Pirámides, templos y estrellas. Astronomía y arqueología en el Egipto antiguo
Por Juan Antonio Belmonte Avilés
25 mayo, 2013
Modificación: 13 febrero, 2017
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Pirámides, templos y estrellas. Astronomía y arqueología en el Egipto antiguo.Este es un breve ensayo sobre mi libro Pirámides, templos y estrellas: astronomía y arqueología en el Egipto antiguo (Crítica, Barcelona, 2012). Como se indica en la Introducción, esta obra refleja el trabajo de más de una década en el Valle del Nilo. Se han examinado las fuentes jeroglíficas, como los papiros astronómicos, los relojes estelares o los diagramas celestes, junto a una infinidad de yacimientos arqueológicos en un esfuerzo por obtener tanta información como sea posible sobre las prácticas astronómicas de los antiguos egipcios, y sus implicaciones arqueológicas, que pudiera ayudar a comprender mejor su brillante civilización.  Como astrónomo por formación y egiptólogo por devoción, a lo largo del volumen trato de responder a toda una serie de preguntas abiertas sobre el tema como, por ejemplo: ¿cuantos calendarios había en uso en el Egipto antiguo y cuál es su origen? ¿Se pueden identificar las constelaciones egipcias y para qué se usaban? ¿Se alineaban astronómicamente los templos y pirámides de Egipto? ¿Jugaba el cielo un papel relevante en el paisaje del Doble País? ¿Se puede fijar la cronología egipcia a partir de los datos astronómicos? Se espera demostrar que la mayoría de ellas se pueden contestar de una manera simple y razonable en el contexto de la propia cultura faraónica. Este es el primer volumen en lengua castellana que afronta todos estos enigmas, siguiendo la estela de la “Astronomía en el antiguo Egipto” de mi colega José Lull donde se recogían y explicaban la mayoría de las fuentes.

Pirámides, templos y estrellas. Astronomía y arqueología en el Egipto antiguo.

  • Autor: Juan Antonio Belmonte Avilés
  • Edita: Crítica
  • Ciudad: Barcelona 2012
  • 464 páginas
  • ISBN: 978-84-9892-386-5

En busca de Ma’at

El capítulo 1, “En el origen”, estudia los inicios de la astronomía en Egipto y su entorno sahariano. Se muestra como las primeras observaciones y la iconografía más antigua se enraízan en el origen de la civilización egipcia, con especial énfasis en la formación del culto solar. El capítulo también incluye una discusión sobre los precursores de los estudios arqueoastronómicos en Egipto, como Edwin Krupp, Director del Observatorio Griffith de Los Ángeles, con una especial reivindicación de la figura de Sir Norman Lockyer, astrónomo descubridor del helio en el sol y fundador de la revista Nature -esa en que los científicos se pirran por publicar, no se muy bien porqué- al que, a pesar de las críticas, muchos investigadores que trabajamos en arqueoastronomía consideramos como el padre de nuestra disciplina.

El capítulo 2, “Un don del Nilo: el calendario” se centra en la génesis y la evolución de uno de los descubrimientos más inteligentes de los antiguos egipcios: su calendario civil de 365 días (figura 1). Se analizan y se discuten diferentes hipótesis sobre su origen y, tal como sugiere el nombre del capítulo, en esto el Nilo tuvo un papel determinante según la propuesta personal del autor. También se argumenta sobre el número de calendarios independientes que hubo en funcionamiento en Egipto en la antigüedad, hecho sobre el cual se defiende la idea -sin duda polémica y cuestionada por varios de mis colegas-, de que el calendario civil reinó de manera individual y suprema en el Egipto antiguo como la forma estándar de cómputo de tiempo para la casi totalidad de las actividades públicas y privadas. Sin embargo, se mantuvo de manera relicta un cómputo guiado por las fases de la luna para la realización de algunos festivales, de manera similar al funcionamiento del moderno calendario gregoriano en que la Pascua viene fijada por la luna pero de acuerdo a nuestro calendario actual dictado por el sol.

