Aida y Mariette: una ópera egiptomaníaca
Por Susana Alegre García
30 julio, 2007
Boceto de Philippe-Marie Chaperon del escenario del Aida para el 24 de diciembre de 1871 en El Cairo. Conservado en el departamento de música de la Biblioteca Nacional de París.
Modificación: 12 diciembre, 2016
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Todas las formas de la creación artística han buscado inspiración en el mundo de los faraones. El antiguo Egipto ha dado aliento a la creatividad de pintores, escultores, orfebres, literatos, músicos… La opera, por supuesto, no podía quedar relegada de la fascinación que ha provocado Egipto en el hombre occidental. Aida es, sin duda, el más espectacular producto de esa fascinación.

A lo largo de sus cuatro actos, la opera Aida desarrolla una historia de pasiones desatadas, de celos e intrigas, de complots y traiciones, de grandes victorias y trágicas muertes. Toda una trama enmarcada en el lujo de una corte seductora, en la grandeza de un imperio algo decadente y en el tempestuoso destino de amores condenados.

Este magnífico espectáculo se representó por primera vez el 24 de diciembre de 1871 en la opera de El Cairo, integrándose en las celebraciones preparadas por Egipto con motivo de la inauguración del Canal de Suez. Pero Aida no habría sido posible sin la colaboración del egiptólogo más grande de la época: Auguste Mariette. De hecho, fue su participación en el proyecto lo que hizo que Giuseppe Verdi se convenciera a poner música a esta fantasía faraónica.

Auguste Mariette viajó a Egipto por primera vez con el objetivo de comprar papiros para el parisino Museo del Louvre. Sorprendiéndole a él mismo, lo que debía haber sido una estancia de apenas unos meses, se transformó en la dedicación de toda una vida. Egipto atrapó a Mariette y le convirtió en un eslabón fundamental en la historia de la egiptología. A él se deben infinidad de hallazgos, aunque el descubrimiento que le hizo más célebre fue la excavación en 1850 del Serapeum de Saqqara, la gigantesca catacumba en la que en la antigüedad se enterraban los sagrados toros Apis.

El hallazgo del Serapeum marca un importante hito en la historia de las investigaciones del Egipto faraónico y fue el auténtico detonante de una pasión que iba a acompañar para siempre a Mariette. Sin duda, la visión de un Egipto que vivía el constante expolio de su patrimonio arqueológico, debió conmocionar la sensibilidad de un hombre que se propuso concienciar al mundo de la necesidad de salvaguardar y proteger una riqueza única y magnífica.

En el momento en que Auguste Mariette llega a Egipto, el país era víctima de más desaprensivo saqueo de sus antigüedades, de modo que este francés, sensible y comprometido, se propuso iniciar una campaña contra el terrible expolio. Gracias a sus constantes esfuerzos, a su entrega y a sus dotes diplomáticas, consiguió que finalmente se creara el Servicio de Antigüedades Egipcias, siendo Mariette, además, su primer director. En su empeño proteccionista, Mariette fue además artífice del Museo Bulaq, precursor del que más tarde sería el Museo de Antigüedades Egipcias de El Cairo.

Las tareas diplomáticas y las medidas de protección de los vestigios de la historia faraónica, fueron compaginadas por Mariette con grandes campañas de excavación. En sus trabajos descubrió algunas de las mayores y más célebres obras del arte faraónico; desde la majestuosa escultura de diorita del faraón Quefrén, hasta las frágiles pinturas de las ocas de Meidum; desde el desescombro del templo ptolemaico de Edfu, hasta las primeras excavaciones en Deir el-Bahari y el descubrimientos de las joyas de la reina Ahotep, que causaron sensación en la Exposición Universal celebrada en París en 1867. Allí Eugenia de Montijo pudo disfrutar de la belleza de las creaciones de los joyeros antiguos, y, ante tanta belleza, no pudo contener el impulso de pedírselas como regalo al virrey de Egipto. El temperamento de Mariette se hizo patente en esta ocasión, ya que no dudó en ningún momento en enfrentarse a los deseos de la emperatriz y en tramitar urgentemente el retorno de los valiosos objetos a El Cairo.

La participación en la creación de una opera debió despertar el más profundo interés en un intelectual como Mariette, que desde muy joven mostró sus inquietudes culturales y artísticas realizando críticas literarias en periódicos y escribiendo folletines. Sin embargo, la idea de integrar en las celebraciones de la inauguración del Canal de Suez una opera de ambientación faraónica no fue idea suya sino de Ismael Pacha, virrey de Egipto.

