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Jean-François Champollion y la piedra de Rosetta
Por Víctor Rivas
9 noviembre, 1997
Modificación: 12 enero, 2017
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Una pequeña lápida de basalto negro y forma irregular esconde el secreto de los jeroglíficos del antiguo Egipto. Hallada casualmente en julio de 1799 por el oficial francés Bouchard, durante la campaña egipcia de Napoleón, contiene tres inscripciones del mismo texto, dos de las cuales aparecen en egipcio antiguo (jeroglífico y demótico) y una tercera en griego.

Jean-François Champollion estaba convencido de que la lengua copta, en la que se consideraba experto, era una derivación de la antigua lengua de los faraones. “Quiero saber el egipcio como el francés, -afirmaba-. El copto lo hablo yo solo, ya que nadie me entendería”. Durante años, en la tranquilidad de su casa de Grenoble, Champollion estudia incansable una de las cien copias de la piedra que mandara imprimir Napoleón. Comparando el texto demótico egipcio con el texto griego que tradujo al copto, espera encontrar no sólo su significado, sino también el valor fonético de las palabras y caracteres egipcios.

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Jean-François Champollion

Años de laborioso y continuado esfuerzo, sin aparente fruto, terminan por alterar su salud y su bolsillo. Presa del pesimismo y la desolación, teme que otro se le adelante y le robe finalmente la gloria de descubrir la clave de los jeroglíficos. Thomas Young, ilustre filósofo inglés, vislumbraba por aquellos días el estrecho parentesco existente entre la denominada escritura cursiva (una variante del demótico) y los jeroglíficos.

Las conjeturas del profesor inglés serían pronto evidencias para Champollion. Al comparar las inscripciones entre sí, este último consigue finalmente demostrar que la escritura cursiva es en realidad una mera simplificación de la jeroglífica. A su vez, los caracteres demóticos no son sino la última derivación a la que, con el paso del tiempo, llegaron los signos originales. Acababa de descifrar la piedra Rosetta.

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La Piedra de Rosetta

La escritura jeroglífica
La escritura jeroglífica egipcia, a pesar de lo que pudiera pensarse, se rige por principios claros y sencillos. Dos tipos básicos de signos componen este singular sistema, los ortográficos y los simbólicos o jeroglíficos propiamente dichos, también llamados ideogramas. Los primeros (que a su vez, pueden clasificarse según las épocas, en cursivos y demóticos) conforman un alfabeto de 24 letras, mientras que los segundos sobrepasan los 700.

El Egiptólogo británico sir Alan Gardiner los catalogó en su magistral y universalmente aceptada “Gramática egipcia”. Lo primero que debemos aprender es cómo interpretar el abecedario, según aparece en el cuadro de esta página. Una vez conocidos los caracteres básicos que figuran en dicho cuadro, la mejor manera de familiarizarse con ellos es tratar de escribir nuestros propios nombres. Pero no es tan sencillo como puede parecer a primera vista, porque si usted pertenece al género femenino deberá dibujar al final de su nombre una mujer sentada. Por el contrario, para indicar género masculino deberá dibujar un hombre sentado.

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En la escritura egipcia existen los ideogramas, símbolos que representa ideas y no expresiones ortográficas. Su función no es otra que la de transmitir una idea relacionada con el contexto en el que aparezcan dichos símbolos. El ideograma llamado “La momia” equivale a la expresión ortográfica wi que significa momia, y de twt que significa estatua. Hace referencia a la noción de forma, de cambio y de transformación. Este importante jeroglífico es relativamente tardío: no está fechado antes de la XII dinastía, aunque la práctica de la momificación es bastante anterior. La momia aparece de pie, estrechamente ceñida y cubierta con largas bandas de lino blanco. Lleva sobre la cabeza una máscara de cartón de estuco completada por una peluca y una barba postiza. Particularmente significativa es la similitud entre este jeroglífico y las estatuas funerarias llamadas ushebtis, que se depositaban en la tumba del difunto como una suerte de sustituto destinado a reemplazarle en todas las tareas desagradables del mas allá.

Seguramente no hay nada que de forma más concreta pueda sugerirnos la idea de inmovilidad que una momia; sin embargo, para el egipcio de la antigüedad la momia representa un marcado concepto de cambio, de evolución y desarrollo en la larga cadena que representa la metamorfosis que todo ser, dios o mortal debe atravesar para alcanzar la perfección. Cada apariencia, cada aspecto de la realidad no son sino un momento transitorio que complementa el engranaje sin fin de un ciclo eterno.

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