“Contando las horas” es el nombre del capítulo 3 donde se presentan los resultados obtenidos, en colaboración con Lull, tras el análisis del techo astronómico de Senenmut en su tumba de Deir el Bahari (la representación simbólica completa más antigua del cielo egipcio que se conoce, figura 2) y del famoso Zodiaco de Dandara. El estudio de estas dos obras maestras del arte egipcio unidas nos ha permitido, bajo supuestos muy simples, la identificación potencial de un número muy elevado de las estrellas, asterismos y constelaciones que poblaron los cielos de Egipto, y estudiar su uso como relojes estelares en el marco de una sofisticada escatología astral. Útil como es, esta propuesta probablemente generará controversia durante mucho tiempo.

La presentación de los resultados más espectaculares de la Misión Hispanoegipcia de Arqueoastronomía del Egipto antiguo constituye el núcleo del capítulo 4: “Luz en los templos” (figura 3). El autor ha sido el representante español en la misión, liderada por el Profesor Mosalam Shaltout, lo que me ha permitido hacer trabajo de campo en Egipto durante una década, visitando un centenar de yacimientos arqueológicos, y de este modo medir la orientación de varios cientos de edificios sagrados como pirámides, templos, pequeños santuarios, capillas y tumbas. El objetivo de la misión era responder a la pregunta: ¿fueron los templos del Egipto  antiguo orientados astronómicamente? Una serie de artículos publicados en la prestigiosa revista Journal for the History of Astronomy (JHA) a lo largo de la última década ha demostrado paso a paso la certeza de esta posibilidad. Este capítulo ofrece pues una respuesta unificada, claramente en sentido afirmativo, incluyendo algunos estudios particulares de especial relevancia y utilidad. El análisis incluye también un enfoque novedoso, creo que interesante, y con propuestas arriesgadas, sobre la ceremonia del “tensado de la cuerda” en el que ha colaborado el egiptólogo Miguel Ángel Molinero.

Siguiendo un argumento similar, el capítulo 5, “Estrellas y pirámides”, es un esfuerzo por clarificar la importancia de las estrellas para los arquitectos del antiguo Egipto, particularmente en el diseño, la alineación y la construcción de las pirámides. Los nombres, la orientación, y el diseño general de las pirámides, junto a los famosos textos escritos en el interior de los monumentos del Reino Antiguo tardío, se analizan en un marco astronómico adecuado tratando de separar las hipótesis razonables de las especulaciones sin sentido en un tema que ha quedado sumergido muchas veces por el ruido generado por supuestos investigadores de lo que los británicos llaman el “lunatic fringe”. En este aspecto, se afronta la crítica razonada sobre la popular teoría de la correlación de Orión (OCT), ampliamente divulgada en los medios gráficos y la televisión a pesar de su falta de fundamento adecuado.

“Astronomía y paisaje” es el nombre del capítulo 6. Aquí se intenta desvelar la geografía sagrada del antiguo Egipto a través de una serie de hipótesis -algunas de ellas de un carácter potencialmente revolucionario pero también controvertido- donde se demuestra cómo el paisaje celeste, o sea, el firmamento, y la topografía local, dominada por el Nilo, se combinaron para crear algunos de los entornos sagrados más conocidos de la tierra, como la meseta de Guiza o la región de Luxor, en torno a Karnak (figura 4), en el Alto Egipto, por mencionar solo los dos ejemplos más significativos.

El capítulo 7, “Paralelismo en el norte, reflejo en el sur” es un doble ejercicio. Por un lado, analiza la presencia de tradiciones astronómicas egipcias y su simbolismo en áreas vecinas como el Reino de Kush, mostrando que éste puede considerarse una especie de apéndice del Egipto faraónico (figura 5). Por otro, el autor hace un viaje al “extranjero”, junto a su colega del Instituto de Ciencias del Patrimonio César González, para estudiar los aspectos astronómicos de las sociedades contemporáneas donde la influencia egipcia podría ser importante pero no determinante, como por ejemplo el mundo hitita. Estos ensayos también son versiones actualizadas en castellano de sendos artículos publicados previamente en JHA y reflejan la importancia de la astronomía en el Reino de Kush y en el País de Khatti.

