El matrimonio en el Antiguo Egipto
Por Pilar Pérez
1 septiembre, 2006
Fragmento de escultura amarniana. Neues Museum. Berlín. Foto: Archivo documental AE.
Modificación: 7 diciembre, 2016
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El estado civil de casado era para los antiguos egipcios la parte ideal del fervor divino. Los Antiguos Egipcios dieron un gran valor al matrimonio y más si de él nacían muchos niños. Un hombre joven que había llevado hasta ahora una vida de soltero, pero que ahora tenía una mejor situación social, iría a la casa del padre de la mujer escogida a pedir su mano. Era común para una persona casarse otra vez después del divorcio o después del fallecimiento de un cónyuge.

De acuerdo con el sistema patriarcal y hasta el Reino Nuevo, parece que el padre de la muchacha tenía la última palabra o bien un tío en caso de fallecimiento del padre. No se hacía caso a la madre del joven ni a la muchacha. Cuando una madre había adoptado a una muchacha también podría dar su consentimiento si su marido hubiese fallecido. Tenemos una inscripción biográfica de período Ptolemaico donde una mujer dice: “Mi padre me dio en matrimonio sin saber yo nada y sin mi consentimiento”.

El consentimiento de la muchacha a una unión es poco importante hasta la vigésimo sexta dinastía, cuando las novias comenzaron también a poder decidir y es entonces cuando encontramos contratos de la unión usando no sólo la fórmula “Yo te convierto en esposa”, o desde el lado de la mujer “tu me has hecho tu esposa”.

Edad del matrimonio

Sabemos de casos donde hombres “muy maduros” tomaron a esposas muchos años más jóvenes. El escriba Qenherkhepeshef de Deir–el Medina, por ejemplo, se casó con Nanakht una muchacha de 12 años cuando él tenía 54. Otro ejemplo, habiendo establecido la edad de Reina Mutnodymet a su muerte, se puede deducir que ella tenía entre 25 y 30 años cuando el General Horemheb de 50 decidió casarse con ella. Esto era desde luego un matrimonio de conveniencia clásico, permitiendo a Horemheb unirse a la familia dirigente de la XVIII dinastía y asegurar el trono.

Para las novias era un asunto diferente, no tenían que esperar a que ellos lograran el estado social y económico y no podían permitirse ver sus atracciones en decadencia. El ejemplo más conocido de esposa de más edad entre la realeza fue el de Tutankhamón y Ankhesenamón, él murió, aproximadamente, con 18 años, después de un reinado de nueve, debió de haber tenido nueve cuando se casó, aunque ella bien pudiera haber sido mayor.

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Fig 1 – Tutankhamón con Ankhesenamón. Museo de Berlín.

La edad más temprana para novias es citada en documentos del período romano y que hablan de matrimonio en 8, 9 y 10 años. Pero hay quien argumenta que tales casos eran excepcionales o eran los errores de los escribanos. Erich Lüddeckens, (Ägyptische Eheveträge, Ägyptologische Abhandlungen 1, 1960) un estudiante de contratos de matrimonio egipcios ptolemaicos dice que la mayor parte de las novias tuvieron la edad de 12 o 13. La reconstrucción de las biografías de las princesas de Amarna ha dado la misma edad.

Así pues podemos decir que las uniones con diferencia de edad entre hombres maduros y muchachas recién salidas de la pubertad no fueron muy comunes, aunque en las familias reales ocurría por motivos dinásticos.

Matrimonios únicos y múltiples

Los egipcios eran monógamos, pero no existía ninguna prohibición sobre matrimonios múltiples, la monogamia ya se documenta a partir de épocas predinásticas. La capacidad productiva de una mujer tuvo que ser elevada si lo comparamos con el coste de su mantenimiento, esto debió de ser evaluado por los hombres a la hora de tener más de una esposa. Si un marido era muy rico, también podría tener concubinas, pero la esposa principal disfrutaba de una preferencia especial. Las concubinas no tenían ningunos derechos legales y podrían ser despedidas.

