La tercera pirámide de Guiza y las leyendas de Nitocris, Radophis y la hija de Quéope
Por Prof. Jorge Roberto Ogdon
9 septiembre, 2007
Pirámide de Micerino y sus pirámides satélites
Modificación: 8 diciembre, 2016
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La tradición greco-romana nos ha acostumbrado a leer sobre relatos que el tiempo se ha ocupado de transmitir, pasando de un viajero occidental a otro, y conformado un cúmulo de leyendas que se han conservado más o menos invariables a través de los siglos. Es especialmente en torno a las tres grandes pirámides de la planicie de Guiza, al oeste de la populosa ciudad de El Cairo, alrededor de las cuales se han tejido una serie de historias que, con el paso de los siglos, se han visto afianzadas en la imaginación popular, y han conseguido sobrevivir a todo intento de desmentirlas, incluso hasta nuestros propios días.

Dejando a un lado lo que ya transmitiera Heródoto de Halicarnaso sobre la Gran Pirámide de Quéope, sobre lo cual aún se debate si el sabio dórido decía la verdad o se limitó a transcribir lo que los sacerdotes de su época le contaron, él mismo se hizo eco de una especie que circulaba en esos días; nada mejor que citarla en sus propias palabras:

Quéope llegó a tal grado de perversidad que, falto de plata, puso a su propia hija en una casa de latrocinio y la hizo recibir una cierta suma, que ignoro, porque los sacerdotes no mencionaron el monto. Ella, quien hizo lo que su padre ordenaba, no dudó en soñar con erigir un monumento en su nombre, y a cada visitante le obligó a darle una piedra; y, con estas piedras, dicen los sacerdotes, fue construida la pirámide que está en el medio del grupo de tres, delante de la gran pirámide, y que tiene un y medio peltro (de largo por) cara. (II: 126).

Es muy curiosa esta escandalosa historia de la prostitución de una hija de Quéope, quien buscaba erigirse una pirámide como monumento para sí misma, y que, encima, se identificara a la construcción con la tercera pirámide de Guiza, que bien sabemos pertenecía al rey Micerino (Menkaurê), especialmente porque el único que la comenta es Heródoto, pero ningún otro escritor greco-latino. En realidad, esta anécdota tiene toda la apariencia de pertenecer a los dichos sobre la crueldad y tiranía de Quéope que capearon en los escritos clásicos, y que hoy sabemos bien que no tuvieron ningún fundamento en la antigüedad egipcia. Es más, Wiedemann (474-5) ya propuso, hace añares, que la historia parece ser un reflejo de aquella atribuida a la Radophis griega, por lo que se podría decir que el dato es un agregado creado por el propio Heródoto y, por lo tanto, una falsedad inventada por el historiador, quizá para incluir en su comentario toda posible referencia hecha en sus tiempos sobre el propietario de la pirámide en cuestión.

Seguramente, el hecho haya surgido también de una inscripción registrada sobre la tercera pirámide misma que dice que Quéope mandó erigir una pequeña pirámide cercana a la suya para su hija Henutsen, y que, sin duda, es de fecha saíta, quizá de los tiempos en que la segunda pirámide satélite de la Gran Pirámide fue convertida en un santuario consagrado a “Isis de la Pirámide”. Pese a lo antedicho, es interesante notar que en el relato que hace Diodoro Sículo (I: 64, 13-4) acerca de Radophis y los gobernadores de provincia que fueron sus amantes, y que le construyeron su pirámide, así como en la primera versión que hizo Estrabón (XVII: I, 33), se encuentran elementos comunes con el que Heródoto hiciera de la hija de Quéope:

En cuanto a lo que concierne a las pirámides, no hay un acuerdo completo, ya sea entre los habitantes de la región, ya sea entre los historiadores; puesto que, según algunos, los reyes antes mencionados (i.e., Quéope, Quefrén y Micerino) fueron sus constructores, y, según otros, fueron reyes diferentes: así, se dice que la más grande fue construida por Armeo, Amosis hizo la segunda e Inaros la tercera. Y algunos dicen que esta última pirámide es la tumba de la cortesana Radophis, pues, según algunos dichos, ciertos nomarcas se convirtieron en sus amantes, y que por pasión por ella, encararon la construcción hasta su terminación como una empresa conjunta (Diodoro Sículo).

