¿Egipto se entendería sin la Egiptología?
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Antes de escribir un mensaje en el foro es necesario leer las Normas del Foro de Amigos de la Egiptología, y para un buen uso del mismo, es recomendable consultar las sugerencias contenidas en Utilización correcta de los foros.
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- Juan Diego López
- Egiptólogo Brillante

- Posts: 18
- Joined: 08 Aug 2006, 07:32
La egiptología: o es ciencia o no lo es
Estimado Horus82 y amigos:
Permítanme decir, ante todo, que soy un hombre afortunado al participar en un intercambio de ideas que rezuma tal amor por el conocimiento y tal pasión intelectual. Ahora enfrento el reto de ser un discípulo competente y merecer la valiosa deferencia que casi a diario recibo de los compañeros de AE. Sé que mis intereses egiptológicos no podrían encontrar un mejor espacio de estímulo y orientación y de verdad que gozo y agradezco este privilegio.
Si aquí se tratara de una cuestión de simpatía, yo también votaría por Horus82. Pero no sólo por su papel de “abogado de dios”, sino por la claridad de sus ideas, la elaboración de sus conceptos y el dominio de la disciplina que se extiende a los niveles teóricos y metodológicos. Sin embargo, como se trata de un foro de discusión y este, por definición, es un espacio para contrastar, ampliar y decantar ciertas ideas, asumo el antipático papel de polemista a riesgo de parecer impertinente.
En participaciones anteriores he señalado lo que en mi criterio es el quid para valorar la solidez y el grado de desarrollo de una disciplina científica. Este puede resumirse en dos palabras: consistencia teórica. Una disciplina que se encuentre todavía vinculada al registro empírico, que no logre trascender los hechos inmediatos y que sus resultados se mantengan en el estadio de la clasificación, es todavía una ciencia en ciernes, una protociencia, que, como todo “proyecto de...”, puede fracasar y convertirse en una pseudociencia. Para conjurar este peligro no basta con echar mano a medios técnicos ni a ideas científicas. Es necesario que el cuerpo de conocimientos propios constituya un sistema rigurosamente organizado, que muestre una coherencia estricta entre todos sus elementos (empíricos, conceptuales, formales, técnicos, metodológicos), que posea un universo semántico dominado por la designación y la precisión referencial, y que su organización categorial se rija por medio de una lógica formal implacable. Efectivamente, la ciencia es un cuerpo de conocimientos inflexible, de una rigidez tan férrea que a hasta duele y provoca desazón y, no pocas veces, airados rechazos y conatos de rebelión, todos ellos infructuosos y que no logran modificar ni un ápice esta insolente naturaleza.
Además, como también lo he señalado, la cuestión no termina con los límites de la disciplina. Para que un conocimiento pueda ostentar el rango científico no tiene más remedio que tomar en cuenta a su vecindario, a su ciudad, a su país, al mundo y al universo entero. Debe mostrar una coherencia incuestionable con las disciplinas científicas más cercanas y probar que sus conclusiones son compatibles con el bagaje de conocimientos aceptados por la comunidad científica. Pero hay aún más. A toda disciplina científica le corresponde demostrar que su edifico teórico metodológico reposa armoniosamente sobre una base filosófica, cualquiera que sea, y prospectar las condiciones y circunstancias que invalidarían sus conclusiones y harían colapsar el complejo arquitectónico en su conjunto. En la ciencia, las cartas se juegan abiertas y todas puestas sobre la mesa. Tanto es así, que la aparición de un elemento nuevo, imprevisto o sorpresivo es considerado sospechoso y pone en marcha el reconocido mecanismo de defensa que en otros tiempo terminaba en la hoguera y que se le denomina “refractariedad”, en un intento por disimular el carácter profundamente conservador y retrógrado que forma el núcleo ideológico de la ciencia. En la ciencia se es culpable hasta tanto no se demuestre lo contrario. Naturalmente, tampoco existe la democracia y no basta que una mayoría se muestre de acuerdo en tal o cual idea o resultado.
Y, a pesar de semejante complejidad y rigidez, la ciencia está lejos de darnos la verdad. Es más, la verdad no es un asunto de la ciencia ni se propone alcanzarla y ni siquiera le interesa como fin de su actividad. La verdad es un concepto religioso, de destacados ribetes éticos y místicos. No la verdad, si no la exactitud es lo que constituye el fin supremo de la acción científica. Por ello, más que el experimento, la demostración o la comprobación el objetivo de la actividad científica se materializa mediante la reconstrucción. La reproducción de los diversos procesos y fenómenos que ocurren en la realidad, ya sea mediante la construcción de modelos tecnológicos, teóricos, lógicos o matemáticos, es la prueba científica por excelencia. Aún más, cuando la ciencia es capaz, además de reconstruir la realidad, de producir elementos, procesos o fenómenos que no son “naturales” y cuando además resultan útiles a los seres humanos, aquella ciencia alcanza un estatus “sobrenatural” y goza del mayor respeto y prestigio social.
Y, claro está, la ciencia tampoco puede darnos una imagen completa, precisa y absoluta de la realidad. No sólo porque esta sea infinita en la óptica humana, así como en cuanto al micro y macrocosmos, sino porque el conocimiento es procesual, histórico y, como suelen decir los gnoseólogos, opera por aproximaciones sucesivas, y muchas veces azarosas, a su objeto de estudio. Mientras que la realidad es infinita y diacrónica, el conocimiento es relativo e históricamente condicionado. Sólo a la larga, en esta concatenación de aproximaciones sucesivas, parciales y relativas, se logran planos de intersección y la complementación de ciertos resultados y entonces el conocimiento científico revela su naturaleza progresiva y acumulativa en toda su plenitud. Mientras eso no suceda, la impresión de estatismo, de erratismo y equivocidad resulta inevitable. Pero sólo se trata de impresión inmediata porque si vemos el conocimiento científico a la luz de su propia historia la trayectoria progresiva, el paso de lo desconocido hacia lo conocido, resulta incuestionable e irrebatible.