En teoría no había ningún límite de esposas, pero en la práctica esto dependía del medio económico del hombre. La mayor parte de los egipcios se contentaba con tener sólo una esposa. El matrimonio era un asunto caro para el hombre, y el sistema de contrato proporcionó unas salvaguardas de gran alcance para los derechos materiales de las esposas y niños de tal manera que la mayor parte de los hombres sólo podrían permitirse una esposa a la vez.

En el Reino Antiguo únicamente la realeza y los más altos funcionarios de sangre noble podrían pensar en tener mujeres secundarias. Naguib Kanawati (The Egyptian Administration in The Old Kingdom. Evidence of its economic decline , Warminster, 1977) encontró 16 casos posibles de poligamia entre dignatarios en este período. Durante el Primer Período Intermedio la costumbre se extiende a los gobernadores responsables de varias regiones y a los dignatarios de más rango.

En la última época faraónica, Herodoto (III, 92) nos dice que la monogamia era entonces tanto la regla en Egipto como en Grecia. Pero pudo haber habido aumento de poligamia en el Período Greco-romano, Diodoro (1, 80, 3) lo cita como común entre seglares, mientras que en el sacerdocio estaba restringido a una esposa.

Los palacios reales nos cuentan algo sobre la vida en los harenes. En las tumba de Ay y Yuya (mayordomo y “Primer Profeta del Rey Divino” en tiempos de Akhenatón) en Amarna hay cuadros de harenes rodeados por altos muros con guardias situados en cada entrada. Las ocupantes eran llamadas “mujeres confinadas” y vemos a cada una de ellas, con sus hijos, instaladas en una de las muchas cámaras. Están juntas, incluso, para el trabajo comunal, distracciones, banquetes y celebraciones, y hay relieves que las muestran bailando y cantando con acompañamiento instrumental. Los harenes fueron minuciosamente organizados con un personal de criados, escribanos, guardias y supervisores cuyos títulos oficiales, como el de: “Guarda de las Concubinas Reales”, eran bastante explícitos.

Barry Kemp (The Harem-Palace at Medinet el-Gurab , Zeitscrift für ägyptische und Altertumskunde 113, 1986) ha mostrado el emplazamiento de Medinet el-Gurob que incluye un harén completo y que rivaliza en tamaño con el palacio real cercano. Como añadidura a las esposas principales y secundarias del rey, este almacenó: criadas, mujeres ocupadas en trabajos domésticos como el tejido, y ayas para cuidar de los niños reales . Las damas del harén podrían llegar a ser hasta varios cientos. La princesa mitania Tadukhepa, una esposa secundaria de Amenofis III, trajo 317 criados, “escogidos por su belleza”. Considerando el número de esposas y otras mujeres de su harén y de 200 niños, 3 de ellos los hijos de Ramses II el número no es ninguna exageración.

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Fig 2 – Wekhotep (propietario de la tumba C.1 en Meir) con sus dos esposas, Khnumhotep y Nebkau (reinado de Sesostris II ó III) Museo de Boston.

La vida en el harén seguramente debió ser un placer para el faraón divirtiéndose con la presencia de muchas damas. Uno de los relieves en el templo en Medinet Habu muestra a Ramses III jugando a algo parecido a las damas con un grupo de muchachas llevando tan sólo pelucas, sandalias y collares. Las relaciones entre los miembros del harén, sin embargo, no siempre fueron amistosas. El favor que uno de ellos disfrutaba del rey en un momento dado despertaba la envidia de los otros. En sus esfuerzos para asegurar la sucesión para su propio primogénito, las mujeres estaban dispuestas a la intriga aún contra el rey mismo.

Fue probablemente una conjura urdida por Tiy, una de sus esposas secundarias, lo que pudo costar la vida a Ramses III. Ammenemes I fue asesinado en circunstancias similares. ¿Qué se debe hacer con los guardias, servidores y otros hombres del harén? No hay nada en los relieves de Amarna que sugieran que fuesen eunucos. Sabemos que los egipcios castraron animales, pero de castración humana, incluso de esclavos, no hay pruebas en ninguna parte.

