El concepto de Creación en la Teología Menfita
Por Carlos Blanco
13 mayo, 2004
Modificación: 10 enero, 2017
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Aproximación preliminar a una hermenéutica comparativa entre la cosmogonía egipcia y el relato bíblico del Génesis
 

En el presente trabajo trataremos de mostrar que el relato bíblico de la creación guarda una estrecha relación con la denominada “teología menfita”, desarrollada en el contexto del Reino Antiguo egipcio, más intensa si cabe que con otras fuentes del Cercano Oriente (en particular, el mito de Enuma Elis, la epopeya de Gilgamesh o el mito de Inuma Ilu) a los que se les ha venido prestando mayor atención, por la vinculación que el texto egipcio ofrece entre creación y palabra. Esbozaremos una reflexión sobre la noción gnóstica de creación.

The aim of this paper is to show that the creation tale in the Bible keeps a close relation with the so called “Memphite theology”, developed in the context of the Egyptian Old Kingdom; stronger than other sources from the Near East (such as the Enuma Elis myth, the Gilgamesh story or the Inuma Ilu myth) to which more attention has been payed, on account of the link that the Egyptian text establishes between creation and word. We will also consider the Gnostic concept of creation.

Grabado de la creación del hombre de una historia de la Biblia publicada en París por Chez Guillaume le Be año 1660

Grabado de la creación del hombre de una historia de la Biblia publicada en París por Chez Guillaume le Be año 1660

De las tres cosmogonías que más influjo tuvieron en la idiosincrasia religiosa del antiguo Egipto, destaca la denominada teología menfita por presentar la temática de la “creación” y de la soberanía del dios Ptah por encima del resto de deidades como centros de su discurso[1]. En el presente trabajo trataremos de esbozar una hermenéutica preliminar que ponga de relieve las analogías existentes entre la noción menfita de “creación” y el concepto bíblico, e intuimos que si esta investigación se prolongase al estudio de las grandes cosmogonías del mundo antiguo (desde la India hasta Mesoamérica) mostraría la vigencia de una constante cultural (la de “creación” en el marco de la soberanía divina sobre todas las cosas) que, lejos de haberse dado exclusivamente en la tradición semítica, ha estado en la base de otras civilizaciones, si bien la temática de la creación por la palabra se circunscribe preferentemente al ámbito egipcio y hebreo.

La teología menfita

Lo que nos ha llegado de la denominada “teología menfita” se encuentra recogido en la piedra de Shabaka (British Museum No. 498), mole rectangular de granito negro de 92×137 cm de magnitud. El texto que contiene se distribuye en series de dos líneas horizontales y sesenta y dos columnas que comienzan por el lado izquierdo[2]. Aunque el texto que conservamos data del reinado de Shabaka (monarca de la vigésimo quinta dinastía, hacia el 710 a.C.), el mismo Shabaka relata al comienzo que se vio obligado a copiar un texto más antiguo que se hallaba en un estado de avanzada descomposición. Por los numerosos arcaísmos y las analogías retóricas con los Textos de las Pirámides, puede situarse en el Reino Antiguo, aunque sea difícil ofrecer una datación más precisa.

El texto en cuestión es como sigue:

Geb, la tierra, ordenó a la Enéada que se reuniera en asamblea. Al principio, Geb propuso poner fin a la guerra entre Horus y Seth, dividiendo Egipto entre ellos en dos partes iguales. Horus gobernaría sobre el Bajo Egipto en el norte y Seth gobernaría sobre el Alto Egipto en el sur. Después, Geb propuso que el país de Horus tendría que gobernar sobre el país de Seth y que Horus, hijo de Osiris, tendría que unir el Alto y el Bajo Egipto en un solo país. Por lo tanto, Osiris franqueó triunfante las puertas de la muerte para gobernar el país de los muertos y su hijo Horus se sentó triunfante sobre el trono del Alto y el Bajo Egipto en el país de los vivos. Luego Isis y Nephtis propusieron que Horus y Seth pusieran fin a sus guerras y se hicieran hermanos.