“Lidiando con la Cronologia” es el sugerente nombre de capítulo 8 donde se comparan las diferentes cronologías defendidas para Egipto en las últimas dos décadas, analizando las ventajas, desventajas  y particularidades de cada una de ellas, incluyendo también aquellas propuestas más recientes, polémicas y eventualmente revolucionarias. También se lleva a cabo un análisis sobre las dataciones de carácter astronómico, como las fechas lunares y las fechas sotíacas, o algunas de carácter arqueoastronómico (figura 6), comparándolas con los enfoques más actuales y novedosos de otras técnicas, como la del Carbono 14.

Finalmente, la verdadera novedad del libro es el Epílogo que seguramente será la fuente de la mayoría de los comentarios de los egiptólogos sobre la obra, ya sean éstos  positivos o no. Bajo el sugerente título de “ADN, vino y eclipses: el enigma Dahamunzu”, este extenso ensayo se ocupa de la personalidad y la época (el período de Amarna) de un personaje femenino envuelto en la polémica, Dahamunzu (transcripción cuneiforme para Ta Hemet Nesu): la viuda de un rey -llamado Nibkhururiya en las textos cuneiformes-, que escribió el poderoso rey de los hititas Shupiluliuma pidiéndole un marido para convertirlo en rey de Egipto. ¿Fue Ankhesenamon a la muerte de Tutankhamon? O, por el contrario, sería Nefertiti -o su hija Meritaton- a la muerte de Akhenaton, entre otras posibilidades. El relato es un verdadero thriller en que, a mi modo de ver, es fascinante percatarse de cómo la astronomía (figura 7) se combina con la epigrafía, la arqueología y la biología molecular para ofrecer una respuesta plausible al enigma y, además, para promover un nuevo árbol genealógico y una cronología actualizada para este interesante periodo de la historia egipcia. No voy a desvelar el resultado pero anticipo que no es aquel que la mayoría espera.

El volumen termina con una pequeña guía del cielo y un breve índice de términos astronómicos egipcios que puede ser útil para el lector no especializado, así como de una extensa bibliografía, destacando las obras más relevantes de los investigadores, que son muchos,  mencionados a lo largo del libro. Este libro se ha escrito con una enorme ilusión pues, no en vano, es un reflejo de mis dos pasiones cruzadas a lo largo de toda una vida: la arqueología y la astronomía. En realidad, no son disciplinas tan diferentes, la una estudia el pasado del hombre, la otra el pasado de universo, con el objetivo común de entender nuestro presente y tratar de vislumbrar el futuro. Los antiguos egipcios también usaron la astronomía con ese mismo planteamiento como espero haber reflejado en el libro. Espero que Vds. sepan apreciarlo y disfruten leyéndolo, aunque sea a salto de mata, al menos tanto como yo he disfrutado escribiéndolo.

Figura 1. De derecha a izquierda, las tres estaciones del calendario egipcio antiguo: Akhet, Peret and Shemu, bellamente representadas en la jamba de la puerta de acceso a la tumba del visir Mereruka en Saqqara (VI Dinastía). De Belmonte (2012).

Figura 1. De derecha a izquierda, las tres estaciones del calendario egipcio antiguo: Akhet, Peret and Shemu, bellamente representadas en la jamba de la puerta de acceso a la tumba del visir Mereruka en Saqqara (VI Dinastía). De Belmonte (2012).

