La momificación en el Antiguo Egipto
Por Esteban Llagostera Cuenca
13 noviembre, 2004
Modificación: 6 enero, 2017
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Etimológicamente hablando, la palabra momia proviene del persa “mummia”, que significa “cosa bituminizada”, siendo este término aplicado a los cuerpos embalsamados, debido a su apariencia obscura. De este vocablo persa, se deriva la palabra árabe “múmmiya”, de “mum”, betún o cera mineral, substancia que se empleaba profusamente durante el proceso de momificación de los cuerpos: el llamado Betún de Judea. El célebre médico y farmacéutico de El Cairo Ibn el-Baitar (1197-1248) nos habla de ese betún como materia muy conocida ya en su tiempo. En el Antiguo Egipto, la voz “Mwt” significaba cadáver, mientras que “Sahu” tenía el sentido de cadáver embalsamado, es decir, momia.

Las momias tienen un gran poder de fascinación para mucha gente, a pesar de que estas personas tengan poco o ningún interés por la Egiptología. Para la mayoría, el término momia automáticamente significa momia egipcia, sin tener en cuenta que otras culturas también practicaron la momificación de los cuerpos. La costumbre de momificar fue prevalente en Egipto por más de treinta siglos, pero los procedimientos utilizados presentaron considerables cambios durante este largo período de la historia egipcia.

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En tiempos predinásticos, aproximadamente anteriores al 3100 a.J.C., los egipcios enterraban a sus muertos generalmente desnudos, sin ninguna práctica de momificación, en fosas superficiales excavadas en la arena, casi en posición fetal, o sea, con las piernas flexionadas con las rodillas a la altura de la barbilla y el cuerpo muy contraído en decúbito lateral izquierdo, con la cabeza orientada hacia el sur y la cara mirando hacia occidente, aunque en Merimda-Benisalama y en Al-Amra, se han encontrado unos enterramientos de los primeros tiempos, en los que los cuerpos se han hallado en posición yacente sobre el lado derecho. La arena caliente y seca del desierto, deshidrataba poco a poco el cuerpo, y al mismo tiempo, al aislarlo del contacto directo con la atmósfera, lo protegía de la corrupción. La insolación intensa durante el día y la consiguiente irradiación nocturna, iban deshidratando lentamente, esos cuerpos enterrados en las arenas del desierto.

Sin duda alguna y de cuando en cuando, alguno de estos cuerpos, preservados por medios naturales de la descomposición, aparecían al descubierto sobre la superficie de la arena, unos debido a los ladrones y la mayoría a los animales depredadores del desierto o a las arenas desplazadas por el viento. Su apariencia pudo originar, o por lo menos estimular, la ceencia de otra vida después de la muerte. Esta sospecha, condujo a la provisión de alimentos y de ajuar funerario para utilización del muerto en su continuada existencia en el Más Allá, necesitando además, debido a estos aditamentos, mayores tumbas construidas en la roca o sobre un suelo más firme. Sin embargo, esta tumba más amplia y con mayor espacio, permitía que el cuerpo entrase en contacto con el aire y las bacterias y el resultado fue la descomposición ¡se había dado un gran paso hacia atrás! El contraste en apariencia, entre el cuerpo desecado y bien conservado por medios naturales de los primeros tiempos y el cuerpo corrompido en una tumba más grande y mejor equipada condujo, probablemente, a la idea de la momificación; esto es, a preservar artificialmente el cuerpo de la descomposición y conseguir por medios humanos, aquello que la naturaleza, sin ninguna ayuda del hombre, había realizado en las fosas excavadas en la arena.

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Hoy podemos estar ya casi seguros, que los primeros intentos de momificación de los cuerpos, fueron realizados con la realeza. Pero al correr de los tiempos, esta costumbre y práctica religiosa, se fue extendiendo y continuando a escala descendente con la nobleza y el clero, fue llegando a todo el pueblo que estuviese en condiciones sufragar su elevado costo.

Se sabe que durante las tres primeras dinastías, los cuerpos eran simplemente envueltos con vendajes de lino y depositados en sarcófagos de piedra o madera. Lógicamente la deshidratación de estos cuerpo era muy lenta y resultaba muy imperfecta.

Nuestra primera información acerca de un real proceso de momificación, proviene de los comienzos de la IV Dinastía. En el Imperio Antiguo, por vez primera las vísceras fueron removidas a través de una incisión en el flanco izquierdo (como podemos ver en las radiografías de las momias “Madrid III” y “Madrid IV”, realizadas por Esteban Llagostera, en la publicación “Estudio Radiológico de las Momias Egipcias del Museo Arqueológico Nacional de Madrid”).

En la caja canópica perteneciente a la reina Hetepheres, esposa del rey Snefrú , que fue hallada y su contenido examinado por Lucas (Lucas,1962), pudo constatar este hecho.

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La costumbre de extraer las vísceras y colocarlas en vasos canopos o receptáculos, fue apareciendo lentamente, en las momificaciones realizados durante el Imperio Medio, pero el proceso seguido para la conservación de los cuerpos, es algo más deficiente que durante el período anterior, debido principalmente a una imperfecta deshidratación del cadáver y al menor uso de bitumen o resina. Consecuencia de ello, es que los tejidos blandos, en infinidad de ocasiones, se transforman en polvo cuando los tocamos. A tal respecto, Gaston Maspéro nos relata lo siguiente: “La momie fondit sous mes yeux, ne laissant derrière elle qu’une pognès de fragments d’os et la crâne” (Maspéro,1899). En este período se reseñan también algunos intentos de evisceración parcial por vía rectal, como en las momias encontradas por E.Naville en 1903.

En el transcurso de los últimos años del Imperio Medio, los hyksos entraron en Egipto y se establecieron en el Delta. Egipto se colapsó ante esta invasión y durante los próximos siglos – Segundo Período Intermedio – los hyksos controlaron esa tierra pacíficamente. Hacia el año 1550 a.J.C. los egipcios acaudillados por un príncipe de Tebas llamado Ahmosis, une de nuevo las Dos Tierras y funda la XVIII Dinastía de la que es el primer rey. Al reconquistar el control de su país, los egipcios retornan con gran vehemencia a sus tradiciones, entre las que destaca la momificación de los cuerpos.

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El culto a la muerte, a los antepasados, la preservación del cuerpo (con técnicas muy diversas), para unirse al Dios o dioses, supremos, lo encontramos en todos los continentes y civilizaciones, es decir, en toda la historia del hombre. Se han encontrado cuerpos momificados en lugares tan distantes, como: en Dinamarca, Suroeste de Norteamérica, Nueva Guinea, Japón, Islas Canarias, China, Bolivia, Pueblo Inuit (provincia de Quebec), Siberia, etc. e incluso, y esto puede sorprender a más de un lector, en la isla de Tenerife (reyes Mencey y pastores guanches).

Sólo dos papiros nos hablan, de forma incompleta, del ritual del embalsamamiento. El más extenso se halla en el Museo Egipcio de El Cairo y se le conoce como “Papiro 3 de Bulaq”. El otro se encuentra en el Museo del Louvre, bajo el número 5.158.

La práctica de la momificación fue decayendo paulatinamente en Egipto durante el siglo III A.D. aunque por cierto tiempo, se llevó a cabo de una manera muy burda e imperfecta por los cristianos coptos hasta el año 640 A.D. en el transcurso del cual, Egipto fue conquistado por los árabes, los cuales, al establecer sus usos, costumbres y religión, terminaron definitivamente con la antiquísima práctica de embalsamar los cuerpos de los difuntos.

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