El derecho del trabajo en el Antiguo Egipto
Por Félix Alonso Royano
1 abril, 2008
Deir el-Medina, poblado de los trabajadores del Valle de los Reyes. Foto Pilar Ramos.
Modificación: 26 diciembre, 2016
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El concepto moderno del derecho señala que toda obligación dispone de su correspondiente protección por el inherente derecho. Pero igualmente podemos contemplarlo en el Antiguo Egipto. Ciertamente a lo largo de los diversos imperios en que dividimos su historia vemos que subsisten figuras jurídicas que mantienen sus principios sin apenas cambiar su esencia.

El trabajo obligatorio fue la primera manifestación del trabajo como concepto jurídico, dado que el Horus necesitaba realizar importantes obras, tales como la mansión real y su tumba. El súbdito estaba obligado a cumplir los deseos del señor. Pero, a su vez, esa obligación de la prestación de trabajo conllevaba también el derecho de alimentos al trabajador. Se ha hablado mucho de las ingentes cantidades de esclavos que las obras faraónicas necesitaban, sobre todo en las teorías marxistas del esclavismo. Pero independientemente de la pretendida realidad de tal hecho (que sin duda existió, aunque no en las exageradas proporciones que nos quieren hacer ver dichas teorías), lo cierto es que junto a la primaria prestación del trabajo se daba la primaria prestación de alimento. Esto que visto así, parece sencillo, significaba la utilización de una logística muy bien desarrollada ya que de otro modo no se hubiese podido mantener la evolución de un pueblo. Se necesitaba una bien diseñada preparación censal y catastral, lugares apropiados para la habitabilidad de los trabajadores, los auxilios imprescindibles prestados por las mujeres, condimentación de alimentos, preparación de vestidos, cordelajes, etc., diseño y hechura de poblados, aljibes, silos, etc. Todo esto conlleva una administración que, en muchas ocasiones, no nos percatamos de ello y no contemplamos.

De modo que la prestación del trabajo conlleva, y también conllevó allí, la obligación del mismo y su consecuente derecho a la alimentación, vestido y habitabilidad. Si estos tres conceptos: alimentación, vestido y habitabilidad corresponden a nuestro moderno concepto del salario tenemos que decir que sí.

En primer lugar el concepto de salario es multivario: Para la economía política de nuestros días es el precio por el que se vende la fuerza del trabajo, incluyéndose en el salario la remuneración del factor trabajo cuando éste se proporciona por un sujeto dependiente a una empresa, mediante un escrito tácito, verbal ó escrito. Dicho salario[1] es, desde tiempos inmemoriales en especie (y en parte se sigue manteniendo hoy en nuestros actuales códigos, a través de sectores agrícolas, servicios de asistencia social, a través de comedores, asistencia social, guarderías, servicio doméstico, etc.) y dividiéndose después en “especie” y metálico” (cuando se inventa el monetal).

Volviendo a nuestro asunto en el Egipto antiguo existió la prestación del trabajo y su contraprestación a través de la obligación por parte de la administración faraónica de un “salario” ó “emolumento” en especie[2], como no podía ser menos, para la realización del trabajo, porque independientemente de la existencia de trabajadores “forzosos”; es decir esclavos procedentes de guerras, había también trabajadores libres que prestaban su trabajo “a cambio de un salario en especie” para su mantenimiento y el de su familia.

Conocemos por algunos papiros[3] algo sobre los servicios de mano de obra y algunas listas nominativas del Imperio Medio[4], así como algunos grupos profesionales[5] como los canteros, los obreros de la construcción (albañiles, constructores de ladrillos, peones, etc), escultores, pintores, vidrieros ó los operarios navales.

En una carta[6] se dice: “El nomarca ha enviado a vuestro servidor a la fundación para censar a los obreros”. Este censo no era fiscal sino para conocer y disponer de una determinada carga de trabajo profesional. Esta intervención administrativa iba dirigida tanto a los servicios al Horus como a los dominios religiosos ó simplemente privados.