Ptah dio vida a todos los miembros de la Enéada y al alma [ka] de cada uno de ellos. Cada uno vino a la existencia a través de los pensamientos de su corazón y las palabras de su lengua. Horus y Thoth surgieron de los pensamientos del corazón de Ptah y de las palabras de la lengua de Ptah. Los pensamientos del corazón de Ptah y las palabras de la lengua de Ptah guían todos los pensamientos y todas las palabras de la Ennéada, todos los pensamientos y las palabras de los humanos, y toda la vida. Ptah crea la Ennéada sólo con dientes y labios. Atum tiene que crear con manos y semen. Atum tuvo que masturbarse para producir la Ennéada. Ptah sólo tuvo que hablar y la Ennéada vino a la existencia. Ptah pronunció los nombres de Shu, el viento, y Tefnut, la lluvia, que dieron a  luz a Geb, la tierra, y a Nut, el cielo. Al igual que todos los sentidos de la vista, del oído y del gusto informan al corazón, y la lengua dice lo que el corazón desea, así también todos los miembros de la Ennéada vinieron a la existencia […] según los pensamientos del corazón de Ptah y las palabras de la lengua de Ptah […]

Según los pensamientos del corazón de Ptah y las palabras de la lengua de Ptah, los inocentes son liberados y los culpables son castigados, se concede la vida a los puros de corazón y la muerte a los necios. Según los pensamientos del corazón de Ptah y las palabras de la lengua de Ptah, aparecieron todas las artes, fueron creadas todas las profesiones. Ptah es el creador de todo y el gobernante de la Ennéada. Ptah dio vida a la Ennéada y de Ptah proceden todas las cosas. Ptah gobierna sobre la Ennéada. Después de hacer estas cosas, Ptah se sintió satisfecho de su trabajo”[3]

Las similitudes con el relato bíblico de la creación no se limitan a la afirmación de la soberanía de la Divinidad, sino al modo en que confiere existencia a los demás seres. Ptah crea por la palabra: “sólo tuvo que hablar”. La temática de la palabra, que reaparecerá en el prólogo de San Juan (probablemente muy influido por un ambiente gnóstico), no es por tanto exclusiva de la idiosincrasia hebrea, sino que ya en el antiguo Egipto, al menos en la cosmogonía menfita (y en oposición a la cosmogonía heliopolitana, contenida en los Textos de las Pirámides y, con posterioridad, en los Textos de los sarcófagos, que sostienen que el auténtico demiurgo fue el dios Atum, y que los medios que empleó fueron “manos y semen”), el valor de la palabra como fuerza creadora había sido atisbado. La frase “todos los miembros  de la Ennéada vinieron a la existencia según los pensamientos del corazón de Ptah y las palabras de la lengua de Ptah” es clarificadora en este sentido: el autor establece una interesante analogía entre el poder del corazón (el núcleo del individuo para los egipcios), ya que para los egipcios, la acción moral, la personalidad misma, la capacidad de ejercitar lo bueno o lo malo, residían en el corazón. El corazón era el correlato terrestre de la Maat, de la verdad y justicia celestiales[4], por lo que ya en Egipto encontramos un desarrollo notable de la praxis moral como responsabilidad del individuo, de su h3ty (corazón, por lo general sinónimo del término ib), que posteriormente sería juzgado conforme al patrón universal de justicia y de bondad, la pluma (M3ct) del equilibrio y del orden que se sobrepuso en el momento de la creación sobre el caos (Nun), similar a la noción griega de cosmos como totalidad armoniosa y muy acorde con la noción egipcia de eternidad cíclica (nhh) y de estabilidad duradera (dt), de invariabilidad aun dentro de la mutabilidad[5]. “Maat es, por tanto, a la vez el orden del Universo y la ética que consiste en actuar, en toda circunstancia, de acuerdo con la conciencia que se tiene de este orden universal”[6]. Para un egipcio no había contradicción entre el orden cósmico y el orden moral (entre “el Cielo estrellado sobre mí y la ley moral en mí”, que diríamos usando la feliz expresión de Kant).

Ptah crea por la palabra, que procede del corazón, y crea a todos los dioses, también a Horus y a Thoth (personificación egipcia de la sabiduría, de la escritura y del lenguaje). Los “pensamientos del corazón”, los deseos de Ptah, que se manifiestan en las palabras de su lengua, crean la Ennéada, el conjunto de los dioses. Le basta la palabra, “los dientes y los labios”, la boca por la que emana su aliento vital, para dar forma a las deidades. Pronunciando sus nombres surgen el viento, la lluvia… Las analogías con el relato del Génesis son estrechísimas: “Y llamó Dios a lo seco, Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares” (Gn 1,10), donde nuevamente aparece la dualidad inicial de elementos entre lo seco y lo húmedo, que para los egipcios personificaban los dioses Shu y Tefnut. A diferencia del relato bíblico, en la cosmogonía menfita la Tierra y el Cielo surgen a partir de lo seco y de lo húmedo (Geb y Nut como deidades filiales de Shu y Tefnut), mientras que en la Biblia, Cielo y Tierra son las primeras entidades creadas por Dios. En el párrafo siguiente se produce la “concentración teológica” definitiva en torno a la figura de Ptah como divinidad soberana: Ptah desea, y con su deseo crea; Ptah libera y castiga; de Ptah proceden todas las cosas y todos los dioses.

