El conflicto del Faraón
Por Joanna Escuder
Creación: 16 noviembre, 2005
Modificación: 12 febrero, 2017
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La escuadra de caza del Faraón, bañados en sudor a causa de la alta temperatura que estaban soportando y el fatigoso trabajo de cargar con gran cantidad de flechas, arcos y otros enseres, ultimaron los preparativos en el momento oportuno en que Tutmosis, adecuadamente vestido, se acercaba a ellos con semblante satisfecho.

Aún habiendo madrugado como lo había hecho, no se libró del inoportuno sol matutino el cual le disgustaba bastante. Hacía pocos días que su médico le había dado permiso para que poco a poco volviera a hacer una vida normal, algo más sana que la que estaba llevando en los últimos tiempos, a causa de lo cual había estado postrado en cama durante varios meses.

Hoy se encontraba perfectamente aunque el día no acompañara con su excesiva luminosidad y abrasante calor, situación que le contagiaba una terrible fatiga a cada movimiento. Tenía que reconocer, no obstante,  que aquella claridad intensa que invadía el paisaje, le otorgaba un toque hermoso.

– Majestad, – gritó su mozo principal de escuadra, Dyenedy – vuestro caballo está listo y nosotros también, cuando dispongáis partimos.

– Vamos entonces – les ordenó -. Estoy ansioso por volver a disparar mi arco, no quiero que se agarrote y tenga que sustituirlo por otro, este siempre me ha dado muy buena suerte. Tengo ganas de ver los cestos repletos de liebres, ocas, gansos y codornices. Quiero aprovechar el día al máximo, si consigo aguantar, no regresaremos hasta el anochecer. Temo que el exigente de Sedyem no me permita realizar estas salidas a menudo a partir de ahora – refunfuñó, algo irritado consigo mismo.

Era consciente de que la edad comenzaba a hacer mella en sus facultades y de que su médico real sufría por sus continuos abusos y su despreocupación respecto a su precaria salud. ¿Quién pudiera volver atrás?. Sus inolvidables años de juventud. Su inagotable energía y sobre todo su irrefrenable pasión por las mujeres.

Mientras cabalgaba con suma tranquilidad, rememoraba con un deje de ternura y nostalgia a la vez, los momentos felices de su vida, allá en los inicios cuando comenzó a formar su familia. Quien fuera su esposa secundaria Mutneferet, insaciable Dama de ojos grandes y grises, le había dado dos hijos, Imenmés, el mayor y Uadjmés de salud débil y quebradiza. Una buena familia, aunque nada comparable con su inmejorable esposa principal y su preciada hija. Nunca conoció mujer más atractiva que Ahmés. Recordaba perfectamente el día que se enamoró de ella, fue durante la celebración de la fiesta de Opet. Su sencillez, su belleza y recato le cautivaron. No tardó en convertirla en su esposa real, a la que respetó siempre dentro de su condición de Primera Dama. Para el placer disponía de innumerables doncellas, pero para el amor tenía siempre a su lado a su dulce mujer quien nunca tuvo un mal comentario, ni tan siquiera una recelosa mirada en toda su vida matrimonial. Recordaba a la perfección el día que dio a luz a su primera hija, sin lugar a dudas, su preferida. Un bebé precioso de un codo aproximadamente de altura, con una carita singular, encantadora y llena de nobleza. Ahmés había exclamado al verla: ¡Hat-Shepesut!, lo que significa “Está a la cabeza de las Nobles Damas”. No pudo ser más acertado el comentario.

Era un deseo ferviente el que su sucesor fuera digno del celestial cargo como Hijo de Dios. Para ello y sin duda alguna debía ser descendiente de su esposa Ahmés, quien ostentaba una clase social dentro de la nobleza mucho más elevada que su otra esposa Mutneferet. Con el nacimiento de su hija, sus expectativas no se veían cumplidas por el momento. Sus dos primeros hijos Imenmés y Uadjmés no gozaban de las cualidades suficientes para otorgarles un mínimo de confianza. Mientras la bendecida Hatshepsut crecía ajena al conflicto de su padre por la sucesión al trono, Mutneferet dio a luz su tercer hijo varón Tutmosis, un niño al que rápidamente se le notó su bajo nivel intelectual y en consecuencia su bajo sentido de la responsabilidad, cualidad indispensable para el futuro Faraón de Kemet. Cuando su pequeña contaba con tan sólo cuatro años, su esposa principal parió a su segunda hija, la tierna y delicada Neferubity, compañera de juegos de su hermana. Aquel inesperado desenlace al embarazo de Ahmés, trastornó nuevamente sus planes. El conflicto por la sucesión al Trono de Amón seguía abierto al no conseguir ese anhelado varón.