Los matrimonios entre parientes

Eran bastante usuales entre la gente común. Los hermanastros y hermanos se casaban, al igual que tíos y sobrinas con frecuencia, y primos todavía más. Los matrimonios entre primos son un acontecimiento regular en Egipto, y en particular en Nubia, hasta hoy en día. Entre parientes consanguíneos muy cercanos, sin embargo, era totalmente excepcional entre la gente común. Jaroslav Cerny investigó 490 matrimonios a partir del primer Período Intermedio hasta la XVIII dinastía y encontró sólo dos casos donde la pareja eran hermano y hermana.

Posteriormente a Tutmosis III es raro ver matrimonios entre familia cercana, aunque era normal llamar a la novia o a la esposa “hermana”. Un matrimonio de hermanos es atestiguado por la estela de Ptah, un sumo sacerdote de la XXII dinastía de Menfis. El padre de ambos era un comandante de mercenarios libios y debió de tomar la costumbre de la corte egipcia.

En la familia real había sido casi obligatorio desde el tiempo inmemorial celebrar matrimonios entre la familia más cercana, el prototipo y ejemplo mitológico está entre Osiris e Isis, quien había venido a este mundo para elevar a los seres humanos, para enseñarles los elementos de civilización y proclamar la sabiduría y la omnipotencia de los dioses. Como el rey se consideraba un dios encarnado esperaba pasar su estado divino a su sucesor.

En consecuencia el rey no vacilaba en tomar como esposa su hermana o hermanastra (como hizo Seqenenre Taa II, Ahmosis I, Amenofis I, Tutmosis I, Tutmosis IV, Ramses II, Merenptah y Siptah), y a su hija (Amenofis II, Akenaton Ramses II (que llegó a casarse con tres de sus hijas) o Seti II. Ptolomeo II y sus sucesores todos estuvieron casados con sus hermanas. Estos últimos eran reyes de sangre griega, pero tuvieron cuidado para adquirir la vieja práctica egipcia en su política de matrimonio al igual que en todo lo demás.

El examen de 161 matrimonios entre plebeyos en el Período Ptolemaico, el 24 por ciento era entre hermanos, muestra de poder en aquel tiempo. Era claramente helenística la influencia que debilitó la barrera entre la práctica exclusivamente real y él de la gente común. Otro rasgo de costumbre en el matrimonio del Antiguo Egipto es que las parejas por lo general provienen del mismo estrato social. Había sin embargo excepciones, como Naunakhte en la XX dinastía que se casó primero con un escribano y luego con un artesano, o el rey Amenofis III que se enamoró de la plebeya Tiye y la hizo su esposa principal.

Ningún obstáculo parece haberse interpuesto en el camino del matrimonio entre gente de diferente raza, un egipcio podía casarse con una muchacha siria o nubia, y una mujer egipcia podría ser esposa de un extranjero. Los reyes mismos podían tomar a princesas extranjeras como esposas secundarias. Ramses II, por ejemplo, se casó con la princesa hitita Maathornefrerure y la concedió el título de “Gran Esposa Real” como hizo a su esposa principal Nefertari.

A partir del último Período Ptolemaico los egipcios se casaban con colonos griegos en algunas ciudades de Delta, al igual que en el Período Romano con latinos, especialmente en el Fayum. El matrimonio de un hombre libre y un esclavo, contrariamente, fue considerado como mero concubinato y no disfrutaban de ninguna protección legal aunque ningún niño resultante permanecía esclavo. Para contraer un matrimonio legal, una esclava primeramente tenía que comprar su libertad o ser adoptada. El hombre era libre de adoptar a cualquier niño que tuviera como esclavo.