Figura 2. Imágenes modernas (izquierda) de los “cúmulos” 3º, 4º y 5º, respectivamente mencionados en el techo astronómico de la tumba de Senenmut: la constelación del Delfín (a), la galaxia M33 o de Andrómeda (b) y el cúmulo estelar de las Pléyades (c). Estos objetos, sobre todo los dos últimos, son importantísimos para la astrofísica moderna y fueron ya identificados como peculiares, aun sin telescopios, por los antiguos egipcios al escudriñar el cielo a simple vista (derecha). De Belmonte (2012). Figura 2. Imágenes modernas (izquierda) de los “cúmulos” 3º, 4º y 5º, respectivamente mencionados en el techo astronómico de la tumba de Senenmut: la constelación del Delfín (a), la galaxia M33 o de Andrómeda (b) y el cúmulo estelar de las Pléyades (c). Estos objetos, sobre todo los dos últimos, son importantísimos para la astrofísica moderna y fueron ya identificados como peculiares, aun sin telescopios, por los antiguos egipcios al escudriñar el cielo a simple vista (derecha). De Belmonte (2012).
Figura 2. Imágenes modernas (izquierda) de los “cúmulos” 3º, 4º y 5º, respectivamente mencionados en el techo astronómico de la tumba de Senenmut: la constelación del Delfín (a), la galaxia M33 o de Andrómeda (b) y el cúmulo estelar de las Pléyades (c). Estos objetos, sobre todo los dos últimos, son importantísimos para la astrofísica moderna y fueron ya identificados como peculiares, aun sin telescopios, por los antiguos egipcios al escudriñar el cielo a simple vista (derecha). De Belmonte (2012).
Figura 3. Núcleo de la hipótesis astronómica. Histograma de declinación de la serie completa de datos de alineación de los templos obtenidos en cinco años de trabajo de campo en Egipto (línea fina) contra el histograma que incluye también los datos de Sudán (línea gruesa). Se identifica cada pico por un número romano que se refiere a cada una de las siete familias de orientaciones astronómicas (equinoccial, solsticial, estacional, sotíaca, canópica, cardinal e inter-cardinal, respectivamente). Se indican las posiciones extremas de Sirio y Canopo (y de otras estrellas) a lo largo del periodo faraónico, así como las líneas solsticiales a ±24º. De Belmonte (2012).

Figura 3. Núcleo de la hipótesis astronómica. Histograma de declinación de la serie completa de datos de alineación de los templos obtenidos en cinco años de trabajo de campo en Egipto (línea fina) contra el histograma que incluye también los datos de Sudán (línea gruesa). Se identifica cada pico por un número romano que se refiere a cada una de las siete familias de orientaciones astronómicas (equinoccial, solsticial, estacional, sotíaca, canópica, cardinal e inter-cardinal, respectivamente). Se indican las posiciones extremas de Sirio y Canopo (y de otras estrellas) a lo largo del periodo faraónico, así como las líneas solsticiales a ±24º. De Belmonte (2012).

Figura 4. Astronomía y paisaje en toda su esencia. La ubicación de dos importantes lugares sagrados del Alto Egipto, Karnak y Dandara, bien pudiera haber sido determinada por la presencia de una doble alineación astronómica y topográfica. El enorme complejo de Karnak se encuentra en uno de los pocos lugares de la geografía de Egipto donde la línea solsticial, que conecta el orto solar del solsticio de invierno con su ocaso en el de verano, es al mismo tiempo perpendicular al Nilo. Dandara se habría ubicado en un lugar donde el caudal del río fluye desde la dirección en que se observaba el orto helíaco de Sirio, heraldo de la inundación. En el periodo grecorromano, la perpendicular a esta línea marcaba además el orto de Meskhetyu. Los templos erigidos en estos lugares tienen sus orientaciones predeterminadas en consecuencia. De Belmonte (2012).