– Majestad, ¿le parece bien que paremos aquí? – le sugirió su portador de armas, obligándole a dejar momentáneamente sus remembranzas.

– Si, de acuerdo, este lugar es perfecto. Nos apearemos aquí mismo. Ayudadme a bajar – les ordenó a su pesar. No le hacía ninguna gracia sentirse incapacitado para algo tan sencillo como era apearse de su viejo caballo, al que estimaba casi tanto como a sus hijos.

Se habían detenido en un espeso paisaje de vegetación variada. Al silencio de la mañana se le acoplaba claramente el inconfundible graznido de sus aves preferidas. Su estupenda cocinera Neset, de una forma exquisita, las guisaba como nadie. Ése era otro de sus defectos, la gula. En la comida veía su segunda fuente de placer, después, claro está, del sexo. Su voluminoso aspecto lo había conseguido a base de saciarse con las exquisiteces que con esmero preparaba Neset para su disfrute. ¿Cuantas veces había intentado Sedyem ponerle a dieta?. Nunca lo consiguió. ¡Que insulsa resultaría la vida sin unas buenas viandas!. Como aquellas legumbres guisadas con su cebolla, sus ajos, su comino y su perejil picado, para continuar con unas aromáticas codornices rellenas de carne picada, guisadas con cebollas y cilantro, todo ello bañado por un magnífico caldo de uvas procedente de Siria. Y para rematar la velada, que mejor que concluir con unas estupendas galletas de dátiles rebozadas en miel perfumada. Entre plato y plato y también entre comidas acostumbraba a ingerir incontables jarras de dorada cerveza que dejaban su estómago a punto de estallar. Desde que Sedyem le advirtiera del peligro de seguir engordando, diez pequeñas jarras de cerveza repartidas durante toda la jornada, eran la máxima dosis permitida. Aunque se lo ocultaban, él sabía perfectamente que su médico había dado instrucciones precisas a  Neset para modificar su alimentación, pues últimamente las cantidades en los platos se habían reducido y completado con infinidad de verduras, que aborrecía.

Si pretendía ser sincero consigo mismo, debía reconocer que todos estos excesos le estaban torturando de alguna manera. Se sentía más pesado que de costumbre y como consecuencia, en pocos años, había perdido su porte atlético, pero lo que más le preocupaba era aquel cansancio constante del que no se recuperaba nunca, incluso recién levantado de una larga noche o de una pequeña siesta bajo el sicomoro de Palacio. Siempre se sentía agotado y abatido. Le parecía increíble sentirse así, después de haber participado en incontable batallas y contiendas y haber regresado sano y salvo de todas ellas, luchando enfebrecidamente como cualquiera de los soldados que formaban su magnífico ejército. Algo de lo que se enorgullecía cada día de su vida. Reconocía ante todo, que aquellas victorias se debían en su mayor parte, no sólo a la esencial ayuda de Montu, sino también a la de su gran amigo Ahmés Pen-Nejbet, soldado experimentado, tremendamente valeroso y sobre todo, fiel a la Corona. No dudó en nombrarlo tutor de su hija Hatshepsut, quien tuvo la oportunidad de ampliar conocimientos mediante las lecciones que su maestro le impartía todos los días.

Llevaban ya un largo rato caminando mientras disfrutaban de la naturaleza y al tiempo escrutaban una fácil presa. El cambio de posición del disco solar les indicó que debía estar próximo el mediodía. Mientras la fatiga no cesaba de embargarle, redujo la marcha con el fin de escuchar con atención y poder localizar una nueva pieza. Sobre su cabeza acertó a oír el movimiento del ramaje y la silueta del ave agazapada sobre el árbol. Preparó sigilosamente su arma, y disparó con tiro certero. Primero se apreció un leve aletear y a continuación un golpe seco sobre el suelo ardiente. Se acercó el mozo a recoger el magnífico ejemplar, colocándolo en la cesta junto a la decena restante.

