Los colosos de Memnón y la leyenda de la aurora
Por Susana Alegre García
17 agosto, 2016
Colosos de Memnón. Foto: Pilar Ramos
Modificación: 3 enero, 2017
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Los Colosos de Memnón, situados en la orilla occidental de Luxor, se encuentran entre los monumentos más emblemáticos y atrayentes legados por la civilización faraónica. Sin duda llaman la atención por su gigantismo y solemnidad, y además disfrutan de una localización estratégica, como si dieran la bienvenida a cuantos se aproximan para descubrir las múltiples maravillas arqueológicas que alberga la montaña tebana.

Descripción

Los colosos de Memnón fueron creados durante el reinado de Amenhotep III (1386-1349 a. C.) y estas dos grandes moles pétreas son representaciones a gran escala de este monarca, cuyo reinado constituye un tiempo de esplendor y en que las artes alcanzaron un gran apogeo.

El rey se muestra en posición entronizada y con las manos reposando sobre las piernas, luciendo el tocado nemes, tan característico de la monarquía egipcia, y aún puede adivinarse la forma de la cobra protectora erguida sobre la frente.

Ambos colosos miden unos 14 metros de altura, y se calcula que cada uno pesa unas 700 toneladas. A estas dimensiones hay que sumar los pedestales sobre los que se alzan, que miden casi 4 metros de alto, con un peso aproximado de 600 toneladas. De modo que el conjunto de cada coloso sobre sus respectivas peanas alcanza una altura de 18 metros, siendo el coloso del norte ligeramente más grande. Si a ello añadimos la parte desaparecida de las cabezas y los tocados, que no se conservan de forma completa, posiblemente la altura total debía estar cerca de los 21 metros.

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Vista de los Colosos de Memnón. Foto: Pilar Ramos.

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Coloso de Memnón sur. Foto: Pilar Ramos.

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Coloso de Memnón norte. Foto: Pilar Ramos

En origen estos dos colosos eran obras monolíticas; es decir, cada una de ellas estaba tallada en un bloque grandioso de arenisca silicificada, piedra que en egiptología comúnmente se designa como “cuarcita”. Aunque una inscripción jeroglífica en los colosos afirma que la roca procede de las canteras de El-Gabal el-Ahmar, cercana a Heliópolis, diversos análisis hacen pensar a algunos investigadores en otros orígenes, pudiendo tratarse quizá de cuarcita de Gebel Gulab o Gebel Tingar, en la orilla oeste del Nilo en la región de Asuán [1] .

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Detalle de Mutemuia, madre de Amenhotep III. Foto: Pilar Ramos

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Imagen de la reina Tiye, esposa de Amenhotep III. Foto: Pilar Ramos.

Aunque la imagen que destaca sobremanera en los Colosos de Memnón es la del faraón, lo cierto es que no fue mostrado en solitario. De dimensiones mucho más pequeñas, junto a sus piernas, aparecen figuras femeninas que representan a Mutemuia y a Tiye, la madre y la Gran Esposa Real del faraón; y, además, entre las piernas del monarca, muy deterioradas por el paso del tiempo (apenas pueden adivinarse los pies y algunos rasgos de su presencia), aparece la imagen de alguna hija del faraón. La imagen de estas damas, como formando parte del propio trono, evidencian que Amenhotep III las consideraba cruciales en lo que respecta a su propia autoridad, presentándolas no solo como una compañía con la que compartir el esplendor de estos colosos, sino que además se les asigna un papel relevante en la estabilidad del trono y, metafóricamente, por tanto, con el propio poder del monarca.

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Detalle de lo poco que queda de la representación de una de las hijas del soberano. Foto: Pilar Ramos.

Los paneles laterales, a cada lado de cada coloso, conservan inscripciones entre las que destacan los jeroglíficos con el protocolo del faraón, repitiéndose sus cartuchos. Aunque lo que más llama la atención son los bajorrelieves que muestran al dios Hapy, emblema de la abundancia y de los dones del Nilo, anudando un signo sema-tawy, símbolo de la unión del Alto y Bajo Egipto. Se trata de una iconografía muy tradicional, especialmente recurrente en la representación de tronos de faraones, y que subraya la autoridad dual sobre los dos grandes territorios de Egipto.