El compromiso

Eran simplemente actos sociales en los cuales un hombre y una mujer se comprometían a una existencia común cuyo objetivo final era el de criar niños y asegurar la prosperidad estable de la familia y la vida futura de los padres en el otro mundo. La boda probablemente comprendía una serie variopinta de actividades tradicionales, como el festín, narración, canción, música y baile. No ha sobrevivido ninguna narración detallada, sólo partes o relatos ficticios. El cuento de Príncipe Setna, por ejemplo, menciona un matrimonio de la realeza entre hermanos. El padre pide a la novia y su rica dote para ser llevada a la casa del novio antes de la noche, tras un banquete espléndido. Lo curioso de este relato es que viene a cuento de la boda de Ramsés II con la princesa hitita.

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Fig 3 – Inherkhau y su familia. Reino Nuevo. Tumba del propietario en Deir el-Medina

Las relaciones de parentesco en el Antiguo Egipto muestran que la unidad básica de la sociedad era el núcleo familiar: el padre, la madre, hermano, hermana, hijo e hija. No hay otros nombres de familiares más distantes reseñados. La fiesta empezaba llevando a la novia a la casa de su marido, de ahí la descripción de una boda como “la entrada en la casa del esposo o la fundación de una casa”. En casos muy raros el hombre se traslada a la casa de su nueva esposa, que ella normalmente comparte con sus padres, y las fuentes describen que tal “matriarcal” matrimonio no siempre se desarrollaba bien.

Un fragmento de ostracón del Reino Nuevo cuenta que un hombre se queja de su esposa y su familia que dos veces lo habían echado de la casa. Un papiro del Imperio Nuevo habla de un hombre obligado a compartir una casa con su suegro. De una u otra manera la esposa una vez casada se convertía en “la señora de la casa” y entonces alcanzaba su supremo y específico papel con la toma de decisiones sobre cuestiones domésticas y sobre la educación de hijos.

Denominaciones egipcias para “esposa”

nbt pr: señora de la casa. Utilizado en literatura, y monumentos, tiene su origen en el Reino Medio.

hmt : esposa en términos generales, el hombre transfiere este estatus a la mujer, puede ser un término de reconocimiento y utilizado en textos legales, se utiliza desde el Reino Antiguo.

snt: hermana, término utilizado para designar esposa, introducido en estelas durante la dinastía XII. En el Reino Nuevo se puede traducir por “enamorada”.

yryt: en construcciones con un sustantivo su significado es de pareja o compañeros en las dinastías XX y XXI.

Obligaciones conyugales

Poco sabemos de los derechos y obligaciones que tanto el marido como la esposa tenían el uno hacia el otro, sólo conocemos las actuaciones respecto a las propiedades pero poco de los actos del uno hacia el otro.

Los deberes que un marido tenía hacia su esposa atañían a la ley y la moralidad. Por ejemplo las enseñanzas de Ptahhotep estipulan: ” Si eres adulto y fundas una familia debes amar a tu esposa como le corresponde. Llena su estómago y viste sus espaldas, que los ungüentos calmen su cuerpo. Alegra su corazón mientras vivas, ella es un campo fértil para su señor ” (Kurth D., Las enseñanzas de Ptahhotep, Madrid 2002).  En la Instrucción de Ani leemos lo importante que es confiar en la esposa de uno: “No controles a tu esposa en su casa, cuando sabes que ella es competente ¿No digas “dónde está esto? ¡Tráelo!” cuando ella lo ha puesto en el lugar correcto”.

Un marido debía mantener a su esposa aún cuando hubiese ganado alguna importancia en los trabajos que realiza, ya que era habitual que los hombres se divorciasen de sus mujeres cuando su posición cambiaba favorablemente. El marido debería participar a su esposa – de todo lo que él adquirió, nada debía serle ocultado a ella. Un marido no debía cometer adulterio debiendo asistir a las necesidades de su esposa, tanto médicas cuando ella cayese enferma y proveyéndola de alimento y ropa así como asegurando su entierro tras la muerte.

Aunque los legisladores fueran hombres, el sistema protegió la posición económica de las mujeres y niños y se encaminaba hacia la promoción y protección de la familia. Breasted (A history of Egypt. London 1906) reseña que la unidad básica social era la familia. Un marido sólo tenía una esposa legal y ella era la madre de sus herederos. La esposa era su igual en todos los aspectos y fue tratada con el más alto respeto y consideración.