Ella (la Tercera Pirámide) es llamada la “tumba de la cortesana”, porque fue construida por sus amantes para la cortesana que Safo, la poetisa lírica, llamó Doricha, la bienamada del hermano de Safo, Charaxos, quien se ocupaba de transportar vino de Lesbos a Naucratis, pero otros la llaman Radophis. Cuentan una historia fabulosa: en tanto ella tomaba un baño, un águila tomó una de sus sandalias a una de las sirvientas, y la llevó a Menfis; y mientras que el rey estaba haciendo justicia al aire libre, el águila, cuando pasaba justo sobre su cabeza, dejó caer la sandalia en su regazo; y el rey, preocupado a la vez por la belleza de la sandalia y por la rareza del evento, envió hombres a través del país entero en todas direcciones, a la búsqueda de la dama que portaba la sandalia; y cuando ella fue encontrada en la villa de Naucratis, se la llevó a Menfis, se casó con el rey y, luego de su muerte, fue honrada con la tumba mencionada antes (Estrabón).

Es notorio, a su vez, que lo dicho por Heródoto se repita casi invariablemente con lo que él mismo relata con respecto de la hija de Rampsinito (II: 121), por lo que la veracidad del relato es bastante dudosa. Sin embargo, es poco probable que el origen del cuento sea propiamente griego, como creía Wiedemann, ya que poseemos ejemplos de aventuras sexuales impropias de origen egipcio antiguo, e.g., la famosa historia de las relaciones homosexuales entre el rey Neferirkare (¿Pepi II?) y el general Sisene, que data de fines de la Sexta Dinastía, así como el relato conservado por el ciclo demótico de Setna-Jaemuase, en el que Tubui – en realidad, Ahuri, la esposa de Ninofrekaptah e hija del faraón Merenephtis -, se prostituye para conseguir la restitución del Libro de Thot que Setna se ha procurado. Por lo tanto, la prostitución de una hija real era un tema bien conocido por la literatura egipcia antigua.

Por otra parte, la atribución de una pequeña pirámide a una princesa, hija o esposa del rey, está consignada en la llamada “Estela de la Hija de Quéope”, que dice que este monarca hizo construir tal monumento para su hija Henutsen. Es bien cierto que el documento es apócrifo, pero denota que tal especie corría ya en tiempos saítas. Es probable, entonces, que el ciclo legendario de la Radophis griega hallara un antiquísimo sustento egipcio para su continuación como un hecho mítico pero auténtico. Es más, se ha llegado a encontrar un texto etíope, traducción de una más temprana versión en árabe, que habla sobre una hija de rey que, debido a su papel de hetaira, impuesto sobre ella por su propio padre, consigue que sea terminado un templo erigido por el monarca.

Debemos volver nuestra atención a la confusión existente entre las figuras de la reina Nitocris y la cortesana Radophis, que aparece tan evidentemente en los manuscritos clásicos. Veamos, al respecto, el tema de la identidad de la reina misma. Los tres autores greco-latinos que la mencionan (Heródoto, II: 100; Manetón, fragmentos 20, 21 y 21b; Eratóstenes, fragmento 22), se refieren, invariablemente, a que Nitocris era una mujer (femina). Esto se ve confirmado por la etimología de su nombre dada por Eratóstenes como una forma del nombre de la diosa griega Atenea, que, en efecto, es la versión helenística de la diosa egipcia Neit; a su vez, el calificativo que acompaña el nombre de Atenea-Neit podría ser el equivalente del ỉḳr egipcio, así constituyendo la forma Nỉt-ỉḳrt, nombre propio bien conocido por lo menos desde el Reino Medio en la onomástica antigua – y recuérdese que el calificativo ỉḳr/ỉḳrt  aparece ya desde fines del Reino Antiguo en nombres propios. La atestación más antigua que se conoce del nombre de Nitocris, como reina reinante, figura en el Papiro Real de Turín: (NitocrisNỉt-ỉḳrty (col. IV). Manetón la hace la última soberana de la Sexta Dinastía, en tanto, actualmente, la equivalencia Nỉt-ỉḳrty  del Papiro Real de Turín, con el Mn-kȝ-rʿ de la Lista Real de Abidos, se da por cierta, apareciendo en ésta última antes de un desconocido Nṯr-kȝ-rʿ y después de Merenre II.