Popper, a quien Horus82 menciona con un aprecio que comparto, descubrió que la lógica de la ciencia, su modus operandi por antonomasia, radica en el carácter hipotético deductivo de su razonamiento y proceder. Es decir, que el punto de partida del conocimiento científico no se encuentra en los hechos. La ciencia tal y como la conocemos hoy día, no parte de los hechos y no avanza hacia las teorías mediante generalizaciones sucesivas hacia mayores grados de abstracción. La inducción jugó y juega un importante papel en el conocimiento científico pero este no es cu carácter esencial. Así como resulta ingenuo creer que las palabras se refieren inmediatamente a las cosas, igualmente creer que la ciencia va de lo empírico a lo teórico resulta risible. El punto de partida en la lógica de la ciencia es, inevitablemente, la teoría. Es allí, en ese universo de endemoniadas abstracciones, donde la persona de ciencia encuentra una anomalía, una discrepancia con otras teorías incluso de otros dominios o con el comportamiento de la realidad, una “laguna” (como gusta decir Popper) o una omisión en el cuadro explicativo ofrecido por la disciplina de que trate y se pone en marcha todo el aparataje deductivo del conocimiento científico en un proceso “descendente” que culmina en la realidad inmediata. Sólo en última instancia, cuando se ha estructurado este razonamiento y se han establecido las condiciones de su falsación, es cuando se sale del gabinete y se adosa el traje de campaña. Sólo entonces se vuelven los ojos hacia el laboratorio o el campo y se “ensucia” las manos para extraer los últimos pero fundamentales elementos que formarán el contenido factual para la contrastación empírica de sus ideas. Esto cuando se trate de una ciencia empírica. Pero son muchas las que realizan este proceso sin llegar siquiera a los hechos y, no obstante, alcanzar los mismos grados de exactitud solamente recurriendo a contrastaciones igualmente teóricas. Y es aquí, y no donde Horus82 pretende, que el “¡Todo vale!” de Feyerabend cobra sentido pleno. Es en la puesta en marcha de su bagaje, de sus experiencias y de su creatividad, donde el científico deja de ser un ente abstracto y se convierte en un ser humano que conjuga todos sus recursos, incluso los menos aceptados por los científicos, para alcanzar sus fines.
Esto es a grandes rasgos lo que la epistemología considera como el “método científico” y ni Popper ni ningún epistemólogo “normal” (quiero decir, no positivista) podría aceptar excepción alguna. Y me refiero a las ciencias sociales, a las llamadas ciencias de la cultura o ciencias humanas. Ciertamente, estas ciencias sociales se encuentran todavía en pañales respecto de la axiomatización alcanzada por la física, la química y la biología y la imagen de seguridad y “pureza” que presentan. Pero su fementida peculiaridad queda en evidencia cuando analizamos las ciencias más desarrolladas de este sector. La economía, por ejemplo. A pesar de su juventud, hace tiempo que alcanza niveles teóricos envidiables y su capacidad de prospección (como todos sabemos) la convierten en una verdadera amenaza para nuestros bolsillos. ¿Y la política...? ¿La sociología...? Y todavía más “abajo” en la taxonomía social qué decir de la antropología, de la arqueología (tan claramente caracterizada por Horus82), de la lingüística o la comunicación de masas. ¿Qué decir de la historia? Bloch, Toynbee, Pirenne (para citar exponentes de diversas corrientes), muy a pesar de lo que Horus82 dice, formularon diversas “leyes generales” sobre la naturaleza de la investigación historiográfica y sobre el carácter de la evolución histórica de las civilizaciones (y no sólo las occidentales), sobre sus orígenes y colapsos. ¿Qué decir de la teoría de las religiones? ¿Es que los aportes de Frazer, Dumézil o Eliade no constituyen una formidable elaboración hipotético deductiva que alcanza envidiables niveles metateóricos? Y de aquí podríamos continuar hacia las tecnologías sociales tales como la educación, el derecho, la psicología social, la administración pública o el servicio al cliente (incluida la teoría de las filas que tanta incomodidad todavía causa en Europa).
El que “el uso de leyes generales” sea casi imposible en la ciencia social o el que la sociedad humana sea “un objeto mucho más complejo que la naturaleza”, como afirma Horus82,es un espejismo que ha pretendido justificar un estado de cosas y perpetuarlo. Tampoco existe una crisis de la noción de progreso ni de la validez de los enunciados científicos. Se trata, más bien, de una crisis ideológica en las concepciones sobre la ciencia y una crisis filosófica en los fundamentos generales (ontológicos, gnoseológicos y lógicos) de las interpretaciones sobre la ciencia, de su función social y de su desarrollo histórico. Las ciencias duras, aquellas más alejadas de los avatares ideológicos y filosóficos (sobre todo las formales, las que alcanzan altos niveles de axiomatización y las tecnologías en general) son prácticamente inmunes a las modas interpretativas sobre el valor, los alcances o la función de la ciencia. Estas modas, que nacieron con Wittgenstein y el Círculo de Viena, que fueron reforzadas desde la izquierda por la Escuela de Frankfurt, que se proclaman herederos de Foucault, Derrida o Habermas, ni siquiera disimulan su esencia irracionalista ni su nostalgia existencialista. La mejor caracterización de este fenómeno es la que acuñó Al Gore en uno de sus raros aciertos: "It’s the combination of narcissism and nihilism that really defines postmodernism".
No existe, pues, el término medio que sueña el postmodernismo. O es ciencia o no lo es.
Finalmente, así como la utilización de ciertas técnicas o categorías científicas no bastan para que una forma de conocimiento alcance niveles científicos, tampoco es suficiente que existan organizaciones internacionales, congresos, publicaciones o encuentros, para valorar el estado de la comunidad científica. La sociología de la ciencia y, en particular el destacado aporte de Thomas Kuhn, nos han mostrado que en la base de la comunidad científica, como organismo social, el factor decisivo es el grado de legitimidad y aceptación alcanzado por las teorías del campo disciplinario. Sin una aquiescencia general sobre las teorías del campo, sobre la plausibilidad de las hipótesis en curso o sobre los principios metodológicos adoptados, me temo que esta organización informal de la ciencia no alcance todavía la categoría de comunidad científica.
Por estas razones, les ruego que me indiquen las teorías, las hipótesis y los recursos metodológicos más comúnmente aceptados en la disciplina egiptológica y, sobre esta base, me comprometo a corregir mis apreciaciones.
Cordialmente,
Juan Diego López
Permítanme decir, ante todo, que soy un hombre afortunado al participar en un intercambio de ideas que rezuma tal amor por el conocimiento y tal pasión intelectual. Ahora enfrento el reto de ser un discípulo competente y merecer la valiosa deferencia que casi a diario recibo de los compañeros de AE. Sé que mis intereses egiptológicos no podrían encontrar un mejor espacio de estímulo y orientación y de verdad que gozo y agradezco este privilegio.