Acuerdos matrimoniales

Los registros escritos en los últimos  períodos y en época Ptolemaica declaran que una mujer también disfruta de su propia personalidad legal. Lo que si había era contratos matrimoniales. Estos acuerdos debían proteger los derechos del marido y la esposa cuando el matrimonio era disuelto. El estado legal de una pareja que convivía era diferente del de una pareja casada, incluso sin la prueba de una ceremonia de matrimonio (Baines y Malek Atlas of Ancient Egypt, Oxford 1980). Ya que el matrimonio: “… no era una institución legal pero sí social …”.

Podría haber habido condiciones a las cuales las partes pudieron haberse adherido, para firmar un contrato matrimonial:

  • Cuando un hombre daba a su hija o a su sobrina en matrimonio.
  • Actas en  las que el marido da derechos a su esposa. Estipula las consecuencias de matrimonio y divorcio, tales como la herencia de los hijos y como las propiedades de ambos serán tratadas en el momento del divorcio.
  • Actas donde un marido confirma la recepción de una cantidad que anteriormente había dado por su esposa. Contiene el acuerdo entre marido y mujer, por el cual la esposa da al marido una suma del dinero para hacerse su esposa y donde el marido confirma la recepción de esa cantidad. Este dinero debe ser devuelto a la esposa cuando ella lo solicitase después del divorcio. El marido así firma una obligación de pagar a su esposa una suma anual de mantenimiento durante la existencia del matrimonio. El día del divorcio el dinero que la esposa dio a su marido él tiene que devolvérselo en los 30 días después de que ella reclamase el dinero. Si él no responde a la petición de su esposa tiene que seguir pagando su mantenimiento. Sin embargo el dinero sólo tiene que ser devuelto después de que la mujer lo reclame al marido.

El padre, como el guarda de la muchacha, conducía todas las negociaciones y las disposiciones del matrimonio  añadiendo, en algunos casos su toque personal al contrato de matrimonio; por ejemplo, un padre hizo a su yerno jurar que, si hubiese divorcio, el yerno renunciaría al derecho a su parte de los bienes comunales aumentados durante el matrimonio y que recibiría una paliza de 100 golpes con un palo fuerte (Papiro. Bodl.). Otro padre, dudoso sobre las intenciones de su yerno, prometió a su hija un lugar para vivir si su marido decidiese abandonarla (Papiro Petrie).

Los primeros contratos verdaderos  son mencionados en el Reino Nuevo; textos verdaderos, escritos en escritura hierática o demótica cursiva, han sobrevivido de la XXII dinastía y más aún en Periodo Greco-romano. Erich Luddeckens (Ägyptische Eheverträge. Ägyptologische Abhandlungen I, 1960)  ha examinado, aproximadamente, cien contratos, todos de las clases bajas. Usualmente comienzan por la fecha y los nombres del hombre y la mujer y continúan declarando los nombres de los padres, la profesión del hombre y, si él no es egipcio, su origen étnico: nubio, libio, griego,…etc.

Las siguientes partes del contrato registran el hecho del matrimonio y confirman que el hombre entregaba a la mujer la llamada “ofrenda matrimonial” (esto podría haberse desarrollado desde el precio de compra original de una esposa) y que consistía en una pequeña colección de artículos de joyería; dinero o grano valorados en fracciones de un deben (unos 91 gramos)de plata correspondiente, aproximadamente, al coste de un esclavo. Con el paso del tiempo la ofrenda quedó reducida a un pagaré a la esposa en caso de  divorcio.

Una forma posterior de contrato, conocido hacia el 517 a.C. por los registros, era el que la mujer daba su dote al hombre cuando se casaba con él. ” Un pago en consideración a la acción de hacerla su esposa”, del cual el marido tenía el usufructo mientras el matrimonio existiese. Esto era una suma en dinero efectivo o el pago en especies que asciende a tres deben de plata.

