Nono de Panópolis. Sociedad, religión y literatura en el Egipto tardoantiguo
Por David Hernández de la Fuente
1 enero, 2012
Modificación: 3 enero, 2017
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Egipto en el contexto de la antigüedad tardía

Egipto fue, durante la llamada Antigüedad Tardía (siglos III-V)[1], un crisol cultural y una encrucijada histórica, como escenario de un destacado florecimiento literario y del campo de batalla definitivo entre el cristianismo y el paganismo[2]. En este mundo nació y vivió Nono de Panópolis, el más grande poeta griego de la antigüedad tardía, autor de una epopeya en honor del dios Dioniso (Fig. 1) y de otro poema épico sobre la vida de Cristo –las Dionisíacas y la Paráfrasis al Evangelio de San Juan–, en una época en la que Egipto mantuvo su importante peso socioeconómico dentro del imperio. Esta contribución pretende ofrecer un breve panorama de la situación histórica del país del Nilo en un momento de profundo cambio social y espiritual en la transición del mundo antiguo al mundo medieval, que bien puede encontrar en Nono una de sus figuras paradigmáticas.

A consecuencia de la profunda reorganización del Imperio llevada a cabo por Diocleciano, con la que se abre la época bajoimperial, el país sufrió una reorganización profunda, perdiendo sus antiguas peculiaridades administrativas. La construcción política de la Tetrarquía produjo, a finales del siglo III, una virtual división del Imperio en dos partes, que se fue acentuando con el paso del tiempo. Ello favoreció la fundación de Constantinopla, que acabó por convertirse en heredera de Roma y única capital imperial al desaparecer, como entidad política, la parte occidental del Imperio en la fecha, más bien simbólica, del 476. La organización administrativa y burocrática del estado romano en la antigüedad tardía nos es conocida gracias a la notitia dignitatum (probablemente de 430), un listado de los máximos cargos civiles y militares, con sus respectivas tareas y dotación, y muestra una separación de los poderes militar y civil, con el aumento de las divisiones administrativas y la burocracia civil. A los más altos magistrados del Imperio, los prefectos del pretorio se les confiaban tareas exclusivamente civiles y administrativas, en el gobierno de la prefectura de las Galias, la de Italia, la del Ilírico y la de Oriente. Cada prefectura estaba a su vez dividida en varias diócesis, en total eran doce, con un vicario a su mando y cada diócesis se dividía en provincias, a cargo de gobernadores de rango ecuestre (sólo había tres procónsules). Las excepciones a esta organización administrativa bajoimperial fueron Roma y Constantinopla, que estaban regidas por prefectos urbanos directamente dependientes del emperador, al igual que los prefectos del pretorio.

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Fig. 1. Dioniso en el mosaico de Daphne en Antioquía. Época Bajoimperial. Ver en.wikipedia.org/wiki/Nonnus

En el marco administrativo de esta estructura, Egipto sufre algunos cambios sucesivos en su sistema administrativo desde el reinado de Diocleciano al de Justiniano. En el 395, es decir, a la muerte de Teodosio I el Grande (Figs. 2 y 3), se produce la división del Imperio entre sus dos hijos, Arcadio y Honorio. En este momento, por tomar un año de referencia, Egipto pertenece a la ya fijada prefectura de Oriente y, dentro de ella, a una diócesis llamada Aegyptus, que incluye la parte de Libia correspondiente a la antigua provincia romana Cirenaica. Esa diócesis incluye las provincias llamadas Lybia Superior y Lybia Inferior; una provincia llamada Aegyptus, correspondiente a la zona del delta, con capital en Alejandría y gobernada por un praefectus Aegypti no consular. El nuevo emperador de Oriente, Arcadio, creó una provincia con su nombre (Arcadia), situada al sur de la anterior y con capital en Menfis; y una Tebaida, al sur de la Arcadia, con capital en la antigua Tebas. A la cabeza de todas estas provincias se sitúa, según la Notitia Dignitatum, un praesides, nombre genérico para los gobernadores provinciales a partir de Diocleciano. Tal organización rompe la tradición imperial romana, que consideraba a Egipto una relativa unidad administrativa (la provincia imperial de Aegyptus), y retoma el precedente de la administración helenística de los monarcas lágidas. Además, se suma a su área de influencia Libia, la antigua Cyrenaica.

En breve, el nuevo Imperio Romano diseñado por Diocleciano muestra a un emperador –a partir de Constantino relacionado con la nueva divinidad cristiana– rodeado ya por un complejo protocolo en la cúspide de una enorme pirámide burocrática, administrativa y militar. Esa es la construcción que se perpetúa en los siglos siguientes, con la consolidación, a partir de Teodosio I el Grande, de un modelo de Imperio Cristiano que acabará con el paganismo y se presentará como representante exclusivo de la romanidad. A partir de la división del Imperio y con la decadencia y posterior desmembramiento de la parte Occidental, el Imperio de Oriente quedará como el auténtico Imperio Romano. Como decíamos al principio, Egipto es el principal teatro de operaciones de la confrontación religiosa y el prolongado conflicto de poderes inherente a ese proceso.

