Sociología del Reino Antiguo: ¿dónde están enterradas las mujeres?
Por Prof. Jorge Roberto Ogdon
6 agosto, 2007
Modificación: 7 febrero, 2017
Visitas: 11.419

En años recientes ha surgido un tema sociológico preocupante dentro de la arqueología egipcia antigua: los estudiosos han tomado debida nota de un curioso y extraño fenómeno que se encuentra atestiguado en los grandes cementerios nobiliarios de Guiza y Abusir: la gran mayoría de los sepulcros pertenecieron a propietarios masculinos casados, pero las excavaciones demuestran que, incluso en estos casos, aunque la esposa está registrada en la decoración de la capilla funeraria – u otro lugar de la tumba -, la misma no fue sepultada en la misma sepultura, careciendo asimismo de un pozo sepulcral, una mención en la estela puerta-falsa del marido o una a nombre propio[1].

Dicha circunstancia está atestiguada durante ciertos reinados, especialmente durante la Quinta Dinastía tardía[2]. Obviamente, se dice generalmente, que las esposas eran enterradas en sepulcros anexados a las grandes mastabas dedicados a los esposos, pero ese tampoco parece ser el caso. Por ejemplo, la mayoría de las tumbas anexadas a posteriori de la erección de una mastaba principal, no pertenece a una mujer o, al menos, no ha podido confirmarse de manera fehaciente que así fuera[3]. Igualmente, se han descubierto numerosas tumbas con dos fosas sepulcrales, pero en las cuales una de ellas, por lo general la ubicada al sur, no ha sido utilizada y se la ha hallado rellena de cascajos, pero de la supuesta esposa del difunto ni rastros; podría aducirse que la fosa fue violada por ladrones de tumba, pero esta constante en casi todos los sepulcros excavados, hace que tal idea deba descartarse, especialmente porque hay claras evidencias de que dichas fosas nunca contuvieron un cuerpo humano ni ajuar funerario alguno[4]. Tampoco hay muchas evidencias de mastabas que pertenecieran a una mujer sola durante aquella época[5].

Esta situación es harto inusitada, ya que implicaría una falta de provisión para asegurar la vida de ultratumba de la mayoría de las mujeres durante el Reino Antiguo, lo cual, para nosotros, hombres modernos, suena totalmente absurdo. ¿Es que las mujeres estaban excluidas de una vida de ultratumba? Proponer algo así, para un pueblo al que alguna vez se consideró como el de “los hombres más religiosos del mundo”, al decir de Heródoto de Halicarnaso[6], es, cuando menos, contradictorio[7].

De acuerdo a lo antedicho, parece ser que en los grandes cementerios menfitas, a fines de la Quinta Dinastía al menos, es aparente que no todas las mujeres recibieron sepultura junto a sus esposos, fueran estos visires u oficiales menores de la Corte. También se ha destacado que no todas las que sí lo fueron recibieron un sarcófago pétreo, como es el caso de sus maridos. Y si bien algunas enseñan haber recibido un ataúd de madera, muchas han sido directamente puestas sin protección alguna en las fosas sepulcrales. Tampoco es usual que la esposa ostentara una estela puerta-falsa en la tumba de su esposo. Tales hechos han llevado a pensar que la esposa sólo figura en la tumba para cumplir un papel que el esposo deseaba que ella desempeñe en ultratumba[8]. Sabemos, sin embargo, a través de los entierros exclusivos para mujeres, que éstas eran provistas con los mismos elementos que un varón, indicando que las expectativas acerca de la vida en el Más Allá, y sus requisitos para lograrla, eran los mismos que para cualquier hombre. Usualmente, tales sepulcros pertenecen a “princesas” (zat nysut) o a mujeres que se desempeñaban en la Corte – pero no de otras clases sociales –[9]. Así, nos encontramos que durante la Cuarta Dinastía sólo hay sepulcros de “princesas”; durante la Quinta, los hay de mujeres con funciones cortesanas; y, en la Sexta, las tumbas para mujeres solas son menos frecuentes que nunca y que predominan sus entierros en sepulturas familiares[10].