Si aquí se tratara de una cuestión de simpatía, yo también votaría por Horus82. Pero no sólo por su papel de “abogado de dios”, sino por la claridad de sus ideas, la elaboración de sus conceptos y el dominio de la disciplina que se extiende a los niveles teóricos y metodológicos. Sin embargo, como se trata de un foro de discusión y este, por definición, es un espacio para contrastar, ampliar y decantar ciertas ideas, asumo el antipático papel de polemista a riesgo de parecer impertinente.
En participaciones anteriores he señalado lo que en mi criterio es el quid para valorar la solidez y el grado de desarrollo de una disciplina científica. Este puede resumirse en dos palabras: consistencia teórica. Una disciplina que se encuentre todavía vinculada al registro empírico, que no logre trascender los hechos inmediatos y que sus resultados se mantengan en el estadio de la clasificación, es todavía una ciencia en ciernes, una protociencia, que, como todo “proyecto de...”, puede fracasar y convertirse en una pseudociencia. Para conjurar este peligro no basta con echar mano a medios técnicos ni a ideas científicas. Es necesario que el cuerpo de conocimientos propios constituya un sistema rigurosamente organizado, que muestre una coherencia estricta entre todos sus elementos (empíricos, conceptuales, formales, técnicos, metodológicos), que posea un universo semántico dominado por la designación y la precisión referencial, y que su organización categorial se rija por medio de una lógica formal implacable. Efectivamente, la ciencia es un cuerpo de conocimientos inflexible, de una rigidez tan férrea que a hasta duele y provoca desazón y, no pocas veces, airados rechazos y conatos de rebelión, todos ellos infructuosos y que no logran modificar ni un ápice esta insolente naturaleza.
Además, como también lo he señalado, la cuestión no termina con los límites de la disciplina. Para que un conocimiento pueda ostentar el rango científico no tiene más remedio que tomar en cuenta a su vecindario, a su ciudad, a su país, al mundo y al universo entero. Debe mostrar una coherencia incuestionable con las disciplinas científicas más cercanas y probar que sus conclusiones son compatibles con el bagaje de conocimientos aceptados por la comunidad científica. Pero hay aún más. A toda disciplina científica le corresponde demostrar que su edifico teórico metodológico reposa armoniosamente sobre una base filosófica, cualquiera que sea, y prospectar las condiciones y circunstancias que invalidarían sus conclusiones y harían colapsar el complejo arquitectónico en su conjunto. En la ciencia, las cartas se juegan abiertas y todas puestas sobre la mesa. Tanto es así, que la aparición de un elemento nuevo, imprevisto o sorpresivo es considerado sospechoso y pone en marcha el reconocido mecanismo de defensa que en otros tiempo terminaba en la hoguera y que se le denomina “refractariedad”, en un intento por disimular el carácter profundamente conservador y retrógrado que forma el núcleo ideológico de la ciencia. En la ciencia se es culpable hasta tanto no se demuestre lo contrario. Naturalmente, tampoco existe la democracia y no basta que una mayoría se muestre de acuerdo en tal o cual idea o resultado.
Y, a pesar de semejante complejidad y rigidez, la ciencia está lejos de darnos la verdad. Es más, la verdad no es un asunto de la ciencia ni se propone alcanzarla y ni siquiera le interesa como fin de su actividad. La verdad es un concepto religioso, de destacados ribetes éticos y místicos. No la verdad, si no la exactitud es lo que constituye el fin supremo de la acción científica. Por ello, más que el experimento, la demostración o la comprobación el objetivo de la actividad científica se materializa mediante la reconstrucción. La reproducción de los diversos procesos y fenómenos que ocurren en la realidad, ya sea mediante la construcción de modelos tecnológicos, teóricos, lógicos o matemáticos, es la prueba científica por excelencia. Aún más, cuando la ciencia es capaz, además de reconstruir la realidad, de producir elementos, procesos o fenómenos que no son “naturales” y cuando además resultan útiles a los seres humanos, aquella ciencia alcanza un estatus “sobrenatural” y goza del mayor respeto y prestigio social.
Y, claro está, la ciencia tampoco puede darnos una imagen completa, precisa y absoluta de la realidad. No sólo porque esta sea infinita en la óptica humana, así como en cuanto al micro y macrocosmos, sino porque el conocimiento es procesual, histórico y, como suelen decir los gnoseólogos, opera por aproximaciones sucesivas, y muchas veces azarosas, a su objeto de estudio. Mientras que la realidad es infinita y diacrónica, el conocimiento es relativo e históricamente condicionado. Sólo a la larga, en esta concatenación de aproximaciones sucesivas, parciales y relativas, se logran planos de intersección y la complementación de ciertos resultados y entonces el conocimiento científico revela su naturaleza progresiva y acumulativa en toda su plenitud. Mientras eso no suceda, la impresión de estatismo, de erratismo y equivocidad resulta inevitable. Pero sólo se trata de impresión inmediata porque si vemos el conocimiento científico a la luz de su propia historia la trayectoria progresiva, el paso de lo desconocido hacia lo conocido, resulta incuestionable e irrebatible.
Popper, a quien Horus82 menciona con un aprecio que comparto, descubrió que la lógica de la ciencia, su modus operandi por antonomasia, radica en el carácter hipotético deductivo de su razonamiento y proceder. Es decir, que el punto de partida del conocimiento científico no se encuentra en los hechos. La ciencia tal y como la conocemos hoy día, no parte de los hechos y no avanza hacia las teorías mediante generalizaciones sucesivas hacia mayores grados de abstracción. La inducción jugó y juega un importante papel en el conocimiento científico pero este no es cu carácter esencial. Así como resulta ingenuo creer que las palabras se refieren inmediatamente a las cosas, igualmente creer que la ciencia va de lo empírico a lo teórico resulta risible. El punto de partida en la lógica de la ciencia es, inevitablemente, la teoría. Es allí, en ese universo de endemoniadas abstracciones, donde la persona de ciencia encuentra una anomalía, una discrepancia con otras teorías incluso de otros dominios o con el comportamiento de la realidad, una “laguna” (como gusta decir Popper) o una omisión en el cuadro explicativo ofrecido por la disciplina de que trate y se pone en marcha todo el aparataje deductivo del conocimiento científico en un proceso “descendente” que culmina en la realidad inmediata. Sólo en última instancia, cuando se ha estructurado este razonamiento y se han establecido las condiciones de su falsación, es cuando se sale del gabinete y se adosa el traje de campaña. Sólo entonces se vuelven los ojos hacia el laboratorio o el campo y se “ensucia” las manos para extraer los últimos pero fundamentales elementos que formarán el contenido factual para la contrastación empírica de sus ideas. Esto cuando se trate de una ciencia empírica. Pero son muchas las que realizan este proceso sin llegar siquiera a los hechos y, no obstante, alcanzar los mismos grados de exactitud solamente recurriendo a contrastaciones igualmente teóricas. Y es aquí, y no donde Horus82 pretende, que el “¡Todo vale!” de Feyerabend cobra sentido pleno. Es en la puesta en marcha de su bagaje, de sus experiencias y de su creatividad, donde el científico deja de ser un ente abstracto y se convierte en un ser humano que conjuga todos sus recursos, incluso los menos aceptados por los científicos, para alcanzar sus fines.
