Del soberano como un gran hombre al monarca divino
Por Juan A. Roche Cárcel
1 enero, 2011
Modificación: 13 febrero, 2017
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Del Zigurat Mesopotámico a la Pirámide Egipcia*

I. Introducción: el zigurat y la pirámide como encrucijadas de los mundos divino, humano y natural y como formas sociales y culturales.

Como sociólogo me interesan las relaciones entre el arte, la cultura y la sociedad, pues pienso que el arte no es autónomo, que no es inmanente, sino que está profunda y complejamente inserto en su contexto. Complejamente porque si bien la manifestación artística refleja la sociedad y la cultura, también en ocasiones es un modelador de las mismas e, incluso, su transformador y, de ahí, que sea tan complicado analizar la red de extensas relaciones que se establecen entre ellas. Ahora bien, después de muchos años de pedagogía en sociología de la cultura y de las artes, tras numerosos análisis de obras artísticas y tras múltiples lecturas, he llegado a la conclusión de que dos parámetros son fundamentales para lograr un acercamiento entre el arte y su tiempo: el arte es una encrucijada, inserta en un espacio-tiempo, de los mundos divino, natural y humano (individual y colectivo) y el arte es una forma social y cultural.

El hombre no es un ser aislado, sino un sujeto consciente que se encuentra ligado al mundo mediante una triple relación fundamental que lo une a la naturaleza, a lo otro (a la sociedad, a la humanidad entera) y a los dioses o lo divino. Ese triple ligamento constituye la idea de cultura que posee una sociedad concreta en un momento histórico preciso[1]. Pero si todas las sociedades se vinculan a la naturaleza, a los dioses y a una idea del hombre, no todas lo hacen de la misma manera y, de ahí, que sus diferencias nos permitan encontrar igualmente las de las distintas civilizaciones. Por eso, yo considero que la cultura es una encrucijada de los mundos divino, natural y humano inserta en un espacio-tiempo, es decir, una específica manera de interrelacionar esos tres mundos en un espacio y un tiempo determinados. Por lo demás, como el arte forma parte inseparable de la cultura, refleja la peculiar manera con la que ésta ha interrelacionado los tres mundos de los que vengo hablando, de manera que el análisis de las obras artísticas nos permite adentrarnos igualmente en la cultura en la que éstas se han originado. Y es que aunque la forma es el sujeto principal de la esencia del arte, es imposible hacer una historia de la forma sin hacer una historia de la cultura o, lo que es lo mismo, la forma está inextricablemente unida a su contenido[2]. No nos extrañe, por tanto, que la consideración de la forma artística como social y cultural sea aceptada por un considerable número de autores, por ideologías como el marxismo[3] y por disciplinas como la semiótica[4] y la sociología del arte y de la literatura[5]. No es éste el lugar más apropiado para detenerme en esta cuestión, pero finalizaré la misma indicando que yo sigo, en mi análisis del zigurat y de la pirámide, los postulados del sociólogo L. Goldmann[6], quien reconoce en las obras la existencia de una estructura estética, junto a una estructura social, estableciendo entre ambas una homología estructural.

Encontrar esta homología estructural para relacionar el zigurat mesopotámico y la pirámide egipcia con sus respectivas sociedades y culturas es lo que pretendo en este artículo y, para ello, consideraré a estas obras arquitectónicas, en primer lugar, como encrucijadas de los mundos divino, natural y humano y, en segundo, como formas artísticas sociales y culturales. Pero como el zigurat y la pirámide son, posiblemente, los edificios más representativos, más significativos, de su tiempo, también espero llegar, a través de ellos, hasta el corazón mismo de las civilizaciones mesopotámica y egipcia, esto es, a los caracteres que definen sus cosmovisiones, a sus elementos comunes y, en suma, a sus diferencias. Y en este sentido, espero finalmente demostrar que el zigurat y la pirámide se levantan sobre la diversa concepción que de la monarquía tuvieron sus pueblos, pues mientras que el lugal –el monarca– mesopotámico fue visto como un gran hombre y no como un dios, el faraón egipcio fue considerado un dios[7].


[1] Ver en Hell, Idea de Cultura, p.87.
[2] En Delgado-Gal, La esencia del arte, p.12 y sigs.
[3] Para el marxismo la forma es el contenido ideológico, social e histórico que se materializa en una forma determinada y apropiada para expresarlo, es decir, que la forma artística es una forma social. J. Rodríguez-Puértolas, La crítica literaria marxista, pp. 227-228).
[4] Véase en Broadbent, Bunt y Jencks, El Lenguaje de la Arquitectura, donde se establece, en repetidas ocasiones, la unión de la forma y el significado. También mantiene una tesis semejante Juri Lotman en Estructura del texto artístico, pp. 22-23.
[5] Pueden consultarse, de Pierre Francastel, Sociología del Arte y Pintura y Sociedad; de F. Duvignaud, Sociología del Arte; de  E. Castelnuovo, Arte, Industria y Revolución; de Lucien Goldmann, El Hombre y lo Absoluto. El dios oculto.
[6] Véase, de este autor, El concepto de estructura significativa en la historia de la cultura, p. 65.
[7] H. Frankforte en Reyes y Dioses. pp. 29 y 30.

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