Osiris, un faraón de leyenda
Por Núria Castro Jiménez
2 mayo, 2017
Osiris recibiendo ofrendas, en una escena de una estela funeraria. Foto: Susana Alegre García
Modificación: 18 mayo, 2017
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Desde la fundación del Estado egipcio, el mito de Osiris fue, por excelencia, el elemento legitimador de la monarquía. A través de la mitología se conseguía la sublimación de la figura del faraón, como garante del orden cósmico y de la armonía que aseguraba el buen funcionamiento del universo. Osiris era presentado por el mito como el primer faraón de Egipto, y, de hecho, las listas o cánones reales insistieron en esta afirmación durante milenios. Así, todos los faraones de Egipto se transformaban en herederos de aquel rey cuyo hijo, Horus, había conseguido imponerse a las fuerzas del mal.

El dios Osiris tenía muchas connotaciones. Era considerado el señor y juez del Más Allá, rey de la ultratumba y del mundo subterráneo. Pero la creencia egipcia en la vida eterna, permitió que Osiris fuera también una divinidad asociada al ciclo vital del resurgimiento; incluso se le vincula con las fuerzas de la inundación y la energía que permiten la fertilidad de la tierra. Es un dios ctónico, de la vida renovada y de la vegetación emergente. En las fiestas que tenían lugar al principio de la temporada agrícola, se modelaban una figurillas de barro en las que se integraban semillas, que, más tarde, brotaban. Era una forma gráfica de expresar la fuerza revitalizadora de Osiris. Estas figurillas se colocaban también en el interior de las tumbas, como un símbolo vivo de la renovación de la vida. Esta faceta de Osiris como dios de la semilla, oculta en la tierra durante su germinación, contribuyó a consolidar, por analogía, el carácter subterráneo del dios.

El mito de Osiris ha sido interpretado desde muchas perspectivas. Algunos han buscado en él la posibilidad de encontrar ciertas reminiscencias de carácter histórico; o sea, que en cierto modo contenga informaciones sobre acontecimientos reales que podrían remontarse al Período Predinástico. Quizás el mito rememora la vida de un antiguo gobernante que consiguió una primera reunificación del Alto y del Bajo Egipto. Osiris sería entonces la divinización de un rey procedente del Delta, de la zona de Busiris, pero que siempre luce la Corona Blanca del Sur, lo que pondría de manifiesto su carácter de faraón del Doble País.

Los orígenes de la leyenda de Osiris se pierden en los albores de la civilización egipcia y se conocen diversas versiones. Una vez institucionalizado, el mito se fue adaptando a las doctrinas imperantes en cada momento, para asegurar la identificación popular del faraón con la divinidad.

En un principio, el relato debía transmitirse de forma oral, pasando así de generación en generación. La referencia escrita más antigua aparece en los Textos de las pirámides, el primer gran corpus de textos religiosos conservado en Egipto. En ellos, Osiris está incorporado a la Enéada Heliopolitana: un grupo de nueve dioses de los cuales descendían los faraones y encabezado por la divinidad solar. Osiris era considerado hijo de Gueb y Nut, al igual que sus hermanos Isis, Set y Neftis, con lo que se conjugaban dos de las principales teologías: la creación solar primitiva y la teología Osiríaca.

La teología heliopolitana convirtió a Osiris en un dios cósmico. En la Época Predinástica el rey difunto se identificaba con Osiris, y más tarde fue necesario introducir esta concepción y adaptarla al marco del dogma del destino solar del faraón, imperante a partir del final del Imperio Antiguo. El rey se reunía con Re en el cielo transformado en Osiris y, al mismo tiempo, se identificaba con el Gran Dios del Cielo. El faraón muerto seguía gobernando el mundo inferior, como Osiris reinó en el mundo subterráneo, para finalmente reinar en el Más Allá.

Pero Osiris no fue monopolizado por el monarca o las grandes teologías religiosas. En realidad, se trató un culto muy popular. Él inspiraba la esperanza en una vida póstuma en el Más Allá. Una vida que aunque en un principio estaba restringida a la figura del faraón, con el tiempo se fue “democratizando”. Esta apertura en la accesibilidad del Más Allá surgió a raíz de las revueltas del Primer Período Intermedio. Hasta entonces sólo él gozaba de eternidad, sólo él era un Osiris en el Más Allá. Un destino que, además, únicamente él podía conceder por “gracia divina” a sus más allegados.

El relato del Mito de Osiris recuerda la historia bíblica de Caín y Abel. Set mata a su hermano Osiris, el monarca que reina sobre dioses y hombres, a causa de la envidia que le provocan su posición privilegiada y la estima que le tienen sus súbditos. Este asesinato constituye el primer intento de usurpación del poder del faraón y, por lo tanto, de conspiración contra el orden cósmico, haciendo que el caos aceche un universo en armonía.