Esto es a grandes rasgos lo que la epistemología considera como el “método científico” y ni Popper ni ningún epistemólogo “normal” (quiero decir, no positivista) podría aceptar excepción alguna. Y me refiero a las ciencias sociales, a las llamadas ciencias de la cultura o ciencias humanas. Ciertamente, estas ciencias sociales se encuentran todavía en pañales respecto de la axiomatización alcanzada por la física, la química y la biología y la imagen de seguridad y “pureza” que presentan. Pero su fementida peculiaridad queda en evidencia cuando analizamos las ciencias más desarrolladas de este sector. La economía, por ejemplo. A pesar de su juventud, hace tiempo que alcanza niveles teóricos envidiables y su capacidad de prospección (como todos sabemos) la convierten en una verdadera amenaza para nuestros bolsillos. ¿Y la política...? ¿La sociología...? Y todavía más “abajo” en la taxonomía social qué decir de la antropología, de la arqueología (tan claramente caracterizada por Horus82), de la lingüística o la comunicación de masas. ¿Qué decir de la historia? Bloch, Toynbee, Pirenne (para citar exponentes de diversas corrientes), muy a pesar de lo que Horus82 dice, formularon diversas “leyes generales” sobre la naturaleza de la investigación historiográfica y sobre el carácter de la evolución histórica de las civilizaciones (y no sólo las occidentales), sobre sus orígenes y colapsos. ¿Qué decir de la teoría de las religiones? ¿Es que los aportes de Frazer, Dumézil o Eliade no constituyen una formidable elaboración hipotético deductiva que alcanza envidiables niveles metateóricos? Y de aquí podríamos continuar hacia las tecnologías sociales tales como la educación, el derecho, la psicología social, la administración pública o el servicio al cliente (incluida la teoría de las filas que tanta incomodidad todavía causa en Europa).
El que “el uso de leyes generales” sea casi imposible en la ciencia social o el que la sociedad humana sea “un objeto mucho más complejo que la naturaleza”, como afirma Horus82,es un espejismo que ha pretendido justificar un estado de cosas y perpetuarlo. Tampoco existe una crisis de la noción de progreso ni de la validez de los enunciados científicos. Se trata, más bien, de una crisis ideológica en las concepciones sobre la ciencia y una crisis filosófica en los fundamentos generales (ontológicos, gnoseológicos y lógicos) de las interpretaciones sobre la ciencia, de su función social y de su desarrollo histórico. Las ciencias duras, aquellas más alejadas de los avatares ideológicos y filosóficos (sobre todo las formales, las que alcanzan altos niveles de axiomatización y las tecnologías en general) son prácticamente inmunes a las modas interpretativas sobre el valor, los alcances o la función de la ciencia. Estas modas, que nacieron con Wittgenstein y el Círculo de Viena, que fueron reforzadas desde la izquierda por la Escuela de Frankfurt, que se proclaman herederos de Foucault, Derrida o Habermas, ni siquiera disimulan su esencia irracionalista ni su nostalgia existencialista. La mejor caracterización de este fenómeno es la que acuñó Al Gore en uno de sus raros aciertos: "It’s the combination of narcissism and nihilism that really defines postmodernism".
No existe, pues, el término medio que sueña el postmodernismo. O es ciencia o no lo es.
Finalmente, así como la utilización de ciertas técnicas o categorías científicas no bastan para que una forma de conocimiento alcance niveles científicos, tampoco es suficiente que existan organizaciones internacionales, congresos, publicaciones o encuentros, para valorar el estado de la comunidad científica. La sociología de la ciencia y, en particular el destacado aporte de Thomas Kuhn, nos han mostrado que en la base de la comunidad científica, como organismo social, el factor decisivo es el grado de legitimidad y aceptación alcanzado por las teorías del campo disciplinario. Sin una aquiescencia general sobre las teorías del campo, sobre la plausibilidad de las hipótesis en curso o sobre los principios metodológicos adoptados, me temo que esta organización informal de la ciencia no alcance todavía la categoría de comunidad científica.
Por estas razones, les ruego que me indiquen las teorías, las hipótesis y los recursos metodológicos más comúnmente aceptados en la disciplina egiptológica y, sobre esta base, me comprometo a corregir mis apreciaciones.
Cordialmente,
Juan Diego López
Egiptoneófito
- pharaonoico
- Docto en Egiptología

- Posts: 469
- Joined: 28 Jan 2006, 16:41
Estoy de acuerdo con Inpw cuando piensa que en la egiptología se actúa como comenta Juan Diego López al tomar como referente a Popper.
Sin embargo, las ciencias "blandas" y "duras" (yo prefiero llamarlas "exactas" y "sociales") no pueden ser comparadas. Cierto es que hay un elemento común que filosóficamente podría denominarse como "búsqueda de la exactitud" que menciona Juan Diego.
Aunque en este caso discrepo con el término. Considero que exactitud es más propio de "ciencias exactas" y que en el caso de las "ciencias sociales" lo que se busca es la verdad. Y ahí es donde radica la diferencia entre las ciencias "exactas" y "sociales". Las ciencias "exactas" analizan la realidad existente en base a un nivel "supraempírico" (una vez superado a Newton, o mejor dicho, asentándose los avances ocurridos tras la revolución iniciada por Copérnico y Galileo y elevada exponencialmente por Newton) que no es comparable en ningún aspecto a las ciencias "sociales".
Considero que éstas buscan una verdad diferente a las "exactas". Mientras las anteriormente citadas (reitero) equiparan verdad con exactitud, las sociales buscan la verdad a secas como vulgarmente las conocemos. Teorizar a niveles supraculturales y enlazar ideas en base a teorías y métodos de investigación es muy arriesgado. La antropología y la arqueología ayudan a demostrar día a día que la Historia no siempre ha sido igual en todas las épocas. De ahí que no se pueda entrar en un terreno de exactitudes en tanto en cuanto el ser humano y por extensión las sociedades actúan de manera casi impredecible. Los factores muy variables que nos atañen no atañen a los fenómenos estudiados por las ciencias "exactas".
