La egiptóloga Christian Desroches Noblecourt reconstruye la verdadera historia de Ramsés II
Por Julio Arrieta
Creación: 6 septiembre, 2004
Modificación: 6 septiembre, 2004
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Un destacamento de la Guardia republicana francesa esperaba en la pista de aterrizaje de la base militar de Bourget-Dugny. Alice Saunier-Séite, ministra de Universidades, y el general comandante de la casa militar del presidente Giscard d’Estaing completaban la delegación oficial. Les acompañaba el embajador de Egipto, Hafez Ismäel, que representaba al jefe de Estado que estaba a punto de llegar desde El Cairo.

Corría 1976. La personalidad recibida con tales honores tenía 33 siglos de edad. Se trataba del «Glorioso Sol de Egipto, la Montaña de oro y de electro, el Elegido de Ra en la barca del Sol, el dios perfecto, hijo de Amón, la estrella del cielo, Rey del Alto y Bajo Egipto Usermaatre Setepenre, hijo del sol Ramsés Meriamón»; es decir, el faraón Ramsés II. La momia del monarca viajaba a Francia para ser tratada en el Museo del Hombre, en París, por iniciativa de Christiane Desroches Noblecourt, la veterana egiptóloga parisina, nacida en 1913, cuya brillante carrera científica se había entrelazado en numerosas ocasiones con las huellas de «una de las personalidades más asombrosas del mundo antiguo».

Este vínculo llevó a Desroches Noblecourt, condecorada con la Legión de Honor y ex conservadora del departamento egipcio del Museo del Louvre, a escribir Ramsés II: La verdadera historia, reeditado por Destino. «Al igual que a menudo me dediqué a desmitificar la venganza de Tutankhamón o también el secreto de las pirámides, mi intención ha sido la de presentar a nuestro héroe con todo el rigor científico posible», escribe.

Ramsés murió nonagenario, con sesenta y siete años de reinado a sus encorvadas espaldas, dejando un legado monumental del que se nutre en buena parte el turismo egipcio actual. «No existe, en el curso de las treinta dinastías egipcias, un monarca del que se pueda seguir la existencia casi año a año como sucede con Ramsés», explica la autora.

Fue un personaje excepcional desde su nacimiento. La dinastía a la que pertenecía, la XIX, había llegado al poder gracias a que su abuelo, que apenas reinó dos años, fue adoptado por el faraón Horenheb, del que había sido visir. Seti I, padre de Ramsés, aseguró las áreas de influencia egipcias, lo que le valió sendas guerras con los libios y los hititas. Esos conflictos fueron la escuela de Ramsés. El niño, que hoy sería considerado un superdotado, acompañó a su padre en numerosas campañas y desempeñó el cargo de corregente cuando apenas debía contar 10 años.

Cuando Ramsés llegó al trono al morir su padre, todavía era un adolescente. Sin embargo, ya estaba acostumbrado a combatir montado en un carro de guerra. El primer periodo de su reinado es resumido por Desroches Noblecourt como «quince años de expediciones y combates esporádicos pero empecinados». Los hititas, cuyo imperio se extendía desde Anatolia, se enfrentaban a los egipcios por el dominio de la costa oriental del Mediterráneo. El antagonista de Ramsés era el rey hitita Muwattalis, con cuyos ejércitos se las tuvo que ver cuando apenas llevaba cuatro años de reinado.

Un partido nulo

La batalla de Qadesh, en torno a 1274 aC, fue el encuentro decisivo entre ambas potencias. Ramsés había conseguido que el rey de Amurru se convirtiera en su vasallo, cosa que obligó a Muwattalis a intentar recuperar terreno en Siria. El resultado del enfrentamiento no está muy claro. Cada bando se proclamó vencedor, aunque todo parece indicar que Ramsés pecó de imprudente y estuvo al borde del desastre. «¿Una derrota? -se pregunta la autora-. En lo inmediato fue un partido nulo». A la larga, hubo que negociar bajo cuerda. Ramsés firmó un tratado de paz con el sucesor de Muwattalis, Hattusilis, con el que intercambió abundante correspondencia y del que obtuvo dos princesas que pasaron a formar parte de su nutrido harén. «La paz es mejor que el combate», le escribió Muwatallis. En realidad, fue la aparición de un enemigo común lo que acabó de unir a los antiguos rivales: el imperio asirio crecía bajo el mando de Salmanassar I.