Isis, protectora de su esposo en todos los peligros que por sí solo no puede evitar, acude en busca del cadáver, acompañada de su hermana Neftis. Al encontrarlo, Isis rompe a llorar, de tal manera que los egipcios creyeron que las lágrimas de la diosa por la muerte de su marido eran una de las fuentes de Nilo. Pero Isis, como diosa de la magia, podía conseguir cosas aparentemente imposibles. Y, utilizando todo su poder, la diosa consiguió devolver la vida a Osiris, gracias al batir de sus divinas alas. Aunque otra versión del mito explica que el cuerpo de Osiris había sido embalsamado por el dios Anubis, guardián de las necrópolis y patrón de la momificación. Esta versión aparece por primera vez en el Imperio Medio, en los Textos de los Sarcófagos, en los que se narran algunas partes de la leyenda.

triada-osiris-isis-horusFigurillas que muestran al dios Osiris, a Isis con Horus en el regazo y a Harpócrates, “Horis niño”. Foto: Susana Alegre García

Plutarco, en su tratado sobre Isis y Osiris, explica la versión más elaborada de este mito. Osiris es presentado como un rey afable por el que sus súbditos sentían un gran afecto y agradecimiento, ya que les había transmitido los conocimientos sobre agricultura y prácticas religiosas. Set, gemelo de Osiris y encarnación del mal, rojo de rabia (color del desierto y de la esterilidad) estaba furioso debido a la envidia que sentía por su hermano. Entonces Set se confabula con 72 conspiradores más e inventa una estratagema: invita a Osiris a una fiesta en su honor. Además, la celebración tenía el atractivo especial de un regalo sorpresa que ningún egipcio podría despreciar: un sarcófago. El preciado obsequio sería para el invitado que se ajustara a sus dimensiones. El confiado Osiris se introdujo voluntariamente en el sarcófago, en el que encajó a la perfección. Obviamente, el perverso Set había tomado sus medidas en secreto. En el mismo instante que Osiris se acomoda, los conspiradores aprovechan su indefensión: sellan la tapa y arrojan el sarcófago al Nilo. Al conocer este horrible fraticidio, Isis parte en busca del féretro que las olas arrastraron hasta Biblos, en la costa fenicia. Allí, el sarcófago topa con un árbol (una acacia o un sicomoro) y se enquista en su interior. El árbol crece de manera maravillosa, hasta el día en que el rey de Biblos decide talarlo para convertirlo en un pilar de su palacio real. Al cortarlo, sin embargo, nadie se dio cuenta de la presencia de Osiris en su interior.

Mientras tanto, Isis llegó a Biblos y consiguió entrar al servicio de la corte, gracias a su dominio de la cosmética. Desesperada, llama a gritos a su esposo, y éste contesta desde el interior de la columna central de la sala del palacio. Isis logra que le entreguen la columna y la lleva consigo de vuelta a Egipto. Set, viendo peligrar el trono usurpado, aprovecha una ausencia de Isis para descuartizar el cuerpo de Osiris en catorce fragmentos (dieciséis, según otras versiones), que dispersa por Egipto. Isis viaja por todo el país en busca de los fragmentos y los entierra en el mismo lugar donde los va encontrando. Así, muchas ciudades egipcias compartieron la gloria de poseer una tumba del dios, con lo que se logró el arraigo y la popularidad de su culto en todo el territorio egipcio, a la vez que se reforzaba la unificación territorial y espiritual de Egipto.

Otra narración del mito, que también alcanzó gran popularidad en todo el territorio egipcio, fue la que explica que Isis acompañada de otros dioses reúne los fragmentos de su esposo para confeccionar una momia. Anubis consigue dar cohesión al cuerpo de Osiris, vendándolo y embalsamándolo. Ésta es, según la mitología, la primera momificación de la historia. Con ella se consiguió dar a Osiris un cuerpo inmortal y, en consecuencia, el paso a la eternidad.

La popularidad del legendario rey llegó a ser tan grande que muchas mitologías de carácter local relacionaron a sus dioses patronos con el Mito de Osiris. Un ejemplo de ello lo encontramos en el episodio protagonizado por el pez Oxirrinco, que según una versión, fue el responsable de que Isis no consiguiera la reunificación total del cuerpo descuartizado de su esposo. Algunos de los fragmentos de Osiris, al ser dispersados por la geografía egipcia, habían caído en las aguas del Nilo. Allí se encontraron con el voraz Oxirrinco, que consiguió devorar uno de ellos: el pene. Aún así, la poderosa magia de la diosa consiguió que ésta se quedara embarazada de su momificado esposo. Para escapar de la persecución de Set, el matrimonio se refugió en la zona del delta, donde Isis dio a luz a Harpócrates, “Horus el niño”. Un niño que, al crecer, se transformó en un poderoso dios que no podía permitir que el trono de Egipto perteneciera al asesino de su padre.

La batalla de Horus y Set fue muy dura. Todas las fuerzas del cosmos se enfrentaron: la luz y las tinieblas, el sol y la luna, el orden y el caos. Finalmente, Horus logra imponerse sobre el usurpador y se establece en el trono de Egipto. Trono que le iba a pertenecer eternamente.

horus-set-edfuEnfrentamiento entre Horus y Set según se narra en el templo de Edfu. En esta versión del mito, Horus arponea a Set. Foto: Archivo documental AE. 

Osiris, un rey muerto y divinizado, añadió a la esencia divina del faraón la idea de gran benefactor del pueblo, convirtiéndolo en un héroe que representaba el orden cósmico, encarnación de la bondad y responsable del progreso material y espiritual del pueblo egipcio. Su asesinato por oponerse al mal, sacrificando su vida en favor de sus súbditos, es una parte fundamental de la leyenda y el principal artífice de su éxito, en beneficio de la imagen de la institución faraónica.

En conclusión, la mitología sitúa a Osiris como el ancestro de todos los reyes que, al morir, llegarían al otro mundo convertidos en él. Mientras que Horus, su hijo, se encarnaba en cada rey que accedía al trono, consiguiendo una legitimidad dinástica para sus personificaciones: los faraones.