Por lo que asumimos hoy en día, los oficiales del Reino Antiguo se ganaban el derecho a ser enterrados en los cementerios menfitas gracias a sus servicios, y que el permiso para ser sepultados en los camposantos dependientes de la realeza procedía directamente del monarca. ¿Es posible que las mujeres no tuvieran dicho derecho, excepto bajo las mismas circunstancias, i.e., gracias a los servicios dados al soberano? ¿Será posible, como propusieron algunos investigadores, que tal servicio, en el caso de las mujeres, fuera considerado excesivamente oneroso para el erario estatal? Nos parece impensable. Otra posibilidad sería que muchas de las esposas de esos nobles no recibieran tal derecho de parte del rey, ni que éste tuviera nada que ver con ello, ya que no cumplían ninguna función en la Corte; pero, entonces, ¿por qué sus maridos no se hicieron cargo de tal estipendio para ellas? Una tercera posibilidad sería la de que aquellas mujeres que efectivamente recibieron sepultura junto a sus esposos lo hicieron porque ellos sí tenían la necesaria disponibilidad económica para hacerlo, y las que no es porque sus respectivos cónyugues no estaban en posición de costear sus funerales y se contentaran con ser solamente mencionadas o representadas en la capilla funeraria de sus maridos.

Existe una cuarta y muy posible respuesta: que las expectativas de vida de las mujeres fuera inferior a las de los hombres, por lo que muchas veces sus entierros fueran realizados antes de los de sus esposos o a que éstos recibieran una sepultura financiada por las arcas reales. Este posible escenario no quita que tengamos que seguir buscando por las sepulturas de las mujeres, ya que todavía queremos saber dónde están enterradas. En las provincias la situación pudo haber sido diferente, a causa de la gran cantidad de esposas sepultadas con sus maridos (p.ej., en Ajmim durante la Sexta Dinastía)[11].