Notable es la semejanza entre “Ptah se sintió satisfecho de su trabajo” y el bíblico “vio Dios que era bueno”, que aparece por primera vez en relación con la creación de la luz: “Y vio Dios que era buena” (Gn 1,4) (wa ire elohim et-hor ki-tob). En la cosmogonía menfita, la satisfacción de Ptah no es gratuita: dicha satisfacción expresa la reconciliación final entre los opuestos, que ahora se concebirán como complementarios. En Ptah se integran las dos tierras (el Alto y el Bajo Egipto, las t3wy, que serán una constante en toda la historia de Egipto: el monarca tendrá entre sus títulos el de nb t3wy, Señor de las Dos Tierras, como memorial de la unificación que llevara a cabo Narmer a finales del cuarto milenio), pero “la doctrina dualista y equilibradora no acabó con la dialéctica, sólo la encauzó. Ptah quedó como el árbitro divino de esta dialéctica”[7]. Ciertamente, en el relato bíblico la dualidad no es tan atenuada, porque desde el primer versículo (y también en el segundo relato de la Creación, en Gn 2,4ª) se afirma la primacía y unicidad de Dios. Pero la dialéctica reaparece en forma de elementos contrapuestos (cielos/tierra, luz/tinieblas…) que sólo el poder creador de Dios consigue dominar. También en la Biblia la Divinidad se manifiesta como árbitro de la dualidad y de su inevitable dialéctica, como orden que elimina la tensión creando y dando vida a nuevos seres. Lo divino se muestra así, en las grandes líneas religiosas del Oriente Antiguo, como postulado necesario para subsanar la insoslayable dialéctica entre los opuestos, mentalidad a la que no es ajena la Biblia.

Por su parte, la temática del nombre cobra gran importancia en la mentalidad egipcia. En efecto: “ya fuese el de un dios, de un rey, de un nombre o de una bestia, el nombre personal es mucho más que un signo de identificación. El una dimensión esencial del individuo. El egipcio crea en el poder creador y determinante de la palabra. El nombre será una cosa viviente. El que se dé al hijo es un agradecimiento al dios, un grito de buen augurio lanzado durante los partos, un deseo de favor del recién nacido, una maldición dirigida contra los enemigos de Egipto. Todo nombre, de esta forma, puede traducirse y está cargado de significado (…). Naturalmente, al escribir el nombre de una persona, al decirlo, se le hace vivir y sobrevivir. Pero, en otro sentido, basta con conocerlo para tener control sobre ella”[8]. Dar nombre es, de alguna manera, dar vida y sentido a lo nombrado, conferirle una posición en el complejo espacio religioso de la idiosincrasia egipcia. También en la Biblia Dios “nombra”: “Y llamó (wa ikrc) a la luz Día, y a las tinieblas Noche” (Gn 1,5).

El verbo empleado para significar la creación de los dioses y de otras entidades  es iri (en el texto aparece irrt sm n ht nb, que puede traducirse, de acuerdo con Lichtheim, como “que crea la realización de toda cosa”, entendiendo sm, posiblemente, como abreviatura de smn –estabilidad, firmeza en sentido causativo)[9]. El verbo hpri adquiere en el texto el sentido de “tomar la forma de”: hpr m h3ty m tit Tm, hpr m ns m tit Tm, aunque en este pasaje, como recoge Lichtheim, se han dado, por lo general, dos lecturas alternativas: para K. Sethe la traducción correcta sería “tomó forma en el corazón de Atum, tomó forma en la boca”, mientras que Junker lee: “el corazón tomó forma en la forma de Atum, la lengua tomó forma en la forma de Atum”, aunque “el pasaje expone la dotrina central de la teología menfita: Ptah, el dios de Menfis, supera a Atum de Heliópolis y a todos los demás dioses”[10]. Parece, sin embargo, más acertada la interpretación de Sethe, ya que la partícula m preserva su sentido preposicional de modo más claro.

En egipcio, hay diversos modos de expresar el concepto de “crear”: msi (en el sentido de “dar a luz”, especialmente a deidades), pth[11], shpr (causativo del verbo hpr, que suele traducirse por “llegar a la existencia” o surgir), imn (principalmente en los Textos de las Pirámides), km3 (en lo que concierne a la creación artística), iri[12].