Aunque no poseemos ningún documento a nombre de ella en este momento, es interesante señalar que luego de las excavaciones hechas por G. Jéquier, P. E. Newberry descubrió el nombre de cartela Mn-kȝ-rʿ, parcialmente borrado, en un fragmento de la entrada de la capilla de la pirámide de la reina Neit, y supuso que ella podría ser una buena candidata para hacerla equivalente con Nitocris, lo cual es muy posible, ya que la reina Neit era la hija mayor de Pepi I, y fue la esposa sucesiva de Merenre y Pepi II. Sea como fuere la cuestión, lo que sí no podemos dudar es de la existencia fáctica de la reina Nitocris, pese a que, en su oportunidad, varios especialistas hasta negaron tal existencia, entre los más recientes H. Goedicke.

El mismo Heródoto negó toda sustancia a la versión que conecta a Radophis con la Tercera Pirámide, precisamente por cuestiones cronológicas, expresándose de la siguiente manera:

Ciertos griegos pretenden que ella (i.e., la pirámide) se debe a Radophis, una cortesana; ellos no dicen la verdad. Y estos griegos tienen todo el aire de no saber tampoco que tipo de mujer era Radophis: si lo hubieran sabido, no le habrían atribuido la construcción de una pirámide semejante, por la cual se dispensaron miles y miles de talentos; sin saber, tampoco, que Radophis floreció en tiempos del rey Amasis y no de Micerino. Fue después de muchos años después de los reyes que dejaron las pirámides que vivió Radophis (II: 134).

Heródoto fue muy claro al momento de distinguir a Radophis de la reina Nitocris, tal como leemos en otra parte de su obra:

Después de él (Menes), los sacerdotes enumeraron a partir de un libro los nombres de trescientos treinta otros reyes. Dentro de una tan larga sucesión de generaciones, había dieciocho etíopes y una mujer indígena; todos los demás eran hombres y egipcios. La mujer que fue reina tenía por nombre el de Nitocris, como la babilonia. Los sacerdotes contaron que para vengar a su hermano – que era el rey de Egipto, y que los egipcios (mismos) mataron y le arrebataron la realeza -, que, para vengarle, hizo morir a gran cantidad de egipcios. Habiéndose hecho construir una sala subterrránea muy espaciosa, y, diciendo que deseaba inaugurarla, pero, en su pensamiento, ella maquinaba otra cosa: dio un gran banquete al que invitó a todos los egipcios que sabía eran culpables de muerte; y, mientras festejaban, lanzó sobre ellos el agua de la corriente (del Nilo) a lo largo de un largo conducto secreto. Ellos (i.e., los sacerdotes) no dicen más nada por su cuenta, sino que cunplido el acto, ella se precipitó, para evitar las represalias, en un cuarto (II: 100).

Es notorio que Heródoto fue quien hizo, tan tempranamente, dicha diferenciación, pues los autores posteriores siguieron repitiendo y sosteniendo la confusión existente entre las leyendas sobre las dos damas como si fueran una única persona; a saber:

Nitocris, la más noble y la más bella de las mujeres de su tiempo, de complexión rubia, la constructora de la tercera pirámide, reinó doce años (Manetón, fragmento 20 de Síncelo, según Africano).

Hay una mujer que reinó: Nitocris, la más noble y la más bella de las mujeres de su tiempo; era de complexión rubia y se dice que erigió la tercera pirámide (Manetón, fragmento 21 de Síncelo, según Eusebio).

