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Apuntes sobre el entorno íntimo Soberano durante el Reino Antiguo
Por Prof. Jorge Roberto Ogdon
19 enero, 2003
Modificación: 30 diciembre, 2016
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Mucho, y hasta demasiado, se ha escrito sobre la naturaleza y forma de la monarquía egipcia antigua[1], pero, comparativamente, muy poco sobre la “familia real”, esto es, aquellas personas que conformaban el entorno inmediato del gobernante. Quizás esta situación se deba a la escasa información que tenemos acerca de su constitución, y, también, a que no existe un consenso común respecto de quiénes ni cómo pasaban a integrar tan vaga “categoría”.

Estela del Príncipe Upemnofret, Guiza, Dinastía IV (tempus Jufui/Keops). Phoebe Apperson Hearst Museum of Anthropology, inv. n° 6-19825). Universidad de California, Berkeley

Estela del Príncipe Upemnofret, Guiza, Dinastía IV (tempus Jufui/Keops). Phoebe Apperson Hearst Museum of Anthropology, inv. n° 6-19825). Universidad de California, Berkeley.

Siendo nuestro propósito presente el de delinear someramente lo poco que podemos decir respecto de este tema espinoso, vamos a partir de un concepto convencional que defina a la “familia real” como un núcleo íntimo compuesto de parientes ascendentes (abuelos/as, padres, tíos/as), paralelos (hermanos/as, medio-hermanos/as, primos/as), y descendentes (hijos/as, sobrinos/as, nietos/as). Tanto la reina consorte o principal, así como aquellas denominadas secundarias/concubinas, pueden incluirse en la segunda categoría, si bien aclaramos que es una clasificación puramente arbitraria y adoptada por comodidad de la exposición que pretendemos aquí, a fin de distinguir a este núcleo íntimo y familiar del entorno de cortesanos y funcionarios palaciegos.

Comencemos diciendo que un extenso fragmento de papiro, que conserva un “diario de la Corte” datado en el Reino Medio Tardío (Papiro Boulaq 18; Dinastía XIII), menciona como miembros de la familia soberana a un “hijo del Rey” o “príncipe” (sa nysut); a tres “hijas del Rey” o “princesas” (sat nysut); a una “mujer[2] del Rey” o “reina (a secas)” (hemet nysut); y a, por lo menos, nueve “hermanas del Rey” (senet nysut). Aunque de época relativamente tardía respecto de aquella sobre la que enfocamos nuestro estudio, es una información de interés, pues es muy posible que, debido al enorme formalismo y tradicionalismo del “Estado Faraónico”, la jerarquía familiar fuera lo suficientemente “rígida” como para haberse conservado con el tiempo.

Sea como fuera, cuando volvemos nuestra atención a las personas que, según la nomenclatura antes establecida, pertenecieron a la familia áulica durante el Reino Antiguo, nos encontramos, ya desde el punto de vista de la arquitectura funeraria, que se manifiesta un notorio contraste del estatus de las mujeres respecto del de los varones: sus tumbas son, generalmente, de vastas dimensiones (e.g. Jentkaues, fines Dinastía IV); están estrechamente relacionadas con los Complejos Piramidales, o, incluso, son parte de ellos bajo la forma de pirámides satélite (como en Guiza). Recordemos la curiosa costumbre, confinada a la Dinastía VI e iniciada aparentemente por Unis[3], que consistía en agregar al título de “hija/esposa/madre del Rey”, el nombre del Complejo Piramidal del monarca. Si tenemos en cuenta que la pirámide, en tanto que centro del culto al rey difunto, se coalescionaba con éste, tal como lo expresan taxativamente los Textos de las Pirámides (cf. esp. Alocución 601), tendríamos que esta designación peculiar es la del soberano mismo acompañada de un atributo; p.ej., “hija real de su propio cuerpo de la Pirámide Unis-Nefersut, Hemetra”; o “madre real de la Pirámide Pepi-Mennefer, Iput”[4]. Esta importancia superlativa está confirmada por los archivos administrativos de la pirámide de Neferirkara-Kakai, en Abusir, que consignan la elaboración y extensión del culto a las estatuas de la reina Jentkaues, vista como la “antecesora” por excelencia del linaje de la Dinastía V.[5]

Estatua del Rey Menkaure y la Reina Jamerernebty II. Guiza, Dinastía IV (tempus Menkaure/Micerinos). Museum of Fine Arts, Boston, inv. n° 11.1738

Estatua del Rey Menkaure y la Reina Jamerernebty II. Guiza, Dinastía IV (tempus Menkaure/Micerinos). Museum of Fine Arts, Boston, inv. n° 11.1738.