Situación legal de la mujer casada

Las mujeres egipcias no podían quejarse de su vida si se la compara con la vida de las mujeres de otras culturas de la antigüedad, sobretodo en Oriente. En asuntos cotidianos era, en numerosos aspectos, igual a su compañero, tenemos evidencias de esto desde tiempos prehistóricos. La esposa siempre podía tener sus propios regalos funerarios, estatuas, estelas, puertas falsas, etc. Incluso en el rango de ofrecimientos puestos en su tumba. El entierro de una mujer no era diferente del de un hombre. Sin embargo, era bastante común en las mujeres ser enterradas con sus maridos.

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Fig. 4 – Sarcófago de la Dama Maya. XVIII din. Reino de Hatshepsut-Tutmosis III. Valle de las Reinas.

Los registros escritos en los últimos  períodos y en época Ptolemaica declaran que una mujer también disfrutaba de su propia personalidad legal, y podría disponer libremente de sus propiedades y aún después del matrimonio estas permanecían separadas tanto del marido como de sus bienes conjuntos. Se ha conocido un caso donde una esposa prestó a su marido una suma del dinero (a un interés excesivo del 30 por ciento) durante tres años, y él tuvo que asegurar el préstamo con sus propiedades.

La mujer podría firmar libremente toda clase de contratos, no sólo con su marido, también  con nodrizas, jardineros, comerciantes, etc.; hasta podría comprar esclavos a un acreedor o una autoridad de templo. En este caso el comprador incurría en el deber de proteger al esclavo y asegurar su bienestar, alimentación y todas las necesidades diarias. Por otra parte la mujer, igual que el hombre, tenía capacidad legal para liberar a cualquier esclavo suyo y a menudo hacía esto para adoptarlos.

Una mujer también podía llevar un caso a los tribunales. Un ejemplo es resumido sobre un ostracón de Deir el-Medina ; “……a fecha de hoy, la ciudadana Eset demanda a los trabajadores Jaemipet, Jaemuaset y Amennajte, reclamando “yo soy titular del taller de mi marido Panakht. “ Después de la consulta el juez, dio su veredicto: La mujer tenía razón, los talleres de su marido debían serle dados. ‘

Steffen Wenig (Die Frau im altem Ägypten, Viena, Munich, 1969) autor de un estudio sobrelas mujeres en el antiguo Egipto, concluyó que las mujeres disfrutaron de igual paga por igual trabajo, y Shafiq Allam (La vie quotidienne en Egypte ancienne, Guizeh 1903) ha argumentado que tenían libertad completa de movimiento. Una inscripción en el templo de Ramsés III en Medinet Habu declara que una mujer podía ir  a cualquier parte que desee, libre, con sus ropas apiladas sobre su cabeza. Había desde luego un punto de propaganda aquí para argumentar que  con el Rey la política de paz había alcanzado seguridad de movimiento para todos los ciudadanos.

La casa era el dominio de la mujer y su misión principal era, como se ha dicho, criar a los hijos. En casa ella muele el grano, hornea el pan, elabora la cerveza, cocina, hila el lino, y teje las ropas. Las mujeres de los agricultores también les ayudan en el campo, lo vemos en las pinturas de la pared en la tumba de Sennedjem en Deir el Medina, o el grano aventado y tamizado en  tiempo de cosecha como se muestra en la capilla de Najt en Sheij Abd el-Qurna. Las mujeres fueron empleadas en los talleres de dignatarios o en templos como tejedoras, lavanderas, panaderas o molineras. Unas llegaron a ser cantantes profesionales, músicas, bailarinas o esteticistas; otras solían hacer ramos y coronas; muchas mujeres pobres y esclavas servían en casas ricas. Y había desde luego las prostitutas.

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Fig.5 – Tumba de Sennedjem (funcionario de la XIX dinastía) en Deir el-Medina.

