Egipto en el Museo del Louvre
Por Teresa Armijo
30 abril, 2008
Modificación: 6 febrero, 2017
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IV Las grandes colecciones

IV-1 Colección Salt

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Foto 18a.- Salt 18b.- Belzoni

Henry Salt fue Cónsul General británico en Egipto entre 1815 y 1827. Emprendió varias excavaciones con Belzoni, un personaje bastante singular, italiano con nacionalidad inglesa. Belzoni llegó a Egipto con la intención de vender a Mohamed Alí un aparato hidráulico para facilitar el riego a los campesinos, pero los grandes monumentos egipcios, completamente abandonados en aquel momento, le fascinaron tanto que decidió dedicarse a su explotación. Salt había recibido permiso de Mohamed Alí para excavar por su cuenta y comerciar con las antigüedades faraónicas y encargaba a Belzoni los trabajos para conseguirlas. Henry Salt logró reunir fantásticas obras de arte. Su primera colección se vendió en 1823 al Museo Británico por 2.000 libras. La segunda, después de varias disputas suscitadas por su compra, fue adquirida por el Museo del Louvre por 10.000 libras y la tercera fue subastada por medio de Sotheby´s en Londres varios años después de su muerte.

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Foto 19a.- Esfinge de Tanis 19b.- Sepulcro de Ramsés III

A esta colección pertenece la majestuosa gran esfinge que adornaba la entrada de un templo en la ciudad de Tanis. Es difícil datarla pues tiene grabados los cartuchos de varios faraones: Sheshonq, Merenptah, Amenemhat, Apopi y puede que hasta Senefru. Hoy se exhibe en la cripta del museo (A 23), teniendo su pareja en El Cairo. La palabra esfinge es de origen griego y puede derivar del egipcio “shesep anj” que significa “imagen viva”. Eran grandes leones con cabeza humana que representaban al dios sol y al faraón. En el reino nuevo bordeaban la entrada de los templos para librarles de cualquier posible enemigo.

A finales de 1816 Belzoni, trabajando para Salt, descubrió, en una tumba del Valle de los Reyes que, hoy sabemos, era la del faraón Ramsés III, un gran sarcófago de granito rosa, en muy buen estado de conservación (D 1). Tiene la forma de un cartucho real protegido en los dos extremos por las diosas Isis y Neftis. Las decoraciones laterales tratan de escenas de los libros del Más Allá y de las Cavernas que nos muestran la fantástica imaginación de los egipcios en la descripción del viaje nocturno del dios Ra por el mundo de ultratumba.

Belzoni, una vez entregado el sarcófago a Salt, siguió excavando y, bajo los montones de escombros que llenaban la cámara mortuoria, encontró la parte superior que cerraba el precioso sarcófago. Está maravillosamente esculpida y muestra al dios Osiris acompañado de Neftis e Isis, cuya figura, desgraciadamente, se ha perdido. Salt la reclamó para sí, pero Belzoni defendió su propiedad y ahora se encuentra en Cambridge. Aquí empezaron las desavenencias entre los dos hombres que culminaron en 1819 cuando Belzoni regresó triunfalmente a Inglaterra y escribió un libro sobre “sus” descubrimientos. Este hecho indignó a Salt, que había sufragado muchos de los trabajos de Belzoni y se consideraba propietario de gran parte de los hallazgos. Desde entonces tomó como empleado para sus adquisiciones a Atanasi, hijo de un comerciante griego que había servido también al anterior cónsul británico.

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Foto 20a.- Ajenatón de frente 20b.- Ajenatón de espaldas

En esta segunda fase, no parece que Salt tuvo tanta suerte, pero siguió sacando a la luz o adquiriendo piezas de gran valor, como la estatua de Ajenatón, de procedencia desconocida (N 831). Realizada en caliza amarilla, el faraón está sentado y en su espalda quedan restos de la mano de Nefertiti que estaría rodeándole por la cintura en la postura convencional de los matrimonios egipcios. Aunque el trono y las piernas se reconstruyeron el siglo pasado, es una de las estatuas más completas que tenemos de este faraón.

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Foto 21a.- Coloso de Ajenatón 21b.- Columnata de Geempaaton

En 1972 el Louvre recibió este busto del todavía Amenhotep IV (E27112) como agradecimiento a Francia por su colaboración en salvar los templos de Nubia que iban a quedar bajo las aguas del lago Naser. Es un fragmento de uno de los colosos que adornaban el Gempaatón del templo de Atón en Karnak (foto inferior) construido a partir del primer año de reinado. Comparando las dos esculturas resulta difícil afirmar que pertenecen al mismo faraón.

Estas deformidades del primer momento han llevado a las más dispares opiniones, algunas científicas y otras esotéricas. Puede que sea más positivo tomar como base el arranque ideológico de la llamada herejía amárnica, aunque esto sólo constituye una opinión más sobre las múltiples imaginadas. Desde el primer momento el rey tomó la realidad como única fuente de conocimiento para alcanzar la verdad. Quizás por eso, quiso romper con la belleza irreal y amanerada del reinado anterior y desmitificar la figura del rey siempre joven, bello y atlético. Los artistas estarían acostumbrados a hacer una abstracción mental de los rasgos físicos de quien iban a representar, con el fin de resaltar su belleza. Ajenatón les obligó a copiar la persona tal y como era, sin artificios para mejorarla. El resultado fue otra abstracción mental, pero, esta vez, para destacar y exagerar los rasgos individuales. Ello originó unas figuras deformes y menos reales que las anteriores. Sin embargo, el arte cambió a mediados del reinado; pudo deberse a una reacción contra los “monstruos” producidos o al hecho de que el artista se acostumbró a copiar del natural sin las exageraciones anteriores. A ese momento tardío pertenece la escultura de la colección Salt, donde se dulcifican las facciones del faraón, dando un aspecto más natural al rostro, pero conservando las características físicas del monarca: mandíbula saliente, comisuras de la boca caídas, senos prominentes, grueso vientre, etc.