Hubo una mujer, Nitocris, que reinó: fue más valiente que todos los hombres de su tiempo y era la más bella de las mujeres; era de complexión rubia y tenía las mejillas rosadas (flava rubrius genis). Se dice que construyó la tercera pirámide, que tiene el aspecto de una colina (Manetón, fragmento 21b, versión aramea de Eusebio).

22. La veintidós soberana de Tebas fue Nitocris, una reina y no un rey. Su nombre significa ‘Atenea, la victoriosa’ y reinó seis años. Año del mundo: 3750 (¿Eratóstenes?, fragmento 22 de Síncelo).

Para que no se extasíen por la opulencia de los reyes, la más pequeña pero la más célebre (de las pirámides de Guiza) fue construida por una cortesana, Radophis. Esta mujer compartió la esclavitud y la cama de Esopo, el fabulista, y la más grande maravilla es que una cortesana haya tenido la gracia de amasar tan grandes riquezas (Plinio el Viejo, Historia natural XXXVI: XVII, 82).

Ya hemos mencionado los extractos de Diodoro Sículo y de Estrabón en donde se relata la historia de Radophis, así que no los citaremos de nuevo. Pero es evidente la asignación de una misma tradición de larga data acerca de la reina Nitocris y la cortesana Radophis como siendo la misma persona. Si bien Heródoto no aclara si el monumento construido fue una pirámide, el hecho de que sí mencione que la cámara subterránea en la que ahogó a sus enemigos tuviera un canal subterráneo para conducir las aguas de la muerte, es significativo, ya que tiene un paralelo con aquél que menciona como existente en la Gran Pirámide de Quéope (II: 124 y 127), lo cual nos hace pensar que la locación de la construcción en la que pensaba el sabio dórido era Guiza. Tal ubicación del monumento de Nitocris está claramente señalada en los fragmentos de Manetón, ya citados, en los que se habla de “la Tercera Pirámide (de Guiza)”, ya sea que se dé por cierta tal locación (en Africano), ya sea que se atribuya a las tradiciones (en las dos versiones de Eusebio). Una prueba histórica que relaciona a la pirámide de Menkaure con la reina Nitocris es el decreto emitido por el rey Shepseskaf, encontrado por G. A. Reisner en el Templo Alto de su complejo funerario, y que porta el nombre de Merenre, así como otro decreto librado por Pepi II, que fue hallado por el mismo arqueólogo norteamericano en el Templo del Valle de esa pirámide: por medio de ambos documentos se nos hace saber que el Templo fue objeto de atención especial a partir de la Sexta Dinastía, sin que el excavador fuera capaz de explicar porqué. ¿Es posible que bajo el reinado de Nitocris este edificio fuera objeto de remodelaciones hechas por la reina? ¿De allí que su nombre quedara ligado a la pirámide de Menkaure? Sabemos que tanto los informantes nativos como los escritores clásicos no ignoraban que este monarca había dejado su pirámide inacabada. Y destaquemos la enorme similitud que hay entre el nombre Mn-kȝ-rʿ de la reina y el de Mn-kȝw-rʿ, que pudieron prestarse a profundizar la confusión de personajes. De esta manera, en lugar de asignarle a la reina con la terminación de la obra del rey, directamente se le dio por la constructora de la edificación como un todo, generando la tradición de marras.

En cuanto a que Nitocris era de complexión “rubia” y que tenía “rosadas mejillas”, no es más que un dicho de los griegos, quienes, seguramente, buscaban recalcar el exotismo de la reina. En la mastaba de Merysanj III, hay una representación de su madre, Hetepheres II, que la muestra con una peluca rubia, moda femenina del Reino Antiguo y que no denota para nada el orígen libio de la misma, tal como supuso G. A. Reisner hace muchos años; hoy en día, tal asociación está desechada con justicia. Y reconozcámos que tal definición por parte de los clásicos no implica que Nitocris fuera “blanca”, como se suele creer a partir del hecho de que se le hace una y la misma cortesana Radophis, cuyo nombre refiere a su atractivo y fresco rostro.

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