[1] N. Strudwick, The Administration of Egypt in the Old Kingdom (Londres, 1985), 87; V.G. Callender, “The Burial of Women in the Old Kingdom”, en Ancient History 25/1 (1995), 1-15; A. M. Roth, A Cemetery of Palace Attendants (Boston, 1995), 44 ss.; R. Siebel, “The Burial of Women: An Alternative View”, en Ancient History 25//2 (1995); V.G. Callender, “Once More: the Burial of Women in the Old Kingdom”, en Ancient History 26/1 (1996), 112-8; Id. “A Contribution to the Burial of Women in the Old Kingdom”, en Archiv Orientální 70/3 (2002), 301-8.
[2] Véanse e.g. los artículos deV. G. Callender citados en nota 1.
[3] V. G. Callender, en Archiv Orientální 70/3 (2002), 305-6; M. Bárta, Abusir V. The Cemeteries at Abusir South I (Praga, 2001); P. Jánosi, Giza in der 4.Dynastie. Die Baugeschichte und Belungung einer Nekropole des Alten Reiches (Viena, 2002); M. Verner-V. G. Callender-E. Strouhal, Abusir VI. Djedkare’s Family Cemetery (Praga, 2002); M. Bárta, “Sociology of the Minor Cemeteries during the Old Kingdom. A View from Abusir South”, en Archiv Orientální 70/3 (2002), 291-300.
[4] P. Jánosi, “Aspects of Mastaba Development: The Position of Shafts and the Identification of Tomb Owners”, en íbidem, 337-50; T. I. Rzeuska, “The Necropolis at West Saqqara: the Late Old Kingdom with No Burial Chamber. Were they False, Dummy, Unfinished or Intentional?”, en íbidem, 377-402; E. Strouhal, “The Relation of Iufaa to Persons found beside His Shaft-Tomb at Abusir”, en íbidem, 403-14. Un claro ejemplo es el de Nykauisesi (N. Kanawati-M. Abder Raziq, The Teti Cemetery at Saqqara IV. The Tomb of Nikauisesi (Sidney, 2000), esp. 31), quien no proveyó apartamentos o fosas sepulcrales para las mujeres de su familia, aunque tuvo dos esposas. De igual manera, el visir Anjmahor menciona en su tumba a sus hijos varones, pero no lo hace con la esposa ni hay provisión funeraria alguna para ella; A. Badawy, The Tomb of Nyhetep-Ptah at Giza and the Tomb of Ankhmahor at Saqqara (Berkeley, 1977), 43-6. Similar situación a la de Anjmahor ocurre con el visir Jentika (tempus Teti-Pepi I), cuya mujer no aparece ni es mencionada en ninguna parte de la tumba, pero sí sus hjijos varones Ibi y Dyedi-Teti; T. G. H. James, The Mastaba of Khentika Called Ikhekhi (Londres, 1953), 14. Aunque A. Badawy no discute el caso de Nyhotepptah, su tumba (Lepsius Guiza 25) sólo tiene una fosa sepulcral – la suya –, aunque menciona a su esposa Jamerernebty en la capilla mortuoria. Lo mismo ocurre en la tumba (G7152) de Sejemanjptah, en donde su esposa Bunofre aparece en la capilla pero no se le ha provisto de dependencia mortuoria alguna en el sepulcro; A. Badawy, The Tombs of Iteti, Sekhemankh-Ptah and Kaemnofret at Giza (Berkeley, 1976).
[5] V. G. Callender, en Archiv Orientální 70/3 (2002), 307. Lógicamente, no negamos la existencia de varias tumbas a nombre de mujeres, pero estadísticamente son las menos en comparación con las sepulturas a nombre de y para varones, tanto en Giza, Saqqara o Abusir. Notemos que la ausencia de provisión mortuoria para mujeres incluso se da en los cementerios provinciales; p.ej., Meryaâ de Hagarsa menciona a seis “esposas” (Hmt.f) en su capilla, pero su tumba sólo tiene tres fosas funerarias que fueron usadas para tres enterratorios; N. Kanawati et alii, The Tombs of el-Hagarsa III (Sidney, 1995), 25. La pregunta que, naturalmente, surge en la mente es: ¿dónde está el resto de las esposas? Para la poligamia en el Reino Antiguo, véase ahora N. Kanawati, “Polygamy in the Old Kingdom of Egypt”, en SÄK 4 (1976), 149-60. Un caso interesante e importante de poligamia cierta es el del visir Merefnebef, cuya tumba fue hallada en Saqqara; K. Mysliwiec-K. Kuraszkiewickz, “Recent Polish-Egyptian Excavations in West Saqqara”, en M. Bárta-J. Krejci (eds.), Abusir and Saqqara in the Year 2000 = Archiv Orientální Suplementa IX (Praga, 2000), 503. Merefnebef tuvo cuatro esposas, aunque dos de ellas son casos dudosos; Id., o.c., 504. Sin embargo, todas ellas están representadas y nombradas en su capilla, aún cuando no se ha provisto un recinto mortuorio para cada una en la tumba, que únicamente tiene un foso sepulcral reutilizado por Merefnebef. De los sepulcros anexos al suyo, ninguno pertenece a alguna de las esposas del visir, pese a haberse hallado los esqueletos de dos mujeres quienes, según otras evidencias, no corresponden a sus esposas.
