Akenatón, el rey hereje
Por A. Pérez, C. Sevilla y J. Córdoba
1 julio, 1999
Modificación: 12 agosto, 2017
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Durante diecisiete años, de 1364 a 1347, Egipto va a conocer una extraña aventura bajo la dirección de Amenofis IV-Akenatón. Este reinado marca una ruptura en la evolución histórica de Egipto. Elogiado por unos considerado como un loco por otros, Akenatón es una figura excepcional.

Cambió de nombre, modificó las tradiciones religiosas, creó una nueva capital, intentó organizar una sociedad diferente. Su evolución interna no hizo de él un místico estéril, ya que consiguió poner en práctica sus visiones, actuando en nombre del poder real de que estaba investido.

El Faraón de Tell el-Amarna

Akenatón, era el hijo menor de Amenofis III, noveno faraón de la XVIII dinastía, y Tiye, por lo que el trono de Egipto estaba reservado para su hermano mayor, Tutmosis, que murió prematuramente.

Con la muerte de su hermano mayor, Akenatón se convirtió en el príncipe heredero de Egipto y paso en Tebas los cuatro primeros años de su reinado y, siguiendo la tradición de todos los faraones del Imperio Nuevo, emprendió una amplia política constructora. Pero lo verdaderamente importante es que en su fase tebana, Akenatón va relegando al clero de Amón e introduciendo a Atón en la iconografía real y construyéndole templos. Estos, como era costumbre en Egipto, necesitaban de rentas para su mantenimiento, por lo que Akenatón disminuyó las que disfrutaban los templos de Amón en favor de los de Atón. Esto último haría que la hostilidad del clero de Amón fuera cada vez mayor, favoreciendo posiblemente la decisión del faraón de abandonar Tebas y crear una nueva capital para Egipto.

No cabe duda alguna de que Akenatón, fue mucho mas pensador y filósofo que sus antecesores. Amenofis III había reconocido el creciente poder de los sacerdotes de Amón y había intentado domeñarlo; su hijo iría aún más lejos introduciendo un nuevo culto monoteísta de adoración al sol que se encarnaba en el disco solar, el Atón. Pero ¿por qué la fundación de una nueva capital? Evidentemente, Amenofis IV prefería un lugar nuevo, virgen, donde pudiera levantar la ciudad que él deseaba para el dios Atón, pero también influyeron los conflictos ya señalados con el poderoso e influyente clero de Amón.

La primera visita la realizo junto a Nefertiti y altos cortesanos, en el cuarto año de su reinado. En ella declaró que Atón se le había revelado y prometió construir la ciudad. La segunda visita acaeció en el sexto año de su reinado, coincidiendo con el traslado definitivo de la corte, y fue en esta fecha cuando el faraón cambió su nombre, Amenofis IV, por el de Akenatón y llamo a la nueva ciudad, Ajetatón.

akhenaton

De acuerdo con los datos actuales parece que sólo los escalafones superiores de la sociedad abrazaron la nueva religión con fervor (y quizá sólo fuera aparente). A gran escala, en todo Egipto, el nuevo culto no parece haber tenido gran repercusión en un nivel popular, salvo, por supuesto, en el desmantelamiento del clero y la clausura de templos.

La burocracia prosiguió sus esfuerzos para gobernar el país mientras el rey veneraba a su dios. Akenatón fue abandonando el gobierno y a los diplomáticos a sus propios recursos, la autoridad civil y militar acabó en manos de dos poderosas personalidades: Ay, que tenía el título de “Padre del Dios” (y es probable que fuera suegro de Akenatón), y el general Horemheb (también yerno de Ay, puesto que se casó con su hija Mutnodymet, hermana de Nefertiti). Ambos hombres se convertirían en faraones antes de que concluyera la dinastía XVIII. No cabe duda de que esta temible pareja de altos funcionarios estrechamente emparentados lo mantuvieron todo bajo control de modo discreto, mientras Akenatón perseguía sus propios intereses filosóficos y religiosos.

Estos conflictos se suman a problemas internos de la familia real: la muerte de la hija mayor y preferida de Akenatón, Meritatón, coincide con el comienzo del declive de Nefertiti y el ascenso de una de sus hijas, Maruaten, que reemplazará a su madre en la iconografía real. El ostracismo de Nefertiti ha sido interpretado como el abandono por su parte de las ideas y proyectos de Akenatón. Akenatón murió probablemente en el año dieciséis de su reinado, y quizá no fue enterrado en la gran tumba familiar que había hecho construir. La ciudad fue abandonada y la ciudad del sol volvió al silencio del desierto.

El poder oculto tras el trono

Nefertiti (la-bella-ha-venido), reina de ensueño, el sueño de una fuerza solar perdida en las brumas de la historia. Se ha dicho a veces que Nefertiti era la hija de Amenofis III, pero no se ha presentado ninguna prueba decisiva, ella nunca lleva el título de “hija del faraón”. En realidad, Nefertiti pertenecía a la familia de un personaje importante de la corte. Akenatón y su esposa Nefertiti son inseparables, presiden conjuntamente los ritos religiosos y las ceremonias oficiales.

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Nefertiti desempeña una función religiosa, ella es la que hace reposar a Atón con su dulce voz y sus hermosas manos que sostiene sistros. Participa activamente en los ritos, es la gran sacerdotisa de un santuario especial donde se celebra la puesta de sol. Un bloque procedente de Heliópolis, presenta una sorprendente escena: Nefertiti coronada y en la postura del faraón, golpea con su mortero a un enemigo al que coge por los cabellos. Se trata de una actitud muy clásica, pero reservada a los faraones masculinos. ¿quiere esto decir, que Nefertiti estaba investida de un poder particular?. Esta reina cuyas responsabilidades políticas son evidentes, es también una madre.

El amor a los niños y a la familia es una constante de su carácter, como del de Akenatón y trajeron al mundo seis hijas. Akenatón y Nefertiti formaron realmente una pareja solar; esto se debe a su voluntad de reafirmar su amor como un símbolo de luz. Parece ser que Nefertiti murió poco después del año doce, si bien se ha sugerido que cayó en desgracia, por que su nombre fue sustituido en varios casos por el de su hija Meritatón, que la sucedió como “gran esposa real”. Nefertiti fue enterrada en la gran tumba real de la ciudad, a juzgar por un fragmento de una figura de alabastro que lleva su cartucho y que se encontró en ese lugar a principios de la década de 1930.

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