La propaganda de Ramsés, reflejada en numerosos relieves, todavía funciona y es fácil caer en la trampa de verle como un rey guerrero que amontonaba enemigos muertos abatidos con su arco. En realidad, los 52 años restantes de su reinado fueron prósperos y pacíficos. El faraón pudo «gobernar para el bien de Egipto en condiciones excepcionales». Combatió la corrupción, estabilizó el país y levantó una nueva capital, Pi-Ramsés, en el Delta Oriental, de donde provenía su familia.

El programa de construcciones que emprendió es impresionante. Además de Abu Simbel, y el Rameseum, su templo funerario, levantó numerosos santuarios y remató las obras de los de Luxor y Karnak, aunque también hizo trampas, adjudicándose algunos monumentos de sus predecesores mediante el método de sustituir sus nombres por el suyo propio.

Su longevidad le permitió formar una familia inabarcable. «Procreó más de cincuenta hijos y no menos hijas», detalla la egiptóloga. Tuvo numerosas esposas, pero la favorita siempre fue Nefertari, a la que dedicó el templo menor de Abu Simbel. El faraón, «dominador pero benvolente», quiso ser visto como un dios viviente. Sin embargo, su principal logro fue que, a pesar de los títulos, los rituales y los nombres protocolarios interminables, sus súbditos se refirieran a él simplemente como Sesu, un diminutivo cariñoso del nombre Ramsés.

Un hongo estuvo a punto de acabar con su momia

En 1975, el ministro de Cultura francés, Michel Guy, encargó a Christiane Desroches Noblecourt la organización de una muestra en París sobre Ramsés II. «Durante la preparación en el Museo de El Cairo de esta exposición -escribe la egiptóloga-, el estado alarmante de la momia del viejo faraón me incitó a iniciar gestiones que desembocaron en la curación en París de esta prestigiosa reliquia amenazada de destrucción».

A pesar de la cuidadosa labor de sus embalsamadores, 33 siglos de historia acabaron por hacer mella. La momia, que había superado el saqueo de su tumba y siglos de abandono en un escondite, era presa de los microorganismos. Con la ayuda de las autoridades egipcias y francesas, Desroches Noblecourt organizó una auténtica operación de salvamento. Eso sí, respetando la autoridad del personaje.

El cuerpo del faraón abandonó el Museo de El Cairo el 26 de septiembre de 1976 escoltado por un destacamento del Ejército egipcio «al mando de un general llamado… Ramsés». La autoritaria egiptóloga consiguió que el avión que lo transportaba efectuara un vuelo de homenaje sobre las pirámides de Giza. Después de ser recibido en Francia con todos los honores, el monarca egipcio se reencontró en París con una de sus obras, también por deseo de Desroches Noblecourt. El cortejo que lo transportaba rodeó el obelisco de la plaza de la Concordia, una de las dos agujas de piedra erigidas delante del templo de Luxor por orden de Ramsés.

La momia fue tratada durante siete meses en una sala especial del Museo del Hombre. Un equipo formado por 110 científicos se encargó de identificar el agente que amenazaba con destruirla. Se trataba de un hongo, el Daedalea biennis, que estaba atacando sobre todo la espalda del faraón. Una vez identificado el mal, se discutió el modo de afrontarlo.

Los expertos rechazaron los métodos químicos y térmicos al considerarlos demasiado agresivos. La solución fue la radioesterilización. «Colocada en una vitrina estanca fabricada a tal efecto -detalla Desroches Noblecourt-, la irradiaron los ingenieros del Comisariado de la Energía Atómica», en el centro nuclear de Sacley, cerca de París. Ya curado, Ramsés fue depositado en un sarcófago cubierto por «un terciopelo azul lapislázuli forrado en tafetán color oro, los dos colores de la realeza faraónica». Después, el faraón regresó a Egipto a bordo de un avión militar francés, escoltado hasta su sala del Museo de El Cairo por Christian Desroches Noblecourt.

Fuente: La Verdad Digital
http://www.laverdad.es/albacete/pg040906/prensa/noticias/Sociedad/
200409/06/MUR-SOC-066.html

Reseña: Laura Blanco

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