[6] Para este “mito” nacido de la Egiptomanía antigua, véase ahora E. J. Gómez Espelosin-A. Pérez Largacha, Egiptomanía. El mito deEgipto de los griegos a nosotros (Madrid, 2003), 59 ss.
[7] La circunstancia de falta de entierro para las esposas se puede extender a cementerios de la “baja nobleza”, como ser los de los jentiu-she en Guiza; A. M: Roth, A Cemetery of Palace Attendants (Boston, 2001), 44 ss.: “Las esposas nunca se muestran en las estelas puerta-falsa de sus maridos y, con una excepción, no tiene estelas puerta-falsa de su propiedad… En general, la esposa parece más frecuentemente omitida en tumbas de la Quinta Dinastía tardía que en períodos más tempranos”. En el cementerio cercano al núcleo G6000 en Guiza, G. A. Reisner halló las tumbas de cuatro generaciones de hombres distribuidas entre cuatro o cinco mastabas, de las que dijo: “Los fosos sepulcrales de los hombres de la familia son fácilmente identificables. Shepseskaf-anj, Iymery, Iti y Ptah-nefer-bau fueron cada uno enterrados en el foso principal en su propia mastaba. Sólo en las mastabas de Shepseskaf-anj e Itit (sic) había algún foso adicional. El foso subsidiario en la mastaba de Iti fue indudablemente el entierro de su esposa, Usert-ka. En la mastaba de Shepseskaf-anj había tres fosos originales en donde fueron enterrados el fundador de la familia y probablemente su esposa y un pariente menor. En adición había dos amplias cámaras mortuorias intrusivas en la mastaba, y yo las identifico como pertenecientes a Neka-Hathor, la esposa de Iymery, y a Jenut, la esposa de Ptah-nefer-bau. Las cámaras sepulcrales de otros niños del hombre líder no han podido identificarse pero pueden haber sido algunas de las pequeñas mastabas alrededor del complejo nuclear”. Nuevamente, las mujeres parecen haber sido omitidas de la mastaba y la atribución hecha por G. A. Reisner de las dos cámaras intrusivas es dudosa; K. R. Weeks, Mastabas of Cemetery G 6000 (Boston, 1994), 6. Tal como asume G. A. Reisner, la presencia de dos fosos sepulcrales en una mastaba es señal de un doble entierro esposo-esposa por la mayoría de los egiptólogos, pero tal no es el caso siempre; cp. V. G. Callender, en Archiv Orientální 70/3 (2002), 305. Igualmente, de las ocho mastabas que conforman el Cementerio GIS en Guiza, sólo una fue usada para un doble entierro; P. Jánosi, “’Im Schatten’ der Pyramiden – Die Mastabas in Abusir. Einige Beobachtungen zum Grabbau der 5.Dynastie”, en M. Bárta-J. Krejci (eds.), o.c., 445-66. Una situación parecida aparece en el Cementerio G 4000 en el Campo Occidental de Guiza, que, mayoritariamente, posee sepulcros con un único foso; véase C. Roehrig, “Reserve Heads. An Enigma of Old Kingdom Sculpture”, en D. Arnold-C. Ziegler (eds.), Egyptian Art in the Age of the Pyramids (Nueva York, 2000), 75-77: “En el caso de G4140, la mastaba de Meret-ites, un anexo fue adicionado al final al norte de la superestructura y la excavación de un foso fue comenzado, presumiblemente para el entierro de un miembro cercano de la familia. Sin embargo, no hay cámara al final del foso ni el foso mismo fue utilizado para un entierro”. Este hecho, en Guiza, ya fue advertido por S. Hassan, Excavations at Giza IV (El Cairo, 1943), 95, quien dijo: “La mayoría de las tumbas grandes tiene dos fosos, uno de los cuales termina en una cámara sepulcral conteniendo un sarcófago, en tanto el otro, que usualmente se encuentra al sur del foso verdadero, era más pequeño en tamaño, menor en profundidad, y nunca contuvo una cámara sepulcral, y es, de hecho, meramente un agujero relleno de escombros, y no contenía nada de nada”.
[8] V. G. Callender, o.c., 306.
[9] E.g., Neferesres, quien era supervisora de entretenimientos en la Corte; S. Hassan, Excavations at Giza II (El Cairo, 1936), 204-8.
[10] Un caso excepcional de una tumba para una sola mujer se da en el caso de Nodyetempet, la madre del visir Mereruka (tempus Teti-Pepi I); N. Kanawati-S. Hassan, The Teti Pyramid Cemetery I. The Tombs of Nedjem-em-pet, Ka-aper and Others (Sidney, 1996).
[11] N. Kanawati, The Rock Tombs of El-Hawawish. The Cemetey of Akhmim VI (Sidney, 1986), 7 ss.; 15 ss.; 23 ss.; etc.