Ramsés II y Hurun
Por Susana Alegre García
1 diciembre, 2007
Modificación: 13 junio, 2019
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Época: Dinastía XIX, reinado de Ramsés II (1293-1185 a. C.).
Dimensiones: Altura máxima: 231 cm.
Materiales: granito y piedra caliza en la cara del halcón.
Lugar de conservación: Museo de El Cairo (JE 64735).
Lugar de localización: Tanis, excavaciones de Pierre Montet en 1934[1]

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Foto 1. Ramsés II y Hurun. Vista lateral. Foto en Tesoros Egipcios de la colección del Museo Egipcio de El Cairo, Barcelona, 2000, p. 259.

Esta gran y llamativa obra (Figs. 1 y 2), magnífico testimonio de gusto por el gigantismo escultórico, fue localizada durante las excavaciones realizas por Pierre Montet en la ciudad de Tanis. Dicha localidad, capital de Egipto durante las Dinastías XXI y XXII, se edificó en buena parte reutilizando materiales procedentes de otros emplazamientos. No se libraron de este reciclaje las obras que antaño se alzaron en honor de Ramsés II, siendo esta representación un buen ejemplo de ello. De hecho, aún son perfectamente visibles en el zócalo los cartuchos del soberano[2].

La escultura es de granito, circunstancia que ha favorecido su buena conservación, a diferencia de lo ocurrido con obras realizadas con otros materiales, que han soportado mucho peor los efectos de las filtraciones de agua y la humedad que sufre Tanis. No obstante, llama la atención el hecho de que al halcón le faltara la cara en el momento de su localización (Fig. 3). Aunque, curiosamente, en una sala próxima al lugar del descubrimiento, los arqueólogos localizaron un fragmento de escultura realizado en piedra caliza en el que se representaba los ojos y pico de una rapaz y que encajaba perfectamente en la zona dañada. Además, el fragmento había sido pintado para imitar el color gris y tono oscuro del conjunto. Parece obvio que se trataba de una reparación realizada con el objetivo de que la escultura recuperara, en la medida de lo posible, su viejo esplendor. Es plausible que los arreglos aún no se dieran por concluidos o no se consideraran satisfactorios, lo que podría explicar que la representación no fuera localizada en un templo, sino en unas construcciones ptolemaicas levantadas con adobe cerca del recinto de culto a Amón y que se ha especulado pudieran ser el taller de un artesano (ver plano de estas instalaciones y la localización exacta en que apareció la escultura y el rostro del halcón en Fig. 4)[3]. En la actualidad, la obra se exhibe en el Museo de El Cairo con el rostro del halcón reconstruido con el fragmento localizado[4].

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Foto 2. Ramsés II y Hurun. Vista frontal. Foto: Archivo documental AE.

En el grupo escultórico, por sus considerables dimensiones, destaca la figura del colosal halcón que se muestra mirando al frente, en reposo y con las alas recogidas. El ave acoge entre sus patas la imagen de un niño desnudo y rollizo, que se muestra agachado y con las rodillas dobladas. El gesto de llevarse el dedo a la boca y el mechón de pelo recogido a un lado de la cabeza, son rasgos identificadores de la infancia en la iconografía egipcia (Figs. 2 y 5). No obstante, el niño aparece coronado con el disco solar y luce una cobra sobre la frente. De modo que por la localización, la postura y el tocado, se hace evidente su naturaleza divina, solar y real.

Foto 3. La escultura, caída sobre su lado izquierdo, en el emplazamiento en que fue localizada en Tanis. G. GOYON, La découverte des trésors de Tanis, París, 2004, p. 63

No es raro encontrar en la iconografía egipcia la imagen de divinidades infantiles cuya simbología alude al principio de los tiempos, al momento de la creación y al nacimiento del cosmos. La vida emergente y el potencial crecimiento al que inevitablemente aluden los niños, fue también una forma de hacer referencia a la regeneración y al resurgimiento a una nueva existencia. Pero el niño de este grupo escultórico, además, tiene la peculiaridad de asociarse a otro interesante elemento: agarra un junco con su mano izquierda. Aunque esta planta no está exenta de alusiones que la relacionan con la monarquía y con la fuerza vital, lo cierto es que su principal relevancia en este contexto es convertir lo representado en una auténtica criptografía. La presencia del junco ofrece la posibilidad de poder leer los principales elementos de la figura acuclillada o, dicho de otro modo, la escritura jeroglífica cobra tridimensionalidad. Así, es posible componer el nombre del soberano, Ra-mes-su (Nacido de Ra): Ra, el sol; mes, el niño; su, el junco.

