Nefertiti viajera
Por José Antonio A. Sancho
1 agosto, 2007
Busto de Nefertiti. Foto Archivo documental AE
Modificación: 2 agosto, 2017
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Poco podría imaginar el egiptólogo Ludwig Borchardt que su memoria habría de permanecer para siempre ligada a un busto del que su equipo le decía, “no es lo que piensa: tiene usted que verlo”. Poco podría imaginar, también, aquél 6 de diciembre de 1912, que el busto policromado que su equipo había descubierto durante las excavaciones que realizaba en la ciudad de Akhetatón, el “Horizonte de Atón” (hoy Tell el-Amarna), al que pronto reconocerían como perteneciente a la reina Nefertiti, estaba destinado a sufrir tantas vicisitudes en los años venideros.

Mucho se ha hablado de aquél descubrimiento y mucho de las razones por las cuales acabó siendo depositado en Berlín y no en El Cairo, pero en cualquier caso podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que a juzgar por lo sucedido durante todos aquéllos años los milagros existen y una prueba tangible la tenemos en el propio busto de Nefertiti cuando, hoy, a pesar de las muchas vicisitudes a los que fue sometido y el riesgo que corrió pueda seguir admirándose tal y como fue hallado en el taller que el escultor Thutmose tenía en Akhetatón.
Sin entrar a valorar en demasía lo sucedido en aquéllos días posteriores a su descubrimiento, y de si formaba parte o no del cupo alemán que el gobierno egipcio establecía en la mitad de lo hallado, en este caso para el Deutsche Orient- Gesellschaft dirigido por Borchardt, el 20 de enero de 1913 se produjo el reparto en presencia del funcionario subalterno del Servicio de Antigüedades de Egipto, el epigrafista y papirólogo Gustave Lefebvre en ausencia de su director, el egiptólogo francés Gaston C. Ch. Maspero por hallarse de viaje en Francia, pero bien por ocultación, bien por falta de competencia del Sr. Lefebvre, pero en cualquier caso, sin un permiso expreso de las autoridades egipcias como era lo preceptivo para la salida de todo bien artístico de Egipto desde las primeras excavaciones, el busto de Nefertiti saldría de Egipto con destino al domicilio particular berlinés del rico empresario, coleccionista y patrocinador alemán de la excavación, el Sr. Henri James Simon, a la vez que otras esculturas menos relevantes, también halladas en Tell el-Amarna, eran depositadas en el Ägyptisches Museum de la capital alemana.
En aquélla residencia de la calle Tiergartenstrasse permaneció oculto con la salvedad de cierta exposición realizada ese mismo año a la que estaba previsto que inaugurara el Kaiser Wilhelm (II), tras la cual, y de acuerdo con lo convenido, sería retirado y devuelto a la casa de los Simon. En 1920 la familia del mecenas decidió prestar la obra al museo egipcio y en 1923 su generosidad le obligó a donarla, ya definitivamente.
Sería a raíz de su exposición en 1924 en el Agyptisches Museum y de la admiración que causó en la sociedad alemana cuando el gobierno egipcio supo de su existencia e inmediatamente inició gestiones para su restitución. No consiguiéndolo, en 1925 eran disminuidos los permisos de excavación que se le concedían a Alemania si no se avenía a devolverlo, o al menos aceptara un arbitraje internacional propuesto por el gobierno egipcio. Sin ningún éxito y no vislumbrando posibilidad de acuerdo, otro intento tuvo lugar en 1929 cuando fue enviado a Berlín el egiptólogo francés Pierre Lacau a mediar ante el entonces director del museo, el egiptólogo Heinrich Schäfer; en esta ocasión incluyendo alguna propuesta tan novedosa como la de su canje por otras importantes obras. Desgraciadamente todas aquéllas gestiones resultaron infructuosas aún cuando se contaba con el beneplácito de personajes tan relevantes de la sociedad cultural alemana como la del Director de los Museos Prusianos, Wilhelm Waetzoldt, la de su Ministro de Cultura, Adolf Grimme, e incluso la del propio Henri James Simon, y ante la negativa de la cancillería y parlamento alemanes la reacción egipcia no se hizo esperar y una nueva reducción se produciría en los permisos de excavación a Alemania, a la vez que eran revisadas todas las concesiones extranjeras en Egipto, y abolido el método de división equitativa utilizado hasta entonces con cuantos restos arqueológicos fueran hallados.
