El polvo de momia
Por Gerardo Jofre
1 septiembre, 2004
Modificación: 6 enero, 2017
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Durante el siglo XVIII comienzan a publicarse en España algunos libros sobre Egipto. Hasta entonces, con la excepción de algún explorador y diplomático, la tónica general habían sido obras escritas por peregrinos que acudían a los puntos más emblemáticos del cristianismo, en donde Egipto y Palestina eran lugares de encuentro con las Sagradas Escrituras. Egipto había jugado un papel crucial en el desarrollo de los acontecimientos bíblicos y los viajeros religiosos recordaban en el país del Nilo lo que habían leído sobre la estancia de José y María con el niño Jesús (Mt 2,13) o los sueños del faraón interpretados por José (Génesis 40:1-23).

Un ejemplo de estas obras es la del religioso de la Orden de San Francisco, Fray Juan Peñalver, quien publicó su obra “Pueblo de Dios” (edición 1793), en la que tras un viaje a Tierra Santa, escribe su experiencia, ofreciendo un listado de los reyes egipcios y describiendo el Desierto de Faran y sus confines con Egipto. No había por aquel entonces en España, un interés por el aspecto arqueológico de Egipto, pero sí histórico y geográfico. No obstante, podemos decir que la egiptología estaba ya germinando de forma progresiva y en mi opinión desde otras disciplinas, como es el caso de la medicina.

A partir del Renacimiento se inicia un interés por la ciencia y tras aquel comienza la crítica a determinadas supersticiones medicinales que durante la Edad Media habían dado pié al “Polvo de mummia”. El uso de momias con fines curativos proviene de la confusión que se le dio a la palabra persa “mummia” que significa ”betún”. Se trata de un producto mineral derivado del alquitrán natural. Después del siglo XII, los viajeros que visitaban Persia contaban que la mummia tenía propiedades milagrosas, curando inmediatamente las heridas y soldando en pocos minutos los huesos rotos. Cuando los viajeros persas visitaban Egipto y veían los cuerpos embalsamados de las momias egipcias cubiertos por una sustancia negra similar a la “mummia“, confundieron las sustancias resinosas oscuras con el valioso producto persa. Con el tiempo el error fue doble, pues se asignó la palabra “mummia“ no sólo al revestimiento del cadáver, sino al propio cuerpo. El polvo de “mummia” se había convertido en el polvo de “momia”. Las consecuencias fueron nefastas, hubo una fiebre a la caza de momias egipcias. Los cuerpos momificados se molían en polvo y se distribuían desde Egipto a los boticarios de toda Europa. El punto álgido de demanda de polvo de momia tuvo lugar a finales de la Edad Media y a lo largo de los siglos XVII y XVIII. Muchos boticarios lo diluían en vino y miel, otras veces bastaba con agua. En algunos casos no venían en polvo, sino en trozos de cadáver o con forma de pasta negruzca.

El médico cirujano de Bretaña, Ambrosío Paré (1517-1590), fue uno de los primeros en criticar este medicamento. Su crítica se basaba en lo que le había contado Gui de la Fontaine, médico del rey de Navarra. Este médico le dijo que había viajado en el año 1564 a la ciudad de Alejandría de Egipto. Se había enterado de que había un judío que traficaba con momias y éste al parecer le confesó que los cuerpos no tenían más que cuatro años. La demanda en Europa había llegado a tal punto que se utilizaba en Egipto cadáveres recientes para fabricar polvo de momia.

Aunque Paré lo había criticado, el polvo de momia cada vez estaba más de moda. Una edición de la obra “Rates for the Custom House in London“ menciona “Mummia molida” y en 1657 salía a la luz la obra “The Physical Dictionary “ con la siguiente definición: ”Mummia, una cosa como la resina que se vende en boticas; algunos afirman que se extrae de las antiguas tumbas ”.

En España, Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), un monje benedictino profesor de Teología y de Sagrada Escritura, gran defensor de la medicina escéptica, fue uno de los grandes críticos del polvo de momia. Este autor, a partir de 1725 comenzó a publicar sus ensayos filosóficos sobre toda clase de materias. Entre sus obras destaca “El Teatro Crítico Universal o Discursos varios en todo género de materias para desengaño de errores comunes”, compuesto por numerosos tomos, donde denunciaba las supersticiones de la época y comentaba temas referentes a la sociedad y la religión. En el tomo 4º Discurso 12 s.25 de esta obra, Feijoo añade lo siguiente sobre el polvo de momia:

Con mayor razón deberá tenerse por secreto reservado a la antigüedad de aquella confección con que los Egipcios embalsaman los cuerpos para preservarlos de corrupción. Era aquella de mucha mayor eficacia que las que ahora se usan; pues el efecto de éstas apenas llega a dos o tres siglos, y el de aquella se cuenta por miralladas de años. Puede restar alguna duda, si el suelo donde se depositaban los cadáveres contribuía a su conservación; pues como hemos advertido en otro lugar, hay terrenos que tienen esa virtud. Y aquí añadiremos haber leído, que en las cuevas donde ha estado depositada cal algún tiempo se conservan los cadáveres hasta doscientos años.