Soy de la idea de que no se pueden buscar paralelismos que unifiquen o engloben los comportamientos sociales/culturales de diferentes pueblos ni coetáneos ni separados en el tiempo.
Por otra parte, quiero aclarar que las ciencias "exactas" se sustentan también en terrenos inestables pero prácticos en tanto en cuanto todo se basa en el 1 pero no se sabe todavía por qué el 1 es el 1. Quizás conozcáis esas teorías de que 2 + 2 no siempre son 4... Sin embargo, al igual que las ciencias "sociales", esas ciencias avanzan y continúan en tanto que el andamiaje se sustenta.
Resumiendo para no alargarme más, ciencias "exactas" y "sociales" no creo que puedan ser equiparables en tanto que buscan diferentes tipos de verdad. Y sin embargo, el nexo que las une es que usan métodos de trabajo y de investigación que están sustentados en bases inestables pero que siguen adelante porque funcionan. Hasta que se demuestre lo contrario...
Sin embargo, las ciencias "blandas" y "duras" (yo prefiero llamarlas "exactas" y "sociales") no pueden ser comparadas. Cierto es que hay un elemento común que filosóficamente podría denominarse como "búsqueda de la exactitud" que menciona Juan Diego.
Aunque en este caso discrepo con el término. Considero que exactitud es más propio de "ciencias exactas" y que en el caso de las "ciencias sociales" lo que se busca es la verdad. Y ahí es donde radica la diferencia entre las ciencias "exactas" y "sociales". Las ciencias "exactas" analizan la realidad existente en base a un nivel "supraempírico" (una vez superado a Newton, o mejor dicho, asentándose los avances ocurridos tras la revolución iniciada por Copérnico y Galileo y elevada exponencialmente por Newton) que no es comparable en ningún aspecto a las ciencias "sociales".
Considero que éstas buscan una verdad diferente a las "exactas". Mientras las anteriormente citadas (reitero) equiparan verdad con exactitud, las sociales buscan la verdad a secas como vulgarmente las conocemos. Teorizar a niveles supraculturales y enlazar ideas en base a teorías y métodos de investigación es muy arriesgado. La antropología y la arqueología ayudan a demostrar día a día que la Historia no siempre ha sido igual en todas las épocas. De ahí que no se pueda entrar en un terreno de exactitudes en tanto en cuanto el ser humano y por extensión las sociedades actúan de manera casi impredecible. Los factores muy variables que nos atañen no atañen a los fenómenos estudiados por las ciencias "exactas".
Soy de la idea de que no se pueden buscar paralelismos que unifiquen o engloben los comportamientos sociales/culturales de diferentes pueblos ni coetáneos ni separados en el tiempo.
Por otra parte, quiero aclarar que las ciencias "exactas" se sustentan también en terrenos inestables pero prácticos en tanto en cuanto todo se basa en el 1 pero no se sabe todavía por qué el 1 es el 1. Quizás conozcáis esas teorías de que 2 + 2 no siempre son 4... Sin embargo, al igual que las ciencias "sociales", esas ciencias avanzan y continúan en tanto que el andamiaje se sustenta.
Resumiendo para no alargarme más, ciencias "exactas" y "sociales" no creo que puedan ser equiparables en tanto que buscan diferentes tipos de verdad. Y sin embargo, el nexo que las une es que usan métodos de trabajo y de investigación que están sustentados en bases inestables pero que siguen adelante porque funcionan. Hasta que se demuestre lo contrario...
- Juan Diego López
- Egiptólogo Brillante

- Posts: 18
- Joined: 08 Aug 2006, 07:32
¿Ciencias exactas vs ciencias sociales?
Estimados compañeros.
Tengo la impresión de que en el proceso de discusión van apareciendo ciertos prejuicios que sería muy negativo pasar por alto. El primero de ellos es el que atañe al concepto de "exactitud". Las dos primeras acepciones que se encuentra en los diccionarios son las de “fidelidad” y "precisión". Aunque como bien decía Horus82, la mayoría de las palabras que se utilizan en el lenguaje científico, a pesar de que provienen del lenguaje común y aparecen como términos vulgares, su condición de pertenecer a un sistema conceptual les da un significado propio. Si bien este no siempre resulta totalmente contradictorio con el significado del uso común, sí poseen una carga semántica mucho más amplia y de un alto nivel de precisión en cuanto a su sistema designación. Esas palabras, al integrarse en los sistemas conceptuales, se transforman en categorías y nociones, es decir, en elementos propios de un sistema de significados distintos, mucho más abstractos y más especializados. Muchas de estas categorías deben acuñarse, al punto tal, que forman un lenguaje propio de la disciplina científica y produce una sensación de pérfido exotismo a los oídos de los no iniciados. Eso mismo ocurre con las categorías de la epistemología. Puede ser que el concepto de exactitud connote elementos formales, provenientes de contextos artificiales y convencionales como es el caso de la lógica y la matemática. Puede ser que, asimismo, nos evoque operaciones aritméticas o construcciones silogísticas que normalmente dejan la impresión (por el nivel de su llamada “apodicticidad”), de ser tautológicas (A = A, en la lógica formal clásica) o simplemente artificiosas (como lo menciona Pharaonoico). Pero el concepto de exactitud, tal y como se emplea en el lenguaje epistemológico, es unívoco y no permite connotaciones: designa la propiedad de los conocimientos de elaborar un concepto pleno, es decir, acorde con el contenido fáctico que representa y de una fidelidad comprobable. No obstante, este concepto ha sido empleado para designar, tradicional y equivocadamente, un tipo de ciencias distintas de las ciencias sociales convirtiéndose, por la vía de la costumbre, en un atributo exclusivo de esa clase de ciencias. Con ello, las ciencias sociales quedan al margen de ese atributo y se cae en el equívoco de considerarlas como ocupando un lugar, o "más allá" o "más acá", de la exactitud.
