Extraños en Tierra Extraña (Éxodo: De Troya a Egipto)
Por Nubnofret
Creación: 25 julio, 2005
Modificación: 12 febrero, 2017
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A Aseret, asombrada a su pesar por el espectacular crepúsculo, le parecía que aquel era el atardecer más largo que había presenciado nunca.

Brillaban las primeras estrellas, pero aún así tenía la absurda sensación de que el sol se resistía a abandonar la tierra del Bajo Egipto, como si la noche huyese del imperioso mandato de un astro agonizante y que, sin embargo, continuaba acariciando las aguas con sus mil manecitas luminosas, renuentes a ser engullidas por la azulada tiniebla. Ensimismada en sus propias cavilaciones, dio un respingo cuando una voz profunda habló a su espalda.

-Es el Dios Re, el padre de todos los dioses egipcios.

Aseret se volvió hacia la voz, sorprendida.

-¿Qué dices, tío Eonás? El padre de todos los dioses es Zeus, el de la voz retumbante.

El hombre sonrió y su mirada se perdió en algún lugar del infinito.

-Zeus es el padre de nuestros dioses. Pero aquí, en el País de las Dos Tierras, el Padre de la Creación es el divino Amon Re- el hombre señaló al disco solar, que declinaba hacia el Oeste del Nilo-. Míralo, Aseret. Según las viejas leyendas, cada día debe completar un círculo eterno gracias al cual la vida vence a la muerte y al caos a la oscuridad…

Sus primos, atraídos por las misteriosas palabras del troyano, se acercaron al hombre y lo rodearon con creciente interés. Eonás había vivido algunos años en Egipto, antes de la caída definitiva de Troya, y conocía bien aquella tierra y a sus insólitas gentes.

-¿Qué significa eso del círculo eterno, tío?

El troyano, sin desviar la mirada de su infinito particular, prosiguió con voz soñadora:

-El Sol, a quien ellos llaman Re, es el símbolo del Dios y el Dios mismo, porque cada amanecer trae una nueva promesa de vida y de resurrección; representa el comienzo y el fin de un largo viaje épico… un viaje que ni siquiera Eneas o el muy avisado Ulises soñaron con realizar jamás.

-¿A qué viaje te refieres?

-Al recorrido cíclico que cada día debe realizar Re, el dios Sol, navegando las aguas invisibles del Nilo celeste en su indestructible barca solar. Así como de día surca el cielo, recorriéndolo de Este a Oeste, llenándolo todo de luz y calor y dispersando la vida por todos los rincones de esta tierra, debe por la noche continuar su viaje, esta vez por las aguas primigenias del mundo de los espíritus…

-¿Te refieres al Hades, tío Eonás?

-Estas gentes no conocen el Hades, queridos sobrinos, y nuestros dioses les son ajenos. Me refiero al único mundo que es común a todas las religiones: el mundo de los muertos, el que empieza en el Oeste- al decir esto, señaló con un dedo la orilla derecha del río-, y que el divino Re debe atravesar hasta volver a resurgir por el Este, victorioso, a la mañana siguiente… Pero ni Eneas ni Ulises tuvieron que enfrentar jamás peligros semejantes a los que, si hacemos caso de la leyenda, tiene que arrostrar el dios solar: los demonios habitan el mundo de la oscuridad y el caos, y una terrible serpiente intenta cada noche devorar al dios en su largo tránsito por el mundo Inferior…- Eonás contempló con afecto las caras consternadas de sus cinco sobrinos-. Pero el mal no es tan poderoso como Re, el Resplandeciente, que venciendo todos los peligros vuelve a resurgir cada día con la Aurora de rosados dedos, para brillar eternamente sobre la hermosa tierra de Egipto.

Los muchachos contemplaban a su tío con arrobo. Incluso Aseret había abandonado aquella actitud altiva y escuchaba con franco interés. Cuando volvió a mirar al sol poniente, que ya se ocultaba definitivamente, se sintió extrañamente sobrecogida, y trató de imaginarse al dios solar durante su viaje al Inframundo…

Súbitamente, nimbadas por la irreal claridad del ocaso, tres pirámides imponentes perfilaron sus nítidos contornos en la orilla Oeste, muy lejos, en la tierra de los muertos según Eonás les había explicado.

-Son las pirámides de tres grandes faraones que reinaron hace mucho, muchísimo tiempo… – les indicó Eonás con voz solemne-. Más de mil años. Y sin embargo, sus tumbas han desafiado al paso del tiempo, sobreviviendo a todo y a todos… Mirad. ¿Veis esa enorme escultura de piedra? La llaman la Gran Esfinge. Puede que en otro tiempo tuviese un nombre propio, pero si fue así se ha perdido en alguno de sus muchos años de existencia… si es que puede decirse de ella que realmente exista.

Sobrecogidos, los muchachos contemplaron aquella fabulosa estatua cuyas patas delanteras parecían de león y, sin embargo, tenía cabeza humana… al menos, en lo que a la forma se refería. Porque incluso a la escasa luz crepuscular, la sensación de grandeza y el terrible poder contenido que emanaba de aquellos rasgos hieráticos no tenían nada de humano… ni siquiera de divino: tanta era su majestuosidad, tal era su esplendor sobrehumano que daba la impresión que hasta los dioses debían inclinarse ante ella, intimidados.

-¿Qué es?- inquirió Aseret en un susurro.

Eonás contempló la Esfinge con el corazón encogido.

-Dicen que representa al Faraón Kha-f-re, cuya pirámide y templo funerario se encuentran un poco más allá, y que por ello lleva el tocado que le es propio a los Reyes de Egipto… pero yo creo que, en realidad, la Esfinge es mucho más que eso. Su rostro no es humano; su fuerza se sobrepone a la divina; su mirada es completamente indescifrable. Me atrevería a decir, queridos sobrinos, que ante vosotros tenéis a la verdadera Guardiana de la Eternidad…

Faltaban diez días para que se cumpliesen cinco meses desde que habían abandonado Troya cuando, por fin, desembarcaron muy cerca de la ciudad de Tebas. Era noche cerrada. Aseret, que a pesar del tiempo transcurrido aún seguía sobrecogida por lo que su tío les había explicado cuando atravesaron el Nilo a la altura de Gizeh, antes de desembarcar en Menfis, no lograba apartar de su memoria el imponente contorno de aquella Gran Esfinge, el coloso de piedra aureolado por la distante silueta de las pirámides y, más allá de ellas, por el último resplandor de aquel nuevo dios desconocido, un dios misterioso que moría cada noche para renacer con el alba y traer la luz a la tierra… Durante el viaje hasta Tebas, tuvo que reconocer que realmente había contemplado lugares muy hermosos: Menfis era una ciudad espléndida, absolutamente cosmopolita y donde confluían viajeros de las más diversas culturas. También le parecieron espectaculares la brillante Heliópolis, el fastuoso complejo de Abidos y la soberbia Dendara, patria de la música y la alegría… Pero nada había podido superar hasta entonces la impresión que le había producido la contemplación de la Esfinge.

Las aguas resplandecían con intensidad de estrella, y toda la tierra exhalaba un delicioso perfume que no fue capaz de identificar, pero que era tan intenso que casi mareaba. De los imponentes templos que flanqueaban las orillas del Nilo se elevaban columnas de incienso, y algunos cánticos suaves se alzaban desde los ocultos santuarios. Aseret cerró los ojos; en aquel mismo instante, supo que le iba a resultar extremadamente difícil resistirse al hechizo del País de las Dos Tierras.

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