arqueológicos fueron excavados y muchos templos fueron desmontados piedra a piedra, para ser trasladados a un lugar seguro alejado de las aguas. Pero los templos de Abu Simbel implicaban una dificultad especial: eran edificios enormes, los más grandes en Nubia, y además habían sido excavados en el corazón de dos montanas.

De no haber actuado a tiempo, los templos de Abu Simbel habrían quedado sumergidos más de 50 metros bajo el Lago Naser en 1968. Pero el 10 de junio de 1963, tras realizar un profundo estudio, se puso en marcha un proyecto que consistía en cortar trozo a trozo la fachada y las paredes de estos edificios, generando un total de 1042 bloques, algunos de 30 toneladas, que debían ser trasladados a un lugar cercano pero por encima del nivel de las aguas. En este nuevo emplazamiento el gigantesco puzzle debía ser montado, bajo una bóveda de hormigón que emularía las montañas originales.

El esfuerzo de un equipo formado por 150 ingenieros y 1700 obreros fue realmente titánico, trabajando en una verdadera contrarreloj con grandes sierras de mano que se adentraban en la piedra caliza, mientras maquinaria pesada, camiones y grúas movilizaban fragmento a fragmento los colosos, los relieves, los pilares…

En los trabajos se cuidó en extremo cada uno de los detalles, para que los templos se presentaran de forma idéntica a como eran en su emplazamiento original. Por eso se dejó caído frente al Gran Templo, y en el misma disposición, los fragmentos del coloso de Ramsés rotos en la antigüedad por un terremoto y hasta se plantaron los arbustos propios del entorno. Pero obviamente, para que Abu Simbel conservara una de sus mayores singularidades y atractivos, era crucial preservar la orientación que permite que el rayo de sol llegue hasta el fondo del santuario, aunque tras el traslado y debido a la localización a más altura, el fenómeno se ha retrasado un día.

El coste total de la operación de traslado de Abu Simbel se calcula que alcanzó los 40 millones de dólares, en una inversión que ha permitido que podamos disfrutar de estas construcciones únicas y formidables, salvando un legado que debe perdurar de cara a las generaciones futuras. Así que hoy quien visita Abu Simbel no solo queda fascinado por la belleza de una creación milenaria, también contempla un logro maravilloso de la ingeniería del siglo XX que, además, es símbolo de la voluntad de un mundo que se unió para preservar un legado maravilloso y sin parangón. El 22 de septiembre de 1968, en una ceremonia llena de emotividad y alegría, Abu Simbel volvía a ser inaugurado. He aquí parte del discurso, una verdadera oda a Ramsés, que en este acontecimiento pronunció René Maheu, director general de la UNESCO:

<<Hemos venido, oh Rey, a agregar nuestro trabajo al tuyo para preservar tu búsqueda de la eternidad. Empleando medios que no podías imaginar, pero teniendo constantemente en el espíritu tus intenciones y tus ritos, hemos vaciado la montaña, recortado las estatuas, los pilares y las paredes subterráneas, luego hemos vuelto a construir en la luz lo que tu habías construido en las tinieblas. Tus sacerdotes, tus arquitectos, tus albañiles y tus escultores, tus escribas y tus artesanos no pusieron más cuidado en realizar la divinización de tu gloria, que la que nosotros hemos puesto, oh Rey, para conservar tu presencia terrestre. Gracias a los esfuerzos de todos, estás a salvo, dispuesto a emprender, intacto en la barca de Amón, tu viaje a lo largo de los siglos hacia el sol naciente cada mañana>>.9


Notas

1- John Lewis Burckhardt, Travels in Nubia, Londres, 1819
2 Sorprendentemente, ya fuera por descuido de Belzoni, inmerso en una más de sus discusiones con el capitán de la embarcación en la que se alojaba; ya fuera enviado para realizar un reconocimiento previó (de esto hay diversas versiones), lo cierto es que el primero en entrar en el templo fue un hombre llamado Giovanni Finati, conocido también como Mohamed, el intérprete.
3- Belzoni se refiere aquí a la tumba de Seti I, que él mismo había descubierto ese mismo año.
4- Giovanni Belzoni, Narrative of the operations and recent discoveries within the pyramids, temples, tombs and excavations in Argypt and Nubia, traducción de José Jesús Fornielesin en Viajes a Egipto y Nubia II, Abu Simbel, Salamanca, 2015.
5- J. F. Chanpollion, Lettres d’Egypte et de Nubie, 16/1/1829)
6- Arthur Weigall, A Report on the Antiquities of Lower Nubia. The First Cataract to the Sudan Frontier, 1906-7, p. 136.
7- C. Desroches, C. Kuentz, Le Petit Temple d’Abou Simbel. Nofretari pour qui se lève le dieu-soleil I,  Étude Archéologique et épigraphique. Assai d’interprétation, El Cairo, 1968
8-Sobre el vínculo con Sotis-sirio y ciclos cósmicos en Abu Simbel ver C. Desroches Noblecourt, Lorsque la Nature parlait aux Égyptiens, París, 2003, p. 103 y siguientes. También aspectos astronómico, vínculos con solsticios, etc. en J. Antonio Belmonte, Pirámides, templos y estrellas, Astronomía y arqueología en el antiguo Egipto, Barcelona, 2012
9-C. Desroches Noblecourt, Las ruinas de Nubia. La gran epopeya de la egiptología, Barcelona, 1997, p. 250

 

 

Si deseas ver este artículo con las ilustraciones ver  BIAE 83:  http://egiptologia.com/biae-83-boletin-informativo-amigos-egiptologia/

portada biae 83-3

 

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