Egipto en el Museo del Louvre
Por Teresa Armijo
30 abril, 2008
Modificación: 6 febrero, 2017
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IV-2 Colección Drovetti (1827)

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Foto 25.- Drovetti y vaso de Djehuty

En 1827, vuelve a aparecer en la historia del Louvre la figura de Drovetti (foto izquierda). Nace en Italia y parece que se graduó en leyes en Turín. Las nuevas ideas de la revolución francesa fueron acogidas con entusiasmo por el joven Bernardino Drovetti y cuando Napoleón llegó a Turín, en 1796, se alistó en las filas francesas participando en la primera y segunda campaña italiana y ascendiendo a Capitán y a Ayuda de Campo de Murat, a quien salvó la vida en una batalla. En 1801 el Piamonte se anexionó a Francia y Drovetti se convirtió en ciudadano francés. Acompañó a Napoleón en su expedición a Egipto y en 1802 fue nombrado Cónsul General de Francia en el país del Nilo. Se hizo amigo de Mohamed Alí y conoció al cónsul inglés Salt. Ambos fueron los mayores coleccionistas de la época. La primera colección de Drovetti se vendió a Italia, como ya hemos visto, en 1824, por 400.000 liras; la segunda a Francia, en 1827, por 250.000 francos y la tercera a Alemania, en 1836, por 30.000 francos. Al final de su vida tuvo problemas mentales y murió arruinado en un asilo de Turín en 1852. La foto derecha es un vaso de alabastro del tesoro de Djehuty (N1127).

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Foto 26a.- Copa De Oro 26b.- Copa de plata

Esta colección constaba de más de 500 piezas, muchas de ellas de orfebrería que, por desgracia, desaparecieron en la sublevación de julio de 1830. Sin embargo se conservan algunos de los regalos que Thutmose III entregó al famoso general Djehuty. El plato de oro es una obra maestra de los orfebres egipcios (N 713), así como el de plata (E 4886), metal más valioso en aquel momento que el oro pero, desgraciadamente, bastante deteriorado. En ambos el tema es recurrente: unos peces nadando alrededor de una roseta central y rodeados de una guirnalda de papiros.

¿Por qué regaló Thutmose III estas joyas a su general? La milicia fue despreciada por el pacífico pueblo egipcio hasta la expulsión de los hyksos por el rey Ahmose, primer soberano en establecer un ejército profesional permanente. Entonces, la carrera militar empezó a ser valorada, no sólo porque nace un espíritu patriótico nacional, sino también porque alistarse en el ejército comenzó a ser rentable. Los soldados eran condecorados con el “oro del valor”, recibían parte del botín conquistado y, lo más importante, se les otorgaba parcelas de terreno que permanecerían en propiedad de la familia siempre que hubiera un hombre dispuesto para la guerra. Thutmose III formó un cuerpo de élite llamado “los bravos del rey” al cual pertenecería Djehuty y el rey le obsequiaría por una hazaña que nos cuenta el Papiro Harris del Museo Británico.

En la primera campaña en Asia, Thutmose III dejó a Djehuty cercando la ciudad de Joppa que se resistía al faraón. La narración está mutilada y empieza hablando de un encuentro con el rey de Joppa en la tienda de Djehuty diciendo “Después de una hora, cuando estaban borrachos…” En ese momento llegó la maza del faraón y el rey de Joppa quiso verla. Djehuty se la muestra, le agarra por los vestidos y le golpea con ella en la cabeza. Entonces hace traer doscientos grandes cestos en los que mete a los mejores guerreros y un heraldo presenta los cestos llenos diciendo al conductor del carro del rey: “Dile a tu señora que Djehuty, su mujer y sus hijos se han rendido. He aquí su tributo.” El conductor se acerca a la ciudad seguido del cargamento de soldados escondidos. La reina, entusiasmada por tanta generosidad, abrió las puertas de la ciudad, entraron los cestos y los guerreros tomaron Joppa. Es una historia que puede ser un anticipo del caballo de Troya.

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Foto 27a.- Cabeza de Amenhotep III 27b.- Estela de Ramses II adorando a su estatua

Una obra maestra de la colección Drovetti es esta cabeza de tamaño natural del rey Amenhotep III (foto de la izquierda), esculpida en durísima diorita negra, pero modelada como si se tratase de barro (A 25). Es de tamaño casi natural (34 x 22.9 x 25,3 cm). y resalta la parte rugosa de la corona con el perfecto pulido de la cara. Pertenece a la última etapa del reinado cuando el rey se representa joven, casi infantil, con los ojos muy grandes y la boca de piñón. Esto se debe a que Amenhotep quiso resaltar los efectos milagrosos del festival Sed del año 30, por el que la divinidad restablecía en el trono al viejo faraón lleno de vigor y juventud. El rey porta la corona llamada “Kepresh” que era un casco de guerra o acción. Sin embargo, no tenemos constancia de ningún hecho que muestre a Amenhotep III como rey ejecutivo, a pesar de dejar multitud de edificios y ser uno de los faraones con más representaciones personales. Parece que se dedicó a la tarea primordial de los “Hijos de Ra”: contentar a los dioses, ya que todos los dones divinos llegaban a los egipcios a través de su persona; desde la propia vida de cada individuo, hasta la subida del Nilo, dependían de la actitud del rey.

Se ha hablado mucho de la divinidad del faraón, puesto que estaba dotado de un cuerpo mortal y un Ka(espíritu o fuerza vital) divino. En Soleb hay un relieve en el que Amenhotep III está adorando su estatua (PM VI, 171), y en el Louvre encontramos la misma escena en una estela de Ramses II (E 27222) comprada en 1982 (foto derecha). El Ka real procedía directamente de la divinidad, los reyes eran descendientes directos de los dioses y obraban como ellos en el mundo. Los Ka de los dioses se alojaban en sus estatuas para acercarse a los hombres. Luego el rey estaba adorando a su Ka, introducido en una estatua, como su parte divina ajena a su parte humana física. Esta dualidad hombre-dios es difícil para nuestro entendimiento pero funcionó bien durante todo el imperio faraónico y la mítica figura del faraón fue siempre respetada y venerada por todos los egipcios. Nos queda la duda de si esa veneración se debía a acciones concretas en favor de su pueblo o a ser un amuleto viviente a quien la divinidad otorgaba poderes sobrenaturales.

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