La paradoja Akenatón – Tutankamón. Ensayo artístico/literario acerca de un cambio, una convivencia y una ruptura
Por Cesáreo Alfonso García
27 mayo, 2019
Modificación: 27 mayo, 2019
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“Tierno enlace en la estampa de un momento.
Rasgado espejo, interacción entre dos mundos.
blanda y herética reforma, que, reformada a su tiempo,
fue la particular relación entre un instante y la vivencia intrincada de un momento.
¿Padre e hijo en la cornisa que se afloja…?
Florecimiento y deshoje de las formas que llevaran por unión la paradoja”.

La Historia se torna sensible, dudosa, confusa y paradójica cuando nos acercamos a figuras como Akenatón y Tutankamón. Ambos reyes, tan cercanos en el tiempo, en el parentesco y en su “fama histórica”, aparecen lejanos en sus políticas, cambios de religión y en la misma relación y circunstancias que los intersectan en la línea de la Historia. Akenatón, Amenhotep IV o Amenofis IV, fue el décimo rey de la Dinastía XVIII. También se lo conoce como Neferjeperura Amenhotep, nombre que cambió por Neferjeperura Ajenatón hacia el cuarto año de su reinado aproximadamente. Como faraón inicia el Período de Amarna, lugar donde funda la ciudad de Ajetatón u “Horizonte de Atón”. Es quizá el único reformador religioso en Egipto, por lo tanto destacado históricamente por brindar al dios Atón el sitial de única divinidad en el culto oficial del Estado; reemplazando a Amón, y confiriéndole a Atón la superioridad respecto a los demás dioses y estableciendo una religión del tipo monoteísta. Este cambio tan radical tuvo grandes consecuencias produjo diferencias, molestias y problemáticas discrepancias por lo que terminaría por ser borrado más tarde… Las reformas religiosas afectaron el aspecto político y artístico de la época ya que el faraón se mantuvo más cerca del terreno espiritual inundado del monoteísmo, que del ámbito político, o bien envolvió la política en éste. Su investidura de adorador directo de su dios, eliminando al clero, y al ancestral poderío sacerdotal, tiñeron de un especial tinte la época. El descuido político, los revolucionarios y dramáticos cambios en una tierra que se había mantenido estrictamente ligada a una idea y un estilo, son notorios en el ámbito artístico. Los cánones tradicionales fueron reemplazados por un estilo naturalista, intimista, humano, personal, familiar, afectuoso, doloroso y suave a la vez; yo lo llamaría un “estilo blando o tierno”, rozando la “verdad de la vida personal” en su tiempo y eclipsando con la “amarniana y casi manierista” luz de Atón, la acostumbrada y tradicional representación artística de reyes y dioses, hieráticos, estáticos, varoniles, duros y “firmes”…

Así, va floreciendo la paradoja que relaciona e intersecta a Tutankamón y Akenatón. (Casi seguramente hijo y padre). El período que transcurre desde la muerte de Akenatón y la coronación de “Tutanjatón” es de aproximadamente un año. Debido a esto, el nuevo rey niño, durante sus primeros años, compartió y heredó la corte, el ambiente, el estilo, la religión, el naturalismo artístico y la atmósfera “blanda y drástica”, “humanizada y exótica” de la época amarniana. Es decir que hubo una contradictoria “convivencia” e “híbrido” momento en esta instancia, donde para cambiar algo se necesita primero vivirlo, conocerlo y experimentarlo; y a veces no resulta fácil desmoronar lo vivenciado. Esta paradoja se vivió en épocas de Tutankamón…

Sin embargo, esto no perduró demasiado ya que el nuevo rey produjo las modificaciones necesarias para reinstaurar el antiguo culto y regresar al “Egipto históricamente clásico y perdurable por milenios”. Es así, que paradójicamente, conviven un rey restaurador y una atmósfera aún cargada del “espiritual y personal aire amarniano” de Akenatón. Esta particularidad se manifiesta en el arte por ejemplo, aunque el mismo rey cambiase su nombre de Tutankatón a Tutankamón, aunque paulatinamente hubiese comenzado su ruptura con el período hereje, y hubiese iniciado el abandono de la ciudad de Amarna, la restauración y la reconstrucción y construcción de templos dedicados a Amón. Tal vez los rostros de las estatuas del dios Amón sean las del propio Tutankamón (dado su origen divino, la imagen viviente del dios). Todo lo cual resulta increíblemente precioso y único para la Historia, aunque también irónico, perturbador y contradictorio: un lapso en la historia egipcia que simboliza una de sus más grandes rebeliones dentro de “la tranquilidad y confortabilidad” que nos otorga su estabilidad de milenios… Amarna y “lo amarniano” fueron abandonados y después destruidos y borrados de la memoria , así como su arte, su particularidad, el culto a Atón y hasta el mismo Akenatón, quien quizá fuere recordado sólo por ser el padre de su sucesor Tutankamón, a quien me atrevo a llamar “rey entre dos mundos”, intercalado por los hilos de la Historia, intersección, amalgama y quiebre, para ser el “corrector” del cambio más drástico en tiempos egipcios.

 Por Cesareo Alfonso Garcia

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