– Majestad, – le inquirió el muchacho – entre todos ya sobrepasamos un total de 30 piezas, entre codornices, tórtolas y grullas, más un par de faisanes, tres gansos, una liebre y seis ocas. ¿Deseáis continuar o preferís regresar si os encontráis cansado? – preguntó con diplomacia, sin voluntad de ofender al más grande.

– No se te ocurra ni nombrar el regreso a hora tan temprana. Estoy perfectamente, tanto que voy a ir a por alguna pieza mayor. – Y señalando hacia el este con frágil tenacidad, ordenó a sus acompañantes siguieran sus pasos -. Nos adentraremos en aquel páramo a ver qué suerte encontramos.

Sin disimulada dificultad, montó a lomos de su fiel caballo y cabalgó hacia el lugar disfrutando al máximo de todo lo que la naturaleza le ofrecía. En esos instantes de absoluta conexión con la tierra y el aire, le llegaron los recuerdos de sus numerosas cacerías por diferentes países donde exuberantes animales desconocidos en Kemet habitaban extensiones incontables. Recordó especialmente los elefantes que capturó durante una expedición a Asia, donde después de reprimir los disturbios que se sucedieron en el Retenu, se atrevió a adentrarse en el país de Naharina, donde elefantes y poderosos felinos convivían en manadas.

Qué lastima que Hatshepsut no haya podido acompañarme – pensó melancólico -. Entendía que su hija estuviera demasiado ocupada con sus obligaciones ante el gobierno. Pero no podía dejar de añorar los años en los que a su apreciada Hatshepsut le encantaba unirse a él los días de caza y entre chanzas y algarabías, provocarle para ver cual de los dos llevaba mayor número de ejemplares o quién conseguía el de mayor tamaño. Sólo por ver cómo se le iluminaba el rostro cada vez que atinaba en su disparo, ordenaba a sus hombres desviaran el trayecto de sus flechas, dejando que fuera ella la que hiciera diana. Desde bien pequeña su hija lloraba cada vez que veía a su padre partir de caza sin permiso para seguirle. Cuando dejó su condición de niña, el diestro mozo de armas por orden suya, la instruyó adecuadamente en el difícil arte del atino. Todos sabían que no era precisamente a la joven a quien deberían estar instruyendo, sino al pequeño Tutmosis, quien debería suceder algún día a su padre en el Trono Real de acuerdo con los cánones establecidos. Pero éste era un chico complicado, ninguno de sus súbditos logró convencerle jamás para que procurase determinados conocimientos antes de que llegase el día de la sucesión, odiaba leer, escribir o simplemente ser disciplinado y diplomático, cualidades que su cargo requeriría algún día. Por éste y otro cúmulo de motivos, cierto día confesó a su hija la ilusión que representaría para él que fuese ella la que ocupase su puesto y no Tutmosis el incorregible. A su hijo Inmenmés, de espíritu guerrero, le había otorgado el título honorífico de general del ejército. En cuanto a Uadjmés, no tenía planes de futuro para él, pues siempre había creído que vivía en un mundo aparte, incluso ni los más prestigiosos magos a los que consultó, le supieron decir si su hijo estaba cuerdo, continuamente se refería a extrañas visiones y mensajes que le llegaban desde el Más Allá. Siempre que sus pensamientos se topaban con aquel dilema de la sucesión, su corazón se aceleraba imparable, acongojado por imaginar el futuro del país bajo el mando de su incapacitado hijo Tutmosis.

Una noche, sin tan siquiera notificarlo a sus asesores legales, tomó una meditada decisión. Había ocurrido algo durante la vigilia que le había acabado de convencer por completo y en consecuencia evadido sus profundas dudas.

– La pondré en mi lugar – declaró, después de que una revelación celestial corraborara sus intenciones.

El principal problema ahora estribaba en que necesitaría de todo el apoyo del Sacerdocio. Sin un amago de duda, esa misma madrugada del día 29 del segundo mes de Peret, en el año dos,pidió a su hija que le acompañara al Templo del Dios Amón en Karnak. Mientras los sacerdotes entonaban las oportunas plegarias, penetraron juntos en la sagrada capilla.