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Detalle del dios Hapy y el sema-tawy representado en el trono del coloso norte. Foto: Pilar Ramos

Ornamentos de una fachada

Resulta realmente un desafío imaginar que estas obras colosales, que nos deslumbran por sus dimensiones y magnífico aspecto, en la antigüedad se encontraban flanqueando la fachada de acceso al que fuera el Templo de Millones de Años de Amenhotep III. Un templo enorme y muy singular dedicado al culto funerario del rey, que fue una construcción realmente única por su diseño y suntuosidad [2].

El templo se organizaba siguiendo un largo eje en el que se sucedían diversos pilonos de grandes dimensiones y colosos, un inmenso patio a cielo abierto, salas techadas y santuarios. Era un complejo monumental, de unos 600 metros de largo por 100 metros de ancho, ornamentado con centenares de esculturas y por enormes estelas. Así que los grandes Colosos de Memnón, en origen, fueron creados para custodiar el acceso a un edificio acorde con la magnificencia de esta moles, y proporcional en cuanto a dimensiones; por tanto, un templo inmenso, riquísimo y verdaderamente excepcional.

Aunque fuera una obra formidable, el Templo de Millones de Años de Amenhotep III se ha conservado muy mal y el paso del tiempo prácticamente lo ha hecho desaparecer, víctima de los terremotos, de la reutilización de sus elementos, del uso como cantera…. Además partes de su estructura se levantó con adobe, elemento constructivo que el tiempo y las inundaciones ha castigado aquí intensamente. No obstante, lo cierto es que la arqueología en los últimos años ha hecho relevantes descubrimientos en la zona, desvelándose campaña tras campaña aspectos del antiguo esplendor del edificio y devolviéndole parte de su riqueza: se han puesto en pie colosos, se han reconstruido muros, se han descubierto maravillas escultóricas… El hallazgo de esculturas casi parece ser inagotable [3].

De la antigua fachada monumental que daba acceso al edificio no queda rastro; el tiempo la borró y de su remota fastuosidad únicamente han quedado en pie, perdurando durante milenios, los dos grandes colosos en piedra que la precedían y que se situaban flanqueando la puerta principal. Unos colosos que debían dejar boquiabiertos a cuantos allí se acercaban, como sigue sucediendo en la actualidad. Así que mirando a los Colosos de Memnón parece inevitable preguntarse cómo sería esa fachada monumental y el templo al que precedía, y de la que esos gigantes eran solo fabuloso ornato.

Los colosos que cantan al amanecer

Aunque cuando fueron creados ambos colosos eran monolíticos e idénticos, el transcurrir de los milenios los ha afectado de modo distinto y ello ha generado notorias diferencias entre ambos. El situado al norte se presenta más dañado, y su aspecto es en parte producto de una reconstrucción que se realizó en la antigüedad, debido a un terremoto que se produjo en el año 27 a. C.

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Por la parte posterior es quizá donde se evidencia aún más los intensos daños sufridos por los colosos, especialmente el norte, que en esta foto aparece en primer plano. Foto: Pilar Ramos

Fue precisamente este dañino terremoto lo que propició una leyenda que durante siglos rodeó a estas enormes moles pétreas. Las grietas y fracturas producidas, sumándose a los efectos del viento y a los cambios de temperatura entre el día y la noche, especialmente en el coloso norte, parece que facilitó que durante el alba se produjeran ruidos. De modo que daba la sensación de que la piedra hablaba, como si se quejara o gimiera, quizá como si llorara o cobrara vida para expresar la nostalgia de su esplendor pasado.

Viajeros como Estrabón afirmaron haber escuchado “cantar” al coloso norte durante una visita realizada al lugar en el año 20 a. C., y muchos otros que le siguieron en su pasión por Egipto también dijeron haber tenido similar vivencia: Plinio, Tácito, Juvenal… Aunque algunos dudaban que los sonidos realmente emergieran de la piedra y sospecharon que podría ser una broma jugada por los habitantes de las localidades cercanas. Fuera como fuera, parece que el fenómeno cesó al realizarse unas reparaciones en tiempos del emperador Séptimo Severo (en el siglo III d. C.), desde entonces el canto fue silenciado. No obstante, movidos por el romanticismo y la pasión, algunos viajeros de los siglos XVIII y XX siguieron aludiendo al penoso lamento emergido de los colosos.