Lo más probable es que en los primeros tiempos la prestación del trabajo fuese obligatoria, a través de la requisa y recluta, y como contraprestación se encontraba la entrega de un salario en especie consistente en alimentación, vestido y cobijo. Aunque apenas disponemos de documentación es fácil suponer que al pueblo llano habría que añadir los trabajadores forzosos y en calidad de esclavos procedentes de guerras de conquista, muchos de ellos asiáticos, a los que habría de añadirse grupos de inmigrantes[7].También habría que contemplar a los temporeros de que nos hablan los P. Reisner y cuya mano de obra se dividía entre las épocas de siembra, laboreo y recogida y la de inactividad que se empleaba para las construcciones oficiales del Horus o de los templos, así la construcción de obra civil en beneficio de la colectividad y que eran designados como “mnyw” ó braceros que citan los P.Kahum.

A pesar de que sabemos de diversos asentamientos de estos grupos de trabajadores, muchos de ellos extranjeros, a través de topónimos, como el campo de los hititas, el de los sirios, el de los shasu, donde mejor podemos informarnos es en Deir el Medina[8], aunque sus habitantes tenían el privilegio de ser funcionarios del Horus y prestar sus servicios en las tumbas de la familia real y los grandes señores, siendo su derecho por la prestación de su trabajo, la contraprestación ó salario en especie consistente en carnes y pescados en fiestas señaladas), agua potable, cerveza, grano, frutas, verduras, combustible, vajilla y vestido para cubrir las necesidades de la familia.

En referencia al sueldo ó “haber” diario (y que se pagaba mensualmente y por adelantado) podemos decir que la media de un trabajador también medio estaba en 10 panes y una medida de cerveza (2,5 jarras), mientras que un especialista muy capacitado podía llegar a 400 panes que podían ser cambiados por otros alimentos, vestidos, mobiliario, etc. Conocemos recibos de salarios como el presente: “Lo que se le dio como retribución por la decoración del sarcófago: tejido de un vestido, hace 3 seniu, 1 saco, hace 1/2 saco de cereales, una estera con manta, hace 1/2 seniu, y un vaso de bronce, hace 1/2 seniu“.

El fenómeno de la negativa a la prestación del trabajo como medida de presión ante la falta de pago del salario ya se produjo en tiempos[9] de Ramsés III, de la XX dinastía, en el poblado de los obreros situado en Deir el Medina. Tenemos documentadas esas huelgas a través de un Papiro conservado en el Museo Egizio de Torino.

Al parecer todo comenzó por el manejo corrupto de los administradores, dirigidos por el Haty de Tebas, que tenían la obligación de distribuir el salario en especie a los trabajadores retardando las entregas y disminuyendo las raciones por más de 20 días. Teniendo en cuenta que la semana egipcia tenía una duración de 10 días de los cuales se trabajaban 8 y se descansaban 2, con una prestación laboral de unas 8 horas diarias, el escaso pago se retrasó por más de 2 semanas laborales. A los 3 ó 4 meses volvió a ocurrir lo mismo y los trabajadores reclamaron su salario que, nuevamente, les fue entregado muy disminuido, por lo que tomaron la determinación de abandonar el trabajo[10] y dirigirse en masa al templo de Thutmose III, en Medinet Habu para hacer valer sus quejas y que fuesen orientadas al Horus expresando que «Tenemos hambre, han pasado dieciocho días de este mes… hemos venido aquí empujados por el hambre y por la sed; no tenemos vestidos, ni aceite, ni pescado, ni legumbres. Escriban esto al Horus, nuestro buen señor, y al Tjaty, nuestro jefe. ¡Que nos den nuestro sustento!». Comenzaron entonces las negociaciones con los sacerdotes del Templo que originaron nuevos paros en el trabajo al no llegar a un acuerdo viable. Pero desconocemos el desenlace, si bien sabemos que aumentaron los robos en las tumbas, lo que nos hace pensar que los obreros se resarcían de la disminución del salario merced al hurto en las tumbas que ellos mismos construían y ponían a punto.

En el ostracón nº 10.663 de Berlín se dice: “Comunico a mi señor que estoy trabajando en las tumbas de los príncipes cuya construcción mi señor me ha encargado. Estoy trabajando bien… No soy en absoluto negligente. Comunico a mi señor que estamos completamente empobrecidos… Se nos ha quitado un saco y medio de cebada para darnos un saco y medio de basura”.