Siguiendo el ritual descubrió al Dios y éste le habló:

– Adelante, esperaba vuestra presencia – le había dicho mientras el Soberano y su hija presentaban sus respetos a Amón.

Éste continuó diciendo:

– Deja que sea siempre tu corazón quien te guíe. Escúchalo atentamente y nunca te quedaran remordimientos por haber obrado injustamente – fue éste su mensaje. El mismísimo Dios Amón, su Padre,  acababa de dar apoyo a sus intenciones.

Abandonaron la capilla y en presencia del Gran Sacerdote y de sus abnegados discípulos Tutmosis-Aajeperkaré informó de lo acaecido y de su inamovible decisión.

Estas y no otras fueron sus palabras:

“Ésta es mi hija, Khnemet-Amón Hatshepsut, que viva muchos años. La nombro mi sucesora. Ella será quien estará en el Trono. Ciertamente, será ella quien se sentará en el Trono Celestial. Promulgará los decretos a la gente de todos los departamentos de palacio. Ciertamente, ella es quien os guiará. Obedeced sus palabras, reuníos cuando lo ordene…porque ella es vuestro Dios, la hija de un Dios”.

Sus recuerdos continuaron elevándose a circunstancias pasadas en imágenes perfectas llenas de color y sentidos. No se arrepentía lo más mínimo de haber confiado en la inteligencia y astucia de Hatshepsut, atributos indispensables para portar un país como Kemet, que era acechado constantemente por el enemigo, quien envidiaba sus riquezas y su sabiduría. Hatshepsut dominaba como nadie la estrategia y la diplomacia, era hábil negociadora y mejor si cabe como líder de masas. Facultades todas ellas, más propias del sexo contrario, pero que en cambio habían florecido en su hija con total naturalidad y fuerza. Era cierto también, que bajo aquella mente y alma masculina se adivinaba un bello cuerpo de mujer, de finas facciones, bellos ojos oscuros y perfil sereno, en definitiva un encanto de los pies a la cabeza.

Solicitó un breve receso para descansar, aturdido por sus pensamientos y por una oleada de nostalgia sin precedentes. Ahora sí que se sentía extenuado, percibió el agotamiento de su mente, de sus extremidades, de todo su cuerpo, aquellos recuerdos pesaban demasiado para las pocas fuerzas que le quedaban. Pensó que quizás estuviera llegando su fin. No temía la muerte, igual que no había temido la vida. El juicio de Maat sería implacable, lo superaría sin dificultad, estaba seguro de haber obrado correctamente durante toda su vida.

Ni el trotar de su caballo impidió que se le entornaran los ojos mientras se le humedecían por la emoción. Acudió a su mente de repente el mensaje que trasladó a su adolescente hija, destacando sus facultades divinas:

Su Majestad se ha transformado, ha crecido mucho y verla es más hermoso que cualquier otra cosa. Su apariencia es la de una divinidad; su comportamiento es el de una divinidad; su modo de realizar los ritos es el de una divinidad, su fulgor es el de una divinidad. Te has convertido en una perfecta muchacha floreciente.

Incluso con los ojos cerrados podía ver a la perfección la imagen de Hatshepsut durante esa época de preparación al Trono. Repentinamente, sintió una punzada aguda en el costado izquierdo. Su mozo de escuadra se acercó al escuchar el leve lamento que emitió el Faraón, cuya palidez denotaba su mal estar.

– Estoy bien, no me ocurre nada, es sólo cansancio. Prosigamos – ordenó, contundente.

Aún quedaba un largo trecho hasta alcanzar la llanura donde podría disfrutar capturando algún espectacular buey o una pequeña y tierna gacela con el fin de que Neset pudiera deleitarlos con un buen banquete.