La esposa real, en virtud de sus prerrogativas como reina consorte, poseía su propio juego de títulos y epítetos, tal como el rey su “protocolo soberano”, aunque no todas las reinas del Reino Antiguo tuvieron los mismos y a que su empleo fue bastante variable entre las Dinastías IV a VI. Todos los títulos aplicados a las reinas del período en cuestión pueden clasificarse en tres tipos: de relación, de función sacerdotal y de rango palaciego[6]. Obviamente, ninguno de los últimos fue usado, nunca, por una mujer que no perteneciera a la familia regia. Los títulos religiosos aparecen tan sólo a mediados de la Dinastía IV y desaparecieron hacia fines de la misma; todos consisten en la estructura hemet-necher + nombre de divinidad, “sacerdotisa (lit., servidora-del-Dios) del dios X”, quien puede ser Thot, Hathor, Bapef y Chasepef – los cultos a estas dos últimas deidades están muy mal atestiguados -. Es interesante notar que conocemos únicamente dos casos en los que madre e hija ostentan títulos sacerdotales idénticos, posiblemente denotando el traspaso hereditario de esas funciones: Jamerernebti I y II, y Hetepheres I y Mersânj III. Destaquemos que estas damas tienen en común otros títulos de rango palaciego inusuales en la Dinastía IV, configurando un llamativo cuadro en torno a sus personalidades.

El arcaico epíteto de posición jerárquica, “Todo lo que (ella) dice, es hecho para ella” (dyedet jet nebet ir-en.es), aparece con las dos primeras reinas de la Dinastía IV, para reaparecer recién con Jentkaues, a fines de la misma. Este giro laudatorio remonta a los fines de la Dinastía II, cuando está atestiguado por vez primera para la reina Nymaâthâpy, madre probable de Sanâjt, Dyoser y Sejemjet, los tres primeros monarcas de la Dinastía III. Por su parte, el título de rango “Aquella quien ve a Horus y Set” (maa Heru-Setesh), es conocido desde la Dinastía I temprana, y es excluyente con el anterior. El primero solamente aparece acompañado por el epíteto de relación “madre de(l) Rey(es)” (mut nysut). Asimismo, una “madre de(l) Rey(es)” era, casi siempre, una “hija del Dios” (zat necher), y no una “hija del Rey” (zat nysut). Por todo eso, el grupo dyedet jet nebet ir-en.es, zat necher y mut nysut, parece ser el protocolo atribuido a las reinas como madres de futuros reyes, y no como “consortes” del rey. Del mismo modo, es aparente la correlación formal entre “mujer del Rey” (hemet nysut), “Quien ve a Horus y Set” (maa Heru-Setesh), “Grande de afecto” (ueret hetes) y “Grande en alabanzas” (ueret hezit), los cuales parecen conformar el protocolo ostentado por las reinas como consortes regias. Todos estos títulos se mantienen a lo largo del período en análisis.

Estas evidencias sugieren una estructura jerárquica bien definida para las reinas y las otras damas de la familia áulica, aún cuando muchos aspectos de detalle permanezcan en las sombras. También debemos recalcar la dificultad que presentan los títulos zat nysut y hemet nysut, pues no siempre es seguro que refieran a una “hija” o “mujer” del soberano, ya que se aplicaban indistintamente a las hermanas, medio-hermanas, sobrinas, nietas y “concubinas” del mismo[7].

Estatua del Príncipe Hemiunu, Guiza, Dinastía IV (tempus fines Jufui/Keops). Roemer-Pelizaeus Museum, Hildesheim, inv. n° 1962

Estatua del Príncipe Hemiunu, Guiza, Dinastía IV (tempus fines Jufui/Keops). Roemer-Pelizaeus Museum, Hildesheim, inv. n° 1962.

El tema de la descendencia matrilineal del derecho sucesorio durante el Reino Antiguo es todavía materia de controversia, y, por nuestra parte, agregaríamos que se trata de terra ignota para la investigación moderna, a falta de documentación pertinente. La usurpación parece haber sido la práctica más probable, en ciertos casos, aunque la transferencia directa del poder entre padre e hijo igualmente está atestiguada en numerosas ocasiones (e.g., Snofru-Jufui/Keops). De hecho, ignoramos todo lo que respecta a las circunstancias o factores determinantes de los enlaces y sucesiones reales, si bien el papel preponderante de las reinas consortes como “madres de reyes” puede tenerse por seguro.

En cuanto a los “hijos del Rey” (za nysut), éstos parecen haber tenido cierto papel de importancia en la “Administración Central”, especialmente al comienzo del período, cuando los “visires” (taty zab chaty) eran todos hijos reales. Esta situación se extiende entre comienzos de la Dinastía IV y mediados de la Dinastía V, época durante la cual todos los visires son designados como za nysut[8]. A partir del reinado de Sahura, ningún visir portará dicho título, ni aún estando casado con una zat nysut, excepto en el caso de un tal Teti, que parece debe datarse, en realidad, como posterior a los fines de la Dinastía VI. Resulta difícil clarificar el estatus de los “príncipes”, ya que, al igual que en el de zat nysut, el mismo puede denotar a un sobrino o a un nieto del monarca, así como que era aplicado, eventualmente, como mero indicador de rango cortesano[9].