Con la llegada al poder del dictador Adolf Hitler en 1933, se inició una nueva serie de contactos con las autoridades que presagiaron el acuerdo cuando el entonces su Primer Ministro, Hermann W. Göring remitió una carta a la Embajada de Egipto en Berlín aceptando su devolución. Lamentablemente nunca llegó a producirse, pues el propio Hitler, encaprichado con tan hermosa escultura, e interesado en mantenerla para Alemania se interpondría en el camino.
Tras la declaración de guerra a Alemania que en 1939 firmaron Francia y Gran Bretaña por la ocupación de Polonia, y previendo el grave riesgo que corrían sus muchas joyas artísticas de permanecer en Berlín, el gobierno alemán decidió evacuarlas a diversos refugios del país en la búsqueda de su salvaguarda. De tal disposición, en 1940 el busto de Nefertiti sería depositado en los sótanos del Reichsbank (Banco Central Alemán), en 1941 en un bunker antiaéreo de la capital y posteriormente en una mina de sal a 800 m. de profundidad con 50 km. de galerías que se hallaba entre las localidades alemanas de Merkers y Kaiseroda. En una de aquéllas galerías permanecería oculto durante 4 años compartiendo espacio con bienes artísticos de incalculable valor (aunque curiosamente de un peso bien conocido: 400 Tn) procedentes de 17 museos alemanes, así como el 93% del Tesoro alemán también depositado en tan inmenso subterráneo hasta que las tropas de la 3ª Armada de los EEUU a cuyo frente se encontraba el general George S. Patton consiguieron acceder a su interior el 7 de abril de 1945 y a los pocos días iniciar una nueva andadura; en un primer momento a Frankfurt y luego a Wiesbaden dónde, junto a otras importantes obras, sería nuevamente exhibido el busto al público bajo la vigilancia de las fuerzas norteamericanas. En esa situación, en 1946 el gobierno egipcio dirigió una misiva al estadounidense solicitando su restitución, pero alegando este que era una cuestión que competía resolver al nuevo gobierno alemán, sería desatendida.
Con la división del país que se produjo una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, de la que surgiría en 1949 la República Democrática Alemana en la parte oriental del país, y la República Federal Alemana para la occidental, una nueva discordia se unió a la ya larga serie de incidentes al considerarse ambos estados legítimos herederos del patrimonio cultural prusiano al que pertenecía el busto. Pero el hecho de encontrarse en territorio occidental y el nuevo marco jurídico que se estaba creando impidió su entrega a las autoridades de la Alemania oriental, y un nuevo intentó de recuperación se produjo a través de las embajadas egipcias de Washington y Berlín.
En 1955 se trasladó el busto de Nefertiti de Wiesbaden a Dahlem, lugar dónde se hallaban las fuerzas norteamericanas de Berlín tras la división de la capital, y en 1956 se firmaba un acuerdo entre los gobiernos de la República Federal Alemana y países de la Alianza por el cual todos los bienes de la extinta Prusia pasaban a formar parte del patrimonio cultural de la República Federal de Alemania a lo que es obvio se opuso la oriental declarando ilegal el acuerdo.