Este medio de presión dados los problemas que se daban con el aprovisionamiento de víveres, continuó con Ramsés IV y hasta Ramsés XI, es decir en toda la época ramésida[11], en que prácticamente desapareció el uso del poblado de Deir el Medina.

Teniendo en cuenta que la protección jurídica empieza en la monarquía egipcia por el Horus, dada la función divina que debe realizar y en muchas titulaturas reales ya se establece un programa de gobierno donde los principios de orden, armonía y justicia, es decir “Maat”, preponderan sobre cualesquier otros. No otra cosa son también los epítetos que se emplean para denominar al Horus: “El que hace surgir la verdad y destruye la mentira”, “El buen dios…”, El buen pastor que cuida su rebaño”, etc. Su figura se encuentra en todas partes y en todos los ánimos: “Él es el protector de quien se recibe el alimento y para el que se trabaja”[12]. La estela del Louvre C, 286, 22-26 expresa: “La fuerza es poseída a su gusto, la abundancia se establece gracias a sus leyes. Los caminos están abiertos y libres. Y las dos regiones están felizmente guiadas. El mal se fue, el acusador (Seth) se alejó. La tierra está en paz bajo su señor. La justicia está bien establecida por su señor. Se vuelve la espalda a la injusticia”.[13]

De modo que, independientemente de las secuencias temporales, la filosofía ética que eso significa denota unos principios que se mantienen a través de los tiempos con el Imperio Antiguo, Medio, Nuevo y posteriores dinastías. El fundamental es la obligación del Horus del mantenimiento de la paz social, así como el cuidado alimenticio, en su más amplia definición. La contrapartida a esa obligación es el derecho del Horus sobre los súbditos que son administrados por la maquinaria administrativa emanada de su potestad. Por eso el súbdito egipcio cree firmemente en la bondadosa justicia emanada del Horus y por derivación directa de éste, del Tjaty. Tenemos varios ejemplos de esto y valga por todos el de Rejmire, en una de cuyas paredes de la tumba se puede leer:

“Yo he juzgado por igual a pobres que a ricos. He protegido al débil del fuerte. He sido opositor de la violencia que emanaba del violento. He reprimido al avaro cuando procedía. He neutralizado al colérico con perseverancia. He convertido la tristeza en consuelo. He defendido a las viudas por su viudez y desamparo. He restablecido en la herencia al hijo y su participación en el haber de su padre. He dado de comer al hambriento, de beber al sediento y todo al que nada tenía He socorrido con el apoyo de mi bastón al anciano y la anciana ha dicho ¡Que buena obra! He odiado la iniquidad y jamás he caído en ella. He castigado cabeza abajo al mentiroso. He sido el vehículo de la palabra justa de Maat ante los dioses. Nadie, ningún otro juez ha dicho de mí ¿Qué ha hecho? Cuando he juzgado causas graves, los contendientes han salido en paz del tribunal. Jamás he pervertido por dádivas a la justicia, ni he sido sordo a las pretensiones del que nada podía ofrecerme. Muy al contrario, jamás he aceptado regalos ni presentes. En mi no se hallará corrupción. ¿Qué es el Horus de las dos tierras. Es un dios por el cual se vive. Es padre y madre de todos los hombres, sólo por sí y ante sí, sin igual”.

El salario-manutención era obligación del Horus y la prestación del trabajo obligación de los súbditos. No solo en las tumbas de reyes, reinas y señores, sino en la erección de templos, fortalezas y palacios, la re-hechura de canales por la inundación, el laboreo de tierras y cuidado de animales de los templos, la prestación de un servicio al ejercito cuando era menester, expediciones a Huadi Hammama, País de Punt, etc. Cada cual tenía su profesión, especialización ó quehacer. Hombres, mujeres y hasta los niños a partir de los 4/6 años.