Las mujeres raramente fueron admitidas en los trabajos públicos, aunque hay documentos que mencionan a mujeres como supervisores de un restaurante, la tienda de un peluquero, un local que vende ungüentos y cosméticos, un centro de cantantes, un taller de hilado, un harén real, etc. Existieron doctoras y supervisoras. En la Baja Época a las mujeres de altos dignatarios y nobles les gustó añadir a las cuerdas de funciones oficiales, sus nombres, pero estos eran a menudo sólo títulos honoríficos.

Las reinas, desde luego, como “las mujeres del dios” les acompañaron en público, ocuparon una posición especial. En realidad, aunque saliesen, no realizaron ningún cometido oficial. Sólo en casos raros aparecen cuando un rey enfermizo o envejecido designó su corregente a la reina y le confió ciertas tareas gubernamentales. Esto puede haber sido el caso con Nefertiti o Tiye; ambas mantuvieron correspondencia con jefes extranjeros.

Sabemos en la larga historia de Egipto  de varias reinas con la autoridad total de “un dios vivo”. El mejor conocido es Hatshepsut en la XVIII dinastía, que al principio gobernó como regente de Tuthmosis III, pero dos años después tomó el trono y gobernó prácticamente sola otros 20. Otra fue Tausert, esposa de SETI II, que gobernó sola durante dos años después de la muerte de su hijo. Y así conocemos hasta seis reinas que gobernaron con todo el poder.

Desde el Reino Nuevo en adelante las mujeres encontraron empleo en los templos como subalternas, raras veces como sacerdotes permanentes o, probablemente más a menudo, como sirvientas honorarias del templo por tiempo limitado Siendo más común en los lugares santos de diosas como Hathor, Isis, Neith, Sejmet y Bastet. Contrariamente a lo que se imagina no eran vírgenes viviendo en castidad, eran esposas de dignatarios, funcionarios y predominantemente sacerdotes. Ellas recibían pago en especies por sus servicios.

Hubo mujeres que sirvieron en los templos como cantantes, músicas y bailarinas. De ellas las más dotadas fueron seleccionadas como simuladoras profesionales de las diosas Isis y Neftys en los juegos de misterio que celebran la muerte y la resurrección de Osiris. En las oficinas del templo las mujeres podían hacerse supervisoras del coro, la orquesta o bailarines, o de los tesoros del templo. Del Reino Nuevo en adelante la mujer podía tener el importante puesto en el templo de Amón en Karnak como “la esposa del dios”, por lo general llevado por la reina o una princesa. El harén terrenal de Amón estuvo compuesto de damas de la aristocracia.

Infidelidad

La esposa debió lealtad exclusiva a su marido; tuvo que obedecer cada deseo y cada orden suyos. El marido, sin embargo, debía asegurar un heredero y por tanto podía tomar a una segunda esposa. Siendo el jefe de una familia patriarcal él también hizo peticiones sobre las criadas – por lo general esclavas – que debían dar servicios de cualquier clase. Un hombre que no aprovechaba esta oportunidad podía declarar orgullosamente en el Juicio de los Muertos: “no deseé a mi sirvienta.”

En contraste con estas prerrogativas masculinas había ventajas que protegían a la familia de injerencias externas. La ofensa más seria era el adulterio, si el hombre tomaba, por ejemplo, a la esposa de su vecino, o si la mujer era seducida, independientemente de que el hombre estuviese casado o no, azotaban públicamente a los culpables, o eran marcados para siempre cortándoles las orejas o la nariz. El destierro a Nubia o a las canteras era una alternativa más misericordiosa a la pena de muerte.

Según el Papiro Westcar del Reino Medio un sacerdote cuya esposa había sido infiel llevó el caso ante el rey, que ordenó al seductor ser lanzado a un cocodrilo, y a la mujer ser quemada y sus cenizas dispersadas en Nilo. La historia de los hermanos Anubis y Bata, conservada en el Papiro  de Orbiney del Reino Nuevo, cuenta la historia bíblica de Potifar. La esposa de Anubis tenía proyectos sobre su cuñado Bata. Cuando Anubis finalmente comprendió que era ella la que había instigado la traición, dejó de perseguir a su hermano, mató a su esposa y su cuerpo fue lanzado a los perros.