Con Gamal Abdel Nasser en la Presidencia de Egipto, más próximo al gobierno y tesis de la RDA, una nueva negociación se produjo con los dirigentes orientales lo que provocaría la reacción del gobierno contrario por considerarlo una intromisión que, unido a la visita dispensada en Egipto al máximo de sus dirigentes, el Sr. Walter Ulbright, la RFA cesaba toda ayuda económica a Egipto iniciándose un distanciamiento que se agravaría aún más unos años después con la venta de armas y ayuda económica a Israel, por entonces en conflicto bélico con Egipto. Fue en esa época cuando el busto de Nefertiti volvió al “Ägyptischen Museum” de dónde únicamente saldría en muy excepcionales ocasiones como cuando lo hizo para formar parte de cierta exposición de 1976 que, sobre Nefertiti y Akhenatón se realizó en la ciudad de Munich.
Con el gobierno de Anuar el-Sadat un nuevo acercamiento se produjo entre ambos países, y el presidente egipcio, en un acto de renovada cordialidad, en 1973 entregaba al pueblo alemán la puerta del templo ptolemaico de Kalabsha por la colaboración prestada en la salvaguarda de los templos que quedaban anegados tras la construcción de la presa de Asuán. Pero Sadat también haría valer los derechos de su pueblo sobre la escultura de Nefertiti, y cuando un nuevo conflicto por la posesión del busto surgió entre las “2 Alemanias”, también intentaría su restitución. A pesar de no conseguirlo, la cordialidad se mantuvo en las relaciones germano-egipcias, y fueron muchas las ocasiones en las que, durante los años sucesivos, el gobierno egipcio colaboraría con el alemán enviando en muy diversas ocasiones testimonios del patrimonio arqueológico egipcio para sus exposiciones.
Con el bestseller de Gert von Paczensky y Herbert Ganslmayr titulado, “Nofretete will nach Hause. Europa-Schatzhaus der Dritten Welt” (Nefertiti quiere volver a casa. Europa: Tesoros del Tercer Mundo) de la editorial C. Bertelsmann (Munich, 1988), crítico con la postura alemana respecto a la posesión de la escultura de Nefertiti y por extensión a las de toda Europa con respecto a los bienes que poseía del “Tercer Mundo”, algo cambió en la sociedad alemana para que ésta adoptara cierta crítica respecto a ella aún cuando la considerara una de las joyas de su patrimonio nacional. Por esa razón, o como consecuencia de ella, se empezó a vislumbrar cierto cambio en la actitud del gobierno alemán que no pasó desapercibido al gobierno egipcio y cuando Hosni Mubarak visitó Alemania en 1989, en plena efervescencia política por la que ya se intuía inminente unificación de las “2 Alemanias”, no quiso pasarlo por alto y alejándose de toda acción reivindicativa, pero en pos de la Amistad entre los dos pueblos dijo que Nefertiti era la mejor embajadora posible de Egipto en la nueva Alemania.
Sin obviar las muchas manifestaciones de uno u otro signo que, con motivo de diversas causas se han ido realizando a lo largo de estos últimos años por dirigentes de Egipto y Alemania, y aún no habiéndose producido un acuerdo entre ambos gobiernos, ni la mediación internacional o la de los organismos internacionales competentes que se han limitado a subrayar que este es un asunto a resolver entre las partes, el diálogo y comprensiones abiertas entre ambos gobiernos es un hecho y si bien las reivindicaciones por parte de los dirigentes egipcios se han venido produciendo y probablemente se produzcan en el futuro, y tampoco falten las voces alemanas que pidan su mantenimiento, devolución, o préstamo, es de preveer que tales cambios de actitud induzcan en un futuro a una solución definitiva a este caso. Es momento de vislumbrar esa posibilidad cuando está próximo a celebrarse el centenario de su descubrimiento y la construcción del nuevo Gran Museo Egipcio de El Cairo.

En relación a la noticia:
Nefertiti seguirá siendo una reina viajera a sus 3.300 años de Edad (31/1/2009)

Artículo publicado en enero/marzo, 2009, pp. 33-35 en BIAE 65: http://www.egiptologia.com/boletin-informativo-biae/119-boletin-informativo-ano-vii/2948-biae-numero-65-enero-marzo-2009.html

BIAE Número 65 – Enero/marzo 2009