Se reúnen 300 obras maestras del Antiguo Egipto, juntas por primera vez
Por Rubén Amón
Creación: 7 septiembre, 2002
Modificación: 22 marzo, 2018
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Una exposición desmitificadora y crítica muestra la dimensión humana de quienes se reconocían como intermediarios divinos. Se reúnen 300 obras maestras del Antiguo Egipto, juntas por primera vez. El Palazzo Grassi desnuda a los faraones.

El coloso de Akenatón y la esfinge de Abu Simbel ocupan el vestíbulo del Palazzo Grassi con aspecto intimidatorio e inquietante.Es la primera vez que abandonan Egipto, la primera vez que aceptan someterse al rigor de una exposición que pretende ser desmitificadora y crítica. Porque, lejos de su imagen divina, los faraones eran esencialmente humanos, vulnerables, volubles, incluso podría afirmarse que vulgares.

La propuesta novedosa de Christiane Ziegler, conservadora del Louvre, ha servido de excusa para reunir 300 obras maestras del Antiguo Egipto. La mayor parte proviene de El Cairo, pero también han contribuido otros 34 museos y galerías de absoluta referencia. Incluidos el Británico, el Metropolitan, el Louvre, incluso el Museo de arte egipcio de Berlín.

«Hemos querido contemplar la figura del faraón desde dos perspectivas que resultan complementarias», explicaba ayer en Venecia la profesora Ziegler.

«Por un lado, la imagen poderosa, absoluta, propagandística, monumental, que es la más conocida. Y, por otro, la dimensión humana, cotidiana, hasta prosaica de quienes se reconocían a sí mismos como auténticos intermediarios divinos».

Jeroglíficos

¿Pruebas? La doctora Ziegler ha reunido una serie de papiros jeroglíficos cuya lectura estremecería al mismísimo Napoleón. Algunos detallan el desprecio que sentían los súdbitos a la figura del faraón.

Otros, en clave policíaca, narran la trastienda de las conspiraciones y de los celos. Por ejemplo, cuando una concubina de Ramses III organizó un magnicidio y tuvo que someterse a un proceso judicial. Que aquí están las pruebas.

«Los recientes hallazgos de la arqueología nos han desvelado muchos detalles que escapan a la idea general del Antiguo Egipto», matiza Christiane Ziegler. «Era necesario cotejarlos, ponerlos en común, para descubrir la debilidad de los grandes faraones, sus miserias, sus sufrimientos y sus temores. No eran distintos a los demás congéneres».

La exposición comienza con una galería de retratos ordenados cronológicamente igual que un álbum de cromos en tres dimensiones: 3.000 años de Historia, 30 dinastías, 30 faraones de alabastro, de marfil y de oro.

Los hay serenos y solemnes, como Kefren (Museo de Bellas Artes de Boston). Atormentados, como Sesostris III (Louvre). Incluso ambiguos y hermafroditas, como el rostro impoluto de Akenatón (Berlín).

«El retrato oficial nos ayuda a entender la evolución de los farones. El peinado, el vestido, el valor simbólico de la ornamentación establecen un código que permite derivarlos a una dimensión concreta», explica la profesora Ziegler, con los ademanes de una maestra de escuela.

Y es que la exposición del Palazzo Grassi está concebida desde una perspectiva esencialmente didáctica, académica. Especialmente los salones del primer piso, casi siempre ubicados en el periodo del Nuevo Reino (1550-1069) y acondicionados de acuerdo con un enfoque temático.

De este modo, el faraón se presenta como rey-sacerdote (estatua de Tutmosis I), como guerrero victorioso (La estela de Ay) o como jefe de estado (Papiro Harris).

«No debemos olvidar que el faraón representa el primer precedente de monarca moderno», añade la doctora Ziegler. «Los papiros y los objetos aquí reunidos permiten reconstruir las características de la Administración, del equipo ministerial, del cuerpo funcionarial. De esta manera, el espectador puede comprobar que el faraón era todo un burócrata».

De lo humano a lo divino. Basta subir un piso, recorrer a media luz un par de galerías que conducen a la sala impresionante del sarcófago. En este caso, corresponde al retrato horizontal y solemne de Ahmosi, envuelto en una urna de cristal, flanqueado por el sudario de Tutmosis III (Boston) y por los dibujos policromados del Papiro del más allá.

Trascendencia

El documento histórico, importado del Museo de Berlín, viene a cuento porque reproduce el sentido de la trascendencia egipcia.Son 12 imágenes, 12 capítulos que describen el camino del sol hacia el tramonto y que desvelan en clave metafórica y jeroglífica el sentido de la resurrección.

«La identificación solar pone en común al farón con la divinidad. Se trata del vínculo sobrenatural que une al hombre con el cielo. De ahí que hayamos reunido los suntuosos tesoros y las joyas de que se hacían acompañar los farones en su sendero final hacia el más allá», matiza la profesora Ziegler.

El viaje termina en una cámara dorada, desnuda, desprovista de anotaciones y de cualquier tipo de indicación didáctica. Basta echar un vistazo al centro y cruzar la mirada con la máscara funeraria de Psuenne I. Está revestida de oro y de piedras semipreciosas, muy parecida a la imagen celebérrima de Tuntankamon, como si estuviera a punto de abrir la boca.

Sería toda una prueba de humanidad, visto que la exposición del Palazzo Grassi ha conseguido poner a sus majestades al desnudo.

Fuente: El Mundo

Reseña: Montse Borrás

 

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