En la interpretación de esta obra no hay que olvidar el valor mágico que los egipcios concentraban en el nombre de las personas, más aún en el de los reyes y dioses. También es significativa la reiterada utilización de juegos criptográficos en la creación artística durante el reinado de Ramsés II, estableciéndose como un recurso bastante habitual en el marco de aquellas creaciones artísticas generadas para ensalzar la divinidad y la autoridad del soberano. En cualquier caso, la criptografía hace que a nivel plástico se aluda aquí a Ramsés doblemente: bajo la imagen del niño de nariz algo aguileña, de pómulos amplios y expresión serena; y como el nombre que lo identifica indiscutiblemente como el divino hijo del poderoso Ra.

A diferencia de lo habitual, el arte egipcio ha conservado diversidad de representaciones que plasman al niño Ramsés II en diferentes actitudes (por ejemplo Fig. 6). Es como si hubiera habido una voluntad especial de ensalzar al monarca incluso antes de que fuera monarca, como si se hubiera deseado plasmar el germen de lo que iba a ser después. Como si ya, desde su tierna infancia, Ramsés hubiera necesitado legitimar su distinción y su naturaleza divina. A ello sumar que parece que fue nombrado Primogénito del Rey a los diez años, cuando no había, a saber, otra posible alternativa (su hermano parece que había muerto tiempo atrás). La precocidad del muchacho, incluso, fue proclamada presentándolo en gestas militares y ostentando títulos de teórica responsabilidad a muy corta edad[5].

La imagen plasmada en la escultura localizada en Tanis encaja perfectamente en los parámetros de legitimación de Ramsés y en su amplísima campaña de propaganda y autoensalzamiento, remontándose en estas estrategias a la más tierna infancia del monarca. El infante de esta escultura, en definitiva, no es otro que el divino niño sol mostrado en identificación, fusión y confusión con el niño Ramsés. Pero, además, la representación ofrece otra vía legitimadora, que también gozó de un profundísimo amarre en la tradición egipcia y que, desde el principio de los tiempos, fue eje fundamental de su divinización: la vinculación con el sagrado halcón.

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Foto 5. Detalle de la escultura de Ramés y Hurun. Foto Susana Alegre

La imagen del monarca egipcio mostrado en estrecha relación con el halcón era ya ancestral en tiempos de Ramsés, y siguió siendo, mucho después de su muerte, un punto fundamental de amarre de la monarquía en Egipto. La imaginería que muestra estros estrechos lazos es muy rica tanto a nivel escrito como plástico, ofreciendo un rico abanico de variaciones a lo largo de los milenios. No obstante, los vínculos de la realeza egipcia se centraron, muy especialmente, en la figura del ave símbolo del Horus. Aquí, sin embargo, el gigantesco halcón que acoge entre sus patas al joven monarca, que a su vez integra sutilmente el nombre de Ramsés II, no es el tan reiterado dios egipcio. En este caso se trata de una poco conocida divinidad cananita, denominada Hurun, cuyo nombre se encuentra escrito en la base de la escultura en sustitución de la habitual alusión a Amón en el epíteto real. De modo que el texto afirma: “Ramsés, amado de Hurun”.

No es excepcional que en Egipto se adoraran divinidades extranjeras, todo lo contrario. El panteón faraónico está salpicado por dioses llegados de tierras lejanas que fueron acogidos, adoradas y asimilados, alcanzando mayor o menor relevancia. Hurun no es una de las divinidades más conocidas, sin embargo, parece que su culto fue tomando fuerza creciente desde el reinado de Amenofis III, desarrollándose poco a poco y alcanzando un importante éxito en tiempos de Ramsés II, habiéndose documentado su permanencia hasta el período ptolemaico. Las comunidades semitas instaladas en Egipto parece que colaboraron en la creciente popularidad del dios y en su expansión.

Hurun era un dios solar e intensamente protector, relacionado con la capacidad de alejar las energías negativas y ahuyentar a las temibles alimañas, mostrando un carácter muy enérgico que le asoció a lo militar[6]. En Egipto fue relacionado y asimilado con Shed, otra divinidad protectora de origen asiático[7]; aunque el vínculo fue especialmente intenso con Harmaquis, una forma de “Horus del Horizonte” que, entre otros aspectos, es famoso por haber dado nombre a la Gran Esfinge. El propio Hurun podía ser representado con aspecto leonado, lo que ha hecho suponer que la gran escultura de Ramsés II con Hurun podría haber procedido de un santuario construido junto al monumento en la meseta de Guiza. No obstante, sobre el lugar de procedencia de dicha escultura se han sucedido las especulaciones, ya que en tiempos de Ramsés II el dios cananeo fue promocionado y difundido bajo la forma “Hurun de Ramsés”, ocupando un lugar relevante entre las deidades adoradas en Pi-Ramsés, otro lugar desde donde presumiblemente podría haber sido transportada la escultura hasta Tanis[8]. De hecho, el culto a Hurun es documentable incluso en lugares tan alejados de Guiza o Tanis como Deir el-Medina[9].

