Período Amarna
Por Andy García Montes
21 junio, 2019
El dios Atón. Foto: Susana Alegre García.
Modificación: 21 junio, 2019
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El período de Amarna fue una época de la Dinastía XVIII correspondiente al Imperio Nuevo. Supuso un antes y un después en la milenaria cultura egipcia, siendo de lo más enigmática y revolucionaria a todos los niveles en la historia del Antiguo Egipto. Su duración unos diecisiete años, el tiempo de reinado de su responsable, el faraón Akenatón.

Digo a todos los niveles porque no fue sólo un cambio de religión que pasó a ser monoteísta, algo impensable para el pueblo egipcio cuyo panteón religioso contaba con innumerables divinidades, sino que también, se llevó a cabo un cambio político y cultural.

Fragmento de coloso de Akhenatón procedente del este de Karnak. Museo de Luxor. Foto: Maria Pilar Ceresuela

Por supuesto, para el pueblo egipcio el cambio más radical y difícil de aceptar fue el religioso, ya que este suponía una novedad que rozaba según sus ideales la herejía. Y es que Akenatón promulgó la existencia de un único y verdadero dios, Atón, representado por el disco solar, cuyos rayos terminaban en manos que portaban la cruz ankh, como símbolos dadores de vida.

Trasladó la capital desde la poderosa Tebas a Aketatón, El Horizonte de Atón, la ciudad construida en honor de Atón, la cual se erigió en un breve espacio de tiempo, para ello empleó materiales más fáciles de manejar por los constructores.

El lugar elegido para ello fue un emplazamiento en el Egipto Medio, entre Tebas y Menfis. Este debía de ser virgen, sin que antes se hubiese rendido culto a ningún dios en el mismo, y así no se hallase contaminado según sus ideas. El material más abundante que utilizó para crear Aketatón fue el adobe, elaborado con limo del Nilo, y después se secaban al “sol”. No puedo evitar el pensar que para Akenatón este material sencillo y económico poseía propiedades divinas al hallarse en su elaboración dos elementos sagrados para él, el Nilo y el mismísimo Atón. A parte de esta opinión personal, la construcción de la Ciudad del Sol avanzaba de forma rápida con el empleo del adobe.

El templo se hallaba en su totalidad al aire libre, sin techumbre y sin salas oscuras como en Menfis y Tebas, Atón y sus rayos dadores de vida se tenían que hacer visibles e inundar de luz cada rincón del templo. Disponía de trescientos sesenta y cinco altares para ofrendas, uno por cada día del año. En poco tiempo, Aketatón, la ciudad más bella del País de las Dos Tierras fue una realidad. También empleó piedra y alabastro para las zonas palaciegas.

Vista del Gran Templo de Aton en Amarna. Foto: Susana Alegre García 

Otra gran novedad en la construcción monumental fue el empleo de “Talatates”, pequeñas piedras decoradas donde se expresa el nuevo arte empleado de claro corte realista e intimista en lo que a la familia real se refería. En cuanto al arte, también llevó a cabo una revolución en las estéticas conocidas hasta el momento, sobre todo en la escultura, así, como en la pintura. En cuanto a las esculturas, estatuas e imágenes talladas que representaban al faraón y a su familia rompía con los cánones anteriores que fueron eliminados

Ahora, al igual que en la pintura, el predominio del naturalismo impregnaba toda Aketatón.

Las representaciones del faraón guerrero y de aspecto atlético golpeando a los enemigos se cambia por escenas de la familia real en momentos íntimos y tiernos. De igual forma, la representación del faraón y su familia mostraban unas formas nunca antes vista en el Antiguo Egipto. Akenatón, era representado con largos brazos y finos dedos, ojos extremadamente almendrados, labios prominentes, vientre abultado, caderas anchas, pechos redondeados y el cráneo alargado. Mucho se ha especulado sobre esta visión del faraón por parte de sus artesanos.

Akenaton, Neferitit y algunas de sus hijas, en una escena familiar. Foto: Archivo documental AE

Hay quien dice que Akenatón ordenó que se emplearan estas formas para romper con las normas establecidas como ideales para representar al faraón. Otros ámbitos alejados de la egiptología opinan que su aspecto podría ser a causas extraterrestres. Lo más aceptado y lo que yo creo, es que sufría una enfermedad(síndrome de Marfan) y de ahí su aspecto. Os hago una pregunta, ¿El faraón de Egipto, el rey del país más poderoso del mundo antiguo, el hijo del dios Atón, iba a permitir que lo retrataran de otra forma de la que realmente era?

No sé vosotros, yo pienso que no, eso sería impensable para el honor de un faraón. ¿Y os preguntaréis y el aspecto su familia? Pues puede que ellos si fueren representados a semejanza del faraón, para realzar de esta forma el sentido de parentesco, o puede que sus hijas heredaran la enfermedad de su progenitor. Sea como fuere, la representación del faraón fue toda una revolución artística para la época.

Pinturas procedentes del palacio real de Amarna y conservadas en el Museo de El Cairo. Foto: Susana Alegre García

En lo referente a la pintura, en el Período Amarna las representaciones de la naturaleza copaban las estancias palaciegas, de un bello colorido las escenas de animales y plantas cubrían las paredes, suelo y partes del techo dando la impresión de que uno se hallaba en plena naturaleza. Además, la familia real en compañía y adorando a Atón era también un motivo recurrente.

Tumba Real en Amarna. Foto: Archivo documental AE. 

 

Texto Andy García Montes

 

 

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