Estudio de la vestimenta egiptomaníaca de uno de los personajes del Aida para el 24 de diciembre de 1871 en El Cairo. Conservada en el departamento de música de la Biblioteca Nacional de París. Catálogo de la exposición Egiptomania, p. 431

Estudio de la vestimenta egiptomaníaca de uno de los personajes del Aida para el 24 de diciembre de 1871 en El Cairo. Conservada en el departamento de música de la Biblioteca Nacional de París. Catálogo de la exposición Egiptomania, p. 431.

La fuentes de inspiración de Mariette fueron múltiples, dado sus amplios conocimientos. Sin duda en la trama se debió dejar influir por autores como Racine, pero sobre todo por los autores clásicos y por sus conocimientos de la historia antigua y los textos jeroglíficos. Además, Mariette tenía experiencia en la construcción marcos espectaculares, ya que había sido responsable del pabellón de Egipto en la Exposición Universal de París; un edificio, similar a un decorado, que emulaba la grandeza y el colorido de un idealizado templo faraónico.

Mariette fue dando vida a los personajes, a los decorados y al vestuario de un espectáculo grandioso, que reflejara la atmósfera embriagadora de una antigüedad resucitada. De la conjunción de infinidad de elementos y detalles nació un primer proyecto que se envió a Verdi el 14 mayo de 1870. El maestro, que ya había contestado negativamente en dos ocasiones anteriores, ahora se sintió entusiasmado por la sinopsis y las ideas del egiptólogo. Auguste Mariette había tenido éxito.

El libreto se centra en la figura de Aida, una princesa etíope prisionera en Egipto. Lo cierto es que a pesar de ser una trama inventada por un egiptólogo, no busca auténtica historicidad ni verosimilitud. La ópera no se centra realmente en un período concreto de la historia del antiguo Egipto, ni narra hechos verdaderamente documentados o acontecidos en la antigüedad. No obstante, la egiptología tradicionalmente ha vinculado el argumento de Aida con el reinado de Ramses III, faraón de la Dinastía XX que gobernó aproximadamente en torno a 1180 a. C.

En realidad, la vinculación de Aida con este faraón se debe fundamentalmente a unas declaraciones realizadas por Mariette tras la primera presentación de la ópera, en la que explicó que las pinturas del decorado se habían inspirado en la tumba de este monarca y que los colosos ornamentales imitaban los levantados en su templo en Madinet Habu. Sea como sea, lo cierto es que la figura de Ramses III ofrecía muchas posibilidades dramáticas. Este rey, que sufrió un complot en la corte, vivió una época de graves conflictos bélicos contra pueblos invasores y sufrió el cada vez más creciente poderío del sacerdocio. Es cierto que todas estas nociones se expresan en Aida, aunque sus personajes y las circunstancias de sus vidas no concuerden con nada conocido en el pasado egipcio.

Corona de bisutería de inspiración egipcia para una escena de la ópera Aida. Conservada en el departamento de música de la Biblioteca Nacional de París. Catálogo de la exposición Egiptomania, p. 435

Corona de bisutería de inspiración egipcia para una escena de la ópera Aida. Conservada en el departamento de música de la Biblioteca Nacional de París. Catálogo de la exposición Egiptomania, p. 435.

Las aportaciones de Auguste Mariette fueron determinantes en la génesis de Aida, pero no sólo en lo que se refiere al libreto, también realizó una labor crucial en otras facetas de su creación: decorados, vestuario, ambientación,… El arqueólogo supervisó los más pequeños o insignificantes detalles, en todos los estadios de su realización. Y, como en el argumento, se inspiró en un Egipto soñado más que real.

Buscando referencias en la plástica occidental, Mariette creó una puesta en escena efectista y muy espectacular. Era como si por fin, por una extraña magia, la opera fuera a imprimir movimiento y voz a los cuadros de David Roberts, de Poynter y de Canabel. Así, Mariette creaba el camino de una estética que iba a marcar en profundidad a toda una nueva imaginería escénica de carácter egiptomaníaco, y que iba a encontrar su sublimación en el Séptimo Arte.

Auguste Mariette entregó su vida a la salvaguarda del patrimonio histórico de un país que le acogió y respetó. Sus esfuerzos le permitieron sentar las bases de la egiptología moderna y la creación de entidades que actualmente son rectoras del patrimonio arqueológico egipcio. Pero Mariette también pudo dejarse llevar por la imaginación y crear el Egipto de sus sueños. Sobre el escenario de la ópera de El Cario, Mariette presenció el renacimiento de un mundo perdido al que amaba profundamente. Pero, además, consiguió que eternamente, en cada nueva representación, se reviva un mundo que, una y otra vez, sigue cobrando forma, melodía y voz.