Investigadoras de la UB descubren rastros de la bebida en un ánfora del ajuar funerario del faraón. Una nueva técnica permite saber el tipo de uva con que se elaboraban los vinos de la antigüedad.
El faraón Tutankamon tenía un ánfora con vino tinto en su ajuar funerario para hacerle más llevadero el viaje al más allá, según ha descubierto un equipo de investigadoras de la Universitat de Barcelona.
Para analizar un gramo del polvo marrón oscuro que encontraron en el fondo del ánfora de hace 3.300 años, las investigadoras han desarrollado una nueva técnica que permite analizar por primera vez el tipo de uva con que se elaboraban los vinos de la antigüedad. “Tenemos la clave para descubrir los orígenes de la enología”, escriben en la revista de la Sociedad Química Americana –la sociedad científica con más socios del mundo–, donde esta semana han publicado sus resultados.
“El vino tenía una gran importancia en el antiguo Egipto”, explicó ayer Maria Rosa Guasch, licenciada en farmacia con un máster en egiptología y primera autora de la investigación. “Se ofrecía para venerar a los dioses y las clases altas lo tomaban a diario, mientras que las clases bajas solían tomar cerveza”. Era tan importante que, de las más de 30 ánforas con alimentos del ajuar funerario de Tutankamon, las tres únicas que estaban en la cámara del faraón, las tres de más valor, eran de vino.
Los rastros de vino en recipientes antiguos se han analizado hasta ahora a partir del ácido tartárico, uno de sus componentes naturales procedente de las uvas. Con análisis de ácido tartárico se ha descubierto que los pobladores de los montes de Zagros, en lo que hoy día es Irán, ya conocían el vino 5400 años antes de Cristo. Pero el ácido tartárico no indica de qué tipo de vino se trataba.
Para saber si el vino era blanco o tinto, las investigadoras de la UB han ideado una técnica para detectar residuos de malvidina, principal responsable de la tonalidad rojiza a los tintos jóvenes. A medida que el vino envejece –y el de la tumba de Tutankamon no era precisamente un vino joven–, la malvidina desaparece y se transforma en sustancias más complejas. Para desenmascararla, las investigadoras de la UB han pensado en romper estas sustancias complejas en una reacción química que libera ácido siríngico. Si conseguían detectar ácido siríngico, significaría que en el origen había malvidina y, por lo tanto, vino tinto elaborado con uva negra.
Más complicado fue conseguir las muestras para hacer los análisis. “Llevamos tres años con esta investigación. El primer año lo dedicamos íntegramente a obtener los permisos para extraer muestras en el Museo Egipcio de El Cairo y en el Museo Británico de Londres”, recordaba ayer Rosa Lamuela, directora del trabajo.
Tras un año de burocracia, “sobre todo en Egipto, adonde hemos tenido que ir cinco o seis veces”, consiguieron el botín: muestras de dos recipientes de El Cairo y tres de Londres, ninguna de ellas de más de un gramo. Pero al analizar el polvo del ánfora de Tutankamon –una de las dos de El Cairo–, encontraron la huella del ácido siríngico. Tinto.
“Aún no sabemos qué había en los otros cuatro recipientes. La investigación no está terminada”, advirtió ayer Lamuela. Los resultados publicados ahora son parte de la tesis doctoral que está haciendo Maria Rosa Guasch y que cuenta con financiación del grupo Codorniu y de la Fundación para la Cultura del Vino. Más adelante, explicó Guasch, “nuestra intención es analizar muestras de otros recipientes para comprender mejor cómo se desarrolló la cultura del vino en la antigüedad”.
Fuente: La Vanguardia
http://www.lavanguardia.es/web/20040320/51153286064.html
Reseña: Montse Borrás