Sin embargo, la clasificación y la organización taxonómica de la ciencia no es un asunto de gustos personales. Junto al análisis de los procedimientos de la ciencia para alcanzar los conocimientos científicos (lo que se conoce popularmente con el nombre de metodología), junto con el estudio de los efectos sociales que los resultados de las ciencias provocan (estudiados por la sociología y la historia de la ciencia), la clasificación de las ciencias es una tarea fundamental de la epistemología y de la lógica de las ciencias. Como es de esperar, la acción clasificatoria no se realiza con base en las simpatías de los epistemólogos ni en las características exteriores de las disciplinas científicas. Esta tarea, que fuera inaugurada por el mismo Aristóteles, parte del análisis de la propia naturaleza del objeto de estudio de cada disciplina y abarca la organización sistémica de un conjunto estimado en alrededor de doscientos tipos de conocimientos o campos disciplinarios. La clasificación de las ciencias parte de la distinción de dos modos básicos de enfrentar el quehacer científico. El primero de ellos se refiere al contenido propio de cada disciplina y, como ya lo señalé en otro momento, a su carácter esencial y su naturaleza peculiar. Aquí se busca establecer lo que Aristóteles denominó “la diferencia específica” de cada disciplina y en esta neta distinción no hay superposiciones posibles. El segundo modo lo constituye la determinación de los fines explícitos que las diversas disciplinas se proponen al emprender la actividad científica. De esta manera, el primer paso de la taxonomía distingue las ciencias en cuanto a su objeto tanto como en cuanto a su objetivo. Asumiendo primero este último aspecto (sólo por las exigencias de la presente discusión), las ciencias han sido clasificadas en sólo dos modos: las ciencias puras o positivas y las ciencias aplicadas o tecnológicas. Mientras que la finalidad de las primeras se resume en la mera necesidad de conocer (de satisfacer la curiosidad y el impulso cognoscitivo más primario) y, en consecuencia, de ampliar incesantemente el conocimiento, las segundas están marcadas por un interés específico que busca inexorablemente la transformación de los conocimientos puros o positivos en resultados prácticos inmediatos. No es que a la tecnología no le interesen los conocimientos puros. Al contrario, son la base y motivo de su propia existencia. Pero su misión y razón de ser se resume y realiza en la posibilidad de aplicar esos conocimientos para incrementar el confort, el dominio práctico sobre la realidad o la reconstrucción de procesos naturales y sociales sin importar los fines ulteriores o el uso concreto (muchas veces tenebroso) de esos productos.
El primer aspecto de la clasificación de las ciencias, más importante ahora para nuestros fines, tiene como base, pues, el objeto de estudio de cada disciplina científica. Al contrario del modo tecnológico, la impresión de una profunda variedad, muchas veces inimaginable, genera en este aspecto un efecto "macro liminal". La vasta diversidad de las disciplinas científicas, la aparición continua de nuevos enfoques y su acelerado proceso de integración provoca un efecto paralizante en las personas no entrenadas en los métodos taxonómicos. No obstante, también aquí la epistemología ha puesto al descubierto determinadas regularidades sobre las cuales organizar el, a primera vista, inmanejable cúmulo de disciplinas. Partiendo de su objeto de estudio, la epistemología distingue dos géneros especiales de disciplinas científicas: Aquellas que tratan de la realidad objetiva, es decir, de aquellos hechos o fenómenos que ocurren al margen de la voluntad humana (fuera de la mente humana, para usar un giro caro a al filosofía) y aquellas que son propias de las construcciones subjetivas y abstractas de los seres humanos, que no existen en forma independiente de la mente pensante y que poseen la propiedad fundamental de ser convencionales. A las primeras se les denomina ciencias fácticas y a las segundas ciencias formales. Si bien ambas operan mediante nociones abstractas, las de las ciencias fácticas se denominan categorías y su atributo fundamental es el de de poseer contenido objetivo; por su parte, las nociones de las ciencias formales, ya se presenten en forma de números o proposiciones, se les denomina constructos y su propiedad fundamental radica en su carácter arbitrario, absolutamente despojado de contenido y que sólo adquiere significado en el contexto de un universo cuyas reglas del juego son también convencionales y fuera del cual no poseen sentido alguno.
Ahora bien, a pesar de que las ciencias formales se entrelazan en aparentes formas caprichosas para formar la lógica matemática y la matemática lógica. ellas mismas se subdividen en infinidad de modalidades del cálculo, de la geometría algebraica, de la lógica modal o de las probabilidades estadísticas. Sin embargo, esta diversificación resulta más que modesta cuando nos enfrentamos a la diversidad y cantidad de las ciencias fácticas. Estas parecen esparcirse a lo largo y lo ancho de la realidad y se lanzan a los más recónditos vericuetos del universo conocido y desconocido. No sin razón, los epistemólogos gustan comparar las ciencias fácticas con las constelaciones, refiriéndose tanto a la cantidad como al brillo que representan en el espacio del conocimiento humano. No obstante, siguiendo el criterio del objeto de estudio en su expresión esencial, las ciencias fácticas se subdividen en dos especies perfectamente claras y distintas: las ciencias naturales y las ciencias sociales. Las primeras se dirigen a las tres formas fundamentales del movimiento de la naturaleza y que describen, ceteris paribus, el desarrollo de la materia desde el estado inorgánico (física), al momento de su transformación mediante reacciones internas (química) y, de allí, el salto hasta el mundo orgánico (biología). De acuerdo con los epistemólogos, el resto de las disciplinas naturales se inscriben en la aprehensión de los contenidos propios y esenciales de estas tres modalidades de la naturaleza y en la exploración de los diversos vínculos que se establecen entre ellas.
Las ciencias sociales, por su parte, se refieren al estadio más peculiar de la materia ya que este representa una suerte de síntesis de los elementos anteriores, pero constituye un movimiento distinto de la materia ya que, a su vez, es fuente de producción activa de nuevos y nuevos fenómenos fácticos. Comparte con las ciencias de la naturaleza el hecho de ocuparse de la misma clase de fenómenos, es decir, de los hechos objetivos que ocurren al margen de la voluntad humana, pero se distinguen en cuanto a su contenido: sin lugar a dudas, los seres humanos aportan una característica propia a esta forma de la ciencia al introducir la consciencia en el cuadro general de la realidad. Esta comporta no sólo la cualidad de reflejar, mediante acciones cognoscitivas la totalidad del entorno en el que se desenvuelve su historia, sino también el hecho de que los seres humanos son, por definición, productores. Tal y como lo señalara Engels, la peculiaridad del ser humano en el entorno natural se revela con mayor fuerza cuando observamos su capacidad para crear la realidad (no solo de "sufrirla") mediante la creación de movimientos de la materia que no existen en su estado natural: para Engels, las máquinas, la producción en gran escala y la sociedad industrial, representan el ejemplo supremo de esta nueva realidad fáctica.