Las cinco tumbas principescas de las Dinastías V y VI, localizadas en Saqqara, no se distinguen del resto de los sepulcros nobiliarios, ya sea por tamaño, ubicación privilegiada o decoración excepcional (lo que sí ocurría en los comienzos del período), lo que sugiere que su estatus social no fue muy relevante en esos tiempos. Esto también queda revelado en los cargos que ostentaban dentro de la Administración Central, que no implican funciones dominantes en la ejecución burocrática. Es posible que esos títulos solamente denotaran fuentes de ingresos económicos de tales personajes.

Estatuilla de la Reina Anjenes-Meryre II y el Rey-niño Pepi II procedencia desconocida, Dinastía VI (tempus Pepi II). The Brooklyn Museum, Brooklyn, N.Y., Charles E. Wilbour Fund, inv. n° 39.119

Estatuilla de la Reina Anjenes-Meryre II y el Rey-niño Pepi II procedencia desconocida, Dinastía VI (tempus Pepi II). The Brooklyn Museum, Brooklyn, N.Y., Charles E. Wilbour Fund, inv. n° 39.119.

Tal es la insignificancia de los “príncipes” en la segunda mitad del Reino Antiguo, que no figuran en los textos administrativos ni en las listas de personajes encumbrados que aparecen en los templos funerarios de los complejos piramidales: en estos últimos, si es que lo hacen, no ocupan posiciones distintivas ni títulos grandielocuentes, excepto por algunos de carácter religioso[10]. Se ha sugerido que esta circunstancia podría reflejar una política regia destinada a allanar las dificultades sucesorias, las cuales parecen haberse solucionado definitivamente, al menos desde el punto de vista formal, con la introducción del culto osiriano durante la Dinastía V (tempus Nyueserra), que establecía, por la vía teológica, la sucesión padre~hijo primogénito. Ya quedan pocas dudas de que Osiris fue el prototipo del “rey difunto” y Horus el del “rey viviente” que le sucedía en el trono[11].

Menos claro es el valor político de los enlaces entre un soberano y mujeres que no pertenecían al “entorno íntimo”, como en el caso de Pepi I y Ânjenes I y II, hijas del gobernador de la provincia tinita: ¿eran estos matrimonios una manera de mantener el poder áulico fuera del alcance de los cortesanos? O, bien por el contrario, ¿son indicios de la penetración nobiliaria en la esfera exclusiva de la autoridad regia? La madre de Pepi I, Iput, poseyó un culto funerario en el Templo de Min de Coptos, pero no podríamos asegurar que este dato deba tomarse como una indicación de una hipotética procedencia provincial de su persona.


[*] Especial para “Amigos de la Egiptología”. © 2000, Jorge R. Ogdon. Queda hecho el depósito que marca la Ley N° 11.723. Es propiedad.
[1] Sobre la monarquía faraónica existe una bibliografía muy extensa, tanto en castellano como en lenguas extranjeras, que resultaría imposible detallar aquí. Confiamos en que nuestros lectores tengan acceso, al menos, a algunas de estas obras como para familiarizarse con ese tema, que no trataremos en esta oportunidad.
[2] El término hemet acostumbra traducirse por “esposa”; por ahora, preferimos recurrir a su sentido llano de “mujer”, ya que no estamos en condiciones de asegurar el estatus verdadero de las damas así designadas, quienes podían no ser consortes del rey.
[3] Para Unis (o, Unas) como el primer monarca de la Dinastía VI – y no el último de la V, como se dice habitualmente – ver, i.a., K. Baer, Rank and Title in the Old Kingdom (Chicago, reed. 1973), prefacio; J.R. Ogdon, Un análisis literario del “Himno Caníbal” en los Textos de las Pirámides; col. Seminarios C.E.A.E., vol. 3 (Buenos Aires, 2000), 19 n. 2.
[4] P. Montet, “Reines et pyramides” en Kêmi 14 (1957), 92-101.
[5] Ver P. Posener-Kriéger et al., Les archives du temple funéraire de Néferirkarâ-Kakaï (Les Papyrus d’Abousir) (El Cairo, 1976), passim; Id., “Les nouveaux papyrus d’Abousir” en The Journal of the Society for the Study of Egyptian Antiquities 13/1 (1983), 51-7.
[6] L. Kuchman, “The Titles of Queenship, Part I. The Evidence from the Old Kingdom” en The Journal of the Society for the Study of Egyptian Antiquities 7/3 (1977), 9-12; Id., “The Titulary of Queens Nbt and Hnwt” en Göttinger Miszellen. Beitráge zur Ägyptologische Diskussion 52, 37-42; Id., “‘nh-n.s-Ppy, ‘nh-n.s-Mry-R‘ I and II and the Title w3d sdit” en íbidem 72, 33-6.
[7] B. Trigger et al., El Egipto antiguo (Barcelona, 1985), 107.
[8] N. Kanawati en Archaeological & Historical Studies 5 (1974), 1-20.
[9] K. Baer, o.c., 45.
[10] B. Trigger et al., o.c., 106.
[11] D. Lorton en Varia Aegyptiaca 3 (1985), 113-26.

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