Figura 4. Astronomía y paisaje en toda su esencia. La ubicación de dos importantes lugares sagrados del Alto Egipto, Karnak y Dandara, bien pudiera haber sido determinada por la presencia de una doble alineación astronómica y topográfica. El enorme complejo de Karnak se encuentra en uno de los pocos lugares de la geografía de Egipto donde la línea solsticial, que conecta el orto solar del solsticio de invierno con su ocaso en el de verano, es al mismo tiempo perpendicular al Nilo. Dandara se habría ubicado en un lugar donde el caudal del río fluye desde la dirección en que se observaba el orto helíaco de Sirio, heraldo de la inundación. En el periodo grecorromano, la perpendicular a esta línea marcaba además el orto de Meskhetyu. Los templos erigidos en estos lugares tienen sus orientaciones predeterminadas en consecuencia. De Belmonte (2012).

Figura 5. Histograma de declinación de los templos sudaneses. Seis picos son claramente representativos. Curiosamente, para todos ellos se pueden encontrar fácilmente equivalencias con el conjunto de familias de orientación que se habían establecido previamente para los templos egipcios. Los más importantes están relacionados con la declinación del sol en el solsticio de invierno (II) y con Sirio (IV), la estrella más brillante del cielo. De Belmonte (2012).

Figura 5. Histograma de declinación de los templos sudaneses. Seis picos son claramente representativos. Curiosamente, para todos ellos se pueden encontrar fácilmente equivalencias con el conjunto de familias de orientación que se habían establecido previamente para los templos egipcios. Los más importantes están relacionados con la declinación del sol en el solsticio de invierno (II) y con Sirio (IV), la estrella más brillante del cielo. De Belmonte (2012).

Figura 6. Diagrama que muestra la evolución de Upet Renpet a lo largo del tiempo con respecto a las estaciones correspondientes del sol en el marco del año trópico. Desde la creación del calendario en el período dinástico temprano, hubo algunos hitos importantes de esta evolución, como la concordancia con el equinoccio de primavera durante la V Dinastía, cuando por primera vez se erigieron templos solares de forma sistemática, con el solsticio de invierno al comienzo del Reino Medio, cuando Tebas, incluido el gran templo de Karnak, y sus alineaciones solsticiales se convirtieron en pertinentes y, finalmente, con el solsticio de verano durante el reinado de Ramsés II, cuando las estaciones civiles y climáticas volvieron a ser coincidentes nuevamente por primera vez después de la creación del calendario civil. De Belmonte (2012).

Figura 6. Diagrama que muestra la evolución de Upet Renpet a lo largo del tiempo con respecto a las estaciones correspondientes del sol en el marco del año trópico. Desde la creación del calendario en el período dinástico temprano, hubo algunos hitos importantes de esta evolución, como la concordancia con el equinoccio de primavera durante la V Dinastía, cuando por primera vez se erigieron templos solares de forma sistemática, con el solsticio de invierno al comienzo del Reino Medio, cuando Tebas, incluido el gran templo de Karnak, y sus alineaciones solsticiales se convirtieron en pertinentes y, finalmente, con el solsticio de verano durante el reinado de Ramsés II, cuando las estaciones civiles y climáticas volvieron a ser coincidentes nuevamente por primera vez después de la creación del calendario civil. De Belmonte (2012).

Figura 7. El eje del pequeño templo del dios Atón, el disco solar, en Tell el Amarna, está orientado a una particular hendidura en el horizonte (en realidad el valle donde fue excavada la tumba real) por donde el sol se elevaría en el momento de la fundación de la ciudad, quizás en representación del nombre antiguo de la misma, Akhetaton, el “Horizonte del Disco”, permitiendo así una datación tentativa del reinado de Akhenaton. De Belmonte (2012).

Figura 7. El eje del pequeño templo del dios Atón, el disco solar, en Tell el Amarna, está orientado a una particular hendidura en el horizonte (en realidad el valle donde fue excavada la tumba real) por donde el sol se elevaría en el momento de la fundación de la ciudad, quizás en representación del nombre antiguo de la misma, Akhetaton, el “Horizonte del Disco”, permitiendo así una datación tentativa del reinado de Akhenaton. De Belmonte (2012).