Foto 6. Representación que muestra a Ramsés como un niño ornamentado con una diadema rematada con una cobra sobre la frente; además luce la característica cabeza afeitada en la que se dejaba únicamente un mechón de cabello para recogerlo en una trenza a un lado de la cabeza. También se muestra a Ramsés con el típico gesto infantil de llevarse un dedo a la boca.  Foto: Archivo documental AE. Foto 7. Detalle de la escultura conservada en el Museo de El Cairo que muestra a Ramsés niño chupándose el dedo. 

Es frecuente encontrar entre las descripciones de esta obra la consideración de que se trata de una pieza de escaso valor artístico y que se corresponde a una obra de taller carente de impulso creativo. Personalmente considero que esas apreciaciones son muy poco justas. La imagen de Hurun y Ramsés II no es un retrato más de Ramsés, entre los miles y miles conservados del megalómano soberano. Resulta evidente que este tiene una originalidad especial, que lo distingue y diferencia. Se trata, asimismo, de una obra que para su realización requiere de una gran habilidad técnica, sobre todo teniendo en cuenta de que es una imagen creada sobre granito, en un solo bloque, y que luce unas imponentes dimensiones. Sería difícil encontrar en el arte egipcio un grupo escultórico colosal y en granito con tantos matices y elementos, con la enorme dificultad que implican muchas de sus formas y con un elemento volado de la amplitud de la cola del halcón. Considero que es, en muchos aspectos, uno de los retratos faraónicos más atrevidos y sorprendentes legados por los artistas del antiguo Egipto, además de condensar una interesante simbología.

La vinculación del halcón con el rey, como expresión de la divinidad de la monarquía, es un recurso muy antiguo y recurrente en la imaginería egipcia. La vinculación del niño solar con la realeza es otra idea básica en los procesos faraónicos de legitimación del soberano. De modo que, en definitiva, la gran escultura de Ramsés II con Hurun aúna toda una serie de nociones fundamentales en lo relativo a la proclamación divina del monarca y su repertorio de exhibición propagandística, haciéndolo de un modo impactante y espectacular. La obra, a la vez, consigue una cuidada monumentalidad y un efectismo que va más allá del simple peso de la mole. A todo ello hay que sumar que resulta muy llamativo el modo de utilizar la criptografía como subterfugio para identificar al niño solar con el rey. También llama la atención el hecho de elegir como protagonista a una divinidad extranjera a la hora de realizar una obra de tal magnitud.

Es cierto que el halcón Hurun, en cercana proximidad y complicidad, protege al faraón. La imagen es, desde esta perspectiva, una clarificadora expresión de la asimilación y aceptación de una deidad llegada desde tierras asiáticas, que pasa incluso a ser considerada digna de respaldar la autoridad del monarca del Nilo. Pero es también un rey que aún siendo niño es capaz de dominar a un dios extranjero para ponerlo a su servicio, siendo, además, capaz hasta de sincretizarlo con su propia y más íntima esencia divina, confundiéndolo así con el adorado Horus y con su profunda identificación solar. Un rey que, no lo olvidemos, hizo de la poderosa divinidad cananea el “Hurun de Ramsés”.

Con el ensalzamiento del dios cananita, de naturaleza solar y guerrera, Ramsés conseguía el objetivo de alabar su divino poder y su propia capacidad de conquista. En un mundo marcado por el imperialismo y muy militarizado, el mensaje proclamado por la escultura no dejaba de ser incisivo y, desde luego, nada inocuo.

Y mucho tiempo después, ya en el marco de la ciudad de Tanis, otros monarcas y dirigentes debieron ver en la escultura un mensaje peculiar y aún vigente. El niño divino, solar y rey, entre las patas del poderoso Hurun, sirvió para ornamentar nuevas construcciones, ensalzar nuevas dinastías y para dar forma a eternas vanaglorias.