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Foto 22.- Estela del Sacerdote Djedjonsuiuefanj

Los sacerdotes fueron siempre en Egipto una clase privilegiada. En la colección Salt encontramos la preciosa estela del sacerdote Djedjonsuiuefanj, tocando un arpa (N 3657). Es de madera estucada, bastante pequeña, mide 29,5 cm. y parece imposible que haya conservado los colores con tanta viveza. Se data en el Tercer Periodo Intermedio y nos muestra la complejidad de la religión egipcia, ya que un sacerdote del templo de Amón en Tebas prefiere dejar para la eternidad a su imagen tocando delante de Ra, “gran dios, señor del cielo”.

Los sacerdotes egipcios no sólo se dedicaban a atender a la imagen que guardaban con tanto celo, sino que también eran administradores de parte de la riqueza del país, interviniendo en cada una de las diferentes áreas económicas. En principio, los faraones ofrecían al dios grandes posesiones, siervos, ganado, etc. Pero en realidad estas espléndidas donaciones no pasaban a ser propiedad absoluta del templo, ya que el rey podía disponer de la riqueza templaria a su libre albedrío. Thutmose III ofrece al soldado Neferperet varias cabezas de ganado ofrendadas con anterioridad a su templo funerario (Kemp 1992, 243); en época de Tutanjamón el escriba real Merymery recibe 40 aruras de tierras del templo de Ptah (Estela Cariro CG 34186; Urk 2078, 1—13; Murnane 1995, 216); reinando Ay se otorgan unos terrenos al jefe del harén Isut que pertenecían a varios templos (Estela Cairo JE 28019 Urk 2109,1-2110,4 PM III, 1ª parte, 18; Murnane 1995, 225); y en el reinado de Ramses III se paga a los trabajadores de Deir el Medina con fondos de los templos funerarios de Horemheb, Thutmose III, Ramsés II, Sethi I y Merenptah, (Valbelle 1985, 190-192). En los cuatro casos los reyes dispusieron libremente de las posesiones de algún templo. Parece, por tanto, que las entidades templarias actuaban como bancos o tesoreros del estado-rey, siendo, quizás, una forma de diversificar la administración del patrimonio regio.

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Foto 23.- Pareja Reino Antiguo – Dama Nay

Para terminar esta colección, quizá la principal que recibió el Louvre en su larga historia, vamos a ver varias obras que demuestran la evolución de la sociedad egipcia.

A la izquierda una pareja anónima del Reino Antiguo de 70 cm. en madera de acacia (N 2293). La dama lleva un traje muy simple y una peluca corta con raya en medio, todo ello similar al atuendo de la esposa de Micerinos en la estatua que actualmente se halla en Boston. La peluca del hombre se mueve hacia atrás de forma parecida a la de la estatua de Ranafer de El Cairo. El escultor debía ser un gran artista, pues supo infundir una expresión vivaz y expectante en la mirada del noble y una actitud pacífica y esperanzada en la esposa. Todo ello nos indica que debieron pertenecer a una clase social elevada, única, por otra parte, que podía acceder a poseer una estatua de madera para andar por los caminos de la eternidad. La sociedad de entonces era sobria y austera, la pareja no lleva joyas ni adornos en su vestimenta.

A partir de la conquista asiática, el tesoro del rey-estado se enriquecía con los impuestos extranjeros, lo que unido a la sabia explotación de las ricas minas de oro de Nubia, convirtieron al faraón en el rey más acaudalado del momento. Pero esta riqueza se distribuía en cascada favoreciendo a casi todas las esferas sociales. De las arcas reales se pagaban los salarios a funcionarios, mandos intermedios y la nube de escribas que acompañaba a los cargos en cualquier acto de su incumbencia. Las obras reales contrataban a supervisores, lapidarios, obreros, escultores, soldados para la vigilancia y las expediciones a las canteras, etc. Este flujo de riqueza se nota en las necrópolis tebanas donde cada vez hay más pequeños funcionarios, astrónomos, cocineros o trabajadores de las tumbas, que se enterraban en magníficas sepulturas. La sociedad se volvió elegante y sofisticada como nos demuestra la dama Nay, a la derecha de la imagen (N 84): la estatuilla es de una conífera importada, el vestido va adornado con un galón bordado, la peluca llena de rizos se recoge con una diadema de oro, porta un gran collar de cuentas y un brazalete de oro.

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Foto 24a.- Peine 24b.- Paleta Cosméticos

Conforme se iba elevando el nivel de vida, aumentaba la demanda de objetos primorosos para los ajuares funerarios enriqueciendo así a los artesanos, los cuales, a su vez, ampliaban sus obreros y contrataban aprendices para las tareas más penosas. Una prueba de la maestría de estos talleres son el peine (N 1359) y la cuchara para mezclar los colores del maquillaje (N 1748) mostrados en la fotografía. La postura del íbice y la delicadeza de la jovencita tocando el laúd entre papiros muestran un refinamiento exquisito.

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