Así se concibe que con motivo de tales protestas justificadas ante la falta de la prestación del salario-manutención peligrara el equilibrio de Maat y por tanto la vigilancia del Horus en el mantenimiento del equilibrio a fin de evitar la aparición del caos. Y por extensión para llevar el mandato del Horus estaba el Tjati. De modo que Rejmire, en su tumba, dice: “Jamás he pervertido por dádivas a la justicia, ni he sido sordo a las pretensiones del que nada podía ofrecerme”… “He protegido al débil del fuerte”… “He dado de comer al hambriento, de beber al sediento y todo al que nada tenía”. Y recuerda a todo el que quiera escucharle qué es el Horus: “Es un dios – dice- es padre y madre de todos los hombres…”. De modo que el cumplimiento del salario-manutención es la primera y vital obligación del dios. Y los trabajadores de la ciudad de los obreros en Deir el Medina comienzan por dirigirse al templo de Thutmose III en Medinet Habu porque, casi con toda seguridad los sacerdotes y escribas del templo tenían la obligación de canalizar el reparto a través del censo que tenían de los obreros. La corruptela de retrasar y disminuir el pago del salario se hizo bajo la indiferencia o, incluso, participación activa del Haty (Gobernador ó Alcalde del Nomo). Por encima de esa autoridad sólo estaba el Tjaty y por encima de éste, el Horus. Se dio, además la circunstancia de por aquel tiempo en que ocurrieron los hechos, el Tjaty estaba en el delta del Nilo preparando el festival Sed del Horus Ramsés III.

No cabe la menor duda de que el concepto que hoy en día tenemos del derecho del trabajo no tiene nada que ver con la situación laboral (llamémosla así) de aquellas épocas que, a su vez, fueron cambiando con los tiempos. Debemos recordar que la historia del Egipto Antiguo corresponde a un período comprendido entre el 3.500 y el 330 a.C. aprox. el cual, a su vez, tuvo fases de esplendor y de absoluta oscuridad.

Sabemos que el concepto y prestación del trabajo evolucionaron ampliamente del Imperio Antiguo al Nuevo, pues así como en aquel la planificación del riego, urbanización y monumentos necesitaba una numerosa mano de obra que sin duda tenía la característica de servil puesto que todos eran siervos de un único señor, el Horus el trabajo de mano de obra en instituciones de lo que hoy llamaríamos “Estado”, religiosas y, aún, particulares de los grandes señores y funcionarios de alto rango evolucionó a una mayor libertad propia del ejercicio de la voluntad libre de cada obrero a la prestación de su trabajo. Esta sujeción laboral al “superior” le hace preguntarse a mi añorado maestro Théodoridés[14] si aquellos egipcios eran ciudadanos libres cuyas contraprestaciones laborales eran voluntarias ó siendo sujetos dependientes del Horus carecían de cualquier derecho protector.

Más adelante[15] sabemos que existe una elaborada gestión de la prestación laboral que anotan cuidadosamente los funcionarios escribas sobre el trabajo en los campos de cultivo y en las construcciones. Estos trabajadores “de temporada” (“mnyw- hsbw”) están al servicio del “Estado” (Horus). Tampoco debemos olvidar que en el Imperio Medio se da una gran cantidad de mano de obra servil de origen asiático según sabemos por los papiros Kahum y Brooklyn 35.1446.

Sólo con pensar en las empresas faraónicas de dominio sobre los países limítrofes nos darán idea de la necesaria logística que se precisaba: La extracción de piedra en las canteras, los talleres metalúrgicos, fuesen reales, de los templos ó aún particulares, las manufacturas de todo tipo desde armas y equipamiento militar a vestidos y manutención, pasando por la construcción de barcos en astilleros, la reparación de herramientas que se deterioraban y desgastaban en el trabajo. De todo ello tenemos buena información en tumbas y mastabas. De modo que no sólo la economía agraria y ganadera estaba en la base de la prestación de trabajo sino todo lo que conlleva el complejo desarrollo de los bienes de producción exigibles en una sociedad como la egipcia que nos ha dado 3.500 años de desarrollo y que puede considerarse único en el mundo desde que el hombre se hizo humano.

Pero, como no podía ser menos, el egipcio de toda condición social procuraba “evadirse” del trabajo, si no en su vida material, si en la espiritual a través de hacer trabajar a “otro” por él ó en su “representación”. Esta es la misión que tenían los “usabtis”[16]. Trabajar para el dueño de la tumba en las labores que éste debía prestar en el más allá. De modo que la prestación de trabajo estaba absolutamente asumida por todo egipcio, fuese de la condición social y categoría que fuese.