No es sorprendente entonces que varias Instrucciones, como la de Anjshoshenq, adviertan severamente contra la infidelidad. Las referencias en fuentes no literarias así como sobre papiros y tablillas muestran que ocurrieron. Por otra parte tenemos los registros de juramentos tomados en templos hechos por mujeres cuyo honor había sido deshonrado, reclamando que nunca habían cometido adulterio desde el día que se casaron. Los hombres no fueron medidos por el mismo criterio; no ha aparecido ni una declaración jurada.

Matrimonio e hijos

Todas las mujeres casadas en Egipto tenían un papel por excelencia si lograban un hijo varón. El nacimiento de un hijo era una ocasión para el entusiasmo, era la llegada de alguien que sería el actor principal en las ceremonias de entierro y aseguraría la inmortalidad de su padre y su madre. Las mujeres que no lograban proporcionar un hijo varón estaban en una situación poco envidiable. El remedio más común era procurar para su marido, una esclava o una concubina y adoptar al hijo (o los hijos) varones que de ella nacieran.

La adopción es documentada desde el reinado de Tutmosis III (XVIII dinastía), pero es probable que fuese una costumbre antigua. El caso conocido más temprano es registrado sobre un ostracón que lleva una carta recomendando a un hombre sin hijos adoptar a un huérfano. El registro de la adopción nos dice que la mujer Nanefer, junto con su marido, compraron un esclavo que trajo consigo un hijo y dos hijas. Después de que su marido muriese  Nanefer se encargó de los niños, los adoptó y los crió. Su propio hermano se casó con la hija mayor, y Nanefer también adoptó a su hermano de modo que él pudiera heredar una parte igual a la de ella de las propiedades de su marido.

Iconografía del matrimonio

Las representaciones de matrimonios en estatuaria, pinturas y relieves en las tumbas de hombres de clases altas y artesanos reales  irradian igualmente la ternura de las relaciones entre parejas, unidas en la esperanza de dicha terrenal. Por lo general les muestran de pie o sentados uno al lado del otro, dándose la manos. A menudo la esposa tiene rodeado con un brazo el cuello o el hombro de su marido, menos con frecuencia viceversa. A veces la esposa está de pie dócilmente detrás de su marido o es representada a más pequeña escala, el artista  no tiene la intención de mostrar la inferioridad de la mujer, pero si la importancia particular de su marido; en otros casos ellos son de la misma estatura.

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Fig.6 – Fragmento de estela con Akhenatón y Nefertiti, Dinastía XVIII. Piedra caliza. Museos de Berlín.

En el Reino Nuevo las relaciones de cariño de reyes y reinas, hasta entonces ocultas detrás de las paredes del harén real, son públicamente demostradas en palabra y en imagen. Amenofis III, por ejemplo, hizo un escarabeo memorial para la posteridad con el fin registrar su matrimonio con Tiye. Ya que ella no era de sangre real esto refleja un matrimonio por amor, y una relación que permaneció firme a pesar de que el rey tenía un gran harén en el cual podía escoger desde sus hijas a sus concubinas. Hay muchos relieves de Amarna, que también, representan  sentimientos tiernos entre Ajenatón y Nefertiti. El Rey sostiene a su esposa sobre su regazo o besándola públicamente. El afecto mutuo irradia de nuevo en las pinturas de Tutanjamón con Anjesenamón.

Hay una contribución conmovedora a un matrimonio feliz en el Papiro de Leiden el Nº 371. Una carta dirigida por un viudo al espíritu de su última esposa que dice:” No te he ofendido o he dado motivos a tu corazón para la cólera… no permití que sufrieras por nada, lo hice como tu marido. Nunca me encontraste traicionándote como un campesino entrando en otra casa.”

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 Artículo publicado en el Boletín Informativo de Amigos de la Egiptología, en los número BIAE 38 y BIAE 39, agosto y septiembre 2006.

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