La leyenda de Memnón y de la diosa de la aurora

Fue precisamente el fenómeno de los sonidos generados al amanecer lo que hizo que los monumentos recibieran, ya en la antigüedad, el nombre de “Colosos de Memnón”. Pero ello no se relaciona con la tradición del antiguo Egipto, tiene que ver con un héroe de la mitología griega, Memnón, que siendo rey de Etiopía llevó a su ejército hasta Troya para defender a la ciudad. Un héroe que según la leyenda acabó sus días a manos de Aquiles, y fue entonces cuando la madre de Memnón, Eos, la diosa de la aurora, envío a los vientos del norte, del sur, del este y del oeste, a recoger el cadáver de su amando hijo. Eos, completamente desconsolada, no cesaba de lamentar y llorar el trágico fallecimiento de Memnón, y sus lágrimas, en teoría, aún pueden verse todas las mañanas bajo la forma de gotas de rocío.

Las grandes figuras colocadas mirando al alba, el viento, el llanto o canto triste, la proximidad de Etiopía… Todo propició que los colosos de Amenhotep III miles de años después de ser levantados en honor del faraón, terminaran identificándose con la imagen de ese Memnón mitológico llorado por su madre y, a la vez, llamando a su madre al amanecer. Así que los sonidos emitidos por los grandiosos retratos en piedra de Amenhotep III se terminaron vinculando con una conmovedora leyenda del mundo griego, con la idea de que la afligida diosa Eos y su hijo se llaman al alba, para llegar a un desgarrado reencuentro en el que algunos vieron la expresión de lo sobrenatural y el poder de un oráculo. De ahí que los Colosos de Memnón fueran muy populares entre los antiguos griegos y romanos, y que hasta ellos llegaran muchos peregrinos con el deseo de escuchar esas voces quejumbrosas surgidas de la piedra. Y para dejar testimonio de su visita muchos de ellos no dudaron en escribir sobre los colosos sus grafitis, indicando que ellos estuvieron allí y tuvieron el privilegio de escuchar el canto de los colosos [4].

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En esta fotografía pueden observarse inscripciones dejadas en los colosos por griegos y romanos. Foto: Pilar Ramos

La identificación de estos dos suntuosos colosos con la figura de Memnón fue el motivo que impulsó a Belzoni, en 1815, a dar el nombre de “el joven Memnón” a la parte superior de un coloso de Ramsés II que transportó desde el Ramesseum hasta el British Museum. De hecho, la zona próxima a los colosos, y en general Tebas Oeste, aún es conocida como Memnonia [5].

Hoy como ayer, los Colosos de Memnón contemplan el horizonte y el Valle del Nilo. Fueron restaurados en el pasado y también lo han sido recientemente para preservarlos. Unos colosos que poco a poco vuelven a reencontrarse con el templo que custodiaban, del que la arqueología hace surgir a otros colosos sorprendentes, aunque ninguno llega a su escala ni a su excelencia. Realmente los Colosos de Memnón no tienen parangón y permanecen inmutables viendo pasar a las gentes que hasta ellos se aproximan, imponiendo una presencia espectacular y milenaria que han sido capaz de desafiar el paso de los siglos y hasta el de las leyendas.


Notas:

[1] Sobre la identificación como cuarcita y la problemática en cuanto a la identificación de la cantera de origen ver la síntesis de T. du Putter y C. Karlshausen en Les pierres utilices dans la sculpture et l’architecture de l’Égypete pharaonique, Bruselas, 1992. p.35 y pp. 95 y sigs.
[2] Para hacerse a la idea del antiguo esplendor de este edificio y del aspecto de los Colosos de Memnón en ante la fachada del edificio son especialmente ilustrativas las reconstrucciones de Jean-Claude Golvin, ver en  http://jeanclaudegolvin.com/amenophium/
[3] Frecuentemente se hacen públicas noticias de los hallazgos realizados en el templo. Especialistas españoles, que desde hace años trabajan en el proyecto de excavación y restauración del templo, tienen mucho que ver con estos hallazgos y con la recuperación de otros grandiosos colosos: Descubiertas 8 esculturas de Sejmet Un nuevo coloso del faraón Amenhotep III se  eleva  sobre Luxor;«En Luxor vamos a reconstruir un coloso de alabastro de 200 toneladas» El SCA encuentra estatua monumental del faraón Amenhotep III;Una española saca a la luz el tercer coloso de Memnón.
[4] André y Étienne Bernand, Les Inscriptions grecques et latines du colosse de Memnon, Bibliothèque d’étude de l’Institut français d’archéologie orientale, 31, 1960. Consultar las inscripciones en línea: http://epigraphy.packhum.org/text/227977
[5] De ahí que, a día de hoy, se demonice también Memnonia al prestigioso boletín de Egiptología editado por la Association pour la Sauvegade du Ramesseum.