Es harto conocida la “sátira de los oficios”[17] donde se citan algunos de ellos y entre los cuales cabe citar a los herreros y el horno con el que trabajan; el carpintero y su azuela; el joyero y su cincel; el barbero, siempre en busca de clientela; el cortador de cañas, fabricador de flechas, al que comen los mosquitos en el Delta del Nilo; el alfarero cociendo el barro para hacer vasijas; el albañil y el carpintero que construyen para otros y poder llevar un flaco jornal para su familia; el jardinero y el campesino que trabajan de sol a sol; el zapatero curtiendo el cuero, el lavandero en la orilla del Nilo junto a los cocodrilos, el cazador que ha de surtir de aves a los demás; el pescador temiendo al cocodrilo que lo acecha.

Y para no hacer extenso este breve bosquejo sólo indicar que Gardner Wilkinson[18] estudió con detalle la vida cotidiana del antiguo Egipto y cuya lectura nos hará comprender la existencia de la prestación del trabajo más variado y la relación de ese trabajo con la contraprestación salarial.

Este cuento ó “enseñanza” para los que vienen detrás del enseñante y que aprendan lo importante que es aprender a “leer y escribir” a ser escriba, adquiriendo no solamente unos conocimientos, sino un “status” superior a todos estos oficios. En una palabra a “ser lo que hoy llamaríamos un universitario, a tener una carrera -para aquellas épocas- que facilitase a su poseedor a encontrarse situado en una clase privilegiada”


[1] Procedente del latín “salarium” (de sal, ya que en principio se abonaba en parte con sal, necesaria para la conservación alimenticia de carnes y pescados)
[2] Habida cuenta que no existió el monetal hasta los lágidas, aunque si existió el trueque “equivalente” a través de anillos metálicos de cobre “dbn”, plata “^snjw” y oro (deben, chaty, los más comunes), así como otras “medidas monetales” como el seniu, el Herat, medida de cantidad ó el hedy, medida de plata, etc.
[3] P. Brooklyn 35.1146; P.Kahum; los P. Reisner.
[4] jmy-rn.f.
[5] Que desde el Imperio Antiguo se conocían como “los contados” (“hsbv”).
[6] citada por Valbelle, D. “L’Etat et les Institutions En Egypte”. Armand Colin ‘Editeur, Paris. 1992.
[7] Tal es el caso de los hebreos.
[8] Lugar excavado por el francés Bruyére y el checo Cerny entre 1941 y 1951, encontrándose valiosos datos escritos en ostracas y un papiro que está en Torino y se supone escrito por el escriba Amennakht. La aldea tenia 70 casas donde se supone vivían unos 120 trabajadores y sus familias.
[9] 1.165 a.C.
[10] “Día 10 del segundo mes de Peret del año 29, los trabajadores traspasaron el muro –dice el papiro- de la necrópolis….
[11] En ese tiempo de decadencia se fueron descubriendo robos en algunas tumbas que originaron diversos procesos penales de que nos hablan los papiros Abbot, Leopold y Anherst.
[12] Donadoni S. et alli.- “El hombre egipcio” (cap. X escrito por Hornung, E. Pág. 312.
[13] La traducción de la estela está hecha por Moret, A. en BIFAO XXX. Pág. 747.
[14] Théodoridés, A.- “Les égiptiens anciens “citoyes” ou “sujets de Pharaon”?. RIDA 20, 1973 (págs. 51 á 112).
[15] XII dinastía. Vid. P. Reisner. Una idea comparativa nos la darían, en el tiempo el barrio obrero de Hetepsenuseret y el de Deir el Medina.
[16] Vid. mi trabajo “WS.B (Usabais) publicado en Espacio, Tiempo y Forma (Revista de la Fctad de Geografía e Historia. Historia Antigua. Serie II, nº 12. UNED. Madrid, 1.999.
[17] Que procediendo de la XII dinastía, tenemos copias de la XVIII y XIX. De las diversas traducciones existentes, una de las más fiables es la de Brunner : “Die lebre des cheti. Sobnes des duauf”. Gluckstandt 1944. En español he seguido la de Serrano Delgado, J.M.- “Textos para la historia antigua de Egipto”. Ediciones Cátedra, Madrid 1993.
[18] Gardner Wlkinson, J.- “Los antiguos egipcios su vida y costumbres”. Lepsius. Valencia 1992.

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