Dejemos hasta acá la caracterización de la taxonomía de la ciencia. Soy del criterio que de ella, dos cosas resultan evidentes. Por una parte, que existe una diferencia esencial entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. La propia clasificación de las ciencias da cuenta cabal de ello y en manera alguna deja espacio para apelar a la reducción de unas a las otras. No obstante, la diferencia no radica en la forma en que investigan su objeto de estudio ni en las presuntas propiedades gnoseológicas o lógicas que de ellas se desprenden. No puede haber ciencias exactas y “ciencias no exactas” porque ello no responde a las características esenciales ni del objeto de estudio ni de los propósitos ulteriores de sus resultados. Aunque a las “no exactas” les llamemos de otra manera (ciencias sociales, ciencias humanas, ciencias de la cultura, etc.,), el hecho de concebir las ciencias naturales como “exactas” presupone una diferencia específica subrepticia e ilusoria, una carencia, casi una deficiencia, que constituiría la naturaleza “peculiar” o la “especialidad” de las ciencias sociales. La exactitud es una propiedad del conocimiento científico en general y al perder esta función pierde su propia naturaleza, Un conocimiento que no busque la exactitud debe entonces clasificarse como arte, como dogma o como mera opinión. La definición de las ciencias naturales como exactas es la definición de las ciencias sociales como no exactas. Y volviendo a Aristóteles habría que decir que la definición de las ciencias sociales como “no exactas” viola las reglas elementales del género próximo y la diferencia específica y postula (quiéralo o no) el carácter acientífico de la disciplina egiptológica.
Ahora bien, si aún así el término "exactitud" despierta tales prejuicios (advierto que uso este otro concepto en los términos lógicos de pre-juicio, de algo anterior al análisis detallado y a su consideración en el contexto adecuado), propongo cambiarlo por "certeza". Entonces, el fin supremo de la ciencia sería alcanzar el mayor grado posible de certeza en su elaboración de las imágenes intelectuales (teóricas) que reflejen la realidad. Así, eliminamos un molesto ruido en el canal de comunicación y nos aseguramos de que la egiptología tenga este propósito entre sus fines supremos. ¿O no?
Cordialmente,
Juan Diego López
Tengo la impresión de que en el proceso de discusión van apareciendo ciertos prejuicios que sería muy negativo pasar por alto. El primero de ellos es el que atañe al concepto de "exactitud". Las dos primeras acepciones que se encuentra en los diccionarios son las de “fidelidad” y "precisión". Aunque como bien decía Horus82, la mayoría de las palabras que se utilizan en el lenguaje científico, a pesar de que provienen del lenguaje común y aparecen como términos vulgares, su condición de pertenecer a un sistema conceptual les da un significado propio. Si bien este no siempre resulta totalmente contradictorio con el significado del uso común, sí poseen una carga semántica mucho más amplia y de un alto nivel de precisión en cuanto a su sistema designación. Esas palabras, al integrarse en los sistemas conceptuales, se transforman en categorías y nociones, es decir, en elementos propios de un sistema de significados distintos, mucho más abstractos y más especializados. Muchas de estas categorías deben acuñarse, al punto tal, que forman un lenguaje propio de la disciplina científica y produce una sensación de pérfido exotismo a los oídos de los no iniciados. Eso mismo ocurre con las categorías de la epistemología. Puede ser que el concepto de exactitud connote elementos formales, provenientes de contextos artificiales y convencionales como es el caso de la lógica y la matemática. Puede ser que, asimismo, nos evoque operaciones aritméticas o construcciones silogísticas que normalmente dejan la impresión (por el nivel de su llamada “apodicticidad”), de ser tautológicas (A = A, en la lógica formal clásica) o simplemente artificiosas (como lo menciona Pharaonoico). Pero el concepto de exactitud, tal y como se emplea en el lenguaje epistemológico, es unívoco y no permite connotaciones: designa la propiedad de los conocimientos de elaborar un concepto pleno, es decir, acorde con el contenido fáctico que representa y de una fidelidad comprobable. No obstante, este concepto ha sido empleado para designar, tradicional y equivocadamente, un tipo de ciencias distintas de las ciencias sociales convirtiéndose, por la vía de la costumbre, en un atributo exclusivo de esa clase de ciencias. Con ello, las ciencias sociales quedan al margen de ese atributo y se cae en el equívoco de considerarlas como ocupando un lugar, o "más allá" o "más acá", de la exactitud.
Sin embargo, la clasificación y la organización taxonómica de la ciencia no es un asunto de gustos personales. Junto al análisis de los procedimientos de la ciencia para alcanzar los conocimientos científicos (lo que se conoce popularmente con el nombre de metodología), junto con el estudio de los efectos sociales que los resultados de las ciencias provocan (estudiados por la sociología y la historia de la ciencia), la clasificación de las ciencias es una tarea fundamental de la epistemología y de la lógica de las ciencias. Como es de esperar, la acción clasificatoria no se realiza con base en las simpatías de los epistemólogos ni en las características exteriores de las disciplinas científicas. Esta tarea, que fuera inaugurada por el mismo Aristóteles, parte del análisis de la propia naturaleza del objeto de estudio de cada disciplina y abarca la organización sistémica de un conjunto estimado en alrededor de doscientos tipos de conocimientos o campos disciplinarios. La clasificación de las ciencias parte de la distinción de dos modos básicos de enfrentar el quehacer científico. El primero de ellos se refiere al contenido propio de cada disciplina y, como ya lo señalé en otro momento, a su carácter esencial y su naturaleza peculiar. Aquí se busca establecer lo que Aristóteles denominó “la diferencia específica” de cada disciplina y en esta neta distinción no hay superposiciones posibles. El segundo modo lo constituye la determinación de los fines explícitos que las diversas disciplinas se proponen al emprender la actividad científica. De esta manera, el primer paso de la taxonomía distingue las ciencias en cuanto a su objeto tanto como en cuanto a su objetivo. Asumiendo primero este último aspecto (sólo por las exigencias de la presente discusión), las ciencias han sido clasificadas en sólo dos modos: las ciencias puras o positivas y las ciencias aplicadas o tecnológicas. Mientras que la finalidad de las primeras se resume en la mera necesidad de conocer (de satisfacer la curiosidad y el impulso cognoscitivo más primario) y, en consecuencia, de ampliar incesantemente el conocimiento, las segundas están marcadas por un interés específico que busca inexorablemente la transformación de los conocimientos puros o positivos en resultados prácticos inmediatos. No es que a la tecnología no le interesen los conocimientos puros. Al contrario, son la base y motivo de su propia existencia. Pero su misión y razón de ser se resume y realiza en la posibilidad de aplicar esos conocimientos para incrementar el confort, el dominio práctico sobre la realidad o la reconstrucción de procesos naturales y sociales sin importar los fines ulteriores o el uso concreto (muchas veces tenebroso) de esos productos.