Fue en Menfis, donde residió con su hija durante una larga temporada, quizás la mejor de las épocas vividas en familia. Allí tuvo ocasión no solamente de instruir a Hatshepsut, sino también de disfrutar de su compañía y de la de su bella mujer Ahmés. Una mueca de tristeza se dibujó en su rostro al recordar el fallecimiento tan temprano de su pequeña Neferubity. Rememoró, sin embargo, los largos paseos e incansables charlas en torno a los problemas de gestionar el gobierno, a las dificultades propias derivadas de los conflictos con otros territorios vecinos, a los diferentes organismos y templos religiosos dedicados a las deidades y sobre todo, a las necesidades del pueblo que habitaba las Dos Tierras. Durante estas importantes jornadas, había decidido acudir con su hija Hatshepsut a visitar las principales ciudades santas. Fue un peregrinaje de significativa importancia para quien debería ser la futura Reina. Habló con su Madre la Diosa Hathor, habló con su Padre el Dios Amón, con Montu, con Khnum, con todas las emanaciones divinas de Uaset y todos los Dioses del Sur y del Norte. Dejando para el último día de peregrinación la visita al Dios Atum.

Recordaba a la perfección las palabras con las que el Dios acogió a la Princesa:

Te entrego la parte de Horus y la parte de Set. Te doy la herencia de Geb, la función de Atum, las armas de los Dos Señores, en la alegría. Te concedo que guíes todas las llanuras y todas las montañas.

Tuvo, ciertamente serias dificultades con su hijo Imenmés a quien tuvo que retirar de la vida pública de palacio, obligándole a participar únicamente en cuestiones estrictamente militares, alejándolo así de cualquier propósito de sucesión que pudiera acaecer, encontrándose continuamente fuera de las fronteras y ajeno a lo que ocurría en el seno de la familia. Todo ello, no sin la insistente presión que ejercía el entorno de su segunda esposa Mutneferet que liderados por ella misma, no estaban dispuestos creer que sus tres hijos eran indignos para el Trono Real.

A la presión de Mutneferet y su entorno se sumó una gran parte del sacerdocio y una buena parte de los ciudadanos más conservadores y tradicionalistas que no veían con buenos ojos a una mujer como dirigente. Todos ellos habían dudado sin pruebas ni argumentos de la fiabilidad del oráculo divino. Aquellos hechos provocaron que tuviera que buscar una estrategia para que Hatshepsut alcanzara la corona prometida.

Avistó a lo lejos la inmensa extensión por la que un grupo de gacelas paseaban ajenas a lo que se les avecinaba. Por si fuera poca su angustia, unos momentos antes, le había comenzado a subir un pequeño hormigueo por el brazo izquierdo que se hacía cada vez más persistente y contínuo. Dudó antes de apearse, por un instante creyó que iba a desmayarse, intentó respirar hondo pero entonces el pinchazo en el costado le cortó la respiración de golpe. Intentó sobreponerse. El bueno y servicial de Dyenedy había acudido en su ayuda, obviando sus órdenes. Aquel intenso dolor le iba a impedir disparar con precisión sobre alguno de los magníficos ejemplares que acababan de pasar por delante de sus narices. Expectoró fuertemente, perdiendo todo control de su cuerpo. Dyenedy alertó a sus compañeros para que le ayudaran. Se necesitaron seis hombres para descabalgar al Rey y acomodarlo sobre la cálida tierra.

– Mirad de atrapadlas vosotros, – balbuceó señalando en dirección a la manada, mientras se acabó de desplomar pesadamente -. De nuevo, un terrible pinchazo recorrió su pecho como si un afilado cuchillo se hubiese instalado en su corazón.

Notó como alguien le colocaba un barullo de ropa bajo su cabeza a modo de almohada. No identificó al hombre, pero se lo agradeció enormemente. Era tan intenso el dolor que creyó sucumbir al sueño, su preciosa hija Hatshepsut que ya contaba 18 años acababa de contraer matrimonio con el precario de su hijo Tutmosis, el segundo con este nombre. Ese tuvo que ser el acuerdo al que llegaran para contentar a todas las partes. Su hija ostentaba ahora el título de Gran Esposa Real. Lloró para sus adentros, algo le decía que el oráculo se cumpliría y que finalmente Hatshepsut ostentaría el poder de las Dos Tierras. Fue quizás una visión que tuvo, el recuerdo de una revelación, se sentía aturdido, pero aquel hecho lo tenía muy claro. Su hija un día u otro, se convertiría en Faraón.

Fue una nueva sorpresa el que a Hatshepsut le ocurriera lo mismo que a su madre Ahmés y diera a luz una niña, Neferuré. Aquel hecho provocó que decidiera gobernar en corregencia con su hijo y de este modo acercar aún más al Trono a Hatshepsut.