Notas:
[1] P. MONTET, Les fouilles de Tanis en 1933 et 1934, Kemi 5, 1935.
[2] La profusión de materiales reutilizados que se encontraban en el emplazamiento y con el cartucho de Ramsés II, hizo pensar a P. MONTET que se trataba del emplazamiento de Pi-Ramsés. Las excavaciones realizadas en Tell El-Daba y en Qantir desmintieron esta hipótesis y vinieron a demostrar que lo localizado en Tanis eran materiales reutilizados y fruto del expolio de lugares como Pi-Ramsés y otros emplazamientos del Delta y del Egipto Medio.
[3] Aunque la escultura no apareció en las ruinas de las dependencias del gran templo de Amón, sino en unas construcciones de adobe próximas y delimitadas por una muralla, resulta evidente que la obra era objeto de adoración. Alrededor de la ella se encontraron imágenes que representaban a orantes y también aparecieron diversos objetos votivos; además, los arqueólogos encontraron resina de terebinto entre el mortero de los adobes, una sustancia aromática que da testimonio de que la escultura recibió culto y que se encontraba en un lugar de carácter sagrado. Ver por ejemplo en P. MONTET, Les énigmes de Tanis, Paris, 1952, p. 73. También en G. GOYON, La découverte des trésors de Tanis, París, 2004, pp. 64-65.
[4] Se ha especulado que la ruptura de la faz del halcón podría haberse producido durante el transporte a Tanis desde su emplazamiento original. No obstante, también es factible que el rostro originario del halcón fuera ornamentado con algún tipo de metal, quizá incluso precioso, lo que pudo ocasionar el arranque o robo, obligando a la sustitución por este poco lujoso rostro de caliza pintada. P. Montet afirmó que para dar respuestas a este interrogante era necesario un poco de imaginación, y lanzó la hipótesis de que en la Época Ptolemaica se hicieron muchas reparaciones de monumentos dañados y hasta es posible que esta escultura fuera una de las trasportadas a Persépolis como trofeo. Y que, al ser repatriada a Egipto y a su emplazamiento en Tanis, pudo necesitar reparaciones antes de poder volver a lucirse en el templo. Por razones desconocidas, sin embargo, nunca volvió al templo (si es que alguna vez estuvo allí). Ciertos aspectos de la localización de las escultura así como las posibles circunstancias e hipótesis que pudieran llevar a la reparación del rostro del halcón en P. MONTET, op. cit., p. 74 y en G. GOYON, op. cit., pp. 63-65.
[5] Sobre la infancia del soberano y distintas teorías sobre las razones de la peculiar necesidad de legitimación, remontándose a la infancia, ver por ejemplo C. DESROCHES-NOBLECOURT, Ramsès II. La veritable histoire, París, 1996, pp. 79-85.
[6] Algunos aspectos sobre el carácter de esta divinidad por ejemplo en J. LEIBOVITCH, Amón-Ra, Rechef et Houroun sur une stèle, ASAE 44, 1944, pp. 163-172. G. POSENER: Houroun nouvelles mentions de cette divinite, JNES 4/4, Octubre de1945), pp. 240-242. También en E. CASTEL, Gran diccionario de mitología egipcia, Madrid, 2001, pp. 187-188 ( o en Gran Diccionario de Mitología Egipcia -Entradas letra H-).
[7] Sobre esta divinidad ver por ejemplo R. H. WILKIMSON, The Complete Gods and Goddesses of Ancient Egypt, Londres, 2003, pp. 135. También en E. CASTEL, op.cit.,, pp. 387-388 ( o en Gran Diccionario de Mitología Egipcia -Entradas letra S-).
[8] Sobre el culto a Hurun en tiempos de Ramsés II y sus vínculos con la monarquía en P. MONTET, Un dieu cananéen à Tanis, Houroun de Ramsès, RB 44, 1935, pp. 153-165 y también C. J. MANOUVRIER, Ramsès, le dieu et les dieux ou la théologie politique de Ramsès II, Paris, 1996, vol. II, pp. 668-673, donde se resumen los vínculos de Ramsés con este dios y con otras divinidades de origen asiático, ofreciendo además una bibliografía bastante amplia sobre el tema.
[9] Los documentos sobre Hurun en Egipto podría ser divididos en tres categorías: los que lo presentan vinculado al dios Shed y procedentes de Deir el-Medina; los que lo muestran como protector de lo militar y ahuyentador de las fuerzas malignas, procedentes de la zona del Delta; y los procedentes de Guiza en su identificación como fuera solar y en concreto con Harmaquis. Ver J. VAN DIKK en The Canaanite God Hauron and his Cult in Egypt, GM 107, 1989, pp. 59-68.

 

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