El primer aspecto de la clasificación de las ciencias, más importante ahora para nuestros fines, tiene como base, pues, el objeto de estudio de cada disciplina científica. Al contrario del modo tecnológico, la impresión de una profunda variedad, muchas veces inimaginable, genera en este aspecto un efecto "macro liminal". La vasta diversidad de las disciplinas científicas, la aparición continua de nuevos enfoques y su acelerado proceso de integración provoca un efecto paralizante en las personas no entrenadas en los métodos taxonómicos. No obstante, también aquí la epistemología ha puesto al descubierto determinadas regularidades sobre las cuales organizar el, a primera vista, inmanejable cúmulo de disciplinas. Partiendo de su objeto de estudio, la epistemología distingue dos géneros especiales de disciplinas científicas: Aquellas que tratan de la realidad objetiva, es decir, de aquellos hechos o fenómenos que ocurren al margen de la voluntad humana (fuera de la mente humana, para usar un giro caro a al filosofía) y aquellas que son propias de las construcciones subjetivas y abstractas de los seres humanos, que no existen en forma independiente de la mente pensante y que poseen la propiedad fundamental de ser convencionales. A las primeras se les denomina ciencias fácticas y a las segundas ciencias formales. Si bien ambas operan mediante nociones abstractas, las de las ciencias fácticas se denominan categorías y su atributo fundamental es el de de poseer contenido objetivo; por su parte, las nociones de las ciencias formales, ya se presenten en forma de números o proposiciones, se les denomina constructos y su propiedad fundamental radica en su carácter arbitrario, absolutamente despojado de contenido y que sólo adquiere significado en el contexto de un universo cuyas reglas del juego son también convencionales y fuera del cual no poseen sentido alguno.
Ahora bien, a pesar de que las ciencias formales se entrelazan en aparentes formas caprichosas para formar la lógica matemática y la matemática lógica. ellas mismas se subdividen en infinidad de modalidades del cálculo, de la geometría algebraica, de la lógica modal o de las probabilidades estadísticas. Sin embargo, esta diversificación resulta más que modesta cuando nos enfrentamos a la diversidad y cantidad de las ciencias fácticas. Estas parecen esparcirse a lo largo y lo ancho de la realidad y se lanzan a los más recónditos vericuetos del universo conocido y desconocido. No sin razón, los epistemólogos gustan comparar las ciencias fácticas con las constelaciones, refiriéndose tanto a la cantidad como al brillo que representan en el espacio del conocimiento humano. No obstante, siguiendo el criterio del objeto de estudio en su expresión esencial, las ciencias fácticas se subdividen en dos especies perfectamente claras y distintas: las ciencias naturales y las ciencias sociales. Las primeras se dirigen a las tres formas fundamentales del movimiento de la naturaleza y que describen, ceteris paribus, el desarrollo de la materia desde el estado inorgánico (física), al momento de su transformación mediante reacciones internas (química) y, de allí, el salto hasta el mundo orgánico (biología). De acuerdo con los epistemólogos, el resto de las disciplinas naturales se inscriben en la aprehensión de los contenidos propios y esenciales de estas tres modalidades de la naturaleza y en la exploración de los diversos vínculos que se establecen entre ellas.
Las ciencias sociales, por su parte, se refieren al estadio más peculiar de la materia ya que este representa una suerte de síntesis de los elementos anteriores, pero constituye un movimiento distinto de la materia ya que, a su vez, es fuente de producción activa de nuevos y nuevos fenómenos fácticos. Comparte con las ciencias de la naturaleza el hecho de ocuparse de la misma clase de fenómenos, es decir, de los hechos objetivos que ocurren al margen de la voluntad humana, pero se distinguen en cuanto a su contenido: sin lugar a dudas, los seres humanos aportan una característica propia a esta forma de la ciencia al introducir la consciencia en el cuadro general de la realidad. Esta comporta no sólo la cualidad de reflejar, mediante acciones cognoscitivas la totalidad del entorno en el que se desenvuelve su historia, sino también el hecho de que los seres humanos son, por definición, productores. Tal y como lo señalara Engels, la peculiaridad del ser humano en el entorno natural se revela con mayor fuerza cuando observamos su capacidad para crear la realidad (no solo de "sufrirla") mediante la creación de movimientos de la materia que no existen en su estado natural: para Engels, las máquinas, la producción en gran escala y la sociedad industrial, representan el ejemplo supremo de esta nueva realidad fáctica.
Dejemos hasta acá la caracterización de la taxonomía de la ciencia. Soy del criterio que de ella, dos cosas resultan evidentes. Por una parte, que existe una diferencia esencial entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. La propia clasificación de las ciencias da cuenta cabal de ello y en manera alguna deja espacio para apelar a la reducción de unas a las otras. No obstante, la diferencia no radica en la forma en que investigan su objeto de estudio ni en las presuntas propiedades gnoseológicas o lógicas que de ellas se desprenden. No puede haber ciencias exactas y “ciencias no exactas” porque ello no responde a las características esenciales ni del objeto de estudio ni de los propósitos ulteriores de sus resultados. Aunque a las “no exactas” les llamemos de otra manera (ciencias sociales, ciencias humanas, ciencias de la cultura, etc.,), el hecho de concebir las ciencias naturales como “exactas” presupone una diferencia específica subrepticia e ilusoria, una carencia, casi una deficiencia, que constituiría la naturaleza “peculiar” o la “especialidad” de las ciencias sociales. La exactitud es una propiedad del conocimiento científico en general y al perder esta función pierde su propia naturaleza, Un conocimiento que no busque la exactitud debe entonces clasificarse como arte, como dogma o como mera opinión. La definición de las ciencias naturales como exactas es la definición de las ciencias sociales como no exactas. Y volviendo a Aristóteles habría que decir que la definición de las ciencias sociales como “no exactas” viola las reglas elementales del género próximo y la diferencia específica y postula (quiéralo o no) el carácter acientífico de la disciplina egiptológica.
Ahora bien, si aún así el término "exactitud" despierta tales prejuicios (advierto que uso este otro concepto en los términos lógicos de pre-juicio, de algo anterior al análisis detallado y a su consideración en el contexto adecuado), propongo cambiarlo por "certeza". Entonces, el fin supremo de la ciencia sería alcanzar el mayor grado posible de certeza en su elaboración de las imágenes intelectuales (teóricas) que reflejen la realidad. Así, eliminamos un molesto ruido en el canal de comunicación y nos aseguramos de que la egiptología tenga este propósito entre sus fines supremos. ¿O no?
Cordialmente,
Juan Diego López
Egiptoneófito