Escuchó en la lejanía las habladurías y los rezos de sus compañeros que debían estar implorando a su vera en lugar de ir tras la manada de gacelas. Que cuadrilla de estúpidos. En cuanto recuperase las fuerzas les advertiría de su incompetencia.

Alguien había acudido en busca de médico real, Sedyem. No entendía porque, él no necesitaba ningún médico ni de ninguna magia o hechizo, simplemente necesitaba descansar, en unos instantes se recuperaría y volvería a subir a su caballo. Anocheció, le pareció sentir algo de frío. Le comentó a Dyenedy que lo abrigara con su manta. Dyenedy parecía no escucharle, pues hacía caso omiso a su petición. Notó una repentina ligereza en su cuerpo. Ausencia absoluta de dolor. Disfrutó del silencio y de la paz que percibía y que lo rodeaba por todas partes. Se incorporó y comenzó a caminar. Localizó rápidamente a su fiel caballo, subió a su grupa y sin pensarlo se dirigieron juntos rumbo a las afueras de Uaset.

Dyenedy y el resto de la cuadrilla del Faraón quedaron estupefactos. El caballo de Tutmosis I cabalgaba en solitario alejándose del lugar, mientras el joven Amset advirtió a sus compañeros que la cabeza del Tutmosis acababa de resbalar sobre el casual cojín.

– Coged los mejores caballos y corred, – ordenó Dyenedy -. Necesitamos un carro y una litera. No hay tiempo que perder. Traed a Sedyem ahora mismo. Vamos, – urgió, aún cuando su interior le decía que no había nada que hacer.

No pudo evitar arrodillarse ante el gran Tutmosis. Con suma delicadeza, levantó sus párpados que dejaron entrever el blanco de sus ojos para comprobar su estado de consciencia. Suspiró.

De su rostro resbalaron frías gotas de sudor que le cegaron la vista y un breve estremecimiento recorrió su cuerpo, cuando después de mucho insistir no logró encontrar pulso. Levantándose con violencia, ordenó a los curiosos que se arremolinaban se apartasen para dejar que el Soberano tomara aire en caso de que aún pudiese necesitarlo.

Una eternidad tardó en acudir Sedyem que se acercó a ellos con pasos inseguros reconociendo la gravedad de la situación desde la distancia. Hurgó presto el médico bajo el potente mentón para intentar adivinar el sacudir de la sangre por sus venas, que le demostraría que en aquel cuerpo inerte aún quedaba un resquicio de vida. Sus manos heladas por el pavor que le estaba azotando, buscaron un largo instante sin conseguirlo. Miró a su amigo Dyenedy. Invadidos por una repentina amargura, lentamente se irguieron. Observaron como las tensas extremidades de los testigos quedaban paralizadas bajo sus miradas.

Más de una docena de ojos escrutaban expectantes, seguros de lo que estaban a punto de oír.

Por fin Sedyem habló:

– Caballeros, lamento comunicarles que nuestro venerado Hijo de Amón, Faraón de Kemet, de nombre Tutmosis-Aajeperkaré, ha muerto – certificó.

Aquel amanecer un madrugador pastor observó a escasa distancia como un viejo caballo se dirigía a las entrañas del wadi, justo al sur de un macizo rocoso dominado por la montaña. El avejentado caballo parecía buscar algo en el escarpado acantilado de difícil acceso. No entendía que hacía allí dicho ejemplar, pues aunque no portaba jinete alguno, parecía que sus riendas fuesen dirigidas a un lugar concreto. De repente el animal se detuvo ante una falla sita en la pared que parecía penetrar hasta el interior de la montaña. El atrofiado caballo permaneció en el lugar noches y días, sin consumir alimento alguno, abandonado a su destino. Hasta que llegó el momento en el que su alma pudo penetrar en la sepultura que albergaba a su dueño, para así unirse a él definitivamente.

Ineni, el arquitecto real sentenció durante los actos funerarios:

Habiendo pasado su vida en paz, el Rey partió hacia el cielo, habiendo concluido sus años con dulzura de corazón.

Kemet lloró durante días, semanas, meses… quizás años…

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