Benito Jerónimo Feijoo

El asunto que acabamos de tocar, nos trae a mano la ocasión de desengañar de un error común en materia importante. Dase el nombre de mumias a aquellos cadáveres que hoy se conservan embalsamados por los antiguos egipcios. Bien que la voz mumia ya se hizo equívoca; porque unos entienden en ella el cadáver que se conserva en virtud de aquella confección de que hemos hablado: otros la misma confección: otros el mixto que resulta de uno y otro: otros, en fin, quieren que esta voz se extienda a aquellos cadáveres que en las arenas ardientes de Libia prontamente desecados, ya por el aridísimo polvo en que se sepultan, ya por la fuerza del sol, se conservan siempre incorruptos.

La mumia tan decantada por médicos y boticarios, y aun mucho más por los que la venden a éstos como eficaz remedio para varias enfermedades, se toma en el segundo o tercer sentido: en que encuentro alguna variedad, porque el Matilo quiere, que toda la virtud esté en aquellas drogas con que el cuerpo fue embalsamado: Lemeri y otros, en el conjunto y mezcla de uno y otro. Bien que en alguna manera se pueden conciliar las dos opiniones; porque la primera no atribuye su actividad a la confección únicamente por los ingredientes de que consta, sino también, y principalmente por los aceites y sales, que estos sorben del cadáver, de modo, que la mezcla de aquellos y estos, forman este celebrado remedio.

El que la mumia, aun siendo legítima y no contrahecha, tenga las virtudes que se la atribuyen, es harto dudoso. Unos dicen, que los árabes la pusieron en ese crédito. Gente tan embustera merece poco, o ningún asenso, especialmente si los que acreditaron la mumia hacían tráfico de ella. Otros dicen, que un médico judío, maliciosa e irrisoriamente fue autor de que estimásemos esta droga. Peor es este conducto que el primero; pero como tal vez sucede lo de salutem ex inimicis nostris, la experiencia en materias de medicina, pronuncia sus sentencias con tanta obscuridad que cada uno las entiende a su placer. El célebre Ambrosio Pareó se fundó en la experiencia para condenar esta droga por inútil.

Pero lo peor que hay en la materia es, que la mumia legítima; esto es, la egipciaca, no se halla jamás en nuestras boticas. Así lo testifican el Matiolo sobre Dioscórides y Lemeri en su tratado Universal de Drogas simples. Este último dice, que la que se nos vende es de cadáveres, que los judíos ( y también acaso algunos cristianos ), después de quitarles el celebro y las entrañas, embalsaman con mirra, incienso, acibar, betún de Judea, y otras drogas:hecho lo qual, lo desecan en el horno para despojarlos de toda humedad superflua, y hacerlos penetrar de las gomas, lo que es menester para su conservación. Matiolo ni aun tanto aparato admite en lo que se vende por mumia; pues dice; que solo se prepara con el asfalto, o betún de Judea ( de quien tomo el nombre el lago asfaltites ) y pez; o bien con la napta, o pisafalto, que es otra especie de betún muy parecido a la mezcla del de Judea, y la pez; por cuya razón este se llama Pisafalto artificial y aquel natural.

Algunos quieren que aún la mumia, en el último sentido que le hemos dado arriba, tenga sus virtudes. Yo creo, que un cadáver desecado por intenso calor del sol, es duplicado cadáver; esto es, destituido no sólo de aquella virtud que se requiere para las acciones humanas, más también de las que es menester para los exercicios médicos. Es preciso que el sol haya disipado todos sus aceites y sales volátiles: echados estos fuera, ¿qué cosa digna de mucha estimación se puede considerar que quede en aquella tierra organizada? Los cadáveres habían de servir para el desengaño, y los droguistas los hacen instrumentos de la ilusión “.

Como puede observarse, Feijoo ya tacha de error al significado que se le daba a la palabra mummia. También cita al médico Ambrosio Paré y el problema del tráfico de polvo de momia “tan decantada por médicos y boticarios, y aún mucho más por los que la venden“. Su afán divulgatorio y científico caló en sus lectores, aunque también tuvo bastantes detractores. Después de su muerte sus obras fueron difundidas hasta el siglo XIX, momento en el cual, no se volvieron a publicar sus obras sobre papel. Hoy en día pueden leerse sus obras en su edición digital de la Biblioteca Feijoniana (http://www.filosofia.org/bjf/) y en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (http://www.cervantesvirtual.com/FichaAutor.html?Ref=21).

Su crítica al polvo de momia es en mi opinión un primer paso dentro del análisis científico de las momias y por consiguiente también en la Egiptología. Poco a poco se pasó del polvo de momia como medicina al desvendado de la momia para su estudio científico. Los médicos ya no se interesaban por sus falsas propiedades curativas, sino que extraían las capas de la momia con la idea de verificar los relatos de Heródoto y Diodoro sobre la momificación. Si bien en Europa durante el siglo XIX se puso de moda entre los círculos intelectuales “desenvolver momias“, con el tiempo esta práctica agresiva, por los destrozos que causaba en los restos humanos, dio paso al estudio científico y cuidadoso de los cuerpos momificados del Antiguo Egipto.