En el panorama económico, la sociedad tardoantigua experimentó un aumento en la brecha entre ricos y pobres y una reducción la movilidad social y geográfica. Ciertos aristócratas (honestiores) se enriquecieron de forma impensable para épocas pasadas, mientras que creció la masa de población desfavorecida (humiliores) forzada a la producción agrícola en condiciones durísimas y, en el caso de los coloni, asignada a una propiedad que no podían abandonar. La emergencia del oro como valora de estabilidad monetaria revoluciono las condiciones económicas del bajo imperio[3] y conllevó una mayor influencia del estado en la economía y un cierto dirigismo de la expansión económica. Es interesante notar la relativa prosperidad del medio rural tardoantiguo: en el Bajo Egipto del siglo V, por ejemplo, Sócrates Eclesiástico habla de las densamente pobladas aldeas y de sus ricas iglesias. Se ha estudiado concienzudamente el desarrollo del rico y ya proverbial “granero del Imperio” en esta época haciendo hincapié en la gran producción agrícola de las riberas del Nilo, que alcanzó cotas de desarrollo imponentes[4]. En este panorama es importante destacar el  dominio de las aristocracias agrarias y la importancia de las ciudades provinciales a lo largo de todo el Imperio, pero sobre todo en el próspero Egipto. En su reciente e importante contribución sobre la economía agraria de la antigüedad tardía, Banaji desmonta el tópico del aislacionismo económico del mundo tardoantiguo, que se ha defendido desde las tesis de Max Weber.

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Fig. 2. Pedestal sobre el que se levantó el “Obelisco de Teodosio I” con un relieve en cuya iconografía se puede ver a Teodosio ofreciendo la simbólica corona de laurel. es.wikipedia.org/wiki/Archivo:Istambul_cokol1RB.JPG

Muy pronto comenzó Constantinopla, la Deutera Rome Nueva Roma, a hacerle sombra a su hermana mayor, tras recibir el ius italicum, todos sus beneficios fiscales y la autonomía bajo el mando de un prefecto de la ciudad. Sobre el modelo de la vieja Roma, la ciudad se habría de convertir en uno de los mas populosos enclaves del Imperio sobre todo cuando, tras la muerte de Teodosio (379-395), fue designada capital de la parte oriental del Imperio. La fragmentación religiosa anterior a Teodosio, entre el Occidente niceno de Valentiniano y el Oriente arriano de Valente, había logrado que tanto la unidad de la Iglesia como la posición mediadora del poder imperial como autoridad religiosa quedase en entredicho. Teodosio tratará de favorecer esta unidad pero, paradójicamente, es el primer emperador en renunciar al título de pontifex maximus, que mantuvieron sus predecesores para arrogarse la prerrogativa de dirimir en último término las disputas religiosas. En efecto, Teodosio utilizará la legislación para regular la cuestión religiosa, pero siempre apoyado en un consejo eclesiástico que lo asesora. Por medio del Edicto cunctos populos, Teodosio marca las líneas rojas: se establece el credo niceno como recta fe (orthodoxia) del estado frente a herejías como el arrianismo o al paganismo, que son oficialmente proscritos y combatidos con duras penas. Otra diferencia con sus predecesores Constantino I y Constancio II, que sólo se bautizaron poco antes de morir, fue que Teodosio se hizo bautizar poco después de su coronación y tras salir con bien de una grave enfermedad en 380. A esto se añaden las duras medidas que tomó Teodosio contra el paganismo, prohibiendo por ley en 392 los sacrificios y el culto en los templos de los dioses. Poco después se clausuraron los Juegos Olímpicos. Al amparo de estas leyes, los grupos de cristianos más militantes, en el Egipto de las comunidades monásticas, camparon por el país destruyendo templos y estatuas de los dioses paganos. Así, bajo el patriarca Teófilo, la culta Alejandría sufrió destrucciones de templos y bibliotecas, como el famoso Serapeion. La violencia fue una moneda de cambio en la confrontación entre religiones o doctrinas religiosas en el Egipto tardoantiguo[5]. En 361, durante el reinado de Juliano el Apóstata, una multitud dio muerte a Jorge, obispo arriano de Alejandría nombrado por el emperador Constancio; en el 457, fue muerto Proterio, un obispo también nombrado por el poder imperial. Sus cuerpos fueron arrastrados por las calles y luego quemados. Posteriormente, a instancias del patriarca Cirilo, fue asesinada en 415 la célebre filósofa y matemática Hipatia, en un segundo pogromo antipagano en Alejandría. En otras partes del Imperio, desde Palestina a Roma, se cerraban templos y monumentos paganos, como el simbólico altar de la Victoria en el Senado romano, cuya permanencia solicitó de modo vehemente el gran orador Símaco. Con todo, el paganismo no sería erradicado totalmente y, en provincias orientales como Egipto o Siria, sobreviviría en focos populares e intelectuales hasta bien entrado el siglo VI. Tras el reinado de Teodosio el Imperio se fracciona definitivamente y oriente queda bajo Arcadio (395-408) y, posteriormente, bajo el hijo de este Teodosio II (408-450). El Imperio de Oriente vive una pequeña edad dorada frente a la acentuada decadencia occidental, con la notable excepción de la invasión de los hunos de Atila –conjurada gracias a cesiones y tributos–, frente a los numerosos desastres que, como el saco de Roma por Alarico en 410, asolaron la pars occidentalis. A la muerte sin hijos de Teodosio II en 450, el Imperio de Oriente queda en manos de Marciano, al que sucede poco después León I (457-474). Los emperadores Zenón (474-491) y Anastasio I (491-518) completan con sus respectivos reinados el siglo V, la época crucial para la política y la religión y de florecimiento económico y cultural en el Imperio de Oriente en la que vivió el poeta Nono de Panópolis.

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