Egipto reflejado en una vida profesional y las paradojas de la conservación. Nasry Iskander, después de dedicar toda una vida a conservar momias en el Museo Egipcio, ha reducido su trabajo a una idea sencilla. «Es mucho mejor trabajar con los muertos», dice, sentado en una habitación de techo bajo en las entrañas del gran edificio neoclásico. «Dan menos problemas».
De hecho, Iskander encuentra una cierta paradoja respecto al trabajo con los cuerpos disecados y consumidos de los hombres y mujeres que gobernaron Egipto hace unos 3.500 años. Mientras las momias están entre las atracciones más importantes para los turistas, los conservadores de momias han sido vistos tradicionalmente como unos hijastros tolerados dentro del campo de la Egiptología. Los arqueólogos suelen estar más interesados en lo que dicen los jeroglíficos o en las relucientes máscaras funerarias, que en huesos y piel.
«Eso es ser muy corto de vista, porque la momia es el centro de nuestra civilización», dijo. «Todo lo que ve fue construído por las momias – los sarcófagos, las tumbas, las pirámides, los templos».
Iskander, de 61 años, alcanzó la edad de jubilación obligatoria el año pasado y dejó su trabajo oficial como director de investigación y conservación en el Departamento de Antigüedades. Pero él aún sirve como consejero en varios proyectos cruciales que implican tanto a las momias humanas como animales.
Si los restos humanos apenas interesan a muchos investigadores, esto es doblemente cierto para los restos animales. Los antiguos egipcios momificaron de todo, desde perros a cocodrilos por una de estas cuatro razones: Los animales podían ser tanto símbolos de un dios, ofrendas a los templos, mascotas que el fallecido quería llevarse consigo a la otra vida o comida para el viaje eterno.
Iskander, una deportiva figura paternal y amistosa de pelo blanco, dedicó gran parte de los años 80 y 90 a promover que las momias reales fuesen preservadas.
Una vez conseguido, centró su atención durante los últimos 5 años en la rica colección de animales del museo. (La palabra «momia» procede del griego antiguo y significa «cera»).
Él y una colega, Salima Ikram, una egiptóloga de la Universidad Americana de El Cairo, cerraron la sala de momias de animales y empezaron a estudiar más de 165 de ellas.
La sala fue abierta, sin celebraciones, el mes pasado con nuevas vitrinas. Por ejemplo, los descomunales cocodrilos ya no están colocados de cualquier manera encima de las vitrinas llenos de polvo. Pero los directores del museo decidieron que toda la muestra tenía muy poco espacio y están planeando una inauguración oficial más glamorosa un poco más adelante.
Algunos de los nuevos expositores revelan el pícaro sentido del humor de Iskander, como la etiqueta de unas costillas envueltas en lino, como si fuesen un refrigerio para la otra vida. «Claramente las costillas a la parrilla han sido populares durante mucho tiempo», se lee en la tarjeta mecanografiada.
Iskander inició su interés por las momias en 1943. Nació ese año en el seno de un ilustre clan de científicos cristianos coptos de Alejandría. Su difunto tío Zaky hizo el importante descubrimiento de los procesos químicos que mantenían a las momias conservadas.
Iskander se graduó en Física y Matemáticas en la Universidad de Alejandría en 1965, pero inmediatamente entró en el campo de las antigüedades.
No consiguió su primera momia hasta 1972, y el proceso que preservó a aquella reina le enganchó para toda su vida. La estuvo mirando durante dos meses, dijo, temeroso de tocarla e indeciso de por donde empezar. El único consejo que su ilustre tío le dio fue leer mucho y ponerse una máscara sólo por si acaso un cuerpo guardado durante miles de años emitiese bacterias.
La cara (y cuerpo) de la reina estaba cubierta con un polvo blanco que la afeaba. El científico pronto descubrió que un cirujano plástico de Beverly Hills intentando arreglar las caídas miradas de alguna estrella de Hollywood con colágeno guarda cierta afinidad con los momificadores de antaño. Para hacer que la mirada de la reina parezca joven y sana, los momificadores inyectaron grasa animal en su cara. Durante siglos, la grasa había reaccionado con la sal usada para secar el cuerpo produciendo una especie de detergente – de ahí el polvo blanco que cubría la piel de la reina.
Cuando Iskander comenzó su carrera, las aproximadamente 27 momias reales del Museo Egipcio se guardaban en vitrinas normales. Algunas habían sido recubiertas con cera en un esfuerzo por conservarlas, otras bombardeadas con rayos gamma para impedir cualquier repentina aparición de bacterias.
El proceso original de momificación fue diseñado para mantener los cuerpos tan secos que las bacterias, que de otro modo se alimentarían del cuerpo, no pudiesen sobrevivir. Pero después de vivir en tumbas oscuras con poco oxígeno durante miles de años, los nobles deshidratados se vieron de repente expuestos a luces brillantes, a la contaminación y a la proximidad de los cuerpos sudorosos de miles de turistas cada año. La vida eterna parecía condenada. Así que Iskander comenzó a trabajar con el Museo J. Paul Getty de Los Ángeles, diseñando vitrinas especiales que controlan el oxígeno, la temperatura, la polución, el movimiento y otros factores.
El fruto de su trabajo lo cosechó en 1994, con la apertura de la primera sala de momias del Museo Egipcio. Una segunda sala, que acogería a otras 12 momias, se iba a abrir en los dos próximos años. Pero dados los vericuetos burocráticos que se necesitan para cualquier trabajo de renovación, es ahora cuando está a punto de finalizarse.
Habiendo alcanzado una edad en la que la muerte no es algo impensable, Iskander dice que también quiere ser momificado, pero duda que suceda. «Pasé la mayor parte de mi vida trabajando para conservar a otros», dice, «¿Por qué no yo?».
Fuente: International Herald Tribune
http://www.iht.com/articles/124564.html
Reseña: Montse Borrás



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