En la teología menfita, crear es una acción propia del dios supremo (Ptah), y la realiza mediante sus palabras, que proceden de los deseos de su corazón. Crear, dar vida y forma, es primordialmente establecer un orden entre opuestos, un “equilibrio dinámico” que es capaz de sintetizar elementos antitéticos en un orden común, alegoría que se reflejará en la figura del monarca como personificación del orden que se establece sobre el caos y sus antagonismos.


[1] Soberanía que, para muchos autores, constituiría un intento de justificación teológica de la supremacía política de la ciudad de Menfis, capital de Egipto durante el Reino Antiguo, convirtiéndose así la teología menfita en una de las primeras tentativas sólidas de la Historia en conferir al orden político una base teológica. Es ya clásico el estudio de H. Frankfort, Kingship and the Gods. A Study of Ancient Near Eastern Religión as the Integration of Society and Nature, 1948, parte I, capítulo 2.
[2] Cf. M. Lichtheim, Ancient Egyptian literature, vol. I: “The Old and Middle Kingdoms”, 1973, 51.
[3] Hemos empleado la traducción de V.H. Matthews y D.C. Benjamín, Paralelos del Antiguo Testamento, 2004, 3-5. La traducción completa se halla en M. Lichtheim, op.cit., 52-56.
[4] Para un estudio sistemático sobre el concepto de Maat y su importancia en la praxis espiritual y moral del antiguo Egipto, véase  J. Assmann, Maat, Gerechtigkeit und Unsterblichkeit im Alten Ägypten, 1990. Ciertamente, la sistematización del juicio y de la doctrina de Maat se da ya en el Reino Nuevo, con textos como el Libro de los Muertos, pero ya en escritos del Reino Antiguo como los Textos de las Pirámides o las Instrucciones de Ptahhotep encontramos una temática similar. Por tanto, si bien ni la doctrina del juicio ni la doctrina de Maat habrían alcanzado una base religiosa suficiente en la época de elaboración de la teología menfita, la temática fundamental relativa al “corazón” en cuanto núcleo del poder y de la responsabilidad del individuo, estuvo ya presente y las influencias podrían haber sido recíprocas.
[5] Cf., entre otros estudios, J. Assmann, Egipto a la luz de una teoría pluralista de la cultura (1995), C. Blanco: “La doble aproximación egipcia al tiempo y el problema de la dialéctica circularidad-linealidad”, en Amigos de la Egiptología, “Religión y Mitología”, 2004.
[6] G. Posener, Dicctionaire de la civilisation égyptienne,1988, 156. La noción de Maat se asemeja en gran medida al Karma hindú: “Todo el universo está sujeto al karma, a la ley de causa y efecto, mediante la cual cada ser individual crea su propio destino a través de su pensamiento, sus palabras y sus acciones”, E. Gallud, La India mágica y real, 2003, 11-12.
[7] J. Cervelló, Egipto y África: Origen de la civilización y de la monarquía faraónica en su contexto africano, 1996, 221. Un estudio detallado puede poner de relieve la existencia de esta dialéctica entre los opuestos y el papel de lo divino como equilibrio que arbitra la tensión en las culturas africanas (de las que es gran deudora la civilización egipcia), tanto del África central como del Norte de África (en especial las mitologías y las temáticas iconográficas y religiosas propias de las culturas que poblaron la región del Tassili en el Sahara antes de la desertización definitiva: cf. también C. Blanco, El nacimiento de la civilización egipcia, en Amigos de la Egiptología, Historia, 2005), sin duda un campo amplísimo todavía por explorar.
[8] G. Posener, op. cit., 190.
[9] Cf. M. Lichtheim, op. cit., 57.
[10] M. Lichtheim, op. cit., 56.
[11] Falukner lo traduce por “crear”; aunque existe una relación evidente a nivel morfológico entre el verbo “crear” y el nombre del demiurgo Ptah, no puede afirmarse con total seguridad la procedencia de un término a partir del otro. E. W. Budge, por su parte, recoge la lista de todos los calificativos de Ptah: desde Pth c3 rsw nb.f (Ptah el Grande, el Sur de su muralla) hasta Ptah tet sps 3st Rc, incluyendo uno de sumo interés: Pth smn M3ct, “Ptah el que establece la Justicia”. Cf. E. A. W. Budge, An Egyptian Hieroglyphic Dictionary, ed. 1978.
[12] Cf. la voz “create”, en D. Shennum, English-Egyptian Index of Faulkner’s Concise Dictionary of Middle Egyptian, 1977; y para las distintas voces puede acudirse al propio A Concise Dictionary of Middle Egyptian, de R.O. Faulkner.

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